Por Franco BERARDI BIFO

A finales de los años 70, tras diez años de huelgas salvajes, la dirección de la FIAT reunió a los ingenieros para que introdujesen modificaciones técnicas capaces de reducir el trabajo necesario y despedir así a los extremistas que habían bloqueado las cadenas de montaje. Sea por esto o por lo otro el hecho es que la productividad aumentó cinco veces en el periodo que va desde 1970 al 2000. Dicho de otro modo, en el año 2000 un obrero podía producir lo que precisaba de cinco en 1970. Moraleja de la fábula: las luchas obreras sirven entre otras cosas para que los ingenieros consigan aumentar la productividad y para reducir el trabajo necesario.

¿Os parece bueno o malo? A mí me parece algo buenísimo si los obreros tienen la fuerza (¡y, caray, en aquel tiempo la tenían!) para reducir la jornada laboral con el mismo salario. Y algo pésimo si los sindicatos se oponen a la innovación y defienden los puestos de trabajo sin comprender que la tecnología cambia todo y que ya no hace falta más trabajo.

Aquella vez  los sindicatos creyeron desgraciadamente que la tecnología era un enemigo del que había que defenderse. Ocuparon las fábricas para defender el puesto de trabajo y el resultado, como se preveía, fue que los obreros perdieron todo.

Por Félix TALEGO VÁZQUEZ

Según las estadísticas, en Europa viven 123 millones de personas en situación de pobreza (carencias materiales severas). España ocupaba en 2013 el sexto lugar por la cola en la UE, con el  27,3% de población pobre. Pero, según una reciente encuesta del INE, las cifras de pobreza y exclusión social en España han aumentado y afectan ya a un 29 % de la población, casi 14 millones de personas. Respecto a los niños, según UNICEF, en los últimos años ha crecido más de un 10% el número de menores en hogares que están por debajo del umbral de la pobreza.

Estos son los efectos más evidentes del aumento continuo de desposeídos por la concentración creciente de la propiedad y el capital; ejércitos de desposeídos con crecientes dificultades para encontrar un empleo con garantías, o no perderlo, y que se ven abocados a engrosar las filas de precarios y excluidos. Políticas públicas eficaces, diseñadas e impuestas por las buenas o por las malas desde los centros de poder global, hacen posible este proceso de concentración de propiedad, capital y poder, nada “natural” como es fácil comprender. La eficacia de estas políticas pro-oligárquicas (que laman “inversiones productivas”) contrasta con la ineficacia largamente demostrada de las políticas públicas de protección social (que llaman “gasto social”).

Por Javier ARISTU

En estos momentos asistimos en España a un proceso de cambio político de gran interés. Dentro de unos años lo podremos analizar como uno de esos momentos en que un país, en su estructura político-electoral, sufrió una transformación significativa. No sé si mirando el terreno más estructural, el que constituye el fondo social y cultural de ese país, se podrá afirmar lo mismo. O, para ser más preciso, dudo que los cambios en la faceta electoral e institucional (parlamentos, ayuntamientos, gobiernos) que se están produciendo a lo largo de estos meses vayan a verse complementados con modificaciones sustantivas en el terreno de lo económico, de lo social y de lo que constituye la base estructural de un país. Dos entrevistas paralelas que he leído esta mañana en El País a dos jóvenes dirigentes de viejos y nuevos grupos políticos me inducen a ser escéptico y a comprobar las serias y profundas carencias que, en mi opinión, padece hoy el componente de la izquierda española que se llama rupturista o “del cambio”. Veamos.

Una de esas entrevistas, a Lara Hernández, 29 años, responsable de convergencia en IU, se centra en el objetivo de conquistar una Unidad Popular que según la política entrevistada parte del convencimiento de que “una sola fuerza no basta para transformar el país”, afirmación que, en cierto modo, rompe con todo el planteamiento que esa formación política había venido desarrollando en los últimos años, hasta el batacazo de las europeas y, finalmente, el éxito de las pruebas prácticas de Madrid, Barcelona y otras ciudades donde han triunfado candidaturas unitarias de amplísimo espectro. Bienvenida sea esa afirmación, como otras que transmite Lara Hernández: “entendemos necesario un espacio amplio, lo más amplio posible en el que no esté solo Podemos […] La unidad popular es un camino en el que no debiera haber líneas rojas para nadie. Creo que necesitamos construir la casa desde los cimientos, desde abajo y no desde el tejado”. Nadie desde un sentido de izquierda podría refutar esas afirmaciones. Pasa, sin embargo, que pueden sonar algo precipitadas o superficiales si no se acomete otro tipo de reflexión más de fondo. Pero pasemos a la otra entrevista.

