Por Roger MARTELLI

 

Para comenzar: no sirve de nada descubrir la luna. ¿La Unión europea está dominada por el liberalismo, “ultra” o “social”? Se sabe desde hace tiempo. ¿No es un espacio democrático sino el terreno por excelencia de la gobernanza? Hermoso descubrimiento. ¿Está desde su fundación estructurada por el capital, es hija de la guerra fría y de la hegemonía americana? ¡Ajá! ¿Sus promotores han querido siempre  hacer de ella un instrumento contra la transformación radical de las sociedades? Ya es hora de darse cuenta. ¿Los actuales líderes de la Unión, es decir, los responsables de los Estados nacionales, han decidido ir hasta el final de su lógica competitiva, desreguladora, tecnocrática y securitaria? Los que hemos conocido el referéndum francés de 2005 y sus consecuencias no necesitábamos este verano para saberlo.

Que por tanto dejen de repetir hasta la saciedad que aquellos que, desde hace años luchan por otra Europa viven en la ilusión de que el marco europeo actual es reformable sin tocar los mecanismos fundamentales. O bien hay que añadir que todos los que luchan dentro de cualquier institución, sea cual sea, comparten la ingenua convicción de que las sociedades de explotación y dominación en la que ellos trabajan pueden transformarse sin cuestionar las lógicas fundamentales que las rigen. Ahora bien, querer actuar dentro de un sistema no significa plegarse ante sus “coacciones”.

Por Francisco FLORES TRISTÁN

La “tragedia, nunca mejor dicho, griega”, parece a punto de consumarse. No sé lo que pasará el domingo pero mucho me temo que sea cual sea el resultado de las urnas el futuro de Grecia se presenta cada vez más negro.

¿Cómo se ha llegado a esto? Una parte es lo ya sabido. Desde 2010, cuando el nuevo Primer ministro Yorgos Papandreu anunció que el déficit griego era muy superior al reconocido por el anterior Gobierno, (un 12,7% en vez del 3,7%) se han ido sucediendo los rescates por parte de la Troika a cambio de políticas de austeridad basadas en la reducción salarial a funcionarios y pensionistas, el despido de muchos funcionarios y el aumento de los impuestos, políticas de austeridad que han provocado un brutal descenso del PIB griego que justifican el nombre de “austericidio” con el que son frecuentemente conocidos. A la postre estas medidas no solo han supuesto enormes sacrificios para la población griega sino que han debilitado su economía de tal forma que cada vez está más lejos la posibilidad de que los acreedores cobren su deuda. La mayoría de los analistas, incluso en el campo de los acreedores, opinan que la deuda griega al menos la mayor parte es incobrable. De ahí que muchas voces, dentro y fuera de Grecia hayan reclamado una quita, la anulación o perdón de una parte sustancial de la deuda.

Contrariamente a lo que alguno pudiera pensar esto se ha hecho más de una vez en la Historia, desde los monarcas españoles de la Casa de Austria que declararon varias veces la bancarrota negándose a pagar a los acreedores. Pero no hace falta remontarse tan atrás. En 1953, mediante el Tratado de Londres 25 países acreedores perdonaron a Alemania el 62% de su deuda acumulada desde la I Guerra Mundial. Con esta fórmula hicieron posible la recuperación económica de Alemania, el llamado “milagro alemán”. Por otra parte EEUU, tras la II Guerra mundial aprobaron el famoso “Plan Marshall” mediante el que desembolsaron miles de millones de dólares como ayuda a la reconstrucción a la Europa devastada por la guerra. Cierto que tanto  EEUU como los acreedores de Alemania no obraron así simplemente por solidaridad. Sabían que la recuperación de Europa y de Alemania acabaría beneficiándoles  al final por la multiplicación del comercio y de los beneficios. Pero obraron con “amplitud de miras”, lo contrario de la postura de la troika con Atenas. Grecia no ha encontrado tanta generosidad en sus acreedores. La postura de Alemania y de la Troika en general se ha parecido más a la de Clemenceau cuando al final de la I Guerra mundial dictaminó el “Alemania pagará”. Es lógica la desesperación e indignación de la mayoría de los griegos, sobre todo si se tiene en cuenta que han sido 5 largos años de recesión y austeridad. Y es lógico que en las pasadas elecciones de finales del año pasado dieran el triunfo a Syriza que les prometía acabar con esas políticas.

