Por Paco RODRÍGUEZ DE LECEA

Maurizio Landini, secretario general de la FIOM-CGIL, ha lanzado en una entrevista reciente en MicroMega [Leer aquí, en italiano] la propuesta de una «izquierda social» que suceda – o renueve – a lo que él llama la izquierda tradicional. ¿Renovar en qué sentido? Él mismo lo explica: la izquierda tradicional(Bruno Trentin la llamaba vincente, triunfante en el sentido de que ha eclipsado a otras izquierdas con concepciones o formulaciones divergentes) concibe la política desde la lógica del poder, lo que la aproxima más de lo que sería deseable a los planteamientos de los profesionales de la política de todo pelaje, lo que algunos llaman la «casta». La izquierda social concibe en cambio la política como un instrumento de participación. Estos serían sus ejes de actuación, según Landini: «Unir, en el plano sindical, las diferentes formas del trabajo, incluidas aquellas que no están representadas por el sindicato, que, por lo demás, debe acometer una renovación profunda. Y en el plano político, ofrecer un espacio común a todos los que hoy se ven privados de representación.»

Por Javier FLORES FERNÁNDEZ-VIAGAS

            Sustituir la fábrica por la universidad. Es lo que ha hecho la izquierda europea en el último medio siglo; sustituyendo a la clase obrera por la clase media, el parlamento por la plaza, el consenso por la ruptura, la ética por la estética, el pensamiento por la acción.

            El consenso de postguerra en torno al bienestar logró que los conflictos políticos y sociales se resolvieran en el parlamento y las mesas de negociación. Sin embargo, una parte de la intelectualidad europea añoraba la escenificación del conflicto, la ruptura. Esta pasión por la ruptura, por la estética revolucionaria, por el cambio como fin en sí mismo, se propagó entre los universitarios franceses que en el mes de mayo de 1968 protagonizaron aquella revuelta contra el sistema democrático y del bienestar, poniendo el país patas arriba. Frente al determinismo de un sistema pensado para garantizar el bienestar social, los estudiantes parisinos abrazaron la espontaneidad individual en busca de nuevas experiencias, tal y como proclamaban los panfletos situacionistas.

            Los partidos y sindicatos, partícipes del sistema, no eran aceptados en el seno de aquel nuevo movimiento dirigido por la clase media universitaria.  Aquella nueva izquierda abominaba de los parlamentarios y los dirigentes obreros, demasiado alejados de lo que ocurría en la calle, motivo por el que se rechazaba toda estructura que pretendiese organizar las reivindicaciones y movilizaciones. Estas se desarrollaban de manera independiente  en cada asamblea de facultad, en cada barrio, sin un aparato que pudiera transformar las reivindicaciones en un programa, canalizarlas hacia la conquista de nuevos derechos y mantenerlas en el tiempo.

Por Francisco PALERO GÓMEZ

Con fecha 20 de febrero del 1998 El País publicaba un artículo firmado por Adela Cortina donde decía:

“Tras las  huellas de Hegel parece admitirse que es lo mismo lo público y lo político, que hay una identificación entre ellos. Hoy las cosas han cambiado sustancialmente. Y no solo porque nos hemos percatado de que, aunque el poder político siga cobrando su legitimidad de perseguir el bien público, quien ingresa en la vida  política busca ante todo su bien privado, sino sobre todo porque hemos caído en la cuenta de que lo público no es solo de los políticos. La identificación hegeliana entre lo público y lo político es hoy desafortunada.”

Confieso mi pereza para escribir sobre los políticos, inmerso como estoy en la cotidianidad del derecho y el estudio, siguiendo, entre otros, al Profesor Muñoz Conde mas, al igual que la autora citada – a la que no prestamos atención o no leímos – y estando firmemente comprometido con lo público, soy profundamente crítico con lo partidario, aun seguro de que serán los partidos, especialmente los llamados a nacer a partir de la crisis, los presentes, los que dirijan la vida pública.

Para que nadie se llame a engaño, tampoco tengo confianza en las denominadas nuevas formaciones emergentes, léase Podemos, porque reproducen, también en lo teórico, los elementos más clásicos de un pensamiento agotado.

Por Francisco FLORES TRISTÁN

La aparición de “Podemos” ha zarandeado con fuerza el árbol de la política española despertándolo del sopor con el que la mayor parte de la ciudadanía contemplaba el espectáculo  de las habituales “peleítas” (Chamizo dixit) de los partidos “tradicionales”. El comportamiento de estos partidos con el habitual recurso al  “y tú más” en asuntos de corrupción o la crítica en la oposición de lo que se hace cuando se está en el poder ha justificado el tan socorrido “son todos iguales” tan habitual en cualquier charla de café y que tranquiliza la conciencia de quien prefiere refugiarse en el apoliticismo pasivo antes que hacer algo por cambiar la situación.

