Por Javier ARISTU

Se ha levantado alguna, o mucha, polvareda en relación con el asunto de la concesión de la medalla de oro de la ciudad de Cádiz a la Virgen del Rosario. La polvareda incluye a políticos en activo, periodistas, comentaristas de ocasión y, en resumen, a casi todo el mundo que se asoma por las ventanas de la opinión pública. Se ha convertido en un asunto de primer orden. Yo no sé si en verdad es un asunto social de primer o de cuarto orden pero dado que la polvareda es real y que en ella han participado, a veces con opiniones y juicios incomprensibles e incluso alucinantes, políticos nacionales de primera fila, me atrevo a entrar por alguna rendija del asunto y manifestar mi criterio. Por si sirve de algo. Pero antes de entrar en harina, me gustaría hacer un breve comentario sobre las últimas declaraciones de Pablo Iglesias acerca del pasado histórico de Cádiz. Literalmente contesta así a la pregunta del periodista: «En una ciudad como Cádiz, con esa tradición anarquista y liberal, esa Virgen, tan vinculada a las cofradías de pescadores, no va unida al conservadurismo que nos podría parecer desde fuera». La frase está repleta de esos tópicos y creencias que, sin haber sido contrastados, se van repitiendo una y otra vez hasta constituirse en “verdad indiscutible”. ¿Cádiz de tradición anarquista y liberal? Pues según y cómo se vea. Si repasamos la “reciente tradición” política de la ciudad, esta no representa precisamente los valores anarquistas: desde 1979 hasta 1995 (16 años, cuatro legislaturas) fue gobernada por el PSOE; a partir de 1995, con Teófila Martínez, Cádiz fue regida por la derecha, el PP, hasta 2015 (20 años, 5 legislaturas). Durante 36 años de democracia —un tercio de siglo— la “ciudad anarquista” ha dado su voto a los partidos del sistema bipartidista. Solo recientemente la preside un alcalde que es una combinación de valores antisistema y otros de religiosidad popular.

Por Javier ARISTU

Ayer martes 25 el Papa Francisco I visitó el Parlamento europeo y dio un discurso ante el plenario de diputados. Al comienzo del mismo un grupo de la izquierda unitaria española abandonó el hemiciclo “como protesta contra la presencia de la religión en la esfera pública y política”. Por las redes anda bastante gente revuelta a propósito de este asunto. Unos defienden a los eurodiputados de IU, otros atacan a Pablo Iglesias por quedarse durante la sesión papal y enviar unos tuits elogiosos con el representante del Vaticano. Yo sé que me meto en un charco y que puedo salir manchado de barro,  pero voy a tratar de dar mi opinión sobre este tema porque entiendo que, a pesar de ser anecdótico y que posiblemente se olvidará en una semana, es significativo de algunos de los tics que identifican una forma de pensar y hacer la política en nuestro país. Y, además, como hay personas muy cercanas, amigos y conocidos que se han manifestado con sincera combatividad contra la presencia de Francisco I en el Parlamento europeo me parece necesario expresarles desde aquí mi discrepancia con ellos.

Dijo la eurodiputada Marina Albiol: “El Parlamento Europeo no es lugar para sermones religiosos. La religión pertenece al ámbito privado y ahí debe quedarse. Las instituciones, las escuelas, los espacios públicos no son lugares para la fe y las creencias religiosas”. No voy a oponerme yo a esta reflexión que me parece surgida de la más honda convicción laica. Sí la veo, si quiero ser sincero, desproporcionada en una Europa donde, guste o no, la religión fue en el pasado y sigue siendo hoy asunto de primera importancia política, es decir, cuestión que merece la atención de la política y de los políticos porque afecta a las convicciones e intereses de muchos millones de personas. Afirmar desde un abstracto laicismo la pareja independencia abstracta de la religión respecto de la vida social de las gentes es —así lo digo aun pudiéndome llevar bofetadas dialécticas— vivir en Marte.