Por Pedro JIMÉNEZ MANZORRO

                Hace ya varios dolores y algunas desilusiones leí unas declaraciones de Pablo Iglesias (Turrión) en las que invitaba a Alberto Garzón (Espinosa) a dejar su mochila e integrarse en las listas de Podemos. Me pareció bonito, agradable, apetecible eso de embarcar sin volver la vista atrás desnudito como los hijos de la mar o como la pobre Emmanuelle en su celérica carrera fílmica.

                Aun recién llegado de Francia no soy garzón en ninguna de las seis acepciones del Diccionario de la RAE y mucho menos persona de iglesias, por más que estas nos sigan tentando con sus seguridades, así que decidí mirar en mi propia mochila, por si alguien me pedía algún día que por alguna razón la dejara atrás en algún ángulo oscuro, tal vez olvidada.

                Aclaro que tengo una mochililla pequeña y que muchos de mis amigos las tienen enormes y que por tanto, mi registro será breve y llevadero; por otra parte, todos sabemos que a veces los tamaños no son ni siquiera importantes. He apartado en primer lugar lo que es personal e íntimo porque a nadie le interesa ni le debe interesar, salvo que arruine la coherencia de la actividad pública. He apartado a continuación la trayectoria profesional porque siempre he pensado que nada impide ser un magnífico artesano y un pésimo servidor público (o viceversa) o un respetado maestro y un ciego conversador, incapaz de llegar a acuerdos de presente, de futuro o incluso de pasado.

Por Javier ARISTU

En estos momentos asistimos en España a un proceso de cambio político de gran interés. Dentro de unos años lo podremos analizar como uno de esos momentos en que un país, en su estructura político-electoral, sufrió una transformación significativa. No sé si mirando el terreno más estructural, el que constituye el fondo social y cultural de ese país, se podrá afirmar lo mismo. O, para ser más preciso, dudo que los cambios en la faceta electoral e institucional (parlamentos, ayuntamientos, gobiernos) que se están produciendo a lo largo de estos meses vayan a verse complementados con modificaciones sustantivas en el terreno de lo económico, de lo social y de lo que constituye la base estructural de un país. Dos entrevistas paralelas que he leído esta mañana en El País a dos jóvenes dirigentes de viejos y nuevos grupos políticos me inducen a ser escéptico y a comprobar las serias y profundas carencias que, en mi opinión, padece hoy el componente de la izquierda española que se llama rupturista o “del cambio”. Veamos.

Una de esas entrevistas, a Lara Hernández, 29 años, responsable de convergencia en IU, se centra en el objetivo de conquistar una Unidad Popular que según la política entrevistada parte del convencimiento de que “una sola fuerza no basta para transformar el país”, afirmación que, en cierto modo, rompe con todo el planteamiento que esa formación política había venido desarrollando en los últimos años, hasta el batacazo de las europeas y, finalmente, el éxito de las pruebas prácticas de Madrid, Barcelona y otras ciudades donde han triunfado candidaturas unitarias de amplísimo espectro. Bienvenida sea esa afirmación, como otras que transmite Lara Hernández: “entendemos necesario un espacio amplio, lo más amplio posible en el que no esté solo Podemos […] La unidad popular es un camino en el que no debiera haber líneas rojas para nadie. Creo que necesitamos construir la casa desde los cimientos, desde abajo y no desde el tejado”. Nadie desde un sentido de izquierda podría refutar esas afirmaciones. Pasa, sin embargo, que pueden sonar algo precipitadas o superficiales si no se acomete otro tipo de reflexión más de fondo. Pero pasemos a la otra entrevista.