Una de las mayores aportaciones positivas de Podemos es sacar del abstencionismo a una masa importante de gentes y llevarlas a participar en política, devolviéndoles a unos la ilusión perdida y a otros quitándoles la coartada de que “no se puede hacer nada” porque, hagas lo que hagas, siempre ganan los mismos. La irrupción de Podemos  está obligando además a mover ficha al resto de partidos metiéndoles el miedo en el cuerpo. En especial en los partidos de izquierda esto está favoreciendo un proceso de renovación, de cuestionar sus propias actuaciones aunque de momento en algún caso tengan la brújula un tanto mareada sin consolidar un modelo de actuación y un programa consistente.

Mucho se ha insistido en la enorme habilidad y capacidad de los dirigentes de Podemos para utilizar los medios de comunicación y las redes sociales lo que explicaría el enorme éxito electoral ya constatado (en las elecciones europeas) y el más importante que auguran todas las encuestas. Yo añadiría otros tres elementos que conjuntamente con el anterior explican este éxito. Uno es la virginidad política; se trata de un partido nuevo, no lastrado por los vicios y los errores que acompañan inevitablemente el ejercicio del poder y dotado además de una estructura más o menos alejada de la asfixiante burocracia de los partidos tradicionales. Otro es la extremada juventud de la mayoría de sus dirigentes. Desde los años veinte del pasado siglo la juventud no ha dejado de ser un valor en alza en la sociedad en general, pero también en política. Y el tercero es la profesión universitaria del núcleo dirigente; a pesar de lo que pudiera parecer los intelectuales siguen teniendo prestigio en España especialmente entre las clases medias, sector de donde creo que se nutre el mayor semillero de votos de Podemos.

Por Javier ARISTU

La democracia española construida a partir del proceso de Transición que arranca formalmente en 1976 —aunque algunos de sus elementos venían gestándose desde años antes, cosa que a veces se olvida— ha sido fundamentalmente una democracia en la que la representación institucional, a partir de las primeras elecciones y en la mayoría de los casos, ha estado protagonizada por abogados, por licenciados en derecho, que sustituyeron a los cuadros políticos de la resistencia al antifranquismo. Me explico, recurriendo a un breve análisis de la historia.

Los movimientos que se gestaron en los años de las luchas antifranquistas fueron claramente dos: el movimiento obrero y el estudiantil-profesional. En el primero, ya sabemos, no había profesionales o licenciados. Estaba compuesto fundamentalmente por aquella generación de trabajadores manuales —en su mayoría— con una muy buena preparación profesional y técnica, nacidos en los años posteriores a la guerra civil, formados en el sistema profesional que creó el franquismo, salidos en una parte considerable de las zonas rurales del interior de la península (Extremadura, Andalucía, Castilla, Murcia, etc.) y desembarcados en las grandes capitales industriales, como oleada inmigratoria que ha dado sentido y naturaleza a lo que hoy somos como sociedad. Su aportación decisiva a la historia de este país es la configuración de las Comisiones obreras que fueron, sin duda, objeto del mayor acoso y represión por parte del Régimen franquista.
Es ya importante la bibliografía sobre el asunto de la represión de la dictadura sobre el movimiento obrero pero no puedo dejar de citar, por su cercanía, algunas aportaciones sustanciales sobre este asunto: la monografía de Juan José del Águila  La represión de la Libertad, (Planeta, 2001), el libro de Juan Moreno, Comisiones Obreras en la Dictadura (Fundación 1 de mayo, 2011) y el reciente La resistencia andaluza ante el Tribunal de Orden Público (Fundación estudios Sindicales de Andalucía, 2014). Estas, entre otras, sacan a la luz quiénes y cuántos fueron el objeto de la represión y la persecución  de la dictadura a partir del periodo de la industrialización y el desarrollismo.

Por Paco RODRÍGUEZ DE LECEA

Hace pocos días la profesora italo-norteamericana Nadia Urbinati ha señalado en este mismo blog las características novedosas del fenómeno Podemos y su originalidad de fondo [leer artículo]. En efecto, en un contexto de crisis generalizada de credibilidad y de representación de los partidos políticos, he aquí una fuerza surgida inicialmente de los movimientos sociales que se constituye a todos los efectos como partido, consciente de los riesgos que asume pero decidida a cubrir un vacío esencial en la dialéctica democrática, y a batirse en condiciones iguales con las «casandras del statu quo».
Porque, como afirma el propio Pablo Iglesias, «el problema de la debilidad de nuestras democracias no está en el hecho de que estas se basen en los partidos, sino en que los actuales partidos no tienen ya credibilidad.» Hay una vía de salida falsa a los achaques del parlamentarismo que consiste en preconizar la práctica de la democracia directa, la soberanía de las asambleas, la disolución de los partidos en los movimientos sociales. Eso no es regeneración democrática, y su resultado previsible es que los ciudadanos estarán más aislados entre ellos y más inermes frente al poder. Ese poder fáctico, cuya presencia omiten, seguirá gravitando con todo su enorme peso sobre las relaciones sociales cuando los robinsones del asambleísmo despierten de su sueño, igual que sucedía con el dinosaurio de Monterroso.

