Por Javier TERRIENTE

[Viene de Parte 1]

¿Pragmatismo? ¿Acaso la historia reciente de España no ha sido sino la exacerbación de un pragmatismo difuso, mezclado con altas dosis de populismo en interés de los de siempre? Por lo visto, lo pragmático es privatizar empresas públicas, desregular las relaciones laborales, las políticas de suelo, vivienda, medioambiente, la contratación pública, modificar el artículo 135 de la Constitución (y ahora defender lo contrario por razones de imagen), por no hablar de regalar los bancos y cajas rescatados con dinero público a otros bancos parasitarios del Estado, arrojando a la pobreza a millones de trabajadores y a centenares de miles de personas fuera de sus hogares. Pragmatismo debe ser proteger, ocultar o colaborar con los corruptos, permitir que la economía sumergida y el fraude fiscal alcance el 24, 6 % del PIB (Gestha), elevar las tasas de desigualdad a niveles inauditos u obligar a emigrar los jóvenes científicos, en medio de una tasa desempleo juvenil que ronda el 55% (Andalucía, el 65%).  Etc, etc.

Luego entonces, ¿desde qué cima del pensamiento y de la razón ética condenan la falta de pragmatismo de sus oponentes políticos o sociales, incluido Podemos?, ¿a qué se refieren cuando hablan de populismo en tono acusatorio? A un vocablo en el que cabe lo uno y su contrario. Una palabra de significados opuestos que diluye las diferencias y contradicciones entre los sujetos e individuos a los que hace referencia. Ese milagro semántico suele emplearse desde una supuesta equidistancia político-moral (o una evidente mala fe), que permitiría adjetivar como “populistas” al Front National, al UKIP, la Liga Norte, el Movimiento 5 Estrellas y al resto de fuerzas y gobiernos de ultra derecha y parafascistas europeos, al lado de Syriza o Podemos (A. Guerra, dixit). A este propósito, Alex Grijelmo (El País, 27.07.14) acota oportunamente que populismo y populista….”ya no sirven tanto como términos que describen, sino que se han ido transformando en palabras que juzgan”.

Por Javier TERRIENTE

La nueva cosa política, un término ambiguo que definiría la emergencia de un nuevo sujeto político aún por contrastar, ha encontrado en Podemos una manera de expresarse con todas las carencias y limitaciones propias de las rutas que conducen a inesperados descubrimientos. Nada ni nadie puede garantizar el éxito de la misión, pero la travesía, pese a vientos de signo contrario, materiales no testados de la embarcación y una tripulación poco convencional, cuenta, de momento, con un sistema de coordenadas y un punto de destino, cuando menos, verosímil.

PP y PSOE, se enfrentan a la irrupción de Podemos de diferentes formas pero bajo un común denominador: la inquietud, incluso la zozobra, envuelta en calificativos despreciativos y hasta calumniosos. No parecen conscientes de que se ha abierto una nueva etapa marcada por la insolente impugnación de las oligarquías políticas, económicas y financieras (la casta, de la que tan orgullosamente algunos dirigentes políticos se sienten parte), que los sitúa en el centro de la tormenta. Y es tal la ira desatada entre los ciudadanos de todas las condiciones, que los habituales esquemas de izquierda-derecha han quedado sobrepasados por una voluntad unitaria y democrática de cambio que interpreta la recuperación de los derechos sin exclusiones, el empleo y la ética pública como el programa de una nueva mayoría social y de gobierno. 

Por Javier ARISTU

De la emoción de Cayo Lara, que abandona la carrera de las primarias para encabezar la candidatura de IU, a la consagración de Pablo Iglesias como líder del nuevo proyecto que ya ha puesto patas arriba el sistema político español. Y el PSOE que inicia los pasos prácticos para hacer posible la reforma de la Constitución. Mientras, Rajoy anuncia que visitará Cataluña. Ha sido un fin de semana muy productivo desde el punto de vista de la dinámica de los procesos. 2015 anuncia que será uno de esas grandes añadas en nuestra historia política. Seguramente pasará a los manuales de esa materia.

