Por Javier ARISTU

De los debates en televisión… a la política, en el parlamento y en la calle: esa es la diferencia entre el día antes y el día después al 20D. Como de la noche al día. La política de verdad tiene algunos aspectos que a la gente no le gustan, que son rechazados por principio, como la que expresa esa obsesión tan española de estar siempre en contra del representante público, como si este fuera por principio el malo de la película; pero, al final, la política tiene el indudable beneficio de que es la que tiene que resolver (o intentarlo seriamente) los asuntos del común. Sin política muchos de nuestros asuntos no se arreglarán.

Por Manuel ALCARAZ RAMOS

         Casi dos semanas de incertidumbre. Eso define el lapso trascurrido desde la noche de las Elecciones Municipales y Autonómicas. Incertidumbre es enfado, desconfianza, ira a veces, resignación otras. Incertidumbre es novedad. Novedad porque la sociedad valenciana y española habían perdido la afición por la complejidad que supone la ausencia de generalizadas mayorías absolutas, tan relacionadas con el bipartidismo. Que el bipartidismo haya desaparecido el 24 de mayo, o que haya mutado, es asunto en el que ahora no entraré, pero lo que es evidente es que la crisis del modelo conocido es lo que arrastra las actuales sensaciones. Por supuesto la sociedad no puede discriminar –mal que les pese a esa curiosa gente que sabe siempre lo que quiere “el pueblo”- entre los deseos y las dificultades de los medios para alcanzarlos. Es más: podemos afirmar sin grave riesgo de equivocarnos que abundan los dispuestos a querer que se hagan tortillas sin romper huevos. Solo que, como no es posible, la incertidumbre se traslada a los culpables habituales, esto es, a los políticos, esos pésimos cocineros que no saben hacer tortillas con huevos enteros y ahorrando en aceite. Bien está y que todo fuera eso.

         Lo digo porque mi teléfono arde de consejos y consejeros, las radios se encienden solas para transmitir el mensaje de la impaciencia, del que a ver qué pasa que no se ponen de acuerdo, y las tertulias televisivas alcanzan niveles estéticos de tragedia entre los augurios de hundimiento de un mundo no regido por el PP y la bonancible creencia en una naturaleza humana que brillará infinitamente en cuanto las convergencias populares hayan alcanzado sus últimos objetivos. Luego está la mesa de negociación concreta, su arte o su desgaire. Pero de eso hablaré otra semana.

Por Javier ARISTU

[releyendo a Amélie Nothomb]

La cercanía de las elecciones generales de noviembre, si no se adelantan a septiembre, y los resultados de las pasadas municipales y autonómicas —a la espera de cómo se resuelvan las investiduras y acuerdos o no para gobiernos de izquierda— ha acelerado la toma de posición de algunos dirigentes de izquierda y ha dinamizado  los procesos en algunos de sus partidos. En IU, Garzón toma un protagonismo decidido en la línea de promover candidaturas unitarias con Podemos; en el partido de Pablo Iglesias se renueva la vieja oposición a éste bajo el llamamiento a un “volver a los orígenes” de esa fuerza [leer manifiesto], donde se expone en 5 puntos un programa que, cuando menos, es sorprendente en lo que se refiere a la política (o inexistencia de la misma) sobre el empleo, por no hablar de otras.

Conste mi sorpresa ante el vaivén de posturas en IU. Un día se dice que Podemos no es de la izquierda guai,  porque expresa una posición oportunista e interclasista, y al siguiente se le está ofreciendo ir juntos en unas elecciones. Garzón afirma una vez que “no hay solución a la crisis si el vaciado ideológico [de Podemos] acaba desembocando en una suerte de socialdemocracia laxa que todavía no asume que ya no tiene cabida en esta Unión Europea” pero a continuación no tiene empacho en decir que “Allí donde han cooperado las gentes de IU, Podemos, Equo, Anova, ICV… y gentes sin afiliación pero con las ideas muy claras, se ha logrado romper la espina dorsal del bipartidismo” [Eldiario.es]. Entre la obsesión con la socialdemocracia y el conjuro de la unidad popular.

