Por Bruno ESTRADA LÓPEZ

La modernización de un país significa la capacidad de afrontar conjuntamente, por parte de la gran mayoría de la sociedad, los diferentes retos que va encontrando a lo largo de su historia. Por eso la modernización de una sociedad está profundamente vinculada a la profundización de la democracia, a la existencia de instituciones, normas y costumbres que canalicen adecuadamente las demandas de los diferentes grupos sociales, de todos, no solo de lo que tienen un mayor poder económico.

 En el ámbito laboral unas relaciones laborales modernas son las que permiten que las empresas y los trabajadores afronten los nuevos retos tecnológicos, productivos, de internacionalización desde la regulación política del conflicto capital/trabajo, lo que facilita, aunque no garantiza, el consenso social, en la medida que son tenidos en cuenta los intereses de todos.

Por Javier ARISTU

Ante las elecciones europeas del próximo domingo van apareciendo en los medios un conjunto de valoraciones previas que conviene subrayar: la primera de todas, el previsible alto índice de abstención que nos llevaría a confirmar la crisis de la relación hasta ahora afectuosa entre la ciudadanía española (y europea en gran medida) y ese proyecto de unidad económica, monetaria e institucional que es la UE. Una segunda es el también previsible ascenso de las formaciones nacionalistas, xenófobas y de extrema derecha. El descontento social, la profunda desafección de una parte muy considerable de ciudadanos con respecto a un sistema social y político que les manda al paro, les recorta las pensiones y los servicios sociales, ha hecho que se decanten hacia posiciones claramente anti-sistema o, al menos, hacia la manera de gestionar la crisis por parte de la clase dirigente de los últimos treinta años. Una tercera valoración se refiere al resultado que obtendría  la socialdemocracia europea, muy identificada con las opciones tomadas a lo largo del proceso de reajuste económico en Europa, y que no va a tener ni mucho menos un triunfo o resultado que sancione su actual política, por lo que tendrá que plantearse si debe acometer una línea diferente a la hasta ahora desarrollada. La cuarta marca la recuperación, leve, de la izquierda llamada radical o alternativa que engloba a sectores muy diversos en aspectos programáticos decisivos, y que ha pretendido en estos años de crisis alzarse con parte de los votos que iban hacia la socialdemocracia. Sin embargo, su esperable subida electoral no será suficiente para hacer cambiar el rumbo del proceso, dado que sus resultados se mueven en índices por debajo del 15%, umbral moderado si se quiere ser decisivo en política. Una quinta se refiere a la confirmación y estabilidad en Europa de las opciones verdes o ecologistas que siguen jugando, posiblemente cada vez más, un papel representativo y cohesionador de un sector social importante en nuestras actuales sociedades.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Hace unos días la opinión pública se ha desayunado con que Andalucía ocupa el primer lugar en cuanto a la tasa de desempleo de las 272 regiones europeas. El 36 por ciento. A esta merecida distinción debe añadirse otros méritos menos conocidos como el que sea también la primera o una de las primeras en cuanto a los niveles de precariedad laboral, trabajo sumergido, menor cobertura de prestaciones por desempleo, menor cobertura en la negociación colectiva, etc. ¡Cuánto honor!

Los economistas de la casa o de la cosa reducen sus explicaciones al bonito juego del mercado. La responsabilidad del desempleo se debe a un exceso de oferta de mano de obra porque la población en Andalucía crece más rápidamente que en otras regiones y países. Al último que le oí ese razonamiento fue al presidente Griñán que olvidó añadir que el desempleo es alto incluso con tasas de ocupación, masculinas y femeninas, de las más bajas de España. Algún otro ilustrado se refiere a la escasez del capital humano en la comunidad –tenemos una de las mayores tasas de universitarios en paro de España- o  a la tradicional aversión de nuestra fuerza de trabajo a emigrar. Del lado de la demanda, se culpa a la crisis, a la abrumadora amplitud de las pymes en el tejido productivo, etc.

