Por Javier ARISTU

Esta legislatura andaluza no pasará a la historia de las grandes gestiones parlamentarias. Las condiciones fiscales, económicas y “biopolíticas” en las que se ha desarrollado a lo mejor no daban posibilidades de grandes alharacas. Sin embargo, es indudable que esta legislatura 2012-hasta donde llegue marcará un antes y un después de la historia política andaluza. Me atrevo a pensar que las condiciones en que se va a desarrollar el próximo periodo de actividad política, cuando toque el clarín de las elecciones autonómicas, será sensiblemente diferente al que estamos viviendo desde hace dos años y medio. No sé qué partido ganará las elecciones, en qué situación quedará el PSOE tras el cambio de liderazgo, de generación política y de ciertas actitudes ante el fenómeno de la corrupción (no pienso que Susana Díaz haya impreso cambios profundos tanto en ideas como en proyectos de largo alcance). No atisbo a calcular la situación en que quedaría IU, caso de que se presentara en solitario a las lecciones, tras la aparición de Podemos y los nuevos fenómenos electorales locales. Ni siquiera me atrevo a calcular la fuerza y la presencia parlamentaria que podrá tener ese conjunto extraño y foráneo a nuestro actual sistema político-institucional que es Podemos, aunque cualquiera puede pensar que no será intranscendente. De la misma forma, no sé cómo afectarán estos años de gestión de Rajoy, y de crisis de los fundamentos sociales, económicos y políticos de nuestra convivencia, en los resultados de un PP liderados por un desconocido Moreno que no termina de encontrar un camino claro y positivo en ese liderazgo andaluz.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Foto por Sterneck
Foto por Sterneck

El pasado día 26 de febrero participé en la última de las mesas redondas que los promotores de Encampoabierto organizamos bajo el título general  de “¿Tiene la izquierda respuestas para la crisis?”. En concreto, la última de las mesas recibía el subtítulo de “Alternativas para el gobierno de una crisis”. La presente entrada en el blog tiene por objeto poner por escrito argumentos y propuestas que, en vivo y en directo, quedaron mutilados, subliminales y confusos.

Empecé diciendo que la crisis actual, como las anteriores de  1820-1880-1930-1970, no es la crisis sistémica del capitalismo  —véanse las actuales tasas de crecimiento de los capitalismos en China o en América Latina—, sino algunas de las diversas modalidades de capitalismo que compiten entre sí en mercados globales. La crisis afecta sobre todo a la economía  europea, una economía altamente articulada por el euro, aparentemente regulada por el gobierno comunitario por ser un sumatorio de mercados, sociedades y modelos de capitalismos diferentes entre sí; tan diferentes que no se percibe con la misma intensidad los efectos de la crisis en Londres o en la cuenca del Rhur, sedes del capital financiero e industrial europeo, que en Grecia, Sicilia o Andalucía, sociedades impregnadas todavía de instituciones muy antiguas (el capitalismo nació en el Mediterráneo) que han entorpecido su desarrollo.

Seguí diciendo que, en el pasado, se salió de cada una de las crisis sistémicas, no con la destrucción del capitalismo como esperaba Marx, sino dando paso nuevas estructuras sociales de acumulación, nuevos  capitalismos que emergían con bases institucionales distintas a las del viejo capitalismo perdedor. Hoy, como diría Sarkozy, se está a la espera de la irrupción de un nuevo capitalismo, y este parece ser una sobredosis de capitalismo financiero donde rentistas y especuladores nos mantendrán inmersos en un rosario (más bien una ristra de chorizos) de  incertidumbres y temores, mientras la economía real intensificará la búsqueda de referentes en el capitalismo chino sobre la base de trabajo barato y ausencia de derechos sociales y democráticos.

Por Alain SUPIOT

Trabajadores en la planta  Kenworth, Seattle, 1934. Foto del Museum of History and Industrie, Seattle.
Trabajadores en la planta Kenworth, Seattle, 1934. Foto Flickr, propiedad del Museum of History & Industrie, Seattle.

