Foto Flickr: por Landahlauts
Foto Flickr: por Landahlauts

Por CARLO FORMENTI

¿Qué será de los millones de personas que van por ahí conduciendo automóviles o camiones cuando, de aquí a un cuarto de siglo, sus profesiones hayan desaparecido debido a la multiplicación de vehículos capaces de guiarse solos, según el modelo que está experimentando Google?

Así comienza un largo artículo sobre los escenarios del desempleo tecnológico aparecido en la edición digital del Washington Post que, un poco más adelante, se pregunta: ¿estamos dispuestos a vivir en un mundo en el que el 50% de la gente no dispondrá de un empleo?

El debate acerca de los efectos que las nuevas tecnologías, robots, ordenadores y software sobre todo, tendrán sobre el empleo en los próximos decenios ha venido a ser, en las últimas  semanas, particularmente vivaz en los medios de comunicación americanos. En los países europeos, por el contrario, se habla curiosamente poco, a pesar de que las páginas de los periódicos están llenas de titulares alarmantes sobre el aumento del paro provocado por la crisis, como si la técnica fuese un factor extrínseco, relativamente poco influyente en la evolución del sistema económico.

En esta diversa actitud influye, probablemente, la mayor atención que la cultura americana ha dedicado siempre a la tecnología, hasta hacer de ella un objeto de culto, unida a la profunda conciencia del hecho de que la hegemonía económica y militar de los EE.UU. se basa en gran medida en la supremacía tecnológica, y que la posibilidad de conservar esa hegemonía depende, a su vez, de la capacidad de mantener tal supremacía. Pero, para volver al mencionado artículo, su anónimo autor (se trata de de un texto tomado de la agencia Associated Press) diseña tres escenarios posibles: 1) después de la crisis la economía volverá a generar puestos de trabajo con independencia de los efectos de la automatización sobre un creciente número de tareas o trabajos; 2) la economía volverá, sí, a generar empleo pero se tratará en su mayoría de empleos de bajo nivel y cualificación; 3) debemos resignarnos ante el hecho de que las nuevas tecnologías están inevitablemente destinadas a generar fenómenos cada vez más grandes de desempleo de masas.

Por Alain SUPIOT

Trabajadores en la planta  Kenworth, Seattle, 1934. Foto del Museum of History and Industrie, Seattle.
Trabajadores en la planta Kenworth, Seattle, 1934. Foto Flickr, propiedad del Museum of History & Industrie, Seattle.

[viene de anterior] Ahora hay nuevos riesgos tras la ruptura del pacto fordista y que con las nuevas formas de organización del trabajo generadas por la revolución digital precipita a muchos trabajadores a la inseguridad económica. En el universo fordista el trabajador estaba privado de la experiencia específicamente humana del trabajo. En él corría el peligro de perder su salud física y, a veces, su vida, estando expuesto al embrutecimiento, pero no peligraba su razón. El análisis jurídico permite datar con mucha precisión el nacimiento y extensión de este nuevo riesgo. Aparece por primera vez en el código francés del trabajo en 1991 y es en el año 2010 cuando los problemas mentales y de comportamiento se introdujeron en la lista de enfermedades profesionales de la OIT.  Los médicos del trabajo, a finales de los noventa, han empezado a informar de suicidios en las fábricas. Su número ha aumentado en los últimos años, no sólo en los países occidentales sino también en las empresas de los países emergentes  que importan los mismos métodos, especialmente en China. Un caso especialmente difundido [además de los tristemente célebres de Télécom France, JLLB] es el del mayor fabricante mundial de componentes electrónicos, la empresa Foxconn Technology, subcontratista de Appel, Dell y Nokia, en la que once jóvenes trabajadores se suicidaron durante el primer semestre de 2010 (Libération, 3 de junio de 2010).  Este fenómeno de los suicidios apareció en un contexto de aumento del estrés y depresiones nerviosas relacionadas con las condiciones de trabajo.