Por Javier ARISTU

Hacía meses, muchos meses, que no lavaba el coche y decidí que le hacía falta un buen repaso. Alguien me había comentado que existía en la ciudad un centro de “lavado ecológico” de coches. ¿Qué es eso de lavado ecológico de coches? “Sin agua”, me respondieron. Mi comunicante se explayó: “Se trata de una técnica que no utiliza agua, con lo que el ahorro de esa fuente de vida es francamente positivo”. Me quedé sorprendido al saber que se podían lavar coches sin utilizar el agua, pensé que era una buena forma de colaborar con la conservación ecológica del planeta —ya saben, pequeñas iniciativas que ayudan a resolver problemas globales— y decidí llevar el coche a ese centro de lavado ecológico.

El lugar se asienta sobre unos pocos metros cuadrados, calculo que no más de veinte, de un inmenso parking subterráneo en un conocido centro comercial de la ciudad. Cuando llegué, me acogió rápidamente un encargado, de no más de 30 años, me informó del precio y me dijo que volviera en dos horas y que el aparcamiento lo debía pagar yo.

Al volver tras ese periodo de tiempo vi que el coche estaba impecable, estaban terminando los últimos detalles, aquí un cristal, allí un faro antiniebla, de tal modo que quedara como una patena. Mientras los dos trabajadores de no más de 25 años culminaban sus tareas, me dediqué a ver la forma de trabajo y la tecnología que usaban. Esto es lo que observé:

Entrevista con el filósofo Franco Berardi “Bifo”, por Monica Pepe

En la época de la “precariedad integral” y del final del mundo del trabajo tal y como lo hemos conocido, Franco Berardi “Bifo” reconstruye el proceso de transformación de la sociedad que nos ha llevado  a la actual situación, las responsabilidades del Pci ayer y las del Pd hoy en relación con los trabajadores y trabajadoras italianos.

Las tecnologías como ocasión fallida de renovación estratégica del país, al incapacidad de los trabajadores para reinterpretar —como diría Marx— “la emancipación de la clase trabajadora como obra de la clase trabajadora misma”, que ha puesto las bases del desmoronamiento de la fe y de la capacidad de intercambio solidario entre los seres humanos. En un momento de cambio histórico al que, por incrédulos testimonios, podremos mirar con las palabras de Samuel Coleridge: “Luego vino la tormenta; y fue violenta y tiránica: nos golpeó con sus increíbles alas y nos echó hacia el sur “.

¿Cuál ha sido el momento crucial que ha marcado el punto de inflexión respecto de los derechos de los trabajadores?

En los últimos años, son incontables las agresiones contra los derechos de los trabajadores. La abolición del art. 18, por lo doloroso que significa en el plano  simbólico, no ha hecho sino culminar la precarización y sistemática violación de todo derecho. Para encontrar el momento crucial que abrió el camino al absolutismo capitalista hay que irse, en mi opinión, al momento en el que, a comienzos de los años 80, gracias a las tecnologías se hace posible reducir de forma drástica el tiempo de trabajo necesario, y este desarrollo se transformó, paradójicamente, en una derrota obrera. Lo que la inteligencia colectiva había creado para el enriquecimiento social se convirtió en medio de empobrecimiento. La reducción del tiempo de trabajo necesario abrió el camino a los despidos en masa porque el movimiento obrero no fue capaz de imponer el otro camino, el de la reducción de la jornada y la redistribución del tiempo de trabajo.

Solo algunas minorías tuvieron el coraje de decir: “Trabajar menos y trabajar todos”. Los sindicalistas se limitaron, al contrario, a defender el puesto de trabajo de los ya ocupados. Era el momento de echar abajo el muro de las 40 horas, de abrir un proceso estratégico de reducción de la jornada, de desengancharse del chantaje de la supervivencia a través del salario. Pero al movimiento obrero le faltaron entonces los instrumentos culturales y conceptuales para hacer posible esta transición. Y se terminó oponiéndose a la tecnología, en vez de utilizarla como instrumento de liberación del trabajo. De esta forma el frente del trabajo perdió su naturaleza progresiva y su fuerza, de esta manera los derechos del trabajo no se basaron ya en la realidad de la correlación de fuerzas entre las clases.

Por Jesús CRUZ VILLALÓN

Parece que finalmente la recuperación del crecimiento económico está provocando un cierto impacto de crecimiento del empleo, que esperemos sea sostenido y de mayor intensidad. Sin duda se detectan expectativas positivas, que se orientan hacia una nueva etapa, que definitivamente cierra el ciclo negativo.

