Por Enrico MORETTI

La «gran divergencia» es uno de los desarrollos más importantes en la historia económica y social de la América de postguerra hasta nuestros días. La diferencia cada vez más marcada entre ciudades en lo que se refiere a nivel de desarrollo económico no es un fenómeno occidental sino el ineluctable resultado de fuerzas económicas con profundas raíces. La economía postindustrial, basada en el saber y la innovación, desarrolla una muy fuerte tendencia intrínseca hacia la aglomeración geográfica. En esta realidad, el futuro viene determinado por el pasado, y el éxito propicia posteriores éxitos mientras que el fracaso condena a otros fracasos. El término usado por los economistas norteamericanos es path-dependency. Ciudades y regiones capaces de atraer trabajadores cualificados y empresas innovadoras tienden a atraer a aquellos y a éstas cada vez más; las comunidades que no arriesgan trayendo trabajadores cualificados y empresas innovadoras, al contrario, pierden cada vez más terreno.

La creciente diferencia entre las distintas ciudades norteamericanas es importante no solo en sí mismo sino también por sus repercusiones sobre la sociedad americana.  Si bien es de naturaleza económica, la brecha está comenzando también a afectar a la identidad cultural, la salud, la estabilidad familiar e incluso a la política. El hecho de que los americanos con un elevado grado de instrucción se concentren en algunas comunidades y los menos instruidos en otras tiende a amplificar y exacerbar todas las posteriores diferencias socioeconómicas. Entre los habitantes de las distintas ciudades americanas se han producido, por ejemplo, notables diferencias en relación con las expectativas de vida, una diferencia que se ha profundizado en los últimos treinta años. Las tasas de divorcio, la criminalidad y la influencia política de las distintas comunidades se han ido también distanciándose. Son dinámicas que están reconfigurando de manera profunda la naturaleza de la sociedad americana, y que también Europa comienza a percibir de forma  creciente.

Por Andrew LEONARD

Llámelo “el Manifiesto de Silicon Valley”. El 4 de julio la NPR (radio pública nacional) citó a Sarah Lacy, la redactora jefe de Pando Daily, publicación dedicada a noticias de tecnología, que explicaba por qué en las empresas de Silicon Valley de la Bahía de San Francisco había producido estupor  la huelga de BART, la compañía de transportes de la bahía de San Francisco.

“La gente en la industria de la tecnología piensa que la vida se rige por el mérito individual, por la llamada meritocracia. Piensan que  uno trabaja muy duro, individualmente, para crear y construir algo y obtener, así,  beneficios, y esta es una visión contraria a la que tienen  los sindicatos”.

La metralla que lanzó Lacy  relacionada con esta manifestación de la lucha de clases se  difundió por el mundo de los medios de comunicación dedicados a la información sobre alta tecnología. Muchos comentaristas, incluido yo mismo, vimos en las palabras de Lacy  una revelación de la  torpe y  arrogante convicción de los miembros de Silicon Valley de que tienen  derecho a sus  grandes ganancias. Pero la  declaración de Lacy también se refirió a algo más profundo. Porque, cuando uno se detiene a pensar en ello, Lacy estaba descubriéndonos una  realidad. Ella resume, en sólo dos frases, el reto fundamental que plantea a la sociedad  la transformación económica  desatada por Internet. Las innovaciones pioneras en Silicon Valley recompensan el  “mérito” – si por mérito nos referimos a lo que los economistas les gusta llamar “trabajo del conocimiento basado en la capacidad”

Por Javier ARISTU

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Una película que no se puede dejar de ver. Dos días, una noche, bajo la dirección de los hermanos  Jean-Pierre y Luc Dardenne. ¿Por qué es película para no dejar pasar? Sencillamente, porque retrata un fragmento significativo de nuestra actual Europa, porque es una fotografía exacta y precisa de una parte explicativa de nuestro continente social. En ella se relata la odisea en 48 horas de una mujer por evitar que la despidan de su trabajo en el que llevaba ya varios años y del que depende una gran parte del sustento de su familia.

El asunto: una pequeña empresa belga de placas solares, de menos de veinte trabajadores (por cierto, con muchas y diversas nacionalidades y etnias) , agobiada por la competencia asiática, ofrece a sus obreros conservar su prima de productividad (1.000 euros) si a cambio votan en asamblea el despido de Sandra, una colega que ha estado una temporada en baja por depresión. La empresa considera que el trabajo encargado se puede hacer con 16 trabajadores, y no con 17, con Sandra, que le sobra a la empresa. Bajo la presión del encargado del taller, votan a favor del despido de Sandra, es decir, por conservar su prima de productividad. Esta, aconsejada por una compañera y por su marido, y tras acuerdo con el jefe de la empresa, consigue que se repita la votación y dispone de un fin de semana para convencer a sus compañeros de taller de que voten su permanencia en la empresa, a cambio obviamente de perder los 1.000 euros de prima. Durante ese fin de semana recorre los lugares de una zona industrial belga donde viven sus compañeros a fin de conseguir convencerles. Unos estarán con ella, otros preferirán conservar su salario completo. No cuento el final porque es mejor ver la película.

