Por Javier ARISTU

Este país está cambiando, no sé si a ritmo frenético o de forma pausada pero el cambio es inevitable y pasa delante de nuestros ojos. Quien no lo quiera ver es que está ciego o sordo.

  1. Las sociedades nunca se paran, siempre están en movimiento y en estos tiempos que corren más aún. Las mutaciones y cambios que se están produciendo en el corazón social, en lo que podemos llamar, usando el clásico término impuesto por el barbudo nacido en Tréveris, “modo de producción”, tienen alcance de época, de civilización. Todo un universo de sistemas de producción, de formas de trabajo, de relaciones productivas están transformándose desde hace una veintena de años a ritmo vertiginoso, con consecuencias terribles para la gente y con ruinas sociales incalculables. Pero lamentarse no sirve de nada; lo que vale es analizar el meollo de esos cambios, estudiar la manera de utilizarlos en beneficio de la mayoría y, evidentemente, luchar contra la privatización por unos pocos de esas innovaciones sociales. Como antes hicieron los movimientos sociales industriales que de las actitudes resistenciales pasaron a construir utopías realizables y operativas. Algo de eso se nota cuando en las cúspides de las organizaciones sindicales comienza ya a sonar el clarín de “cambio, adaptación, innovación”. El secretario general de CC.OO. lo ha dicho de forma nítida: “o el sindicato se reinventa o se lo llevará el viento de la historia”. Claro como el agua. Confiemos en que ese mensaje llegue a todos los rincones.

Por Manuel ALCARAZ RAMOS

La genealogía de la izquierda está atravesada por el ideal de la unidad. En símbolos, himnos y retórica la unión es una pieza mágica que obrará milagros. Es lógico: en los orígenes de la izquierda hacer frente común contra los explotadores era cosa de vida o muerte, a veces literalmente. Y sin embargo la realidad es que la izquierda nunca ha estado unida. No es preciso apelar a insolencias, liderazgos absorbentes o traiciones: la lucha por la emancipación también ha exigido, y exige, una imaginación fértil, adaptativa, que permita sobrevivir en un medio hostil: eso diversifica la especie. Dice Walter Benjamin que la historia de la cultura se escribe con documentos de barbarie, y debe ser verdad, si lo sabría él. Contra esa barbarie la izquierda se alzó con maneras necesariamente distintas, incluyendo la distinción indigna de bárbaro verdugo. El arco iris de sensibilidades enriquece y empobrece a la izquierda, pero es lo que hay. Se llama dialéctica. Pero a veces la izquierda sufre más y pone en el centro de su corazón herido, otra vez, la nostalgia por la unidad que nunca fue: así, en nuestras sociedades democráticas la necesidad de unión se incrementa cuando se rompe la cohesión social. O sea, que cuando la unión es más necesaria es cuando más difícil es de construir, porque duelen más las viejas heridas y siempre hay viejas heridas, viejas cuentas que saldar. Téngase en cuenta, porque peor que las diferencias son tremendas las diatribas que en nombre de la unidad usan para insultarse los hermanos. Son muy aburridas.

Por Francisco PALERO GÓMEZ

Con fecha 20 de febrero del 1998 El País publicaba un artículo firmado por Adela Cortina donde decía:

“Tras las  huellas de Hegel parece admitirse que es lo mismo lo público y lo político, que hay una identificación entre ellos. Hoy las cosas han cambiado sustancialmente. Y no solo porque nos hemos percatado de que, aunque el poder político siga cobrando su legitimidad de perseguir el bien público, quien ingresa en la vida  política busca ante todo su bien privado, sino sobre todo porque hemos caído en la cuenta de que lo público no es solo de los políticos. La identificación hegeliana entre lo público y lo político es hoy desafortunada.”

Confieso mi pereza para escribir sobre los políticos, inmerso como estoy en la cotidianidad del derecho y el estudio, siguiendo, entre otros, al Profesor Muñoz Conde mas, al igual que la autora citada – a la que no prestamos atención o no leímos – y estando firmemente comprometido con lo público, soy profundamente crítico con lo partidario, aun seguro de que serán los partidos, especialmente los llamados a nacer a partir de la crisis, los presentes, los que dirijan la vida pública.

Para que nadie se llame a engaño, tampoco tengo confianza en las denominadas nuevas formaciones emergentes, léase Podemos, porque reproducen, también en lo teórico, los elementos más clásicos de un pensamiento agotado.