Entrevista con el ministro griego de Finanzas Yannis Varoufakis

Por Marc Goergen y Andreas Hoffmann

Señor Varoufakis, ¿le deja tiempo esta febril diplomacia itinerante para reflexionar sobre su trabajo?
Desearía disponer de más tiempo. Somos un gobierno sin experiencia, y nos ha faltado tiempo para familiarizarnos con el trabajo de nuestros ministerios. En rigor, necesitaríamos algunas semanas para deliberar y diseñar nuestro programa, pero nos está apuntando el cañón de una pistola. Las carreras precipitadas de una reunión a la siguiente, después de noches en blanco, son la muestra de la severidad con que la crisis ha socavado la integridad, el alma incluso de Europa.

¿Funciona la política de la manera que usted esperaba?
Por desgracia en el caso de Europa, sí, funciona así. Nunca tuve unas expectativas muy altas en relación con el proceso político. Salté al ruedo porque me horroriza el estado actual de la democracia europea. Si existe un déficit en esta Europa nuestra, es la falta de democracia. Estamos convirtiendo las instituciones que toman decisiones que afectan a la vida de la gente en zonas carentes de democracia. Y eso beneficia a las fuerzas oscuras que buscan socavar la democracia y los derechos humanos.

Como ministro de Finanzas, una sola palabra suya es suficiente para hacer temblar a los mercados. ¿Qué se siente en esa situación?
Yo no poseo ese poder. Hablando más en general, el poder es algo que no deseo. Puede sonar hipócrita, pero lo digo con toda sinceridad. Y lo mismo vale para muchos miembros de nuestro gabinete. Preferirían vivir en la oposición, después de todo resulta bastante cómodo ser una minoría de izquierdas. (Ríe).

Foto: Daquella manera

La crisis económica puede representar en la Unión Europea una importante ocasión para reforzar el sistema de cooperación y para dar vida a una nueva arquitectura institucional. La construcción de una democracia supranacional europea aparece hoy como prioridad en el contexto de una globalización que en el próximo futuro dejará con poca voz a los estados individuales del viejo continente. Una entrevista con Jürgen Habermas. 

Por Donatella Di Cesare

Donatella Di Cesare: Profesor Habermas, usted ha hablado de la Unión Europea como un paso decisivo hacia una sociedad mundial regida por una Constitución política. La crisis actual no le ha hecho cambiar de idea. También sostiene que “la astucia de la (in)sensatez económica ha llevado a la agenda política la cuestión del futuro de Europa”. ¿Sería por tanto esta crisis de la deuda a la vez una oportunidad?

Jurgen Habermas.: Sin esta crisis los jefes de gobierno de la comunidad monetaria europea no estarían obligados a cooperar más estrechamente, al menos en la política fiscal y económica, y a delinear por eso una nueva “arquitectura institucional”. Lo que está sucediendo me parece que es una astucia de la razón, principalmente porque contribuirá a resolver no sólo la crisis económica actual. Debemos llevar adelante este proyecto también por otros motivos. En los próximos decenios el peso político de los Estados europeos irá disminuyendo en el perfil económico, demográfico y militar. Ninguno de nuestros Estados nacionales estará ya en grado de sostener eficazmente las ideas propias frente a los Estados Unidos, China e incluso ante potencias emergentes como Brasil, Rusia o India. ¿Queremos por tanto renunciar, por pereza y torpeza nacionales, a ejercitar una influencia en la formación y orientación de esa comunidad multicultural que está surgiendo en nuestro mundo? Cobra relevancia en este contexto su pregunta sobre la idea de un orden cosmopolita, como Kant lo había prefigurado. El conflicto político, que siempre se hace más brutal en la escena internacional, terminará por provocar graves desequilibrios en una sociedad mundial donde todo depende de todos. Cada día aumentan los costes de lo que Carl Schmitt llamó la “sustancia política” del Estado. Es necesario contrapesar todo esto poniendo una barrera institucional y jurídica ante el darwinismo que parece no tener freno.