Entrevista con Michel Aglietta

La comprensión del desempleo divide enormemente a los economistas. ¿Cómo se sitúa usted en este debate?

la teoría económica estándar considera el mercado de trabajo un mercado como los otros, con una oferta y una demanda que se equilibran por el precio, es decir, los salarios.En ese enfoque, toda la oferta de trabajo (dicho de otro modo, la masa de trabajadores que buscan ser empleados) es absorbida por la demanda de trabajo de las empresas. Si esto no es así, es que existe una disfunción en el mercado de trabajo, que la gente no está dispuesta a trabajar por el salario equivalente a su productividad, con el que las empresas estarían dispuestas a contratar. Lo que viene a decir que el desempleo es voluntario, al menos colectivamente.

Esta visión ignora completamente la naturaleza de la relación salarial. El salario no es el precio del trabajo sino el precio del alquiler de las capacidades de trabajo que los asalariados ponen a disposición de los empleadores. Ahora bien, el trabajo no es un bien mercantil; es una actividad ejercida en una relación de poder y de subordinación en el seno de una empresa. La relación es doblemente simétrica. Por una parte, los empleadores no conocen previamente la adecuación de las capacidades de sus candidatos a las necesidades de aquellos -por eso la contratación es un riesgo que el empleador trata de reducir a través de un proceso de selección. Por otro lado, los asalariados ´no controlan la intensidad efectiva del trabajo, ésta no está sujeta a contrato.

Por Javier ARISTU

En 1997, hace ya casi dos décadas, Bruno Trentin, uno de los grandes nombres del  sindicalismo de postguerra, manifestaba su descontento por el abandono o alejamiento de la izquierda —en este caso la italiana— respecto del compromiso con “las grandes cuestiones que, originariamente, justificaban su existencia: la emancipación del trabajo y la transformación de la sociedad civil” (La ciudad del trabajo, Fundación 1 de mayo, pág. 35). Trentin manifestaba, además, su asombro ante la inconsciencia o despego con que esa izquierda manifestaba su ceguera ante la transformación que ya en los años noventa del pasado siglo se estaba desarrollando a toda máquina en el interior de “los procesos productivos, la organización del trabajo subordinado, la composición de la clase trabajadora y las estructuras de los mercados laborales” en el mundo occidental y más allá. Venía a concluir que la izquierda y sus intelectuales orgánicos estaban buscando sus referentes políticos y sociales “fuera de la sociedad civil y fuera del trabajo subordinado”, fuentes de donde habían tomado su inspiración.

Pienso que esta descripción se puede aplicar sin ningún tipo de duda al ejemplo español. El abismo que existe entre izquierda política y universo del trabajo es escandaloso; es posible que casi siempre, con excepciones puntuales, y sobre todo tras la Transición política, haya existido esa quiebra, esa distancia, esa dificultad para que la izquierda política española capte y lea los procesos de fondo que, la mayor parte de las veces,  comienzan en los procesos productivos, en las transformaciones en la relación capital-trabajo. Nos llevaría más tiempo y espacio del que disponemos en este artículo comprobar con datos cómo parte de la historia de nuestra izquierda, con sus éxitos electorales y sus derrotas,  es la historia de una incomprensión: la existente entre la elite política y la cuestión del trabajo.

Por Alain SUPIOT

La Fundación 1 de Mayo acaba de publicar el discurso que Alain Supiot dio en noviembre de 2012 para celebrar su entrada como profesor en el Collège de France, prestigiosa institución académica francesa, con notable presencia de investigadores sociales. Con el título de Grandeza y miseria del Estado social, Alain Supiot desarrolla una exposición acerca de la situación actual del mismo, tras la crisis industrial de los años 70 del pasado siglo y en pleno caos financiero, analizando sus causas y abriendo vías y perspectivas muy interesantes de las nuevas formas de solidaridad. Recomendamos la lectura del texto completo en el sitio de la Fundación [DESCARGAR] La traducción ha sido realizada por Pedro Jiménez Manzorro y Javier Aristu Mondragón.  Mientras, ofrecemos un breve extracto del mismo.

 

Solidaridad en su sentido más amplio designa eso que solidifica a un grupo humano, sin prejuzgar la naturaleza y la composición del aglutinante que mantiene juntos a los miembros de ese grupo. Tiene así una generalidad y una neutralidad que no poseen ni la noción de caridad (y menos aún su avatar contemporáneo: el cuidado, care), ni  la de fraternidad (que reclama un ancestro mítico). Esta es la razón por la que el concepto de solidaridad, a pesar de un empleo delicado, conserva un gran valor heurístico para estudiar la condición del Estado social en el contexto de lo que, con un término tan impreciso como omnipresente, se llama globalización.