Por Paco RODRÍGUEZ DE LECEA

Hace pocos días la profesora italo-norteamericana Nadia Urbinati ha señalado en este mismo blog las características novedosas del fenómeno Podemos y su originalidad de fondo [leer artículo]. En efecto, en un contexto de crisis generalizada de credibilidad y de representación de los partidos políticos, he aquí una fuerza surgida inicialmente de los movimientos sociales que se constituye a todos los efectos como partido, consciente de los riesgos que asume pero decidida a cubrir un vacío esencial en la dialéctica democrática, y a batirse en condiciones iguales con las «casandras del statu quo».
Porque, como afirma el propio Pablo Iglesias, «el problema de la debilidad de nuestras democracias no está en el hecho de que estas se basen en los partidos, sino en que los actuales partidos no tienen ya credibilidad.» Hay una vía de salida falsa a los achaques del parlamentarismo que consiste en preconizar la práctica de la democracia directa, la soberanía de las asambleas, la disolución de los partidos en los movimientos sociales. Eso no es regeneración democrática, y su resultado previsible es que los ciudadanos estarán más aislados entre ellos y más inermes frente al poder. Ese poder fáctico, cuya presencia omiten, seguirá gravitando con todo su enorme peso sobre las relaciones sociales cuando los robinsones del asambleísmo despierten de su sueño, igual que sucedía con el dinosaurio de Monterroso.

Por Javier ARISTU

La entrada de Javier Terriente y la última de Nadia Urbinati, ambas publicadas los pasados días en este blog, me invitan a dialogar con ellos a propósito de Podemos.

Posiblemente desde los tiempos de la transición democrática no asistíamos a una efervescencia política en España como en estos meses. Los programas de la noche del fin de semana de las grandes cadenas (exceptuemos desgraciadamente a las cadenas públicas RTVE y Canal Sur, por lo que nos toca como andaluces) están dedicados no a la canción, ni a concursos ni a grandes películas sino a debates políticos con representantes de partidos y periodistas. Al margen de lo que nos parezca el formato, el estilo, la metodología de esos programas, es evidente que esto no pasaba desde los gloriosos tiempos de La Clave, de José Luis Balbín, que todos veíamos con cierta devoción hace ya tres décadas. No está mal recordar que fue precisamente el delegado socialista en RTVE, José Mª Calviño, quien acabó con aquel programa mítico en 1985, tres años después de la llegada al gobierno del PSOE. Pues bien, los fines de semana hemos vuelto a ver debates políticos en las cadenas nacionales. ¿Señal de que este país está cambiando? Sin duda, algo está pasando en nuestra sociedad que ha hecho que los directivos de esas cadenas introduzcan la política en estado puro —bien es verdad que con bastante salsa del reality-show— en sus horarios de máxima audiencia.

No descubro nada nuevo bajo el sol si digo que el principal fenómeno que demuestra lo anterior es la presencia de Podemos en el panorama español, y me atrevo a decir que europeo. La formación de Iglesias ha desencajado literalmente toda la arquitectura establecida no desde la transición sino precisamente desde la constitución del mapa institucional bipartidista formado a partir de 1990 por el PSOE de Felipe González y el PP de Fraga Iribarne primero y posteriormente José Mª Aznar. Una precisión para los críticos del bipartidismo: la transición y los primeros años de la democracia no fueron años de bipartidismo puro, o al menos no iguales que los que siguieron a los de González-Aznar. En aquellos años de los primeros gobiernos de la democracia funcionaban otros parámetros políticos distintos a los que luego impuso el PSOE. Conviene explicitarlo porque frecuentemente se confunde en un totum revolutum todos los años de la transición pura (1976-1982) y los que podríamos llamar años “del sistema PSOE” (1982-1996).

Por Nadia URBINATI

La larga marcha de los partidos hacia la degradación de su credibilidad parece no tener fin, como demuestran también los recientes resultados de las elecciones regionales italianas, donde la victoria de los candidatos del Pd ha sido al precio de una abstención que hace palidecer la bien conocida de los Estados Unidos. La acusación de muchos abstencionistas (se puede ver en las redes sociales) es que los partidos ocupan las instituciones sin que ello suponga beneficio alguno a la sociedad, en parte porque sus criterios de selección de candidatos premian el conformismo, en parte porque han renunciado a ser expresión de una identidad ideológica. Acusaciones que parecen dar razón a aquella enunciación que Roberto Michels sostenía hace ya un siglo: la fatal transformación oligárquica de los partidos. Pero si la anemia de participación está inscrita en el ADN del gobierno representativo, si los partidos no pueden ser sino lo que son, entonces, ¿por qué sorprenderse o por qué hablar del ocaso de legitimidad de la democracia de partidos? Si,  como los realistas, se piensa que vivimos en el mejor de los mundos posibles, no tiene sentido lamentarse de nada, porque mientras los partidos hagan su trabajo —selección de la clase dirigente— serán objetivamente representativos. Quien vence vence, sea cual sea la afluencia a las urnas.