Por Carlos ARISTU OLLERO

Igual les suena de algo. Matteo Renzi, Primer Ministro de Italia que asumió las riendas del país bajo la promesa de desmantelar las viejas redes clientelares de poder, ha optado por “ modernizar” el mercado de trabajo por la vía de una amplia reforma laboral. El Jobs Act, un paquete de medidas para incentivar el empleo que presentó bajo la forma de moción de confianza ante el Senado en un procedimiento de dudosa constitucionalidad, ha sido calificado por Ángela Merkel como “un paso importante”. Les recuerdo que en 2010, la canciller alemana describió en términos similares la reforma laboral del gobierno de Rodríguez Zapatero.

En el contexto actual de disputa ideológica generalizada, sin duda el debate sobre el factor trabajo ofrece claves de enorme importancia. La fórmula de “austeridad + flexiseguridad” se prescribe como la única salida amable a la crisis. Como venimos conociendo en España desde 2010, la fórmula conlleva un incremento desmedido de desigualdad salarial y precariedad laboral. Esto se debe, en gran parte, a que las reformas emprendidas confieren al empresario una capacidad ilimitada para modificar las condiciones de trabajo, junto a la importante reducción  de influencia del convenio colectivo como referencia protectora general. A modo de ejemplo, Renzi abandera en Italia la supresión de la readmisión forzosa del trabajador en caso de despido improcedente.

Entrevista con Michel Aglietta

La comprensión del desempleo divide enormemente a los economistas. ¿Cómo se sitúa usted en este debate?

la teoría económica estándar considera el mercado de trabajo un mercado como los otros, con una oferta y una demanda que se equilibran por el precio, es decir, los salarios.En ese enfoque, toda la oferta de trabajo (dicho de otro modo, la masa de trabajadores que buscan ser empleados) es absorbida por la demanda de trabajo de las empresas. Si esto no es así, es que existe una disfunción en el mercado de trabajo, que la gente no está dispuesta a trabajar por el salario equivalente a su productividad, con el que las empresas estarían dispuestas a contratar. Lo que viene a decir que el desempleo es voluntario, al menos colectivamente.

Esta visión ignora completamente la naturaleza de la relación salarial. El salario no es el precio del trabajo sino el precio del alquiler de las capacidades de trabajo que los asalariados ponen a disposición de los empleadores. Ahora bien, el trabajo no es un bien mercantil; es una actividad ejercida en una relación de poder y de subordinación en el seno de una empresa. La relación es doblemente simétrica. Por una parte, los empleadores no conocen previamente la adecuación de las capacidades de sus candidatos a las necesidades de aquellos -por eso la contratación es un riesgo que el empleador trata de reducir a través de un proceso de selección. Por otro lado, los asalariados ´no controlan la intensidad efectiva del trabajo, ésta no está sujeta a contrato.

Por Javier ARISTU

En 1997, hace ya casi dos décadas, Bruno Trentin, uno de los grandes nombres del  sindicalismo de postguerra, manifestaba su descontento por el abandono o alejamiento de la izquierda —en este caso la italiana— respecto del compromiso con “las grandes cuestiones que, originariamente, justificaban su existencia: la emancipación del trabajo y la transformación de la sociedad civil” (La ciudad del trabajo, Fundación 1 de mayo, pág. 35). Trentin manifestaba, además, su asombro ante la inconsciencia o despego con que esa izquierda manifestaba su ceguera ante la transformación que ya en los años noventa del pasado siglo se estaba desarrollando a toda máquina en el interior de “los procesos productivos, la organización del trabajo subordinado, la composición de la clase trabajadora y las estructuras de los mercados laborales” en el mundo occidental y más allá. Venía a concluir que la izquierda y sus intelectuales orgánicos estaban buscando sus referentes políticos y sociales “fuera de la sociedad civil y fuera del trabajo subordinado”, fuentes de donde habían tomado su inspiración.

Pienso que esta descripción se puede aplicar sin ningún tipo de duda al ejemplo español. El abismo que existe entre izquierda política y universo del trabajo es escandaloso; es posible que casi siempre, con excepciones puntuales, y sobre todo tras la Transición política, haya existido esa quiebra, esa distancia, esa dificultad para que la izquierda política española capte y lea los procesos de fondo que, la mayor parte de las veces,  comienzan en los procesos productivos, en las transformaciones en la relación capital-trabajo. Nos llevaría más tiempo y espacio del que disponemos en este artículo comprobar con datos cómo parte de la historia de nuestra izquierda, con sus éxitos electorales y sus derrotas,  es la historia de una incomprensión: la existente entre la elite política y la cuestión del trabajo.