Por Javier ARISTU

La entrada de Javier Terriente y la última de Nadia Urbinati, ambas publicadas los pasados días en este blog, me invitan a dialogar con ellos a propósito de Podemos.

Posiblemente desde los tiempos de la transición democrática no asistíamos a una efervescencia política en España como en estos meses. Los programas de la noche del fin de semana de las grandes cadenas (exceptuemos desgraciadamente a las cadenas públicas RTVE y Canal Sur, por lo que nos toca como andaluces) están dedicados no a la canción, ni a concursos ni a grandes películas sino a debates políticos con representantes de partidos y periodistas. Al margen de lo que nos parezca el formato, el estilo, la metodología de esos programas, es evidente que esto no pasaba desde los gloriosos tiempos de La Clave, de José Luis Balbín, que todos veíamos con cierta devoción hace ya tres décadas. No está mal recordar que fue precisamente el delegado socialista en RTVE, José Mª Calviño, quien acabó con aquel programa mítico en 1985, tres años después de la llegada al gobierno del PSOE. Pues bien, los fines de semana hemos vuelto a ver debates políticos en las cadenas nacionales. ¿Señal de que este país está cambiando? Sin duda, algo está pasando en nuestra sociedad que ha hecho que los directivos de esas cadenas introduzcan la política en estado puro —bien es verdad que con bastante salsa del reality-show— en sus horarios de máxima audiencia.

No descubro nada nuevo bajo el sol si digo que el principal fenómeno que demuestra lo anterior es la presencia de Podemos en el panorama español, y me atrevo a decir que europeo. La formación de Iglesias ha desencajado literalmente toda la arquitectura establecida no desde la transición sino precisamente desde la constitución del mapa institucional bipartidista formado a partir de 1990 por el PSOE de Felipe González y el PP de Fraga Iribarne primero y posteriormente José Mª Aznar. Una precisión para los críticos del bipartidismo: la transición y los primeros años de la democracia no fueron años de bipartidismo puro, o al menos no iguales que los que siguieron a los de González-Aznar. En aquellos años de los primeros gobiernos de la democracia funcionaban otros parámetros políticos distintos a los que luego impuso el PSOE. Conviene explicitarlo porque frecuentemente se confunde en un totum revolutum todos los años de la transición pura (1976-1982) y los que podríamos llamar años “del sistema PSOE” (1982-1996).

Por Nadia URBINATI

La larga marcha de los partidos hacia la degradación de su credibilidad parece no tener fin, como demuestran también los recientes resultados de las elecciones regionales italianas, donde la victoria de los candidatos del Pd ha sido al precio de una abstención que hace palidecer la bien conocida de los Estados Unidos. La acusación de muchos abstencionistas (se puede ver en las redes sociales) es que los partidos ocupan las instituciones sin que ello suponga beneficio alguno a la sociedad, en parte porque sus criterios de selección de candidatos premian el conformismo, en parte porque han renunciado a ser expresión de una identidad ideológica. Acusaciones que parecen dar razón a aquella enunciación que Roberto Michels sostenía hace ya un siglo: la fatal transformación oligárquica de los partidos. Pero si la anemia de participación está inscrita en el ADN del gobierno representativo, si los partidos no pueden ser sino lo que son, entonces, ¿por qué sorprenderse o por qué hablar del ocaso de legitimidad de la democracia de partidos? Si,  como los realistas, se piensa que vivimos en el mejor de los mundos posibles, no tiene sentido lamentarse de nada, porque mientras los partidos hagan su trabajo —selección de la clase dirigente— serán objetivamente representativos. Quien vence vence, sea cual sea la afluencia a las urnas.

La desconfianza en la obstinada necesidad de tener partidos de identidad y participación es a menudo desconfianza hacia la disolución de los partidos en movimientos. La parábola del Movimiento 5 Stelle parece justificar esta desconfianza. Hay, sin embargo, un caso en Europa de un nuevo partido, Podemos, nacido del movimiento pero destinado a una organización estructurada (según sus críticos, centralista e incluso autoritaria). Podemos (cuyo líder Pablo Iglesias ha sido entrevistado en La Repubblica el pasado 20 de noviembre) ha interrumpido de esta forma el movimiento anti-partido de los indignados, de donde nació. Aquí está la diferencia respecto de sus hermanos americanos de Occupy Wall Street y los italianos del Movimento 5 Stelle. Al contrario que los primeros Podemos no ha renunciado a la representación política y a la participación electoral. A diferencia de los segundos, no ha exorcizado al partido sino que ha querido crear uno nuevo, sabiendo bien que esto le puede suponer el riesgo de convertirse en uno igual que los demás partidos. Como ha explicado Iglesias, el problema de la debilidad de nuestras democracias no está en el hecho de que estas se basen en los partidos sino que los actuales partidos no tienen ya credibilidad. La alternativa a estos es crear nuevos partidos, no está en el movimiento anti-partidos.