Por Javier ARISTU

Han pasado 37 días desde la celebración de elecciones. Todavía no hemos visto los españoles ninguna mesa de negociación para alcanzar un gobierno. A lo más, asistimos a declaraciones unilaterales, retiradas tácticas y  trampas contra el adversario.  Partamos de la base de que cualquier opción de gobierno capaz de salir adelante parlamentariamente es incómoda, por no decir hostil, para cada uno de sus protagonistas. Veamos algunas.

Por Francisco DURÁN LAGO

Soñar no cuesta dinero, así que me acuesto todas las noches, desde el 20D, ilusionado, contento de que por fin la derecha ya no gobierna España, que se ha terminado la gran pesadilla de los recortes, de la degradación de la democracia, que la reforma laboral ha desaparecido, que la sanidad y los medicamentos que pagan los jubilados junto con la educación y las pensiones son algo del pasado, que los que quieren trabajar van encontrando un puesto de trabajo con salarios dignos, es decir, para finalizar mi sueño, que vamos de nuevo a vivir en un país donde la ciudadanía recobra su sonrisa dejando atrás el autoritarismo, el rodillo de la mayoría absoluta de esta derecha dirigida por un gran servidor de los poderes más reaccionarios de España, Mariano Rajoy, y que las fuerzas de izquierdas, y del centro habían formado gobierno.

Por Juan JORGANES

He perdido las elecciones con el peor resultado de mi partido desde 1977 y la enfollonadora de guardia de mi partido ya se ha colocado los galones de enfollonadora jefe, aunque solo sea porque arrastra más tropa que nadie.

Así que puedo quedarme en una esquina agitando banderines, banderas y otros trapos que me vayan pasando los míos mientras la ola de la política del 20 D pasa por encima de mí y del partido.

También podría tomar la iniciativa, cabalgar la ola del 20 D, liderar un proyecto para una legislatura que represente una alternativa al que presenta la derecha, el PP, a quien ha presidido el Gobierno que ha favorecido la desigualdad social, ha empobrecido a la mayoría, ha expulsado de España a los mejores estudiantes, presidente de un partido corrupto…

Por Javier ARISTU

De los debates en televisión… a la política, en el parlamento y en la calle: esa es la diferencia entre el día antes y el día después al 20D. Como de la noche al día. La política de verdad tiene algunos aspectos que a la gente no le gustan, que son rechazados por principio, como la que expresa esa obsesión tan española de estar siempre en contra del representante público, como si este fuera por principio el malo de la película; pero, al final, la política tiene el indudable beneficio de que es la que tiene que resolver (o intentarlo seriamente) los asuntos del común. Sin política muchos de nuestros asuntos no se arreglarán.

Por Manuel ALCARAZ RAMOS

         Casi dos semanas de incertidumbre. Eso define el lapso trascurrido desde la noche de las Elecciones Municipales y Autonómicas. Incertidumbre es enfado, desconfianza, ira a veces, resignación otras. Incertidumbre es novedad. Novedad porque la sociedad valenciana y española habían perdido la afición por la complejidad que supone la ausencia de generalizadas mayorías absolutas, tan relacionadas con el bipartidismo. Que el bipartidismo haya desaparecido el 24 de mayo, o que haya mutado, es asunto en el que ahora no entraré, pero lo que es evidente es que la crisis del modelo conocido es lo que arrastra las actuales sensaciones. Por supuesto la sociedad no puede discriminar –mal que les pese a esa curiosa gente que sabe siempre lo que quiere “el pueblo”- entre los deseos y las dificultades de los medios para alcanzarlos. Es más: podemos afirmar sin grave riesgo de equivocarnos que abundan los dispuestos a querer que se hagan tortillas sin romper huevos. Solo que, como no es posible, la incertidumbre se traslada a los culpables habituales, esto es, a los políticos, esos pésimos cocineros que no saben hacer tortillas con huevos enteros y ahorrando en aceite. Bien está y que todo fuera eso.

         Lo digo porque mi teléfono arde de consejos y consejeros, las radios se encienden solas para transmitir el mensaje de la impaciencia, del que a ver qué pasa que no se ponen de acuerdo, y las tertulias televisivas alcanzan niveles estéticos de tragedia entre los augurios de hundimiento de un mundo no regido por el PP y la bonancible creencia en una naturaleza humana que brillará infinitamente en cuanto las convergencias populares hayan alcanzado sus últimos objetivos. Luego está la mesa de negociación concreta, su arte o su desgaire. Pero de eso hablaré otra semana.

Por Javier ARISTU

[releyendo a Amélie Nothomb]

La cercanía de las elecciones generales de noviembre, si no se adelantan a septiembre, y los resultados de las pasadas municipales y autonómicas —a la espera de cómo se resuelvan las investiduras y acuerdos o no para gobiernos de izquierda— ha acelerado la toma de posición de algunos dirigentes de izquierda y ha dinamizado  los procesos en algunos de sus partidos. En IU, Garzón toma un protagonismo decidido en la línea de promover candidaturas unitarias con Podemos; en el partido de Pablo Iglesias se renueva la vieja oposición a éste bajo el llamamiento a un “volver a los orígenes” de esa fuerza [leer manifiesto], donde se expone en 5 puntos un programa que, cuando menos, es sorprendente en lo que se refiere a la política (o inexistencia de la misma) sobre el empleo, por no hablar de otras.