Por Maurizio LANDINI

Nuestra cultura industrial siempre ha pensado que el crecimiento era un bien en sí mismo, mensurable únicamente con índices económicos. Hoy sabemos que no es así, que todo esto tiene costes y afortunadamente está en discusión el mismo concepto de crecimiento. Pero no es un debate ideológico o terminológico el que nos hará salir de la situación en la que estamos; incluso el concepto de crecimiento hay que matizarlo adecuadamente porque no puede existir ninguna isla feliz en un mundo infeliz, con un trabajo que tiene cada vez menos derechos. Es una cuestión de valores, principios y comportamientos; la lógica de consumir por consumir ha producido auténticos desastres. Pero no hay salida al problema sin una confrontación con aquello que lo determina, tanto más hoy, en este permanente riesgo de quiebra global. No estamos frente a una crisis normal, no es solo el resultado de una especulación financiera colapsada hace unos años en Estados Unidos, de algún banquero loco o prepotente que ha perdido el control de la situación; estamos ante la crisis de un modelo y de un sistema del que la modalidad productiva y la concepción del desarrollo son partes integrantes. Terminada esta fase dramática —si alguna vez acaba — no se volverá a la situación precedente, quizás con alguna víctima de más, pero con todos listos para recomenzar sobre un camino conocido y “seguro”. Nada será como antes en el sistema social, económico y productivo, en el sistema industrial europeo. Y todo esto puede generar ansia, miedo a lo desconocido, angustia por no saber dónde acabaremos, con reacciones —individuales y de grupo— de todo tipo. Pero este es el punto de partida y las contradicciones en las que estamos inmersos son el producto de lo que ha ocurrido. Problemas que no se resuelven “cortando cabezas”. No basta con despedir a una clase dirigente. Es verdad que la clase política tiene una gran responsabilidad pero es cierto también que la sociedad civil la ha legitimado durante estos últimos años. La representación siempre es un espejo y esas fuerzas políticas tuvieron votos, no tomaron el poder por un golpe de estado. Todos estamos implicados en este sistema degenerativo —con más o menos grados de responsabilidad, produciéndolo o soportándolo, vencedores o vencidos— y todos estamos llamados a tomar nota de su crisis, para construir uno nuevo, sin esperar que pase la noche y el mundo de antes vuelva a funcionar mejor que antes. Esto vale más aún para el modelo de desarrollo y para las relaciones trabajo/salud y capital/medioambiente.

Por Riccardo TERZI

Con este artículo Riccardo Terzi interviene y concluye el debate sobre la relación entre sindicato y la política que se ha mantenido en el blog Metiendo bulla y que hemos editado en nuestros Papeles En Campo Abierto.

Cuando envié mi escrito a José Luis López Bulla nunca pensé que se abriría esta discusión tan dinámica y de tanto alcance. Por ello estoy agradecido a todos los que han querido intervenir con observaciones críticas puntuales y profundas, sobre todo con una extraordinaria pasión intelectual y civil. Ha sido una sorpresa gratísima para mí, porque estoy acostumbrado en Italia a reflexionar en soledad, sin que haya un lugar para una seria discusión  colectiva.

 Intentaré aclarar mi pensamiento sobre diversos temas que se han suscitado en la discusión. Con una premisa que me parece importante: entre nosotros hay un común transfondo político y cultural, una convergencia muy fuerte sobre las premisas fundamentales, por lo que las diferencias –que, sin embargo, existen–  no son más que posibles articulaciones en el interior de un discurso que tiene su fuerza unitaria, que está  bien enraizado en el gran surco  histórico del movimiento obrero, en sus conquistas y sus derrotas. Procederé por puntos, no siendo necesario reemprender el hilo general  del discurso que ha sido exactamente interpretado en todas las intervenciones.

