Por Pedro Ángel JIMÉNEZ MANZORRO

Ayer venía de algún sitio imbécil y me llamó la atención una chiquilla que no alzaba  mucha altura desde el suelo inclinado de mi calle. La madre cubría la retaguardia pero la dejaba hacer. La sonrisa de la párvula me ganó en seguida.  Ella, sabedora de su encanto, pasó al ataque. Me pretendía vender una papeleta. Sortean un jamón de pata negra y de bellota sin males criticables por la OMS. No suelo adquirir papeletas de estas de dudosa legalidad porque al final acabas apoyando a una cofradía o similar y el cuerpo no se me hace.

Por Francisco FLORES TRISTÁN

Varias consecuencias se pueden derivar de las elecciones catalanas del 27 S. Para mí el resultado más sorprendente por inesperado es el de “Catalunya sí que es pot”. La marca auspiciada por Podemos en Cataluña, a la que algunas encuestas daban 17/18 escaños por delante del PSC, se ha quedado al final en 11, los mismos que el PP y 2 menos que Iniciativa, uno de sus componentes, en las anteriores elecciones. Esto significa que no solo no han sumado al incluir  a Iniciativa, Podemos, Proces constituent, EUiA… sino que han restado (2 menos que uno de sus componentes). Esto se ha podido deber, como dijo Iglesias, a que no han querido entrar en la polarización entre Independencia Sí/no y han querido resaltar más los problemas sociales. Ha podido influir también la escasa presencia de los líderes catalanes  más conocidos, especialmente los procedentes de Iniciativa, pero yo creo que el factor principal de su fracaso ha sido su ambigüedad; en unas elecciones marcadas por la independencia como elemento central de discusión uno no puede no tomar partido o remitirse al “derecho a decidir” que es como decir “lo que diga la asamblea”. De acuerdo, seguro que será lo que diga la gente pero… yo ¿qué les propongo, que creo que es mejor? Un partido está para proponer alternativas, el someterse a lo que diga el electorado se presupone en una Democracia. Pues bien solamente le he oído a Iglesias decir que ellos propondrían votar No en un hipotético referéndum… dos días después de las elecciones… Demasiado tarde. La ambigüedad ha sido tal que ha posibilitado que en las tertulias de la noche electoral, algunos independentistas los incluyeran como votos para el sí. Pero lo más importante de estos resultados son las consecuencias para el futuro. El proyecto Podemos queda bastante tocado para el futuro, para las inminentes elecciones generales en las que puede quedarse muy lejos de sus expectativas.

Por Javier TERRIENTE

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Parece ser que la llamada confluencia política de la izquierda se ha convertido en un novísimo Santo Grial, que permitiría un cambio radical en la correlación de fuerzas en las próximas elecciones generales. Poco a poco se ha ido generando desde los grandes medios de comunicación una suerte de razonamiento místico o tautológico en torno a un juego de palabras circular: sumergirse en la confluencia sería como purificarse en las aguas del Jordán, que absolvería de sus pecados pasados a Podemos, permitiéndole el ingreso en la cofradía de los creyentes verdaderos. No hacerlo, equivaldría a un crimen de lesa traición. ¡Ay, amenazan, si Podemos se atreve a rechazarla tras las elecciones catalanas, asumirá de por vida la responsabilidad de la derrota de las clases populares en las generales

¿Sin embargo, de qué se trata cuándo se habla de confluencia?

Por Javier TERRIENTE

Como siempre ocurre en periodos electorales, las diferencias entre el PSOE y PP suelen extremarse, con una notable falta de memoria del primero y un gran manto de mentiras  en el caso del segundo, a la espera de que una vez alcanzada la hipótesis de un cambio de gobierno se diluyan bajo un pragmatismo responsable, en cuyo nombre   caben toda clase de atropellos, redes corruptas y anomalías democráticas. El problema de este llamado pragmatismo responsable, tan apreciado por los viejos partidos de orden (frente a la amenaza de los “populismos irresponsables” que lo cuestionan), es que al ampararse en lo existente como la única realidad posible y disolver en lo cotidiano el horizonte de lo deseable, proclama sin pudor la caducidad de las políticas de reformismo fuerte y el fin de las ideologías emancipatorias. Ello conduce inevitablemente a estimular mecanismos bipartidistas que favorecen un nuevo reparto espurio de las instituciones estatales. Estas semejanzas, que se encuentran en el origen del descrédito que amenaza la legitimidad del sistema de partidos, se agrava ante el hecho de que la izquierda tradicional vive empantanada en un proceso de crisis permanente, derivada de su incapacidad para pensar y actuar en la perspectiva de las nuevas magnitudes que caracterizan este cambio de época. Eso le impide, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, ejercer de portavoz de una verdad irrefutable acerca del devenir histórico y las tareas esenciales de la clase obrera. Por el contrario, es una realidad dramática que antiguas verdades y reglas de la izquierda, que movieron casi desde la nada montañas de esperanzas, se convirtieron en dogmas de fe de una iglesia laica omnipotente y omnisciente, que solo encuentran refugio ahora en partidos crepusculares o en trance de serlo. No es casualidad.  Dirimir el carácter de izquierdas de una organización en virtud de una enumeración de autoproclamaciones en torno a la defensa escolástica del marxismo, la simplificación de la lucha de clases o el advenimiento de la III República, ya no basta. Se necesitan respuestas nuevas a la crisis inédita del capitalismo postfordista y a la emergencia de nuevas categorías sociales y profesionales, al empobrecimiento sin fin de las clases medias y a las crecientes desigualdades.