 Estas nuevas formas de deshumanización del trabajo no son una fatalidad ni el rescate inevitable del progreso técnico. Al contrario, las nuevas tecnologías de la información pueden ser un formidable instrumento de liberación del hombre cuando le permiten concentrar las fuerzas de su espíritu en la parte más creativa de su trabajo, es decir, la más poética en el primer sentido del término. Pero estas posibilidades son ignoradas cuando se concibe al trabajador siguiendo el modelo del ordenador como medio de humanizar el trabajo. Sometido en el tiempo real de la informática, absorbido en una representación virtual del mundo y evaluado en términos de los indicadores de rendimiento sin relación con las condiciones de su ejecución, el trabajo no es la manera esencial de la inscripción del ser humano en la realidad del mundo. Por el contrario, le bloquea en un sistema de significantes sin significados que le exige una capacidad de reacción sin límites al tiempo que le priva de toda capacidad de acción real, esto es, de la capacidad de obrar libremente a la luz de su experiencia profesional y en el seno de una comunidad de trabajo relacionada con la tarea que debe cumplir. Allá donde el taylorismo puso en marcha la total subordinación de los trabajadores a una racionalización que les era externa, tuvo que construir su programación,  es decir, extender al espíritu aquella disciplina que, hasta entonces, estaba reservada al cuerpo usando masivamente la disciplina psicotécnica.

Por Alain SUPIOT

Foto Flick: Gonzalo Déniz
Foto Flick: Gonzalo Déniz

{anterior] El problema esencial al que se encuentra hoy confrontada la izquierda es el de pensar esta tercera revolución, comprender los resortes con el objeto de aprovechar las oportunidades de su combate por la libertad y la justicia social.  Y este esfuerzo del pensamiento debería conducir a reconsiderar las bases del compromiso fordista, particularmente a su adhesión a la concepción del trabajo que presidió la segunda revolución industrial. En esta expresión cosificada del trabajo se encuentra la de un imaginario social típico de la modernidad industrial de la que Cornelius Castoriadis desveló magistralmente su dimensión potencialmente delirante: “Convertir un hombre en cosa o en puro sistema mecánico no es cuestión de poca monta. Pero más imaginativo que pretender ver en él un búho, ello representa otro grado de hundimiento en el imaginario, pues no sólo el parentesco real de un hombre con el búho es incomparablemente mayor que el que tiene con una máquina; pero nunca ninguna sociedad primitiva aplicó tan radicalmente las consecuencias de las asimilaciones de las personas  a otra cosa como lo hace la industria moderna con su metáfora del hombre-autómata. Las sociedades arcaicas parece que siempre conservan una cierta duplicidad en sus asimilaciones mientras que la sociedad moderna las toma prácticamente al pie de la letra de la manera más salvaje” [Cornelius Castoriadis, L´institution imaginaire de la societé]

 La participación de la izquierda política y sindical en este imaginario del hombre-autómata la ha llevado no solamente a admitir que el contenido mismo del trabajo provino de una organización “científica”, sino también a adoptar el proyecto de este modelo de organización que lo extendió a toda la sociedad. Se sabe que Lenin vio en el taylorismo “un inmenso progreso de la ciencia”, y que la revolución bolchevique, según él, habría conseguido su objetivo cuando “la sociedad en su conjunto fuera un solo despacho, un solo taller” (I.V. Lenin, ¿Qué hacer?] Trentin, por su parte, cita a Gramsci quien afirma que la división del trabajo industrial hacía sentir al proletariado “la necesidad de que el mundo entero fuera como una única e inmensa fábrica, organizada con la misma precisión, el mismo método, el mismo orden que, como constata, es vital en la fábrica donde trabaja” [A. Gramsci. La settimana política. L´operaio di fabbrica. L´Ordine nuevo (febrero de 1920)].

Por Alain SUPIOT

Traducimos la introducción, a cargo del eminente jurista francés Alain Supiot, de la edición francesa del libro de Bruno Trentin La ciudad del trabajo, izquierda y crisis del fordismo.  La edición castellana, realizada por la Fundación 1º de Mayo, ya está circulando por los cuatro puntos cardinales con estudios introductorios de Nicolás Sartorius y Antonio Baylos.  Dada la extensión del trabajo traducido por José Luis López Bulla lo publicamos en tres partes a partir de hoy. Esta publicación se hace conjuntamente con el blog Metiendo bulla.

