Por Nadia URBINATI

La larga marcha de los partidos hacia la degradación de su credibilidad parece no tener fin, como demuestran también los recientes resultados de las elecciones regionales italianas, donde la victoria de los candidatos del Pd ha sido al precio de una abstención que hace palidecer la bien conocida de los Estados Unidos. La acusación de muchos abstencionistas (se puede ver en las redes sociales) es que los partidos ocupan las instituciones sin que ello suponga beneficio alguno a la sociedad, en parte porque sus criterios de selección de candidatos premian el conformismo, en parte porque han renunciado a ser expresión de una identidad ideológica. Acusaciones que parecen dar razón a aquella enunciación que Roberto Michels sostenía hace ya un siglo: la fatal transformación oligárquica de los partidos. Pero si la anemia de participación está inscrita en el ADN del gobierno representativo, si los partidos no pueden ser sino lo que son, entonces, ¿por qué sorprenderse o por qué hablar del ocaso de legitimidad de la democracia de partidos? Si,  como los realistas, se piensa que vivimos en el mejor de los mundos posibles, no tiene sentido lamentarse de nada, porque mientras los partidos hagan su trabajo —selección de la clase dirigente— serán objetivamente representativos. Quien vence vence, sea cual sea la afluencia a las urnas.

La desconfianza en la obstinada necesidad de tener partidos de identidad y participación es a menudo desconfianza hacia la disolución de los partidos en movimientos. La parábola del Movimiento 5 Stelle parece justificar esta desconfianza. Hay, sin embargo, un caso en Europa de un nuevo partido, Podemos, nacido del movimiento pero destinado a una organización estructurada (según sus críticos, centralista e incluso autoritaria). Podemos (cuyo líder Pablo Iglesias ha sido entrevistado en La Repubblica el pasado 20 de noviembre) ha interrumpido de esta forma el movimiento anti-partido de los indignados, de donde nació. Aquí está la diferencia respecto de sus hermanos americanos de Occupy Wall Street y los italianos del Movimento 5 Stelle. Al contrario que los primeros Podemos no ha renunciado a la representación política y a la participación electoral. A diferencia de los segundos, no ha exorcizado al partido sino que ha querido crear uno nuevo, sabiendo bien que esto le puede suponer el riesgo de convertirse en uno igual que los demás partidos. Como ha explicado Iglesias, el problema de la debilidad de nuestras democracias no está en el hecho de que estas se basen en los partidos sino que los actuales partidos no tienen ya credibilidad. La alternativa a estos es crear nuevos partidos, no está en el movimiento anti-partidos.

Por Angelo D’Orsi

Bersani, líder del PD
Bersani, líder del PD

Publicamos un largo artículo de valoración de los resultados de las recientes elecciones italianas. Más allá de la provisionalidad de algunas afirmaciones, hechas a vuelapluma tras las elecciones, bastantes de las afirmaciones y reflexiones que se lanzan tienen todavía valor y, lo que es tan importante, podemos aplicarlas a nuestro país, a España. Aunque pueda haber finalmente un gobierno del PD, con Bersani al frente, el autor nos habla claramente de una “derrota política”, de la que no es ajena el éxito de las candidaturas en torno a Beppe Grillo y los resultados obtenidos por el PDL de Berlusconi.

Además, dice el autor, en el quinto centenario de la publicación de “El Príncipe”, el pensamiento de Maquiavelo nos ayuda a reflexionar sobre las causas de la derrota electoral de la izquierda. Esta sólo podrá recuperarse a través de lo que Gramsci llamaba “un lento trabajo cultural” y  redescubriendo el auténtico sentido de la política como búsqueda y lucha por una sociedad mejor.

