Por Javier ARISTU

Tras el debate y votación de ayer no sabemos si las espadas siguen en alto entre PSOE y Podemos cara a sustentar un gobierno de Sánchez o se está cerrando esta fase parlamentaria y tenemos a la vista elecciones generales. Por las intervenciones de los portavoces antes, durante y después del debate me inclino a pensar que visitaremos las urnas el próximo 26 de junio y que va a ser casi imposible que eso se remedie. Ojalá me equivoque.

Ya he puesto por escrito mi opinión de que ni es posible ni es conveniente en esta fase un gobierno denominado “de izquierda”. No hay fuerza parlamentaria que lo sostenga, no hay fuerza social y cívica suficiente para sustentarlo y, no es lo menos importante, no hay cultura ni programa cohesionado y unitario capaz de llevarlo al éxito. No se puede pasar en cuarenta y ocho horas del antagonismo y la contradicción fundamental al abrazo en la misma mesa de un gobierno. Para ello hace falta un proceso de encuentros y de diálogo que no ha habido tiempo de desarrollar desde que Podemos accedió a la relevancia electoral hace menos de dos años.

Por Javier ARISTU

¿Es o no es un tiempo nuevo? ¿Se está abriendo o no se está abriendo esa fase nueva de la que tanto han hablado las fuerzas emergentes que hoy ya son parte del sistema político? Desde hace al menos dos años hemos venido escuchando el discurso de abrir la nueva etapa que necesitaba nuestro país, hemos venido asistiendo a una permanente representación política sobre el fracaso del “turnismo” y la exigencia de nuevos protagonistas en el escenario institucional. Ya es la hora.

Por José GARCÍA GARCÍA

Acabo de leer un artículo de opinión de Francis Gil (Secretaría Política, Área de Estrategia Podemos, Castilla la Mancha). Presentado por Juanma del Olmo (Podemos, Responsable de Actividades internas de la Secretaría General), en su apartado de opinión “Al piano” del diario digital “Público” [leer artículo] y no me gustaría dejar pasar la ocasión para hacer algunas consideraciones

Por Javier ARISTU

Las cosas, tras las elecciones del pasado 20 de diciembre, siguen evolucionando a su manera. No sería sincero si dijera que me gusta la dirección que llevan los acontecimientos; al contrario, me parece que van camino de situarse a un nivel no necesariamente mejor que como estaban antes. Pero, por otra parte, no me extraña nada lo que está ocurriendo en estos días de análisis y evaluación postelectoral: los mimbres eran y siguen siendo los existentes antes del 20D, los protagonistas, los fundamentos programáticos y los horizontes de las fuerzas políticas estaban diseñados desde antes y no parece que se dejen influir por los resultados electorales. Lo que ha cambiado, y de qué manera, es la correlación de fuerzas parlamentarias, que no es poco. Planteo, aquí y ahora, algunas de las dudas y perplejidades que me asaltan tras leer y repasar las primeras declaraciones y tomas de posición de los líderes políticos en estas dos semanas de shock electoral.

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Como es sabido, la actual crisis económica ha supuesto para el paradigma neoliberal lo que la caída del Muro de Berlín para el socialista. Lo dicen los sociólogos, economistas, filósofos y demás personal de izquierdas dedicado a la noble tarea del pensar. Pero, a pesar del reconocido-fracaso-de-su-política- neoliberal, están llevando a cabo sus reformas a tal velocidad y profundidad que van a dejar a Europa irreconocible. Menos mal que son reformadores y no revolucionarios…