Por Manuel ALCARAZ RAMOS

Hubo un tiempo en que el sistema liberal más avanzado, el de la III República Francesa, a finales del siglo XIX, consideraba un signo de vitalidad la inestabilidad parlamentaria que provocaba continuos cambios de Gobierno: si el Parlamento representaba al pueblo, éste sería más fuerte en la medida en que debilitara al Ejecutivo, de legitimidad más confusa. Esta teoría hoy parece banal y retrógrada: sabemos que la estabilidad es imprescindible para que la democracia arraigue y para que el Estado social pueda desarrollar sus funciones.

Hubo un tiempo en España en que los acuerdos políticos recibían el despectivo apelativo de “pasteleo”. Contra el pasteleo de la tramposa Restauración se alzó la II República. Era un propósito decente y sabio. Sin embargo es discutible si la exacerbación de la virtud no menospreció la importancia de los acuerdos entre próximos y hasta entre oponentes –oponentes que quisieran hablar, pues en la República hubo algunos que sólo pensaron en acabar con el régimen constitucional-. Sin embargo el consenso fue uno de los grandes temas de la Transición: superar la narrativa guerracivilista y el miedo obligaba a todos al esfuerzo. Y en la memoria colectiva ha quedado ese consenso como mito, contemplado con nostalgia, aunque muchos que lo añoran repitan que todos los políticos son iguales dados al pasteleo.

Por Javier ARISTU

Andalucía está aportando a la cultura política contemporánea española algunos elementos y valores que no son precisamente halagüeños a la hora de pensar un futuro de pluralidad estable. Los meses transcurridos bajo el gobierno -ahora y todavía provisional- de Susana Díaz no inspiran al optimismo. Desde la toma de posesión de la actual Presidenta, por renuncia voluntaria de José Antonio Griñán, hasta estas semanas de juegos postelectorales y de intentos de formar gobierno las acciones y comportamientos expresados por Susana Díaz no muestran precisamente una actitud política coherente y lo que podríamos denominar seria. Desde el momento en que concibió las elecciones anticipadas como forma de reasignar su poder en Andalucía y fuera de Andalucía, hasta estos momentos en que parece jugar con otras nuevas elecciones que, cree ella, la llevarían a la mayoría absoluta, única forma al parecer de ser Susana, el comportamiento de la encargada de proponer gobierno no expresa sino un conjunto de pasos destinados a crear mayor inestabilidad en nuestra Comunidad.

Por Manuel ALCARAZ RAMOS

1.- El domingo 24 se produjo el primer acto del cambio político en el País Valenciano con el triunfo de la izquierda. Pero para que ese cambio sea profundo y no mera alteración epidérmica, la misma izquierda ha de convertir esa mayoría electoral en una mayoría social que de un apoyo activo a las medidas de transformación económica y social y en las formas de acción política. Las dos mayorías se requieren pero no pueden identificarse. En la mayoría electoral hay un componente vindicativo, el deseo de castigar a un PP agotado, incapaz de entender muchas demandas, cruel a veces, minado estructuralmente por la corrupción. Buena parte de la ciudadanía ha visto en sus gestos una forma de violencia simbólica. El castigo, así, era una forma de defensa legítima antes que una venganza. Pero, por ello mismo, era relativamente sencillo que ese factor funcionara como amalgama entre diversos enfados y esperanzas. Es una mayoría “celebrativa” que ha expresado su alegría tomando calles, redes sociales y la conciencia de muchos que sólo conocieron gobiernos del PP. Sin embargo la mayoría social deberá tener unas características necesariamente distintas. La primera es su pluralidad, algo valioso para no caer en los pecados de soberbia del PP, pero que complica su construcción y mantenimiento. Carecerá de la expresividad de una noche de fiesta: requerirá de la perseverancia del trabajo y de la renovación constante de una esperanza acosada por las dificultades heredadas. Deberá encontrar fórmulas de articulación y de apoyo, que difícilmente tendrán, en el medio plazo, la forma de movilizaciones callejeras en favor de medidas que no siempre serán fáciles de explicar o/y que no podrán adoptarse a la velocidad deseada. Quedar prisioneros del imaginario de la fiesta política alentaría la frustración.