Por Javier ARISTU

Andalucía está aportando a la cultura política contemporánea española algunos elementos y valores que no son precisamente halagüeños a la hora de pensar un futuro de pluralidad estable. Los meses transcurridos bajo el gobierno -ahora y todavía provisional- de Susana Díaz no inspiran al optimismo. Desde la toma de posesión de la actual Presidenta, por renuncia voluntaria de José Antonio Griñán, hasta estas semanas de juegos postelectorales y de intentos de formar gobierno las acciones y comportamientos expresados por Susana Díaz no muestran precisamente una actitud política coherente y lo que podríamos denominar seria. Desde el momento en que concibió las elecciones anticipadas como forma de reasignar su poder en Andalucía y fuera de Andalucía, hasta estos momentos en que parece jugar con otras nuevas elecciones que, cree ella, la llevarían a la mayoría absoluta, única forma al parecer de ser Susana, el comportamiento de la encargada de proponer gobierno no expresa sino un conjunto de pasos destinados a crear mayor inestabilidad en nuestra Comunidad.

Por Javier ARISTU

Bruno e Ignacio, dos muy queridos amigos, y compañeros a la vez en un proyecto del que en su momento informaremos, critican mi benevolencia con un artículo de Fernando Vallespín sobre Podemos publicado el pasado sábado en El País [clicar aquí para leer el artículo]. Alguien dijo que sólo a partir de los desacuerdos comienza el debate político de interés. Pues entonces está abierto el mismo. Tres términos centran la discrepancia amistosa sobre nuestras respectivas visiones del actual proceso en Podemos: la transversalidad, la hegemonía y el factor electoral. Hablaremos de eso pero antes resumamos los dos aspectos claves del artículo de Vallespín por el que mostré mi acuerdo y simpatía.

El profesor y politólogo de la universidad madrileña viene a decirnos que Podemos ha cometido dos tipos de errores: uno, de carácter espacial, al haber confundido transversalidad electoral con abandono de posiciones de radicalidad, de izquierda; dos) de carácter temporal, al pretender dotar de contenido a una fuerza política progresista del siglo XXI (Podemos) con recetas y programas de la vieja socialdemocracia representativa de otro modelo social basado en la industria y un estado de bienestar en crisis. Es decir, Vallespín critica la deriva actual de Podemos en lo que se refiere a su abandono de posiciones y definiciones de izquierda y su recurso a lo viejo para fundar una fuerza política nueva. Y eso, insiste, no se resuelve ganando las elecciones sino conquistando antes la hegemonía dentro de la izquierda.

Los amigos me critican mi coincidencia con la reflexión de Vallespín de diferentes maneras. Ignacio, por ejemplo, se pregunta si la hegemonía en la izquierda es posible sin disputa electoral, y achaca que —cito textualmente— “el discurso de la no-transversalidad es más irreal que el de la transversalidad. La complejidad social conduce a navegar entre diversas contradicciones con cierta simplificación, a gestionar intereses diferentes incluso en el mundo del trabajo, a abordar pequeñas disputas esencialistas y puras. ¿Qué es ser no-transversal?”. Bruno, por su parte, incide en el discurso sobre la hegemonía, se pregunta “¿Qué es eso de conseguir la hegemonía sin ganar un espacio electoral potente?”, y critica que desde cierto pensamiento de la izquierda “volvemos a las eternas discusiones de la izquierda sobre el sexo de los ángeles”. Como puede verse, el tema da para mucho y, desde mi modesta y discreta mirada de espectador —dado que no participo ya en ningún proyecto político partidario— intentaré conversar con mis amigos desde esta tribuna abierta a la que invito a ambos, y a otros, a proseguir con otros argumentos y discrepancias.

