Por Javier ARISTU

En todas partes –de Europa, de España– se viene produciendo desde hace tiempo un profundo movimiento tectónico que está sacudiendo las tradicionales estructuras democráticas de estas sociedades. Y en Andalucía está ocurriendo el mismo fenómeno desde hace al menos una década. ¿A qué me refiero? Simplemente a que nuestra sociedad está cambiando y transformándose profundamente sin que las denominadas elites sociales y políticas estén valorando debidamente estos fenómenos, convertidas dichas elites en simples caricaturas de aquellos grupos dirigentes que deberían gestionar y gobernar tales procesos. Hoy asistimos, aquí y allá, en Cataluña o en Andalucía –por citar dos exponentes de nuestra política doméstica– a una farsa sobre lo que debe ser el gobierno de nuestras sociedades.

Por Francisco FLORES TRISTÁN

A finales de los 90 la situación social y económica en Andalucía era explosiva.  Numerosas empresas estaban en quiebra o en peligro de quiebra, Astilleros, Santana, Delphi… La consecuencia lógica eran las numerosas movilizaciones de los trabajadores, manifestaciones, cortes de carreteras, marchas a San Telmo…un polvorín social en definitiva por la desesperación de los trabajadores afectados y las dificultades de los Gobiernos central y autonómico para afrontar la situación. Es en esos momentos cuando se genera el problema de los EREs cuya reciente sentencia ha vuelto a poner de notoria actualidad.

Por Javier ARISTU

Si la política italiana merece algún epíteto, el de imaginativa le encaja perfectamente. Se trata de una metodología social y política que, a pesar de sus deficiencias y limitaciones, le ha dado considerables réditos como sociedad civil y como Estado político: viene funcionando en una permanente y aparente inestabilidad institucional y partidaria desde los años cincuenta del pasado siglo pero, salvo contadísimas excepciones, es una democracia parlamentaria consolidada. Sus problemas económicos no le impiden seguir marchando como una economía relativamente avanzada y sus perennes crisis de gobierno no han sido motivo como para que el país deje de moverse de forma relativamente razonable. En los años 70 y 80 del siglo XX Resolvieron la crisis simultánea del terrorismo rojo –bien es verdad que con el pasivo de asesinatos de Estado como el de Moro– y del terrorismo negro, con asesinatos de sindicalistas y masacres ignominiosas; han logrado contener la ofensiva mafiosa (recuerden los asesinatos de los magistrados Falcone y Borselino); en los 90 entró en liza un tiburón depredador como Berlusconi que hoy es un pececillo engullido en una red diferente a la que él diseñó. La última crisis de este verano ha mostrado esa capacidad imaginativa del sistema político italiano para darle la vuelta al calcetín: hace un año Italia estaba en manos de una “coalición de locos”, la formada por el M5S –los populistas antistema– y la Liga –los populistas parafascistas. Italia iba camino de una solución autoritaria y antieuropea de la mano de Salvini.

Por José Luis ATIENZA

Las negociaciones para formar gobierno no se pueden abordar sin asumir lo evidente, que las elecciones del 28 de abril de 2019 lograron movilizar a la izquierda y el sentido común en la España plurinacional por encima de la crispación y del tripartito de la plaza de Colón y cierra España. Por el contrario, el fracaso de la investidura en las dos votaciones del 23 y el 25 de julio ha provocado la desmovilización y la decepción de los votantes de izquierda. Decepción en el qué ha pasado, y en cómo ha pasado.

Por Javier ARISTU

En mi entrada anterior escribía: «Un tiempo nuevo acaba de comenzar en Andalucía. Un tiempo confuso, volátil, indefinido y abierto a múltiples posibilidades. Para saber encajar en él hace falta, ante todo, desprenderse de los viejos hábitos y de las antiguas fórmulas.» Bien, pues parece que algunos, o la mayoría de los partidos en liza no han terminado de adaptarse a él. Tanto por la derecha como por la izquierda las cosas siguen en un tran-tran que no nos lleva a buen puerto. Vayamos por partes.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Oía ayer a Pepa Bueno en la SER expresando su extrañeza por el hecho de que el futuro gobierno en Andalucía, si finalmente cuaja, se estuviera dilucidando en Madrid, entre los líderes nacionales de los partidos de la derecha. Una negociación sin tapujos, decía, que suponía –o así lo entendí- como un desprecio a los habitantes de una comunidad autónoma de tan hondas raíces culturales.

Por Javier ARISTU

Ha comenzado, como una melodía ya repetida y que viene de muy atrás, el soniquete del clientelismo en Andalucía. Las elecciones del próximo día 2 de diciembre comienzan a marcar un ritmo que, por lo general, no se oye fuera de ese tiempo electoral. Andalucía como «sociedad clientelar», que es lo mismo que decir como un conjunto de ciudadanas y ciudadanos que se dejan embelesar por los cantos del poder. Sin criterio propio, sin opinión ajustada y sin autonomía de juicio, la mayoría de los andaluces –nos dicen esos rítmicos opinadores– votan al poder, el cual les facilita su vida sin ejercer ni oficio ni trabajo a cambio de ese voto.