Por Javier ARISTU

Dos noticias han movido la cacerola electoral. La primera viene de Podemos y se refiere a la designación del antiguo JEMAD como candidato de esta formación en Zaragoza. La aparición del general Julio Rodríguez en la escena política a través de Podemos ha significado un aldabonazo, sin duda, y somete a las demás fuerzas competidoras, especialmente al PSOE, a un tour de force, a ver quién puede más a la hora de presentar candidatos estrellas. Pero presentar en una lista electoral al general que presidió el JEMAD no es lo mismo que presentar a un juez o a un empresario. Los militares en este país han significado mucho y el hecho de que Julio Rodríguez —a partir de ahora es eso un nombre y un apellido y ha dejado de ser general— haya decidido dar ese paso marca, en cierto modo, una agenda de cara a la política de defensa respecto a la OTAN y los cambios en Europa. El mismo ha manifestado ya la perspectiva de esos cambios. Que Podemos, además, acepte en sus listas a este tipo de figuras le condicionará sin duda a la hora de construir su alternativa de defensa y de cara al estamento militar español. De momento ya han decidido desengancharse de esas manifestaciones contra la base de Rota que tradicionalmente organizaban las diferentes plataformas de las izquierdas andaluzas. Tengo para mí, sin embargo, que esta decisión de Rodríguez y de Podemos va a suscitar entre los militares un cierto cabreo: no es aceptable para estos que su antiguo máximo jefe se haya ido ahora con los chicos del cambio, con la representación de los peores males de la patria.

Por Javier TERRIENTE

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Parece ser que la llamada confluencia política de la izquierda se ha convertido en un novísimo Santo Grial, que permitiría un cambio radical en la correlación de fuerzas en las próximas elecciones generales. Poco a poco se ha ido generando desde los grandes medios de comunicación una suerte de razonamiento místico o tautológico en torno a un juego de palabras circular: sumergirse en la confluencia sería como purificarse en las aguas del Jordán, que absolvería de sus pecados pasados a Podemos, permitiéndole el ingreso en la cofradía de los creyentes verdaderos. No hacerlo, equivaldría a un crimen de lesa traición. ¡Ay, amenazan, si Podemos se atreve a rechazarla tras las elecciones catalanas, asumirá de por vida la responsabilidad de la derrota de las clases populares en las generales

¿Sin embargo, de qué se trata cuándo se habla de confluencia?

Por Javier TERRIENTE

Como siempre ocurre en periodos electorales, las diferencias entre el PSOE y PP suelen extremarse, con una notable falta de memoria del primero y un gran manto de mentiras  en el caso del segundo, a la espera de que una vez alcanzada la hipótesis de un cambio de gobierno se diluyan bajo un pragmatismo responsable, en cuyo nombre   caben toda clase de atropellos, redes corruptas y anomalías democráticas. El problema de este llamado pragmatismo responsable, tan apreciado por los viejos partidos de orden (frente a la amenaza de los “populismos irresponsables” que lo cuestionan), es que al ampararse en lo existente como la única realidad posible y disolver en lo cotidiano el horizonte de lo deseable, proclama sin pudor la caducidad de las políticas de reformismo fuerte y el fin de las ideologías emancipatorias. Ello conduce inevitablemente a estimular mecanismos bipartidistas que favorecen un nuevo reparto espurio de las instituciones estatales. Estas semejanzas, que se encuentran en el origen del descrédito que amenaza la legitimidad del sistema de partidos, se agrava ante el hecho de que la izquierda tradicional vive empantanada en un proceso de crisis permanente, derivada de su incapacidad para pensar y actuar en la perspectiva de las nuevas magnitudes que caracterizan este cambio de época. Eso le impide, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, ejercer de portavoz de una verdad irrefutable acerca del devenir histórico y las tareas esenciales de la clase obrera. Por el contrario, es una realidad dramática que antiguas verdades y reglas de la izquierda, que movieron casi desde la nada montañas de esperanzas, se convirtieron en dogmas de fe de una iglesia laica omnipotente y omnisciente, que solo encuentran refugio ahora en partidos crepusculares o en trance de serlo. No es casualidad.  Dirimir el carácter de izquierdas de una organización en virtud de una enumeración de autoproclamaciones en torno a la defensa escolástica del marxismo, la simplificación de la lucha de clases o el advenimiento de la III República, ya no basta. Se necesitan respuestas nuevas a la crisis inédita del capitalismo postfordista y a la emergencia de nuevas categorías sociales y profesionales, al empobrecimiento sin fin de las clases medias y a las crecientes desigualdades.