La desconfianza en la obstinada necesidad de tener partidos de identidad y participación es a menudo desconfianza hacia la disolución de los partidos en movimientos. La parábola del Movimiento 5 Stelle parece justificar esta desconfianza. Hay, sin embargo, un caso en Europa de un nuevo partido, Podemos, nacido del movimiento pero destinado a una organización estructurada (según sus críticos, centralista e incluso autoritaria). Podemos (cuyo líder Pablo Iglesias ha sido entrevistado en La Repubblica el pasado 20 de noviembre) ha interrumpido de esta forma el movimiento anti-partido de los indignados, de donde nació. Aquí está la diferencia respecto de sus hermanos americanos de Occupy Wall Street y los italianos del Movimento 5 Stelle. Al contrario que los primeros Podemos no ha renunciado a la representación política y a la participación electoral. A diferencia de los segundos, no ha exorcizado al partido sino que ha querido crear uno nuevo, sabiendo bien que esto le puede suponer el riesgo de convertirse en uno igual que los demás partidos. Como ha explicado Iglesias, el problema de la debilidad de nuestras democracias no está en el hecho de que estas se basen en los partidos sino que los actuales partidos no tienen ya credibilidad. La alternativa a estos es crear nuevos partidos, no está en el movimiento anti-partidos.

Por Sebastián MARTÍN

Atravesamos tiempos interesantes. El marco político no había sido tan incierto desde principios de los años 1980. La responsabilidad histórica que recae en las formaciones de izquierda es de notable envergadura. Ninguna de ellas, sin embargo, mantiene un discurso público que registre, sin reparos, las dificultades a la vista, y señale, con tangible concreción, las medidas practicables. Imbuidas de retórica electoralista, las tres formaciones principales de la izquierda estatal juegan a la ocultación. Proyectan a la ciudadanía un mensaje irreal, que nadie puede creerse, salvo que medien grandes dosis de ingenuidad.

Los líderes del PSOE repiten sin cesar que son una «fuerza de gobierno». No quieren ni oír hablar de pactos porque aspiran a obtener una mayoría suficiente para gobernar en solitario. Se siguen presentando como la única formación de izquierdas en España con credibilidad suficiente como para ganar unas elecciones. Apelan a su historia para transmitir la idea de que un partido con más de una centuria no puede ser víctima de una coyuntura pasajera. Rechazan con acritud, enarbolando sus logros pasados, cualquier crítica procedente de otras sensibilidades. Desprecian lapidariamente o ignoran las nuevas alternativas.

Por Javier ARISTU

¿Será este fin de semana la fecha de Navidad para Podemos? ¿Nacerá el nuevo dios este domingo otoñal de octubre? No sabemos si asistiremos a la llegada de un nuevo mesías pero sin duda es evidente que la Asamblea Ciudadana de Podemos supone un acontecimiento político de primer orden en nuestro país. Ya veremos si, como algunos se ilusionan, tiene dimensión europea e incluso cósmica. No sabemos tampoco si la plataforma de Pablo Iglesias titulada Claro que Podemos se impondrá a la de Pablo Echenique y Teresa Rodríguez Sumando Podemos, cosa que de producirse sería, sin duda, otro acontecimiento de gran importancia; entre otras cosas porque el mismo Iglesias ha anunciado que, de ser así, dejaría la primera línea de la formación recién estrenada.

A la espera de la conclusión de esta asamblea ciudadana me detengo en un artículo que publica el diario El País hoy viernes, firmado por Juan Carlos Monedero, teórico e inspirador de Podemos, y Jesús Montero, viejo conocido, entrañable compañero de causas perdidas en otros tiempos y miembro del equipo técnico de la Asamblea. He leído su reflexión muy de mañana, bien despierto tras el café, y me han sorprendido algunas de las afirmaciones vertidas en la misma. Vayamos por partes.

Por Javier ARISTU

 ¿How many years can a mountain exist before it’s washed to the sea?

[¿Cuántos años puede una montaña existir antes de que sea bañada por el mar?]

Bob Dylan, Blowin’ in the wind

 

Nos habla Rossana Rossanda, en sus memorias tituladas La muchacha del siglo pasado, de aquellos años en que, formando parte de la dirección del PCI, trabajaba desde la mañana hasta la noche en la sede central del hoy desaparecido partido comunista italiano, en la mítica calle de Botteghe oscure, en Roma. Planta 5º. Cuenta cómo se encontraba en el ascensor con aquellos también míticos dirigentes italianos que, provenientes de la preguerra mundial, del exilio y de la resistencia al fascismo, habían constituido aquel formidable partido de masas de izquierda. Cuenta cómo para conseguir hablar con el incontestado Togliatti, el secretario general, se colaba en su despacho muy de mañana para consultarle cualquier asunto. Dirigía Rossanda —década del sesenta del siglo pasado— la política cultural del PCI. Luego, ya se sabe, fue una de las herejes. Desde aquel edificio clásico romano se coordinaba y se decidía sobre los contenidos y líneas de las revistas y periódicos que controlaba entonces el partido: Rinascita, Critica marxista, Paese sera. Desde aquel vetusto edificio se marcaba el paso de lo que iba a ocurrir en las calles (casi siempre pero no siempre, como se demostró a partir de 1968). Aquel partido decidía el curso de la izquierda italiana.