Por Javier ARISTU

El lunes 3 de febrero ha comenzado en la sala La Fundición de Sevilla un ciclo de coloquios sobre la sugerente pregunta ¿Quién está pensando en la Sevilla de los próximos 20 años? organizados por la asociación cívica Iniciativa Sevilla Abierta. Hace ya años que esta asociación viene actuando en Sevilla a través de sus debates, intervenciones y propuestas acerca del futuro de la ciudad y de los sevillanos. Tengo la opinión de que este grupo está movido por la buena inquietud del que quiere mejorar su ciudad y, para ello, tiene que romper o al menos superar los lastres que atan esta ciudad a un pasado mágico y en muchas ocasiones completamente deformado y deformador de la realidad. Parto pues de la premisa de felicitar a los organizadores por este ciclo a la par que del deseo de la mejor de las suertes, asunto que en Sevilla, como sabemos, es fundamental.

El movimiento de los “forconi” (de las horcas, por ser éstas los instrumentos simbólicos que llevaban) nació en Sicilia en enero de 2012, protagonizado por las protestas de los transportistas y agricultores. Posteriormente se ha extendido por toda Italia y recoge a vendedores ambulantes, precarios, estudiantes, desempleados, inmigrados, incluso ultras de los clubes de fútbol y agitadores de extrema derecha. Es un conjunto social disperso y desagregado, pero unido en manifestaciones en plazas públicas, donde se pide la caída del gobierno Letta, la salida del euro o la reducción de los impuestos.
Este artículo que publicamos a continuación expresa una determinada opinión sobre este movimiento y sobre lo que significa en estos momentos de profunda e histórica crisis social. Según el autor, no nos podemos fijar en la presencia de grupos fascistas para definir  al movimiento como  de carácter fascista. Otros comentaristas marcan precisamente la afinidad del movimiento con la marcha sobre Roma de Mussolini en 1922. De cualquier modo, este fenómeno social italiano, lo podemos relacionar con otras manifestaciones distintas en otros países europeos pero similares en lo que significan de protesta difusa, desarticulada, disgregadora, al margen – y muchas veces en contra- de las clásicas organizaciones políticas y sociales (partidos y sindicatos). Si la gente no ve en las históricas plataformas de organización una respuesta a sus demandas lo que hace, sencillamente, es salir a la calle y gritar, protestar, a veces destruir… ¿les queda otra alternativa?

Por Marco REVELLI

Turín ha sido el epicentro de la llamada “rebelión de las horcas”, al menos hasta ayer. Turín es también mi ciudad. Así que he salido de casa y me he ido a buscarla, la rebelión, porque como  decía el protagonista de una vieja película de los años 70, ambientada en el tiempo de la revolución francesa, «si uno va, uno lo ve…». Bien, tengo que decirlo sinceramente: lo que he visto, a la primera ojeada, no me ha parecido una masa de fascistas. Y ni siquiera de vándalos de un clan deportivo. Ni tampoco de mafiosos o camorristas, o de evasores sin castigo.

Junta-CEA-Acuerdo-Empleo-presupuestos_EDIIMA20130320_0514_13Por Carlos ARENAS POSADAS

Concertación social es sinónimo de corporativismo; si corrientemente usamos aquella expresión y no esta se debe a que la palabra corporativismo suena mal, tiene mala fama: nos recuerda a dictaduras, a intereses estrechos de un colectivo económico y social. En realidad corporativismo es un modelo de gobernanza que suele aparecer en momentos en los que el sistema capitalista se halla en fases de desconcierto en los que necesita consenso para iniciar un nuevo modelo de acumulación de capital. Mediante una transacción corporativa las clases dominantes mantienen el control del sistema económico y político a cambio de ofrecer a sus rivales, especialmente a los trabajadores y a sus organizaciones, una serie de mejoras económicas y una capacidad de interlocución  previamente inexistente.  Cuando ese tránsito se ha efectuado, menguan las ganancias y aparece la fase recesiva, el ánimo corporativo desaparece, la guerra de clases desde arriba se reanuda  con bríos para arrebatar lo concedido y derrotar al rival de clase.