Por Javier ARISTU

¿Es posible volver a situar la política en el centro de la actividad social?

La pregunta parece contradictoria con lo que realmente parece estar ocurriendo dado que las noticias imperantes hoy en las cabeceras de los medios, en los círculos de las redes sociales y en las conversaciones de la gente es la crítica de la política. Como si esta, la política, estuviera marcando la vida de nuestras sociedades. Y, sin embargo, la política está siendo arrinconada por otros tipos de actividades y dedicaciones. Trataré de explicarme a partir de algunos ejemplos que he venido observando en las últimas semanas.

Por Carlos ARENAS POSADAS

No es casualidad, ahora que las alternativas “de clase” parecen insuficientes como alternativas al sistema capitalista en su versión ultraliberal, ahora que se intuyen alternativas protagonizadas transversalmente por los “agraviados”, precarizados, trabajadores empobrecidos, clases medias decaídas, jóvenes sin futuro y ancianos agobiados por el futuro de sus pensiones, esto es, por  esa masa crítica que antes llamábamos “el pueblo”, que la derecha se lance con el cuchillo entre los dientes a la descalificación del “populismo”.

Por Javier ARISTU

Populismo. Posiblemente comienza a ser el concepto más utilizado en el cosmos del comentario político que inunda las redes. Antes nos batíamos con otros términos que han dado sentido a toda una época: socialismo, capitalismo, imperialismo, nazismo, fascismo, democracia. En torno de estas palabras se ha tejido la historia de los últimos decenios. En estos años comienzan a ser subsumidas bajo la noción globalizadora de populismo. De derecha o de izquierda, ese es el único matiz. Llega el asunto a ser tan simplificador que hasta una de nuestras políticas más representativas como la presidenta andaluza Susana Díaz establece un correlato unívoco entre Trump y Pablo Iglesias: «beben en la misma fuente», ha llegado a decir. Y aquí paz y mañana gloria. La palabra se está convirtiendo en el talismán que, ante la incapacidad analítica o las limitaciones de conocimiento, viene a suplantar la inexistencia de formulaciones que puedan explicar lo que está pasando en gran parte del mundo.

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

No hay alternativa. Con solo tres palabras los neoliberales han impuesto su modelo de gestión de los cambios tecnológicos, sociales, políticos y económicos que se produjeron en los ochenta.

Dogma total, que afecta no solo a la economía, sino a la filosofía (pensamiento débil, pensamiento único, postmodernismo…), a la historia (el fin de la Historia)…sospechosamente total.

Por Javier FLORES FERNÁNDEZ-VIAGAS

            He leído recientemente Sumisión, la polémica novela de Michel Houellebecq que se presentaba en París a principios de este año, justo el día en que se produjo el sangriento ataque terrorista contra Charlie Hebdo. Una novela cautivadora que se lee de una sentada y refleja la agonía del hombre postmoderno. Marine Le Pen, mucho más inteligente que su padre, ha sabido rodearse de unos compañeros de viaje capaces de influir en la sociedad de un modo determinante, protagonizando escándalos, abriendo debates, creando opinión…

            Los planteamientos políticos propuestos por Houellebecq en Sumisión son una proyección de las falacias que el Frente Nacional y Riposte Laïque (su correa de transmisión) jamás se han cansado de repetir, a saber: un supuesto proceso de aculturación promovido por las autoridades republicanas, con la pretensión de islamizar el país, y un conflicto civil latente que se presenta como consecuencia de ello. Falacias, sí, pero con ellas han logrado ofrecer a los franceses un relato de lo sucedido en las últimas décadas, del que surgen toda una serie de propuestas que conforman su novedoso programa político. Precisamente en un tiempo en que la ciudadanía necesita, ¡más que nunca!, un relato que explique lo sucedido.

Por Javier ARISTU

La entrada de Javier Terriente y la última de Nadia Urbinati, ambas publicadas los pasados días en este blog, me invitan a dialogar con ellos a propósito de Podemos.