Por Francisco PALERO GÓMEZ

Aun a riesgo de no ser preciso en el análisis por ver la realidad política andaluza desde la distancia e influido por los voceros – en las tertulias no descubro  analistas – me voy a adentrar, siguiendo la reflexión publicada por Aristu, en el suceso de la no investidura de una Presidenta que apareció en la escena política por mor de la designación a dedo y que pretende hoy repetir, fundada en la razón cierta de representar a la fuerza más votada de Andalucía, pero – al menos eso es lo que trasmite – haciendo caso omiso a la aritmética, esto es, al hecho cierto de que han sido mayoría los andaluces que no le dieron su apoyo en las elecciones por ella convocadas.

El hecho, el suceso – o el insuceso –, me conduce a tres reflexiones enlazadas.

1.- La singularidad andaluza.

Señalemos lo obvio: Andalucía celebra su fiesta el 28 de febrero y – a diferencia de otras comunidades históricas – en conmemoración de una batalla (política) ganada: la que asimiló esta comunidad a las de origen histórico, la que permite a Andalucía elegir sus gobiernos en espacios temporales diferentes al resto de las autonomías y por ello reafirmando su identidad conquistada y sin injerencia dependiente de los avatares de otras realidades políticas.

Por Javier ARISTU

Nunca se arrepentirá lo suficiente Susana Díaz de haber adelantado las elecciones andaluzas al pasado 22 de marzo. Cada día que pasa es un grano en la cuenta de ese error. Antes dependía de una minoría que participaba dentro de un gobierno y ahora tiene enfrente a cuatro partidos que conforman una mayoría de rechazo, ninguno de ellos con posibilidad —de momento— de pactar con ella de forma estable y  que es posible que  nunca vayan a estar con ella en tareas de gobierno. De un gobierno de coalición en 2012, con acuerdo firmado, con tres consejeros de IU, y con un Maíllo y la mayoría de la dirección andaluza de esta formación que estaban a pesar de los pesares por mantener ese pacto de gobierno, Susana Díaz ha pasado a suplicar “que la dejen gobernar” en solitario. Y hasta ahora le han contestado que no.

La candidata socialista y antes presidenta pretendió cambiar, ahora se ve claro,  el ciclo electoral de este año 2015; lo que no se sabe es que con qué finalidad. Desde luego, y a la vista de los resultados, no parece que a pesar de haber mantenido los mismos escaños, lo cual se puede considerar un éxito en los tiempos que corren,  haya conseguido un triunfo político. La aritmética parlamentaria es la que es. Susana Díaz y el PSOE andaluz están ambos peor que antes. Cuando adelantó las elecciones, situándolas dos meses previos a las municipales y autonómicas y medio año de las tan decisivas generales de final de 2015, creía romper un hipotético curso de descenso de su partido y que, con los resultados que esperaba, la situaría en una plataforma inmejorable para gobernar Andalucía e influir a su vez en la política española. Se ha topado con el enorme escollo de que le faltan 8 escaños para tener la mayoría absoluta y, lo que es peor, enfrente tiene cuatro partidos y 62 diputados que están en el lado completamente contrario: no quieren pacto de gobierno de ningún tipo pero tampoco están dispuestos a dejarla pasar de rositas absteniéndose en la investidura “para dejarla gobernar”.

Por Javier ARISTU

 El 16 de abril se celebrará la sesión constitutiva del nuevo Parlamento andaluz nacido de las elecciones del pasado 22 de marzo. Se iniciará así la X legislatura, 33 años después de aquel adánico 1982. Ciertos datos apuntan a que podría haber un gobierno monocolor del PSOE, con mayoría relativa y en un hemiciclo más complicado al estar compuesto, además del partido de la mayoría, por cuatro fuerzas —tres de ellas decisivas para un hipotético gobierno de coalición o para dar la mayoría absoluta. Pero al día de hoy eso no está tan claro, si tenemos en cuenta las declaraciones de las fuerzas parlamentarias decisivas. En resumen, el PSOE no puede constituir gobierno si alguna de esas tres fuerzas (PP, Podemos, Ciudadanos) no se abstiene o vota a favor; y, si eso ocurriera en la sesión de investidura, el PSOE no tiene garantizado el gobierno durante cuatro años si alguna de esas fuerzas no le apoya activa o pasivamente en el parlamento. Las leyes y las propuestas parlamentarias  necesitan mayoría y el PSOE no la tiene de momento. Es el primer partido en voto y en escaños pero…no tiene la mayoría necesaria. O eso lo aprende pronto Susana Díaz o puede cometer errores garrafales.