Conste mi sorpresa ante el vaivén de posturas en IU. Un día se dice que Podemos no es de la izquierda guai,  porque expresa una posición oportunista e interclasista, y al siguiente se le está ofreciendo ir juntos en unas elecciones. Garzón afirma una vez que “no hay solución a la crisis si el vaciado ideológico [de Podemos] acaba desembocando en una suerte de socialdemocracia laxa que todavía no asume que ya no tiene cabida en esta Unión Europea” pero a continuación no tiene empacho en decir que “Allí donde han cooperado las gentes de IU, Podemos, Equo, Anova, ICV… y gentes sin afiliación pero con las ideas muy claras, se ha logrado romper la espina dorsal del bipartidismo” [Eldiario.es]. Entre la obsesión con la socialdemocracia y el conjuro de la unidad popular.

Por Manuel ALCARAZ RAMOS

Hubo un tiempo en que el sistema liberal más avanzado, el de la III República Francesa, a finales del siglo XIX, consideraba un signo de vitalidad la inestabilidad parlamentaria que provocaba continuos cambios de Gobierno: si el Parlamento representaba al pueblo, éste sería más fuerte en la medida en que debilitara al Ejecutivo, de legitimidad más confusa. Esta teoría hoy parece banal y retrógrada: sabemos que la estabilidad es imprescindible para que la democracia arraigue y para que el Estado social pueda desarrollar sus funciones.

Hubo un tiempo en España en que los acuerdos políticos recibían el despectivo apelativo de “pasteleo”. Contra el pasteleo de la tramposa Restauración se alzó la II República. Era un propósito decente y sabio. Sin embargo es discutible si la exacerbación de la virtud no menospreció la importancia de los acuerdos entre próximos y hasta entre oponentes –oponentes que quisieran hablar, pues en la República hubo algunos que sólo pensaron en acabar con el régimen constitucional-. Sin embargo el consenso fue uno de los grandes temas de la Transición: superar la narrativa guerracivilista y el miedo obligaba a todos al esfuerzo. Y en la memoria colectiva ha quedado ese consenso como mito, contemplado con nostalgia, aunque muchos que lo añoran repitan que todos los políticos son iguales dados al pasteleo.

Por Javier ARISTU

Andalucía está aportando a la cultura política contemporánea española algunos elementos y valores que no son precisamente halagüeños a la hora de pensar un futuro de pluralidad estable. Los meses transcurridos bajo el gobierno -ahora y todavía provisional- de Susana Díaz no inspiran al optimismo. Desde la toma de posesión de la actual Presidenta, por renuncia voluntaria de José Antonio Griñán, hasta estas semanas de juegos postelectorales y de intentos de formar gobierno las acciones y comportamientos expresados por Susana Díaz no muestran precisamente una actitud política coherente y lo que podríamos denominar seria. Desde el momento en que concibió las elecciones anticipadas como forma de reasignar su poder en Andalucía y fuera de Andalucía, hasta estos momentos en que parece jugar con otras nuevas elecciones que, cree ella, la llevarían a la mayoría absoluta, única forma al parecer de ser Susana, el comportamiento de la encargada de proponer gobierno no expresa sino un conjunto de pasos destinados a crear mayor inestabilidad en nuestra Comunidad.

Por Manuel ALCARAZ RAMOS

1.- El domingo 24 se produjo el primer acto del cambio político en el País Valenciano con el triunfo de la izquierda. Pero para que ese cambio sea profundo y no mera alteración epidérmica, la misma izquierda ha de convertir esa mayoría electoral en una mayoría social que de un apoyo activo a las medidas de transformación económica y social y en las formas de acción política. Las dos mayorías se requieren pero no pueden identificarse. En la mayoría electoral hay un componente vindicativo, el deseo de castigar a un PP agotado, incapaz de entender muchas demandas, cruel a veces, minado estructuralmente por la corrupción. Buena parte de la ciudadanía ha visto en sus gestos una forma de violencia simbólica. El castigo, así, era una forma de defensa legítima antes que una venganza. Pero, por ello mismo, era relativamente sencillo que ese factor funcionara como amalgama entre diversos enfados y esperanzas. Es una mayoría “celebrativa” que ha expresado su alegría tomando calles, redes sociales y la conciencia de muchos que sólo conocieron gobiernos del PP. Sin embargo la mayoría social deberá tener unas características necesariamente distintas. La primera es su pluralidad, algo valioso para no caer en los pecados de soberbia del PP, pero que complica su construcción y mantenimiento. Carecerá de la expresividad de una noche de fiesta: requerirá de la perseverancia del trabajo y de la renovación constante de una esperanza acosada por las dificultades heredadas. Deberá encontrar fórmulas de articulación y de apoyo, que difícilmente tendrán, en el medio plazo, la forma de movilizaciones callejeras en favor de medidas que no siempre serán fáciles de explicar o/y que no podrán adoptarse a la velocidad deseada. Quedar prisioneros del imaginario de la fiesta política alentaría la frustración.