Ahora la pregunta que hay que hacerse es cuál es el panorama para el inmediato futuro, tras un periodo tan dilatado y profundo de destrucción de empleo. El interrogante es qué impacto cualitativo ha tenido todo este duro proceso de reajuste y, en particular, cuál es el escenario previsible de evolución del empleo. La cuestión planteada de forma resumida es si todo el proceso sufrido ha servido para depurar el mercado de trabajo, para provocar una catarsis suprimiendo los empleos inviables al tiempo que se han creado los cimientos para a partir de ahora permitir un crecimiento en clave de mayor productividad y calidad del empleo, o bien, por el contrario, nos hemos limitado simplemente a bajar unos cuantos peldaños en la escala de desarrollo económico, reducir los estándares laborales, para situarnos en un panorama de deterioro generalizado del mercado de trabajo.

Por desgracia, todos los indicios presentan un paisaje tras el tsunami de lo más desalentador, donde la respuesta se escora en esencia en la segunda dirección. Es cierto que se aprecian algunos espacios de real cambio estructural, pero la tónica general es la contraria: desde el punto de vista cualitativo, en el mejor de los casos nos encontramos en la casilla de partida, sin haber corregido ninguno de los problemas de fondo.

Por Robert REICH

General Motors (GM) tiene un valor de cerca de 60.000 millones de dólares, con cerca de 200.000 trabajadores. Sus trabajadores de primera línea ganan entre 19 y 28,5 dólares a la hora, con beneficios.

Uber se estima que tiene un valor de unos 40.000 millones de dólares, con unos 850 empleados. Uber cuenta también con más de 163.000 conductores (en diciembre, esperándose que en junio doble ese número), con una media de 17 dólares a la hora en Los Angeles y Washington DC, y 23 dólares en San Francisco y Nueva York. Pero Uber no cuenta con estos conductores de plantilla; Uber dice que son “contratistas independientes”.

¿Cuál es la diferencia?

Por un lado, los trabajadores de GM no tienen que pagar por las máquinas que utilizan mientras que los conductores de Uber lo tienen que hacer por sus coches: no solo la compra sino también su mantenimiento, el seguro, la gasolina, los cambios de aceite, los neumáticos, la limpieza. Si resta estos costos el ingreso por hora de los conductores de Uber disminuye considerablemente. Por otra parte, los empleados de GM disfrutan de las protecciones laborales legales en el país, que incluyen la Seguridad social, la semana laboral de 40 horas, el derecho a recibir una remuneración correspondiente a una hora y media por hora trabajada, seguridad y salud de los trabajadores, la remuneración por baja por enfermedad, permiso por enfermedad, salario mínimo, derecho a pensión, seguro de desempleo, protección contra la discriminación racial o de género y el derecho a la negociación colectiva. Y no podemos olvidar la obligación de la atención médica a cargo del empleador de acuerdo con el mandato Obamacare. Los trabajadores de Uber no reciben ninguno de estos beneficios. Simplemente están fuera de la ley.

Por Antonio BAYLOS

The U-boat

En las películas bélicas de batallas navales, los submarinos, al ser un lugar cerrado y casi claustrofóbico cuya capacidad de ataque se basa en la sorpresa y en no ser detectados, han dado mucho juego. Un elemento clásico de este tipo de films está constituido por la peripecia en la que el capitán del submarino, perseguido por destructores y dragaminas, se sitúa en el fondo del mar, apagando los motores para que sus perseguidores no le puedan localizar y crean que ya no está allí. Si la treta sale bien  el submarino reemprende su travesía y vuelve a surcar los mares.

Esta imagen cinematográfica que posiblemente proviene de mi frecuente presencia en los cines de barrio en mi lejana adolescencia, es la que me ha venido a la mente cuando pienso en la situación actual de los sindicatos. Silencio y máquinas apagadas. Mientras dura el ataque y explotan las bombas.

Los sindicatos protagonizaron por el contrario una fuerte resistencia frente a las reformas laborales entre el 2010 y el 2012, y a lo largo del 2013 confluyeron en grandes movilizaciones populares. Su presencia mediática y política fue muy intensa. Pero a partir del 2014, su perfil público se ha visto progresivamente borrado. El tema de los ERE de Andalucía y las tarjetas de Caja Madrid han ayudado sin duda poderosamente a esta inmersión silenciosa de la que sólo se divisa de vez en cuando su presencia pública como la que se efectuó a la hora de firmar el acuerdo sobre la prestación asistencial de desempleo. También los submarinos enviaban a superficie manchas de aceite para sugerir que ya no estaban operativos.

No es desde luego una mala táctica la de esperar que escampe. No siempre la visibilidad mediática es oportuna, como se puede fácilmente comprobar de las vicisitudes en las que actualmente está implicada Izquierda Unida de la Comunidad de Madrid. Y más con un campo mediático empotrado en los centros del poder económico. Pero sobre todo me gustaría insistir en que, como en la imagen sugerida, lo importante es que nosotros no vemos ni oímos a los sindicatos, no lo contrario. Porque de eso se trata, precisamente. Eso es lo que pretende el capitán del submarino.