Por Francisco Javier MERCHÁN IGLESIAS

MUCHO me temo que la desafección ciudadana hacia las políticas que hacen los gobernantes alcanza ya a la política educativa. Mirando desde dentro, a veces uno tiene la impresión de que la política educativa nada o casi nada tiene que ver con lo que ocurre en el interior de los centros escolares, y de que el sistema educativo funciona sin un horizonte definido, meramente por inercia y por la vocación de muchos de sus profesionales. Los datos PISA son de fiabilidad discutible y se prestan a muy diversas e incluso contradictorias interpretaciones. Admitiendo esa versatilidad, no puede negarse, sin embargo, que el informe de las pruebas de 2012 ofrece algunos resultados que tienen gran valor indicativo.

Por Pablo del BARCO

Un “gamonal” es un terreno poblado de gamones, plantas liliáceas, con hojas en forma de espadas que se utilizaba antiguamente para curaciones de la piel. Antes se llamaba Gamonal de Río Pico, por un cauce estrecho surcando el lugar y que de niños nos gustaba vadear en invierno, cerca de la iglesia, que iba a parar al río Vena, o tal vez al Arlanzón, el padre de los ríos de Burgos. Hace sesenta años era un lugar despoblado, en el que crecían con abundancia y libertad las plantas que daban origen al nombre, al que acudían los soldados del cuartel de caballería de Burgos para hacer ejercicios de instrucción militar montados en los pencos, desplazados desde el cuartel de caballería, ubicado donde hoy se sitúa el Museo de la Evolución Humana. Junto a Gamonal, salida natural hacia Vitoria, estaba el Capiscol (capiscol= sochantre que dirige el coro popular; también gallo. Nunca supe el significado idóneo), atravesado por la carretera de Logroño, que visitaba a unos kilómetros, con proximidad e ignorancia en aquella época, las célebres cuevas de Atapuerca, en un campo de tiro militar no visitable. Entre ambos espacios nos bautizábamos los burgaleses en el fútbol aguerrido y bravío de aquel tiempo, en campos natural y profundamente embarrados. Había un polvorín entre ambos espacios, al que nos hacían mirar con cierta reserva y miedo. En el Capiscol, sede la primitiva fábrica de Campofrío, viejo emblema de Burgos, se levantó luego un silo para almacenar grano, una remolachera, más tarde una fábrica de cervezas; era el lado del pan y la guerra. Gamonal era el lugar de tránsito, con pocas y humildes casas alineadas en el borde de la carretera; la iglesia, dedicada a la devoción de Santa María la Real y Antigua, era lo más notable de aquel paisaje.

El movimiento de los “forconi” (de las horcas, por ser éstas los instrumentos simbólicos que llevaban) nació en Sicilia en enero de 2012, protagonizado por las protestas de los transportistas y agricultores. Posteriormente se ha extendido por toda Italia y recoge a vendedores ambulantes, precarios, estudiantes, desempleados, inmigrados, incluso ultras de los clubes de fútbol y agitadores de extrema derecha. Es un conjunto social disperso y desagregado, pero unido en manifestaciones en plazas públicas, donde se pide la caída del gobierno Letta, la salida del euro o la reducción de los impuestos.
Este artículo que publicamos a continuación expresa una determinada opinión sobre este movimiento y sobre lo que significa en estos momentos de profunda e histórica crisis social. Según el autor, no nos podemos fijar en la presencia de grupos fascistas para definir  al movimiento como  de carácter fascista. Otros comentaristas marcan precisamente la afinidad del movimiento con la marcha sobre Roma de Mussolini en 1922. De cualquier modo, este fenómeno social italiano, lo podemos relacionar con otras manifestaciones distintas en otros países europeos pero similares en lo que significan de protesta difusa, desarticulada, disgregadora, al margen – y muchas veces en contra- de las clásicas organizaciones políticas y sociales (partidos y sindicatos). Si la gente no ve en las históricas plataformas de organización una respuesta a sus demandas lo que hace, sencillamente, es salir a la calle y gritar, protestar, a veces destruir… ¿les queda otra alternativa?

Por Marco REVELLI

Turín ha sido el epicentro de la llamada “rebelión de las horcas”, al menos hasta ayer. Turín es también mi ciudad. Así que he salido de casa y me he ido a buscarla, la rebelión, porque como  decía el protagonista de una vieja película de los años 70, ambientada en el tiempo de la revolución francesa, «si uno va, uno lo ve…». Bien, tengo que decirlo sinceramente: lo que he visto, a la primera ojeada, no me ha parecido una masa de fascistas. Y ni siquiera de vándalos de un clan deportivo. Ni tampoco de mafiosos o camorristas, o de evasores sin castigo.