jovenespoliticosPor Javier ARISTU

Dentro del proceso de ¿renovación? del sistema político español que está en marcha, y que todavía no sabemos dónde y cuándo acabará, destacan distintos elementos. Algunos tienen que ver con la fluidez con que seguidores de unos partidos se pasan a otros ( son llamativos los casos de la transferencia de cuadros de IU a Podemos, de UPyD a Ciudadanos, entre otros), la volatilidad de los electorados, hasta ahora fijos y estables en gran medida entre los dos partidos mayoritarios, la inestabilidad de algunos partidos y la facilidad con que surgen nuevas agrupaciones políticas —no me atrevo a denominarlos todavía partidos— que se presentan a las elecciones y logran resultados aceptables, y otros que no cito para no alargarme. Estamos sin duda ante una fase de modificación estructural que supondrá posiblemente el final del bipartidismo como eje institucional y el principio de otra fase caracterizada por la pluralidad y el pacto entre sujetos políticos diversos, lo cual conlleva a su vez la constitución de un nuevo lenguaje político donde demagogia y populismo tendrán que competir con responsabilidad y acción de gobierno.

Me voy a detener en este artículo en el análisis de una de las señas de identidad más claras de esta fase histórica en la política española: la renovación generacional que, por sí sola, algunos la quieren convertir en etiqueta básica  de dicho momento, lo cual puede llevarles al fracaso y la derrota si no al desencanto. El diccionario de la RAE define el término “bluf” como «Montaje propagandístico que, una vez organizado, se revela falso. 2. m. Persona o cosa revestida de un prestigio que posteriormente se revela falto de fundamento.» Algo de eso puede estar ocurriendo en torno de algunos de los grupos dirigentes de emergentes partidos. Es desde luego muy sorprendente cómo casi todas las fuerzas políticas, al menos las del arco que podríamos llamar estatal, se han lanzado a una desenfrenada carrera por ver quién tiene más caras jóvenes en su dirección, cuál de los líderes de partidos tiene menos años, quién viste de forma más juvenil y desenfadada. De esa forma pueden convertir la noble y dura tarea de la política en un concurso televisivo de modelos donde la juventud es premio.

Por Manuel ALCARAZ RAMOS

Hubo un tiempo en que el sistema liberal más avanzado, el de la III República Francesa, a finales del siglo XIX, consideraba un signo de vitalidad la inestabilidad parlamentaria que provocaba continuos cambios de Gobierno: si el Parlamento representaba al pueblo, éste sería más fuerte en la medida en que debilitara al Ejecutivo, de legitimidad más confusa. Esta teoría hoy parece banal y retrógrada: sabemos que la estabilidad es imprescindible para que la democracia arraigue y para que el Estado social pueda desarrollar sus funciones.

Hubo un tiempo en España en que los acuerdos políticos recibían el despectivo apelativo de “pasteleo”. Contra el pasteleo de la tramposa Restauración se alzó la II República. Era un propósito decente y sabio. Sin embargo es discutible si la exacerbación de la virtud no menospreció la importancia de los acuerdos entre próximos y hasta entre oponentes –oponentes que quisieran hablar, pues en la República hubo algunos que sólo pensaron en acabar con el régimen constitucional-. Sin embargo el consenso fue uno de los grandes temas de la Transición: superar la narrativa guerracivilista y el miedo obligaba a todos al esfuerzo. Y en la memoria colectiva ha quedado ese consenso como mito, contemplado con nostalgia, aunque muchos que lo añoran repitan que todos los políticos son iguales dados al pasteleo.

Por Aurelio GARNICA DÍEZ

Algunas noticias recientes ponen de actualidad la importancia del sistema electoral y su influencia en la composición de los Parlamentos.