Por Paco FLORES TRISTÁN

 Hace unos días escuchaba en una entrevista por la Radio decir  a un dirigente de IU que el referente que singulariza a esta fuerza política son los valores. Frente a otras opciones más acomodaticias o pragmáticas IU se identifica con  la defensa de los valores. A mi modo de ver esto me suscita dos preguntas. Una es que clase de valores son estos que se plantean. Porque he oído ya varias veces poner como ejemplo de la defensa de estos valores actuaciones de IU como la de ausentarse en el Parlamento europeo por la presencia del Papa o hacer mutis por el foro en la visita del Rey Felipe VI a ese mismo Parlamento. Yo a esto le llamaría política de gestos, más que defensa de valores. Y yo diría que se trata de gestos de dudosa utilidad política. Ausentarse cuando viene el Papa o no levantarse ante el paso de la bandera de EEUU, como hizo Zapatero, pueden quedar muy bien entre una pequeña claque de admiradores pero una parte no pequeña de católicos o de norteamericanos lo sentirán como una ofensa gratuita. ¿No es más contundente y conveniente criticar todo lo que se considere necesario del comportamiento de la Iglesia o del gobierno de EEUU? Y en cuanto al Rey, mientras la Constitución sea la que es, es el Jefe del Estado. La ausencia de un grupo parlamentario en un acto institucional no contribuye más que a aislarlo del resto. Estoy convencido de que en una España republicana habría indignación general si unos diputados monárquicos boicotearan una visita del Jefe del Estado porque es “Presidente de la República”. Las actitudes radicales en las formas no dan rédito más que en contadas ocasiones. Existe una máxima latina, por cierto muy del gusto de Anguita, que viene a resumir lo dicho: “fortiter in re, suaviter in modo”. Es preferible ser suave en las formas y contundente en los hechos.

Por Manuel ALCARAZ RAMOS

La genealogía de la izquierda está atravesada por el ideal de la unidad. En símbolos, himnos y retórica la unión es una pieza mágica que obrará milagros. Es lógico: en los orígenes de la izquierda hacer frente común contra los explotadores era cosa de vida o muerte, a veces literalmente. Y sin embargo la realidad es que la izquierda nunca ha estado unida. No es preciso apelar a insolencias, liderazgos absorbentes o traiciones: la lucha por la emancipación también ha exigido, y exige, una imaginación fértil, adaptativa, que permita sobrevivir en un medio hostil: eso diversifica la especie. Dice Walter Benjamin que la historia de la cultura se escribe con documentos de barbarie, y debe ser verdad, si lo sabría él. Contra esa barbarie la izquierda se alzó con maneras necesariamente distintas, incluyendo la distinción indigna de bárbaro verdugo. El arco iris de sensibilidades enriquece y empobrece a la izquierda, pero es lo que hay. Se llama dialéctica. Pero a veces la izquierda sufre más y pone en el centro de su corazón herido, otra vez, la nostalgia por la unidad que nunca fue: así, en nuestras sociedades democráticas la necesidad de unión se incrementa cuando se rompe la cohesión social. O sea, que cuando la unión es más necesaria es cuando más difícil es de construir, porque duelen más las viejas heridas y siempre hay viejas heridas, viejas cuentas que saldar. Téngase en cuenta, porque peor que las diferencias son tremendas las diatribas que en nombre de la unidad usan para insultarse los hermanos. Son muy aburridas.

Por Javier ARISTU

Viene siendo ya un latiguillo de estos últimos días: “¡Nos hace falta una Syriza en Andalucía, en España…!”. Son ya muchos los que a través de las redes sociales difunden esa idea para que la firmemos y, de esa manera, se logre convencer a no sé quién de Podemos y a no sé cuántos de IU para formar una candidatura única de la izquierda en las próximas elecciones andaluzas del 22 de marzo que, supongo, sería precedente de la gran eclosión “syriziana” de las elecciones generales de este 2015. Fiat voluntas tua, [hágase tu voluntad] dice el verbo latino. Sin embargo, creo que el devenir del futuro de la izquierda en nuestro país no es cosa de voluntades sino de situaciones, sintonías y procesos; y de intelecto común, vamos.

Veamos antes de todo el proceso de Syriza, cómo y por qué ha llegado a donde está, desplazando al Pasok de “la centralidad de la izquierda” y construyendo una fuerza política capaz de representar a una gran mayoría nacional griega. Para ello, y entre otras apuestas, tuvo que desprenderse y enfrentarse en su momento con el partido comunista griego (KKE, prosoviético en la jerga de entonces), dominante en la izquierda griega durante muchos años. El proceso de Syriza ha pasado por muchas y diversas vicisitudes.

