Por Nadia URBINATI

En la edad de la representación, los partidos políticos han puesto en contacto a los ciudadanos entre ellos y después a los ciudadanos con el estado; han resuelto con la presencia directa de alguno la distancia física y la ausencia de la gran mayoría de los centros y del ejercicio del poder. Han estabilizado ese contacto por medio de ideas, es más,  han construido verdaderos relatos sobre la situación de la sociedad y sobre las perspectivas futuras que han unido a muchos ciudadanos en torno a  algo, por ejemplo en torno a las creencias; han unido y dividido intereses; han dado voz a demandas; han hecho de la arena política un sucedáneo de la lucha violenta, transformando las armas ofensivas en palabras y concepciones del mundo, al fin y al cabo, en votos. Los partidos políticos han funcionado como mediadores pero también como constructores de la dialéctica política sobre la que se basa la competencia electoral. Los pocos (afiliados y dirigentes de esos partidos) han dado voz a muchos, por lo menos a aquellos que se identificaban en parte o completamente con las ideas y propuestas que aquellos representaban. Los partidos han unido y hecho frente a la imposibilidad de la presencia directa. Con el tiempo han transformado el servicio público de la representación en un verdadero oficio.

La política como profesión no ha sido una desviación o una degeneración, como han sostenido los críticos de la democracia de partidos, sobre todo a partir de los elitistas, como Mosca, Michels y Pareto, sino una consecuencia previsible en un mundo en el que la división del trabajo ha sido la estrategia que la economía ha ofrecido a la política para resolver los problemas de la comunicación en diferido, para recortar las distancias del espacio y simplificar la oferta en un mercado populoso y variado

Por Rossana ROSSANDA

concentración del movimiento 15M en la Plaza de la Encarnación, Sevilla. Foto Flick: Ale Arillo
concentración del movimiento 15M en la Plaza de la Encarnación, Sevilla. Foto Flick: Ale Arillo

Es ya común decir que la política ha quedado devorada por la economía, entendiendo con esto que aquella no tiene ya el poder de decidir sobre asuntos económicos, los movimientos de capital, el gigantismo financiero, las líneas de inversión. Esto es en gran parte verdad, siempre que quede claro que aquella no ha sido desposeída de los mencionados poderes por una guerra externa o por un golpe de estado interno sino que ha sido despojada por su propia elección, a través de normas y leyes de sus parlamentos, en general solicitadas por sus ejecutivos. La primacía de lo económico ha sido en suma una elección de la política, como fueron los acuerdos de Bretton Woods y el “compromiso capital-trabajo” tras la segunda guerra mundial en Europa. Lo recordamos porque a la antipolítica de derecha y de izquierda, en su polémica alterna con los partidos y el grupo de notables que mantiene las riendas de los mismos, les gusta olvidarlo. Gran parte de las nuevas siglas antipartido que están hoy presentes, no solo en Italia, se consideran vírgenes de la influencia de las viejas camarillas nacidas en el seno de los partidos o de los sindicatos, que han dado lugar a las corruptelas o, cuando menos, a los personalismos hoy imperantes.

El eslogan de Alba “Dejemos que todos se expresen antes de decidir algo” y, el no muy diferente de todos los “Se puede cambiar” y de la desconfianza de muchos movimientos hacia cualquier forma de organización, da por descontado que el principal vicio de partidos y sindicatos se basa no en sus programas sino en sus cúpulas directivas, incluso cuando éstas son elegidas de la forma más democrática. Cualquier poder superior a otro, aun delegado y a pesar de que esté otorgado para una duración transitoria, se convierte en opresión, sostenía Bakunin contra Marx, el cual tampoco iba más allá de un sistema de consejos.

Por Javier ARISTU

Foto: Claudio Álvarez EL PAÍS

Estamos asistiendo, en vivo y en directo, sin duda a acontecimientos muy importantes relacionados con el desarrollo de la democracia española. Dentro de un tiempo no muy largo los periódicos y hemerotecas citarán estas semanas y estos sucesos como señales de lo que estaba pasando. Miles de personas salen casi semanalmente a la calle para protestar. Simplemente eso, para protestar, lo cual no es un poco con lo que está cayendo. Los sindicatos han organizado en los últimos veinte meses manifestaciones que hacía bastantes años no conocíamos, por su potencia de masas y por la convergencia de intereses. No era un problema de la crisis de la minería, o de la reconversión de un sector concreto, lo que ha sacado a la militancia sindical y a los trabajadores a la calle. Ha sido la agresión a las conquistas sociales de nuestra democracia lo que hace que cientos de miles de españoles, desde Vigo a Murcia y desde Girona a Huelva, y sin tener muchos de ellos carnets sindicales, se echen a la calle a protestar y exigir un cambio de rumbo en la política.

De eso estamos hablando, de un cambio de rumbo en la dirección de la política española y, por extensión, europea. No se trata de hacer comparaciones con otras épocas que, por otra parte, no valen dadas las diferencias sustanciales entre aquellos tiempos y estos, entre la tipología de aquellos cambios y estos. Es lugar común decir que lo que está pasando en estos años, desde el comienzo de la crisis en 2008, supone un cambio estructural, de fondo, de todo el arco de relaciones sociales y económicas que se había venido estableciendo desde mediados del siglo XX (en España bastante más tarde). Posiblemente es así. El desmantelamiento del clásico estado del bienestar —cuya demolición comenzó hace más tiempo, en la época de Thatcher y los neocon— es hoy la hoja de ruta de los vértices del poder político europeo establecido en las leyes, es decir, los gobiernos nacionales, la Comisión Europea, la propia Unión. No hablemos del verdadero y sustraído al control democrático poder económico y social que está marcando de verdad el ritmo y la orientación de los cambios. Como se ha dicho ya repetidas veces y por numerosos teóricos de la izquierda, estamos en la fase de destrucción de los muros de defensa de la sociedad solidaria para intentar construir un  modelo alternativo basado en un concepto darwinista de la dinámica social. Y este modelo no se basaría sobre un pacto de intereses sociales, donde unos y otros ceden y acuerdan, sino que pretende literalmente ser impuesto al conjunto de la sociedad a través de los mecanismos que las instituciones creadas en este largo proceso de construcción europea han ido desarrollando.