Por Alain SUPIOT

La Fundación 1 de Mayo acaba de publicar el discurso que Alain Supiot dio en noviembre de 2012 para celebrar su entrada como profesor en el Collège de France, prestigiosa institución académica francesa, con notable presencia de investigadores sociales. Con el título de Grandeza y miseria del Estado social, Alain Supiot desarrolla una exposición acerca de la situación actual del mismo, tras la crisis industrial de los años 70 del pasado siglo y en pleno caos financiero, analizando sus causas y abriendo vías y perspectivas muy interesantes de las nuevas formas de solidaridad. Recomendamos la lectura del texto completo en el sitio de la Fundación [DESCARGAR] La traducción ha sido realizada por Pedro Jiménez Manzorro y Javier Aristu Mondragón.  Mientras, ofrecemos un breve extracto del mismo.

 

Solidaridad en su sentido más amplio designa eso que solidifica a un grupo humano, sin prejuzgar la naturaleza y la composición del aglutinante que mantiene juntos a los miembros de ese grupo. Tiene así una generalidad y una neutralidad que no poseen ni la noción de caridad (y menos aún su avatar contemporáneo: el cuidado, care), ni  la de fraternidad (que reclama un ancestro mítico). Esta es la razón por la que el concepto de solidaridad, a pesar de un empleo delicado, conserva un gran valor heurístico para estudiar la condición del Estado social en el contexto de lo que, con un término tan impreciso como omnipresente, se llama globalización.

Por Juan MORENO

Las políticas neoliberales y más recientemente la crisis económica y  sus efectos devastadores en el empleo y en la legislación, han debilitado a los sindicatos y  expuesto sus carencias, que con todo, aún son las organizaciones sociales mas fuertes. En base a esto se discute, con ánimo constructivo, dentro y fuera de sus filas,  sobre sus posibles reformas, pero también se escuchan voces que descalifican su labor, cuestionan su representatividad e incluso su derecho a la vida.  Muchas de las preguntas que se hacen ahora sobre el sindicalismo son muy viejas, le han acompañado desde su nacimiento y probablemente nunca tendrán respuestas definitivas. Pero son legítimas esas preguntas, que también podrían hacerse sobre otras organizaciones.

Por ejemplo, cuando en las manifestaciones por la calle de Alcalá, pasamos delante del elegante edificio del Casino de Madrid, yo me pregunto ¿para que servirá un casino? Tal vez en paralelo al debate sobre el futuro de los sindicatos habría que hablar del de los casinos y círculos mercantiles y bancarios y grupos económicos ¿A que se dedican? ¿los necesita la sociedad? ¿Quién los financia?.  En esa línea, preguntaría, sin dudar de su legitimidad, sobre la representatividad de la CEOE,  ¿quien se la otorga? ¿hacen elecciones? ¿Cuántos empresarios participan?

Por Javier ARISTU

Entre 2008 y 2009 una oleada de suicidios recorre la empresa France Télécom, la  sociedad reina de las telecomunicaciones en Francia. En concreto, la justicia constata que  35 trabajadores se suicidaron entre esas fechas. Previamente, entre 2006 y 2008, la empresa había despedido —en las ya famosas “reestructuraciones”— a 22.000 trabajadores y había cambiado las funciones a otros 10.000. Ante tal cúmulo de suicidios, los sindicatos protestan, la inspección de trabajo hace su informe y, finalmente, la justicia interviene: se constata el acoso laboral debido a factores como que “el grupo empresarial ha puesto en marcha métodos de gestión de personal que han dado como resultado debilitar psicológicamente a los asalariados y ha afectado a su salud física y mental”. La investigación judicial llegó hasta su máximo ejecutivo, Didier Lombard, el consejero delegado. Este, ante este drama nacional —porque 35 suicidios de trabajadores de una empresa puede ser calificado de drama si no tragedia— declaró: “Soy consciente de que los trastornos que ha sufrido la empresa han podido provocar trastornos o problemas. Pero rechazo fuertemente que estos planes indispensables para la supervivencia de la empresa hayan podido ser la causa de los dramas humanos citados como apoyo de las denuncias judiciales”. Tras estas palabras, la incógnita que nos queda por aclarar es ¿se suicidaron esos 35 trabajadores por amor? Sabemos que Monsieur Lombard tuvo que dejar su puesto en 2010.  Para conocer un análisis más a fondo de este caso puede consultarse el trabajo de Pino Ferraris en Francia – I suicidi sul posto di lavoro,  traducción  a cargo de la Escuela de Traductores de Parapanda (ETP), con sede en Pineda de Mar.