Hablemos de Podemos, que es lo que toca. Poco más puedo añadir a todo el caudal de análisis y comentarios, no coincidentes necesariamente entre sí, que se vienen desplegando desde los medios. Podemos ha atrapado el centro del debate y difícilmente lo va a soltar. Izquierda Unida ha sido su primera víctima y ya veremos si el PSOE no le sigue. No comparto la línea de algunos comentaristas que ven en esta nueva formación la reencarnación de los males de siempre. Pero tampoco creo que todo lo que hay en Podemos sea novedad, innovación y renovación de la política. Vayamos por partes.

Por Sebastián MARTÍN

Atravesamos tiempos interesantes. El marco político no había sido tan incierto desde principios de los años 1980. La responsabilidad histórica que recae en las formaciones de izquierda es de notable envergadura. Ninguna de ellas, sin embargo, mantiene un discurso público que registre, sin reparos, las dificultades a la vista, y señale, con tangible concreción, las medidas practicables. Imbuidas de retórica electoralista, las tres formaciones principales de la izquierda estatal juegan a la ocultación. Proyectan a la ciudadanía un mensaje irreal, que nadie puede creerse, salvo que medien grandes dosis de ingenuidad.

Los líderes del PSOE repiten sin cesar que son una «fuerza de gobierno». No quieren ni oír hablar de pactos porque aspiran a obtener una mayoría suficiente para gobernar en solitario. Se siguen presentando como la única formación de izquierdas en España con credibilidad suficiente como para ganar unas elecciones. Apelan a su historia para transmitir la idea de que un partido con más de una centuria no puede ser víctima de una coyuntura pasajera. Rechazan con acritud, enarbolando sus logros pasados, cualquier crítica procedente de otras sensibilidades. Desprecian lapidariamente o ignoran las nuevas alternativas.

Por Javier ARISTU

¿Será este fin de semana la fecha de Navidad para Podemos? ¿Nacerá el nuevo dios este domingo otoñal de octubre? No sabemos si asistiremos a la llegada de un nuevo mesías pero sin duda es evidente que la Asamblea Ciudadana de Podemos supone un acontecimiento político de primer orden en nuestro país. Ya veremos si, como algunos se ilusionan, tiene dimensión europea e incluso cósmica. No sabemos tampoco si la plataforma de Pablo Iglesias titulada Claro que Podemos se impondrá a la de Pablo Echenique y Teresa Rodríguez Sumando Podemos, cosa que de producirse sería, sin duda, otro acontecimiento de gran importancia; entre otras cosas porque el mismo Iglesias ha anunciado que, de ser así, dejaría la primera línea de la formación recién estrenada.

A la espera de la conclusión de esta asamblea ciudadana me detengo en un artículo que publica el diario El País hoy viernes, firmado por Juan Carlos Monedero, teórico e inspirador de Podemos, y Jesús Montero, viejo conocido, entrañable compañero de causas perdidas en otros tiempos y miembro del equipo técnico de la Asamblea. He leído su reflexión muy de mañana, bien despierto tras el café, y me han sorprendido algunas de las afirmaciones vertidas en la misma. Vayamos por partes.