¿Y ahora? Me muevo en un escenario que no me agrada, entre la fastidiosa borrachera de los vencedores, las grotescas justificaciones de los perdedores, el silencio embarazoso del que pronosticaba otro resultado, y, personalmente, trato de hacer el luto, como uno más entre aquellos que votaban sabiendo que de cualquier forma iban a ser derrotados, más allá de los resultados concretos obtenidos por las listas que ellos habían apoyado. Derrotado, dado que ninguno de los contendientes expresaba mi pensamiento, y, sobre todo, porque aquel al que me sentía más próximo había elegido procedimientos y métodos típicos de una “vieja política” (no transparente, no democrática, de cúpulas dirigentes, y a pesar de todo vencida en las urnas) en la construcción del proyecto y en la configuración de las candidaturas. Como no ejerzo de político profesional, aunque sí lo estudio,  en vez de quejarme, o de alegrarme, o de justificar, intento razonar sobre las causas de lo que es sin lugar a dudas una derrota quizá histórica de la izquierda, o al menos de lo que hasta ahora hemos llamado “izquierda”. Y la conclusión de esta reflexión es para mí devastadora. Me siento solo, como nunca lo he estado. Y sin embargo, las posibilidades de ver una luz existen, al menos en el plano de la simple lógica. Con un esfuerzo que no es indiferente trato de iluminar esta nebulosa situación postelectoral. Pido ayuda al “Secretario florentino”, al gran Nicolás, recordando que “El Príncipe” —la obra maestra de la teoría política de todos los tiempos— fue escrito por él exactamente hace medio milenio, a partir de la experiencia política directa y basándose en el conocimiento de la historia, las dos fuentes del pensamiento de Maquiavelo, ayuda indispensable todavía para reflexionar sobre el universo político. Y que me perdone Marx por el hábito de las once tesis.

Primera tesis: no se derrota al adversario directo ignorándolo o usando contra él el florete.

 La campaña electoral de Bersani, Vendola e Ingroia ha sido minimalista tanto en la forma como en el fondo. Los tres, y sus aliados, han caído en el error de mostrar la actitud de quien está seguro de los resultados, creyendo que Berlusconi estaba fuera de juego y por eso no atacándolo con energía. La campaña “de buena educación” ya la había llevado a cabo Veltroni[i] en la precedente con los desastrosos resultados que conocemos. No se vence haciendo indirectas, ocurrencias y llenando de metáforas el discurso propio. Te debes presentar como adversario, no como socio ni siquiera como vecino. Especialmente en una batalla en la que el adversario te ataca de forma violenta. Mejor dicho: en una campaña electoral el adversario se convierte en enemigo, y a los enemigos hay que “aniquilarlos”, nos enseña Maquiavelo. La revolución no es un banquete de gala (Mao Ze Dong) pero tampoco lo son unas  elecciones en un momento tan dramático como el actual de la historia de Italia. Ingroia, además, ha cometido el acostumbrado error —un error histórico de la izquierda italiana— de atacar fuertemente y con mayor ímpetu a sus posibles aliados (precisamente aquellos a los que un día sí y otro no invitaba al pacto), que al enemigo número uno, o sea Berlusconi. Bersani ha puesto al mismo nivel al PDL y a M5S. Y ahora, en  el lento proceso de las negociaciones poselectorales parece oscilar todavía entre los dos polos.[ii]

En cualquier caso a todos los candidatos del Centroizquierda les ha faltado la necesaria agresividad, tanto más en una situación catastrófica como la actual. Ninguno de ellos ha sabido ser “león” pero, ¡ay!, tampoco “zorro”: ni energía ni astucia. Lo que  por el  contrario han mostrado Berlusconi y Grillo (Monti era por su parte más bien patético y el Vaticano, la masonería y la Confindustria no han bastado para hacerlo despegar).

Por José GARCÍA GARCÍA

Foto: Carlos M. González

Las nuevas tecnologías de la comunicación nos permiten, como es el caso de internet, compartir información y opiniones  así como conocer de inmediato, cuando no “in situ”, qué está ocurriendo al otro del mundo, haciendo casi imposible ocultar lo que acontece a nuestro alrededor. Si este efecto lo podemos situar en la parte positiva de la balanza hay otros efectos que se han de colocar  en la parte negativa de la misma. Me refiero a que ante éste flujo, esta globalización de la noticia, sistemáticamente damos por buena cualquier información que nos llega por la red o a través del correo y reenviamos sin constatar e incluso a veces sin pararnos a leer. De esta forma y en medio de grandes campañas mediáticas crean una corriente de opinión que terminamos haciéndola nuestra como en el caso de la credibilidad de los políticos en nuestro país (aunque algunos han dado razones suficientes para ganarse dicho descredito).

Es precisamente en medio de esta crisis cuando lanzan la noticia de que somos el país que más políticos tiene, en concreto 445.568. Esta afirmación, además de no ser verdad, es tremendamente peligrosa, porque tergiversa la realidad y desvía la atención de los verdaderos problemas, mientras el gobierno sigue haciendo y deshaciendo a su antojo y  muestra una irresponsable falta de respeto al sistema democrático.