Por Juan MORENO

Las políticas neoliberales y más recientemente la crisis económica y  sus efectos devastadores en el empleo y en la legislación, han debilitado a los sindicatos y  expuesto sus carencias, que con todo, aún son las organizaciones sociales mas fuertes. En base a esto se discute, con ánimo constructivo, dentro y fuera de sus filas,  sobre sus posibles reformas, pero también se escuchan voces que descalifican su labor, cuestionan su representatividad e incluso su derecho a la vida.  Muchas de las preguntas que se hacen ahora sobre el sindicalismo son muy viejas, le han acompañado desde su nacimiento y probablemente nunca tendrán respuestas definitivas. Pero son legítimas esas preguntas, que también podrían hacerse sobre otras organizaciones.

Por ejemplo, cuando en las manifestaciones por la calle de Alcalá, pasamos delante del elegante edificio del Casino de Madrid, yo me pregunto ¿para que servirá un casino? Tal vez en paralelo al debate sobre el futuro de los sindicatos habría que hablar del de los casinos y círculos mercantiles y bancarios y grupos económicos ¿A que se dedican? ¿los necesita la sociedad? ¿Quién los financia?.  En esa línea, preguntaría, sin dudar de su legitimidad, sobre la representatividad de la CEOE,  ¿quien se la otorga? ¿hacen elecciones? ¿Cuántos empresarios participan?

Por Javier ARISTU

Entre 2008 y 2009 una oleada de suicidios recorre la empresa France Télécom, la  sociedad reina de las telecomunicaciones en Francia. En concreto, la justicia constata que  35 trabajadores se suicidaron entre esas fechas. Previamente, entre 2006 y 2008, la empresa había despedido —en las ya famosas “reestructuraciones”— a 22.000 trabajadores y había cambiado las funciones a otros 10.000. Ante tal cúmulo de suicidios, los sindicatos protestan, la inspección de trabajo hace su informe y, finalmente, la justicia interviene: se constata el acoso laboral debido a factores como que “el grupo empresarial ha puesto en marcha métodos de gestión de personal que han dado como resultado debilitar psicológicamente a los asalariados y ha afectado a su salud física y mental”. La investigación judicial llegó hasta su máximo ejecutivo, Didier Lombard, el consejero delegado. Este, ante este drama nacional —porque 35 suicidios de trabajadores de una empresa puede ser calificado de drama si no tragedia— declaró: “Soy consciente de que los trastornos que ha sufrido la empresa han podido provocar trastornos o problemas. Pero rechazo fuertemente que estos planes indispensables para la supervivencia de la empresa hayan podido ser la causa de los dramas humanos citados como apoyo de las denuncias judiciales”. Tras estas palabras, la incógnita que nos queda por aclarar es ¿se suicidaron esos 35 trabajadores por amor? Sabemos que Monsieur Lombard tuvo que dejar su puesto en 2010.  Para conocer un análisis más a fondo de este caso puede consultarse el trabajo de Pino Ferraris en Francia – I suicidi sul posto di lavoro,  traducción  a cargo de la Escuela de Traductores de Parapanda (ETP), con sede en Pineda de Mar.

Por Javier ARISTU

 El pasado siete de junio salió publicado en Diario de Sevilla un reportaje con la firma de Paquiño Correal donde se comentaba la reunión amistosa que había congregado a una cuarentena de antiguos alumnos de la facultad de Derecho de Sevilla. La promoción de 1959-1964. La de Felipe González. Él no pudo asistir —nos dice el periodista— porque se encontraba en Nueva York. Pero sí lo hicieron otros que a lo largo de estos años de democracia han sido figuras importantes de la política, especialmente en las filas del PSOE. Hoy todos ellos están retirados de la misma aunque continúan en sus respectivas profesiones ligadas al derecho. Uno de sus profesores fue Manuel Olivencia Ruiz, de derecho mercantil, ex primer comisario de la Expo 92, ex consejero del Banco de España. Nos dice el cronista que, a la hora de los discursos típicos de estas efemérides, el profesor Olivencia dijo: “No es hipérbole ni exageración, pero la Transición española empezó en la Facultad de Derecho de Sevilla”. No sabemos si tamaño comentario fue acompañado de brindis y aplausos.

De nuevo, la Transición. Hablemos un poco de ella ya que todo el mundo sigue citándola en su paseo por nuestra historia.

Por Javier ARISTU

(Dedicado a mi amigos Eduardo, José Luis, y los dos Paco, a los que al parecer les gustan estas reflexiones).

Continuamos y acabamos con esta tercera entrega el comentario al libro de Alberto Garzón “La Tercera República” con el ánimo de dialogar y debatir amistosamente las ideas que el diputado de IU ha volcado en su propuesta. Advierto que la cosa va de citas.