Por Paco RODRÍGUEZ DE LECEA

Maurizio Landini, secretario general de la FIOM-CGIL, ha lanzado en una entrevista reciente en MicroMega [Leer aquí, en italiano] la propuesta de una «izquierda social» que suceda – o renueve – a lo que él llama la izquierda tradicional. ¿Renovar en qué sentido? Él mismo lo explica: la izquierda tradicional(Bruno Trentin la llamaba vincente, triunfante en el sentido de que ha eclipsado a otras izquierdas con concepciones o formulaciones divergentes) concibe la política desde la lógica del poder, lo que la aproxima más de lo que sería deseable a los planteamientos de los profesionales de la política de todo pelaje, lo que algunos llaman la «casta». La izquierda social concibe en cambio la política como un instrumento de participación. Estos serían sus ejes de actuación, según Landini: «Unir, en el plano sindical, las diferentes formas del trabajo, incluidas aquellas que no están representadas por el sindicato, que, por lo demás, debe acometer una renovación profunda. Y en el plano político, ofrecer un espacio común a todos los que hoy se ven privados de representación.»

Por Javier FLORES FERNÁNDEZ-VIAGAS

            Sustituir la fábrica por la universidad. Es lo que ha hecho la izquierda europea en el último medio siglo; sustituyendo a la clase obrera por la clase media, el parlamento por la plaza, el consenso por la ruptura, la ética por la estética, el pensamiento por la acción.

            El consenso de postguerra en torno al bienestar logró que los conflictos políticos y sociales se resolvieran en el parlamento y las mesas de negociación. Sin embargo, una parte de la intelectualidad europea añoraba la escenificación del conflicto, la ruptura. Esta pasión por la ruptura, por la estética revolucionaria, por el cambio como fin en sí mismo, se propagó entre los universitarios franceses que en el mes de mayo de 1968 protagonizaron aquella revuelta contra el sistema democrático y del bienestar, poniendo el país patas arriba. Frente al determinismo de un sistema pensado para garantizar el bienestar social, los estudiantes parisinos abrazaron la espontaneidad individual en busca de nuevas experiencias, tal y como proclamaban los panfletos situacionistas.

            Los partidos y sindicatos, partícipes del sistema, no eran aceptados en el seno de aquel nuevo movimiento dirigido por la clase media universitaria.  Aquella nueva izquierda abominaba de los parlamentarios y los dirigentes obreros, demasiado alejados de lo que ocurría en la calle, motivo por el que se rechazaba toda estructura que pretendiese organizar las reivindicaciones y movilizaciones. Estas se desarrollaban de manera independiente  en cada asamblea de facultad, en cada barrio, sin un aparato que pudiera transformar las reivindicaciones en un programa, canalizarlas hacia la conquista de nuevos derechos y mantenerlas en el tiempo.

Por Francisco PALERO GÓMEZ

Con fecha 20 de febrero del 1998 El País publicaba un artículo firmado por Adela Cortina donde decía:

“Tras las  huellas de Hegel parece admitirse que es lo mismo lo público y lo político, que hay una identificación entre ellos. Hoy las cosas han cambiado sustancialmente. Y no solo porque nos hemos percatado de que, aunque el poder político siga cobrando su legitimidad de perseguir el bien público, quien ingresa en la vida  política busca ante todo su bien privado, sino sobre todo porque hemos caído en la cuenta de que lo público no es solo de los políticos. La identificación hegeliana entre lo público y lo político es hoy desafortunada.”

Confieso mi pereza para escribir sobre los políticos, inmerso como estoy en la cotidianidad del derecho y el estudio, siguiendo, entre otros, al Profesor Muñoz Conde mas, al igual que la autora citada – a la que no prestamos atención o no leímos – y estando firmemente comprometido con lo público, soy profundamente crítico con lo partidario, aun seguro de que serán los partidos, especialmente los llamados a nacer a partir de la crisis, los presentes, los que dirijan la vida pública.

Para que nadie se llame a engaño, tampoco tengo confianza en las denominadas nuevas formaciones emergentes, léase Podemos, porque reproducen, también en lo teórico, los elementos más clásicos de un pensamiento agotado.