 El resultado de las elecciones generales del Reino Unido del 7-5-2015.

 El Reino Unido divide su territorio en 650 circunscripciones electorales y en cada una se elige un diputado. Sale elegido el candidato que obtenga más votos en cada circunscripción. Es un sistema mayoritario puro. Ello provoca unas claras desigualdades cuando se analizan los votos y escaños obtenidos por cada partido a nivel de todo el país. En las recientes elecciones la desproporción más clara es que un partido con 99.809 votos ha obtenido dos diputados y otro con 3.881.129 ha obtenido un único diputado. Los ejemplos se pueden multiplicar como se ve en el cuadro siguiente donde reflejamos los votos y escaños obtenido por cada partido.

Por Javier ARISTU

Bruno e Ignacio, dos muy queridos amigos, y compañeros a la vez en un proyecto del que en su momento informaremos, critican mi benevolencia con un artículo de Fernando Vallespín sobre Podemos publicado el pasado sábado en El País [clicar aquí para leer el artículo]. Alguien dijo que sólo a partir de los desacuerdos comienza el debate político de interés. Pues entonces está abierto el mismo. Tres términos centran la discrepancia amistosa sobre nuestras respectivas visiones del actual proceso en Podemos: la transversalidad, la hegemonía y el factor electoral. Hablaremos de eso pero antes resumamos los dos aspectos claves del artículo de Vallespín por el que mostré mi acuerdo y simpatía.

El profesor y politólogo de la universidad madrileña viene a decirnos que Podemos ha cometido dos tipos de errores: uno, de carácter espacial, al haber confundido transversalidad electoral con abandono de posiciones de radicalidad, de izquierda; dos) de carácter temporal, al pretender dotar de contenido a una fuerza política progresista del siglo XXI (Podemos) con recetas y programas de la vieja socialdemocracia representativa de otro modelo social basado en la industria y un estado de bienestar en crisis. Es decir, Vallespín critica la deriva actual de Podemos en lo que se refiere a su abandono de posiciones y definiciones de izquierda y su recurso a lo viejo para fundar una fuerza política nueva. Y eso, insiste, no se resuelve ganando las elecciones sino conquistando antes la hegemonía dentro de la izquierda.

Los amigos me critican mi coincidencia con la reflexión de Vallespín de diferentes maneras. Ignacio, por ejemplo, se pregunta si la hegemonía en la izquierda es posible sin disputa electoral, y achaca que —cito textualmente— “el discurso de la no-transversalidad es más irreal que el de la transversalidad. La complejidad social conduce a navegar entre diversas contradicciones con cierta simplificación, a gestionar intereses diferentes incluso en el mundo del trabajo, a abordar pequeñas disputas esencialistas y puras. ¿Qué es ser no-transversal?”. Bruno, por su parte, incide en el discurso sobre la hegemonía, se pregunta “¿Qué es eso de conseguir la hegemonía sin ganar un espacio electoral potente?”, y critica que desde cierto pensamiento de la izquierda “volvemos a las eternas discusiones de la izquierda sobre el sexo de los ángeles”. Como puede verse, el tema da para mucho y, desde mi modesta y discreta mirada de espectador —dado que no participo ya en ningún proyecto político partidario— intentaré conversar con mis amigos desde esta tribuna abierta a la que invito a ambos, y a otros, a proseguir con otros argumentos y discrepancias.

Por Paco RODRÍGUEZ DE LECEA

Pietro Nenni contó en sus Memorias que cuando el Partido Socialista Italiano decidió romper el frente común con los comunistas y trabajar en la consolidación de un espacio de centro-izquierda, Palmiro Togliatti utilizó toda su capacidad de persuasión para intentar convencerle de que aquel era un paso equivocado. Después de varias tensas conversaciones, el líder comunista constató que no habría marcha atrás y la ruptura era ya un hecho consumado e irreversible. Entonces suspiró: «¡Feliz tú que vas a hacer política! Yo me veré reducido a hacer solo propaganda.»
Hoy nos encontramos en España delante de una disyuntiva bastante parecida. En el seno de una sociedad en mutación, con una clase política arruinada por el descrédito y ante un gobierno de la derecha enfangado en políticas de corte ventajista e impopular, las diferentes izquierdas se encuentran en una encrucijada crítica. Pueden resolverla haciendo propaganda, o bien haciendo política.
Propaganda es plantear que tenemos en nuestra “casa” todas las respuestas ajustadas a las demandas de la ciudadanía. No es así. La situación real es más bien la que expresó Mario Benedetti en una frase feliz: «Cuando creíamos tener todas las respuestas, nos han cambiado las preguntas.»