[viene de anterior] Ahora hay nuevos riesgos tras la ruptura del pacto fordista y que con las nuevas formas de organización del trabajo generadas por la revolución digital precipita a muchos trabajadores a la inseguridad económica. En el universo fordista el trabajador estaba privado de la experiencia específicamente humana del trabajo. En él corría el peligro de perder su salud física y, a veces, su vida, estando expuesto al embrutecimiento, pero no peligraba su razón. El análisis jurídico permite datar con mucha precisión el nacimiento y extensión de este nuevo riesgo. Aparece por primera vez en el código francés del trabajo en 1991 y es en el año 2010 cuando los problemas mentales y de comportamiento se introdujeron en la lista de enfermedades profesionales de la OIT.  Los médicos del trabajo, a finales de los noventa, han empezado a informar de suicidios en las fábricas. Su número ha aumentado en los últimos años, no sólo en los países occidentales sino también en las empresas de los países emergentes  que importan los mismos métodos, especialmente en China. Un caso especialmente difundido [además de los tristemente célebres de Télécom France, JLLB] es el del mayor fabricante mundial de componentes electrónicos, la empresa Foxconn Technology, subcontratista de Appel, Dell y Nokia, en la que once jóvenes trabajadores se suicidaron durante el primer semestre de 2010 (Libération, 3 de junio de 2010).  Este fenómeno de los suicidios apareció en un contexto de aumento del estrés y depresiones nerviosas relacionadas con las condiciones de trabajo.

 Estas nuevas formas de deshumanización del trabajo no son una fatalidad ni el rescate inevitable del progreso técnico. Al contrario, las nuevas tecnologías de la información pueden ser un formidable instrumento de liberación del hombre cuando le permiten concentrar las fuerzas de su espíritu en la parte más creativa de su trabajo, es decir, la más poética en el primer sentido del término. Pero estas posibilidades son ignoradas cuando se concibe al trabajador siguiendo el modelo del ordenador como medio de humanizar el trabajo. Sometido en el tiempo real de la informática, absorbido en una representación virtual del mundo y evaluado en términos de los indicadores de rendimiento sin relación con las condiciones de su ejecución, el trabajo no es la manera esencial de la inscripción del ser humano en la realidad del mundo. Por el contrario, le bloquea en un sistema de significantes sin significados que le exige una capacidad de reacción sin límites al tiempo que le priva de toda capacidad de acción real, esto es, de la capacidad de obrar libremente a la luz de su experiencia profesional y en el seno de una comunidad de trabajo relacionada con la tarea que debe cumplir. Allá donde el taylorismo puso en marcha la total subordinación de los trabajadores a una racionalización que les era externa, tuvo que construir su programación,  es decir, extender al espíritu aquella disciplina que, hasta entonces, estaba reservada al cuerpo usando masivamente la disciplina psicotécnica.

Por Alain SUPIOT

Foto Flick: Gonzalo Déniz
Foto Flick: Gonzalo Déniz

{anterior] El problema esencial al que se encuentra hoy confrontada la izquierda es el de pensar esta tercera revolución, comprender los resortes con el objeto de aprovechar las oportunidades de su combate por la libertad y la justicia social.  Y este esfuerzo del pensamiento debería conducir a reconsiderar las bases del compromiso fordista, particularmente a su adhesión a la concepción del trabajo que presidió la segunda revolución industrial. En esta expresión cosificada del trabajo se encuentra la de un imaginario social típico de la modernidad industrial de la que Cornelius Castoriadis desveló magistralmente su dimensión potencialmente delirante: “Convertir un hombre en cosa o en puro sistema mecánico no es cuestión de poca monta. Pero más imaginativo que pretender ver en él un búho, ello representa otro grado de hundimiento en el imaginario, pues no sólo el parentesco real de un hombre con el búho es incomparablemente mayor que el que tiene con una máquina; pero nunca ninguna sociedad primitiva aplicó tan radicalmente las consecuencias de las asimilaciones de las personas  a otra cosa como lo hace la industria moderna con su metáfora del hombre-autómata. Las sociedades arcaicas parece que siempre conservan una cierta duplicidad en sus asimilaciones mientras que la sociedad moderna las toma prácticamente al pie de la letra de la manera más salvaje” [Cornelius Castoriadis, L´institution imaginaire de la societé]

 La participación de la izquierda política y sindical en este imaginario del hombre-autómata la ha llevado no solamente a admitir que el contenido mismo del trabajo provino de una organización “científica”, sino también a adoptar el proyecto de este modelo de organización que lo extendió a toda la sociedad. Se sabe que Lenin vio en el taylorismo “un inmenso progreso de la ciencia”, y que la revolución bolchevique, según él, habría conseguido su objetivo cuando “la sociedad en su conjunto fuera un solo despacho, un solo taller” (I.V. Lenin, ¿Qué hacer?] Trentin, por su parte, cita a Gramsci quien afirma que la división del trabajo industrial hacía sentir al proletariado “la necesidad de que el mundo entero fuera como una única e inmensa fábrica, organizada con la misma precisión, el mismo método, el mismo orden que, como constata, es vital en la fábrica donde trabaja” [A. Gramsci. La settimana política. L´operaio di fabbrica. L´Ordine nuevo (febrero de 1920)].