Posiblemente desde los tiempos de la transición democrática no asistíamos a una efervescencia política en España como en estos meses. Los programas de la noche del fin de semana de las grandes cadenas (exceptuemos desgraciadamente a las cadenas públicas RTVE y Canal Sur, por lo que nos toca como andaluces) están dedicados no a la canción, ni a concursos ni a grandes películas sino a debates políticos con representantes de partidos y periodistas. Al margen de lo que nos parezca el formato, el estilo, la metodología de esos programas, es evidente que esto no pasaba desde los gloriosos tiempos de La Clave, de José Luis Balbín, que todos veíamos con cierta devoción hace ya tres décadas. No está mal recordar que fue precisamente el delegado socialista en RTVE, José Mª Calviño, quien acabó con aquel programa mítico en 1985, tres años después de la llegada al gobierno del PSOE. Pues bien, los fines de semana hemos vuelto a ver debates políticos en las cadenas nacionales. ¿Señal de que este país está cambiando? Sin duda, algo está pasando en nuestra sociedad que ha hecho que los directivos de esas cadenas introduzcan la política en estado puro —bien es verdad que con bastante salsa del reality-show— en sus horarios de máxima audiencia.

No descubro nada nuevo bajo el sol si digo que el principal fenómeno que demuestra lo anterior es la presencia de Podemos en el panorama español, y me atrevo a decir que europeo. La formación de Iglesias ha desencajado literalmente toda la arquitectura establecida no desde la transición sino precisamente desde la constitución del mapa institucional bipartidista formado a partir de 1990 por el PSOE de Felipe González y el PP de Fraga Iribarne primero y posteriormente José Mª Aznar. Una precisión para los críticos del bipartidismo: la transición y los primeros años de la democracia no fueron años de bipartidismo puro, o al menos no iguales que los que siguieron a los de González-Aznar. En aquellos años de los primeros gobiernos de la democracia funcionaban otros parámetros políticos distintos a los que luego impuso el PSOE. Conviene explicitarlo porque frecuentemente se confunde en un totum revolutum todos los años de la transición pura (1976-1982) y los que podríamos llamar años “del sistema PSOE” (1982-1996).

Por Nadia URBINATI

La larga marcha de los partidos hacia la degradación de su credibilidad parece no tener fin, como demuestran también los recientes resultados de las elecciones regionales italianas, donde la victoria de los candidatos del Pd ha sido al precio de una abstención que hace palidecer la bien conocida de los Estados Unidos. La acusación de muchos abstencionistas (se puede ver en las redes sociales) es que los partidos ocupan las instituciones sin que ello suponga beneficio alguno a la sociedad, en parte porque sus criterios de selección de candidatos premian el conformismo, en parte porque han renunciado a ser expresión de una identidad ideológica. Acusaciones que parecen dar razón a aquella enunciación que Roberto Michels sostenía hace ya un siglo: la fatal transformación oligárquica de los partidos. Pero si la anemia de participación está inscrita en el ADN del gobierno representativo, si los partidos no pueden ser sino lo que son, entonces, ¿por qué sorprenderse o por qué hablar del ocaso de legitimidad de la democracia de partidos? Si,  como los realistas, se piensa que vivimos en el mejor de los mundos posibles, no tiene sentido lamentarse de nada, porque mientras los partidos hagan su trabajo —selección de la clase dirigente— serán objetivamente representativos. Quien vence vence, sea cual sea la afluencia a las urnas.

La desconfianza en la obstinada necesidad de tener partidos de identidad y participación es a menudo desconfianza hacia la disolución de los partidos en movimientos. La parábola del Movimiento 5 Stelle parece justificar esta desconfianza. Hay, sin embargo, un caso en Europa de un nuevo partido, Podemos, nacido del movimiento pero destinado a una organización estructurada (según sus críticos, centralista e incluso autoritaria). Podemos (cuyo líder Pablo Iglesias ha sido entrevistado en La Repubblica el pasado 20 de noviembre) ha interrumpido de esta forma el movimiento anti-partido de los indignados, de donde nació. Aquí está la diferencia respecto de sus hermanos americanos de Occupy Wall Street y los italianos del Movimento 5 Stelle. Al contrario que los primeros Podemos no ha renunciado a la representación política y a la participación electoral. A diferencia de los segundos, no ha exorcizado al partido sino que ha querido crear uno nuevo, sabiendo bien que esto le puede suponer el riesgo de convertirse en uno igual que los demás partidos. Como ha explicado Iglesias, el problema de la debilidad de nuestras democracias no está en el hecho de que estas se basen en los partidos sino que los actuales partidos no tienen ya credibilidad. La alternativa a estos es crear nuevos partidos, no está en el movimiento anti-partidos.