Foto Flickr por Giampiero Mariottini
Foto Flickr por Giampiero Mariottini

¿Cuáles son las razones profundas de la incapacidad de la izquierda europea para proponer otra vía diferente al ultraliberalismo? ¿Por qué parece condenada a “acompañar” de manera compasiva la degradación de las condiciones de vida y trabajo que ha engendrado la globalización? ¿O bien a refugiarse en un catecismo revolucionario que ha olvidado el fracaso del comunismo real? Bruno Trentin (1926 – 2007) responde a estos interrogantes en su obra maestra, La Città del lavoro, editada en 1997, que ahora ha sido publicada entre los primeros títulos de la colección “Poids et mesures du monde”[1]. Nadie mejor que Trentin para plantear este trabajo crítico.

 Trentin –que participó muy joven en la Resistencia, siguiendo las huellas de su padre que fue uno de los pocos profesores de derecho que se exiliaron de Italia para no declararse leal al fascismo– ha sido a la vez una persona comprometida con la acción sindical y política y un pensador de primer orden, cuya formación transcurrió en Francia y en los Estados Unidos antes que en Italia. Él nos habla sabiamente de unos asuntos de los que tiene experiencia, lo cual le ha permitido revertir en este libro, con una erudición exenta de pedantería, la fractura que –desde Marx hasta nuestros días–  ha recorrido la izquierda intelectual y política occidental. Una fractura que no se percibió, incluso hoy tampoco, ya que nos hemos acostumbrado a reducir esta historia a la oposición entre reformistas y revolucionarios y a la victoria final de un reformismo que es, cada vez, menos reformador. Ahora bien, según Trentin la esencia no está ahí. No está en esa oposición donde se encuentran las claves para entender esta incapacidad de la izquierda contemporánea  de pensar el mundo de nuestros días. Pues “comunistas” y “reformistas” han estado, en su mayoría, de acuerdo en confiar a una élite ilustrada la conquista de las palancas del Estado en nombre del mundo del trabajo, cuya organización saldría de una racionalización científico-técnica. El desalojo, en nombre de la ciencia, de la libertad en el trabajo lleva, así, embrionariamente a la reducción de la ciudadanía política a un ritual electoral, lo que es sólo el aplauso  litúrgico a los queridos dirigentes.

Por Javier ARISTU

Foto: thelotusflower79

No corren buenos tiempos para el PSOE. Desde el año 2010, rubicón que marca un antes y un después en la carrera hacia el precipicio a la que parece convocado ese partido, los datos macroscópicos y los resultados electorales no hacen sino mostrarnos una situación de deterioro en la relación PSOE y voto popular. Las elecciones de 2011, las últimas de Galicia y Euskadi y las previsiones de las catalanas del próximo 25 nos marcan una línea que ya se ha definido como la peor para ese partido en toda la historia de la democracia. De un partido victorioso en 1982, hegemónico hasta lo increíble, ocupante de todas las administraciones del estado, de las autonomías y de los principales ayuntamientos españoles hemos pasado a la secuencia de un partido noqueado, sin presencia importante —salvo la simbólica Andalucía— en el estado autonómico, ausente de los principales ayuntamientos y, lo que  no deja de ser casi más importante, carente de influencia social y de ideas sobre la sociedad española en su conjunto. ¿Está el PSOE condenado como el PASOK griego a la minoría frente a un reforzamiento de sus adláteres por la izquierda? ¿Podemos estar asistiendo al desmoronamiento de la socialdemocracia española?

Algunos ya cantan el fin de este partido y, sin disimularlo, se alegran y festejan el hecho; otros, quizá corriendo demasiado, hablan de una situación a la griega en España, con un partido socialista en situación de mínimos y una Izquierda plural y alternativa hegemónica en el mapa de las opciones progresistas. No vamos desde aquí a adelantar acontecimientos que, muchas veces, han desmentido a los agoreros ideológicos. Vamos simplemente a esbozar algunos presupuestos para que, desde nuestro punto de vista, la izquierda en su conjunto aprenda de lo que está pasando y acometa de verdad un profundo ajuste de su encaje en la sociedad cambiante en esta España de principio del siglo XXI. No se trata por tanto de hablar de qué líder debe dirigir al PSOE a partir de ahora sino de qué necesita hacer la izquierda en su conjunto si quiere recomponer esta deteriorada relación con su país. A nuestro entender lo que no toca hablar en este momento es sólo de “la renovación del PSOE a través de las primarias” sino que lo que urge es lidiar sobre “la renovación de las ideas de izquierda a través del debate social”. Lo primero está en esta fase subordinado a lo segundo.