Por Alain SUPIOT

Traducimos la introducción, a cargo del eminente jurista francés Alain Supiot, de la edición francesa del libro de Bruno Trentin La ciudad del trabajo, izquierda y crisis del fordismo.  La edición castellana, realizada por la Fundación 1º de Mayo, ya está circulando por los cuatro puntos cardinales con estudios introductorios de Nicolás Sartorius y Antonio Baylos.  Dada la extensión del trabajo traducido por José Luis López Bulla lo publicamos en tres partes a partir de hoy. Esta publicación se hace conjuntamente con el blog Metiendo bulla.

Foto Flickr por Giampiero Mariottini
Foto Flickr por Giampiero Mariottini

¿Cuáles son las razones profundas de la incapacidad de la izquierda europea para proponer otra vía diferente al ultraliberalismo? ¿Por qué parece condenada a “acompañar” de manera compasiva la degradación de las condiciones de vida y trabajo que ha engendrado la globalización? ¿O bien a refugiarse en un catecismo revolucionario que ha olvidado el fracaso del comunismo real? Bruno Trentin (1926 – 2007) responde a estos interrogantes en su obra maestra, La Città del lavoro, editada en 1997, que ahora ha sido publicada entre los primeros títulos de la colección “Poids et mesures du monde”[1]. Nadie mejor que Trentin para plantear este trabajo crítico.

 Trentin –que participó muy joven en la Resistencia, siguiendo las huellas de su padre que fue uno de los pocos profesores de derecho que se exiliaron de Italia para no declararse leal al fascismo– ha sido a la vez una persona comprometida con la acción sindical y política y un pensador de primer orden, cuya formación transcurrió en Francia y en los Estados Unidos antes que en Italia. Él nos habla sabiamente de unos asuntos de los que tiene experiencia, lo cual le ha permitido revertir en este libro, con una erudición exenta de pedantería, la fractura que –desde Marx hasta nuestros días–  ha recorrido la izquierda intelectual y política occidental. Una fractura que no se percibió, incluso hoy tampoco, ya que nos hemos acostumbrado a reducir esta historia a la oposición entre reformistas y revolucionarios y a la victoria final de un reformismo que es, cada vez, menos reformador. Ahora bien, según Trentin la esencia no está ahí. No está en esa oposición donde se encuentran las claves para entender esta incapacidad de la izquierda contemporánea  de pensar el mundo de nuestros días. Pues “comunistas” y “reformistas” han estado, en su mayoría, de acuerdo en confiar a una élite ilustrada la conquista de las palancas del Estado en nombre del mundo del trabajo, cuya organización saldría de una racionalización científico-técnica. El desalojo, en nombre de la ciencia, de la libertad en el trabajo lleva, así, embrionariamente a la reducción de la ciudadanía política a un ritual electoral, lo que es sólo el aplauso  litúrgico a los queridos dirigentes.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Hubo una vez un generalísimo de pequeño tamaño y crueldad extrema que, decía, no se metía en política. De joven, su mérito fue aterrorizar rifeños, monte arriba, monte abajo, para defender negocios mineros y justificar la soldada de regulares y legionarios, su ejército privado. De mayor, es una manera de hablar, aterrorizó a los españoles para engordar la soldada de quienes le auparon al poder: terratenientes, banqueros,  eclesiásticos, grandes industriales; es decir, las oligarquías centrales y periféricas del país.

El generalísimo tampoco se metía en economía más allá de cumplir su misión ante Dios y ante la historia de imponer la disciplina cuartelera a quienes, para compensar, se les prometía alcanzar nada más y nada menos que un destino en lo universal. La economía la dejaba en manos de expertos, a la sazón testaferros de los lobbies agrario, industrial, eclesiástico y bancario. Unos pocos cientos de familias y purpurados de este país, por ellos mismos o por personas interpuestas, desde los consejos de administración de bancos y corporaciones, desde la sacristía, le convencieron, no hizo falta mucho, de que la disciplina era compatible con la modernización, y que para modernizar había que abandonar la antigualla autárquica, seguir las tesis de Lewis, Hirschman o Bell, priorizando los objetivos estratégicos en materia económica; es decir, dando prioridad a sus propios objetivos. Desde 1959, un poco de racionalidad ortodoxa aplicada por los Sardá, Fuentes, Velarde y los ministros del Opus, consiguió enhebrar una década de tasas de crecimiento económico sin igual, lo que tampoco resultaba gran mérito viniendo de un país acostumbrado a las cartillas de racionamiento. Eso sí; Franco cambió la guerrera y ocultó la porra debajo del traje gris marengo.