El trabajo

Creo que la cuestión del trabajo, así como la concepción del modelo democrático de convivencia, son dos grandes asuntos en los que entro en claro  contraste con Garzón. Sobre el segundo, el modelo democrático, ya he dado mi opinión en la primera entrega de estas notas; sobre el primero quiero tratar ahora al ser, precisamente, un asunto que el líder de IU no considera importante como para tratarlo con extensión. Y esto no es culpa personal de Garzón, ya que no hace sino seguir la estela y el alcance analítico de gran parte, por no decir toda, de la izquierda española, desde la más “socialdemócrata” a la más “radical”. Y así nos va.

Vaya por delante que no estoy de ninguna manera pensando en un modelo donde los partidos de izquierda deban ser “partidos de raíces obreras”, a la vieja usanza de nuestros clásicos sujetos políticos del siglo XX. Pero de ahí a concebir un modelo político de emancipación sin plantearse la trascendental cuestión de la condición del trabajo en estos albores del siglo XXI es hacer un pan como unas hostias. Y es curiosa esta ausencia, porque Garzón dedica muchas páginas al análisis de la democracia griega a partir de las relaciones establecidas entre “los que debían trabajar” y los que “no tenían que trabajar”, e igualmente a la hora de analizar las experiencias del republicanismo y socialismo del siglo XIX también hace algunas calas sobre Las relaciones de clase subyacentes a los problemas políticos, entre los que sólo tenían “su fuerza de trabajo” y los capitalistas. Lo que uno no termina de entender es cómo ahora, en un momento de transformación radical y sustantiva de las relaciones, condiciones y papel del trabajo en la sociedad que se está gestando, la izquierda española no tiene nada que decir ante este decisivo asunto. Y repito, no tiene nada que decir. Esto expresa, desde mi modesta opinión, una de las mayores carencias que está mostrando nuestra izquierda —la vieja y también la nueva— y de ese vacío no puede salir un proyecto que se contraponga con visos de éxito al neoliberalismo. Porque, permítaseme el ejemplo y el riesgo de ser incomprendido: no se puede construir un modelo político alternativo a la derecha conservadora partiendo del movimiento de desahucios de casas, o de cualquier otra plataforma social reivindicativa, si al mismo tiempo nos olvidamos de que el factor trabajo sigue siendo hoy la cuestión decisiva de la confrontación social; en España y en el mundo entero.

Por Javier ARISTU

Sigo dialogando con el texto de Alberto Garzón. Las largas horas del verano permiten un encuentro amable pero a la vez severo con las ideas del diputado de IU.

Hablábamos en la anterior entrada del nuevo paradigma que Garzón trata de convertir en el referente de la izquierda española para las próximas décadas: el republicanismo, entendido no cómo la simple sustitución de la corona por una presidencia de la república sino como un modelo de sociedad basada en unos objetivos —que según su autor serían la falta de acceso a los suministros más básicos, la falta de confianza en el sistema político y la creciente desigualdad que desborda la cohesión social—en un método de acceso a los mismos —el llamado proceso constituyente—  y en unos procedimientos, los de la democracia directa.

Estado de bienestar

La denuncia que hace Garzón es evidente: la sociedad del bienestar, el llamado welfare state, comienza a entrar en crisis a partir de los años setenta del pasado siglo por dos razones, la dificultad de dicho estado para satisfacer las necesidades sociales a partir de un estado en crisis fiscal y, en consecuencia de lo anterior, la ofensiva liberal que propugna una nueva fase de acumulación a partir de la privatización de los recursos públicos y la construcción de un modelo social basado en el mercado como distribuidor de recursos. Por lo tanto, hay que estar de acuerdo con que los objetivos de un proyecto de emancipación social en esta fase de predominio absoluto del neoliberalismo deben ser precisamente los del acceso a los bienes básicos, el combate contra la desigualdad y la reconstrucción de un nuevo modelo político que sea capaz de dotar de confianza, hoy perdida, a los ciudadanos.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Hace unos días asistí invitado por CCOO de Sevilla a unas jornadas de reflexión sobre el estado de un tejido industrial en la provincia, aquejado desde hace décadas de una crisis por consunción traducida en cierre de empresas, fuga de otras y peligrosa dependencia de muchas de las que quedan de decisiones estratégicas que se toman fuera de Andalucía.

Me agradó la frescura con la que algunos delegados sindicales, el de Fasa o el de Mina las Cruces, por ejemplo, enfocaron el problema: vinieron a decir, algo así como que una golondrina no hace verano, que se necesita escapar a la dependencia mencionada y a la maldición de actividades extractivas con fecha de caducidad, insertando lo que hoy son industrias enclaves dentro de un aglomerado industrial capaz de complementarlas, provocar sus externalidades y garantizar su sostenibilidad añadiendo valores al mero aprovechamiento de los recursos naturales.