Por Javier TERRIENTE

En la ideología.-

Es constatable que el hecho de que un partido se reclame socialista, de izquierdas, marxista o “de la clase obrera”, mediante un ejercicio puramente autoproclamativo, no lo caracteriza en sí mismo como tal. En cualquier caso, sería discutible semejante pretensión, y dadas las inacabables controversias doctrinales e históricas entre diferentes partidos para apropiarse de esos términos,  habría que subrayar la extrema dificultad de  validar a quienes se reclamen de la izquierda “auténtica”. Naturalmente que existen clases y lucha de clases, y por supuesto que el marxismo ha encontrado en la crisis una nueva y creciente credibilidad cada día que pasa, pero, otra cosa es pretender elevarlo en las condiciones de hoy, a la categoría de doctrina e ideología oficial de partido. La historia reciente muestra que esta es una tarea estéril y expuesta a mil y una vicisitudes, no siempre pacíficas. De un modo similar, los sindicatos se han visto afectados por la crisis/desaparición del impacto de la “gran fábrica” en las formas de producir, la influencia de las nuevas tecnologías en las relaciones del trabajo y su incidencia sobre la multiplicación de nuevas categorías de asalariados y profesionales… Eso los compromete a incorporar a su radio de acción a los jóvenes, a las clases medias empobrecidas, a las grandes masas de desempleados, al mundo de la ciencia y la cultura…y los  emplaza a revisar a fondo las formas de organizarse, las estrategias tradicionales de lucha y de negociación, los contenidos programáticos, las alianzas sociales y políticas, o las formas de establecer relaciones con los poderes públicos y las empresas. En consecuencia, parece algo inapelable que en la izquierda se ha producido una ruptura entre la ideología declarada y sus correlatos organizativos, lo que ha afectado de un modo muy particular a los partidos tradicionales, al no haber sabido extraer consecuencias prácticas que los resituaran ante las grandes mutaciones sociológicas y culturales contemporáneas. Una de ellas sería la exigencia de una completa transformación política y organizativa a la que se resistieron de forma suicida. De ahí su declive y hasta su desaparición en ciertos casos. Esta nueva situación, dicho de forma esquemática, ha  llevado a la irrelevancia a viejos partidos basados en el marxismo dogmático y en el credo de la defensa de la clase obrera como único sujeto social de referencia. Llegados a este punto, podría ser útil reflexionar sobre las varias maneras de entender el comportamiento de los partidos: una, cómo se ven a sí mismos, otra, cómo los perciben los ciudadanos, y otra, cómo son en realidad. Lamentablemente, suele prevalecer la primera interpretación, cuando la segunda y tercera son las decisivas, lo que acrecienta su incapacidad para discernir errores y disfunciones graves entre la acción política-organizativa real  y los postulados teóricos, y a soslayar las semejanzas, a veces sorprendentes y nunca reconocidas, con los “adversarios de clase” en el día a día de la política municipal.

Por Javier TERRIENTE

Las primeras palabras de Pablo Iglesias nada más conocerse los resultados de las Europeas, dan una idea bastante exacta de lo que significa y pretende esta novísima fuerza política: “No podemos estar satisfechos con el resultado porque mañana seguirá habiendo desahucios”… “Podemos no nació para jugar un papel testimonial sino que nació para ir a por todas”…. Quiere esto decir que ha irrumpido en el panorama político no para apropiarse de un reducido espacio a perpetuidad, que le permita  convertirse en un leal instrumento auxiliar de tal o cual fuerza política bajo el signo de la auto complacencia, sino que aspira expresamente, desde el mismo acto fundacional, a gobernar en una suma de muchos y distintos; no de cualquier manera o a cualquier precio. Su propósito es hacerlo mediante nuevas alianzas políticas y sociales que trascienda a los partidos, e impulsar un proceso constituyente hacia una nueva democracia política, económica y social. Para Podemos, la proyección democrática marca una nueva manera de ser y de hacer política.

Estamos, pues, ante una fuerza que nace con una clara voluntad de gobernar (“sustituir a la casta”) y lo expresa sin complejos como un proceso lógico, indispensable y posible, que pondría freno al sufrimiento de tanta gente; mañana ya es tarde. Una lectura apresurada de semejante desafío podría confundirlo con una vana ilusión o una grosera concesión electoralista impropia de la  izquierda pura, pero, en realidad, se trata exactamente de lo contrario: la degradación del sistema en todas sus dimensiones, al despojarlo de su antigua capacidad de tutela hacia los más desfavorecidos, exige respuestas inmediatas que la izquierda institucional ha sido incapaz de atender. En resumen, si “las masas no pueden esperar”, Podemos y sus potenciales aliados deben actuar con prontitud si no se quiere correr el riesgo de que se abra un abismo insalvable entre la política y los ciudadanos que conduzca a la dictadura. De ahí que sea fundamental contribuir a una alternativa colectiva de amplio espectro democrático que permita alcanzar el gobierno y, además, urge a hacerlo, siendo lo inmediato una oportunidad para acelerar los cambios.