Por Carlos ARENAS POSADAS

No es casualidad, ahora que las alternativas “de clase” parecen insuficientes como alternativas al sistema capitalista en su versión ultraliberal, ahora que se intuyen alternativas protagonizadas transversalmente por los “agraviados”, precarizados, trabajadores empobrecidos, clases medias decaídas, jóvenes sin futuro y ancianos agobiados por el futuro de sus pensiones, esto es, por  esa masa crítica que antes llamábamos “el pueblo”, que la derecha se lance con el cuchillo entre los dientes a la descalificación del “populismo”.

Por Javier ARISTU

Mi anterior entrada en este blog [Como la que más…] ha ocasionado un pequeño revuelo en algunos meandros de facebook y twiter. Se ha dicho que yo relacionaba el asesinato de la diputada laborista  Jo Cox con el renacimiento de un nuevo nacionalismo andaluz. El entorno de estas redes sociales favorece más el improperio y el insulto que el debate de ideas. Alguno me acusa de totalitario, otros, sin conocerme, me llaman imbécil. No es que no lo pueda ser, es que quiero que sepa mi nombre.  Otro me dice cursi, cosa que la verdad sí que no lo soy; más bien me calificaría como brusco y áspero.  No voy a extenderme mucho en tratar de negar estas acusaciones porque me parece que toman el rábano por las hojas. Cualquier persona mínimamente leída —y algunos de esos acusadores son hasta profesores de universidad— debería saber que el hecho de que escriba que la diputada laborista ha sido asesinada por una persona con ideas ultranacionalistas (que así es según todas las informaciones) quiera con ello decir que en consecuencia todo nacionalista es asesino. Da la impresión de que el ciberespacio reduce las claves de la interpretación textual.

Léase el artículo y sáquense las conclusiones.

Me parece mucho más interesante hablar no del crimen sino del fondo del artículo de marras que ha desatado ciertas iras. El nuevo nacionalismo andaluz, de izquierdas.

Por Javier ARISTU

Hace tiempo que no leía un documento tan errático, equívoco y desproporcionado. La política en estos tiempos anda algo inestable; no podía ser de otro modo dado el nivel y la profundidad de la crisis social y cultural por la que pasamos. Desde Hungría hasta Reino Unido, si hablamos de Europa, los factores nacionalistas e identitarios están llenando los espacios que las antiguas concepciones sociales han ido dejando vacíos. El atentado mortal contra la diputada laborista Jo Cox no es una anécdota: viene desde unas concepciones sobre la nación y desde un determinado territorio ideológico.

Por Carlos ARENAS POSADAS

No, por supuesto. España no es Libia, ni Irak, ni Siria ni ninguno de los países africanos a los que el imperialismo (que todavía existe) ha impedido crear estados robustos y estructuras políticas de autodefensa.

España, es el Estado más antiguo de Europa, nace (con reservas) en el siglo XV, pero quizás por eso es el más o uno de los más débiles. Mientras en el Viejo Continente, los países nuevos se cimentaron sobre la conciencia nacional de sus habitantes en el siglo XIX, en España, tal conciencia ha estado debilitada por múltiples causas motivadoras de fragmentación identitaria, localista, regionalista, sectorial,   etc., y todo ello a pesar del “machaca” continuado acerca de la “unidad de la patria”. Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces, dice el refrán.

Por Javier FLORES FERNÁNDEZ-VIAGAS

            He leído recientemente Sumisión, la polémica novela de Michel Houellebecq que se presentaba en París a principios de este año, justo el día en que se produjo el sangriento ataque terrorista contra Charlie Hebdo. Una novela cautivadora que se lee de una sentada y refleja la agonía del hombre postmoderno. Marine Le Pen, mucho más inteligente que su padre, ha sabido rodearse de unos compañeros de viaje capaces de influir en la sociedad de un modo determinante, protagonizando escándalos, abriendo debates, creando opinión…

            Los planteamientos políticos propuestos por Houellebecq en Sumisión son una proyección de las falacias que el Frente Nacional y Riposte Laïque (su correa de transmisión) jamás se han cansado de repetir, a saber: un supuesto proceso de aculturación promovido por las autoridades republicanas, con la pretensión de islamizar el país, y un conflicto civil latente que se presenta como consecuencia de ello. Falacias, sí, pero con ellas han logrado ofrecer a los franceses un relato de lo sucedido en las últimas décadas, del que surgen toda una serie de propuestas que conforman su novedoso programa político. Precisamente en un tiempo en que la ciudadanía necesita, ¡más que nunca!, un relato que explique lo sucedido.

cominPor Javier ARISTU

Pensamiento y acción es un  conocido título del sociólogo francés, ya desaparecido, Pierre Bourdieu. Uno de los más agudos y consistentes críticos de la moderna civilización basada en el principio del beneficio económico por encima de todo. Bourdieu inicia su activismo intelectual y ciudadano en los años 60, al calor de la guerra de Argelia. A partir de esa traumática experiencia que marcará a Francia durante décadas, el sociólogo desarrollará una amplísima actividad intelectual, de reflexión sobre el mundo y la sociedad postindustrial a la vez que una tarea de intervención práctica en los movimientos de resistencia y oposición social de ese país. Su desaparición en 2002 significó, sin duda, la pérdida de una de las mentes más lúcidas del pensamiento crítico.

Alfonso Comín nos dejó hace ya treinta y cinco veranos. Podría haber sido nuestro Bourdieu nacional. El ingeniero industrial Alfonso Carlos Comín llegó a convertirse en los años 70 del pasado siglo en un referente decisivo de esa combinación de pensamiento y acción que proclamara Bourdieu. Nacido en una familia carlista y muy conservadora de Aragón, protagonizará el fenómeno, común en bastantes familias de la burguesía española del franquismo, de desarrollar una migración de ese pensamiento conservador hacia las ideas marxistas y de izquierda. Llegará a ser uno de los dirigentes claves y más carismáticos del PSUC de la transición. Alfonso Comín fue ejemplo de un pensamiento mestizo pero extraordinariamente rico y productivo, hecho de diversas fuentes y migraciones intelectuales: convicciones y creencias cristianas avanzadas, animadas por el espíritu de Juan XXIII y el Vaticano II, pensamiento materialista y marxista, influido además por las experiencias políticas del 68, de la América latina sandinista y allendista, y  sustentado en un adecuado uso de la metodología sociológica para desarrollar sus estudios científicos sobre la sociedad española de la industrialización de los años 60. De esta forma, Comín escribió dos ensayos decisivos, España del Sur (1965) y Noticia de Andalucía (1970). Son títulos que analizaron y describieron de forma original e impecable la realidad andaluza de aquellos interesantísimos y dinámicos años 60. En la introducción al volumen IV de las Obras Completas de Comín, el historiador Antonio Miguel Bernal dice que “el libro de España del Sur fue, al tiempo de su publicación, como una bocanada de aire fresco en la siempre variopinta y abundante bibliografía sobre Andalucía”. Junto con los escritos publicados en aquellos años de Murillo Ferrol, Tamames, José Manuel Naredo, García Barbancho, Cazorla y otros se ayudó a configurar una visión de Andalucía que no tenía nada que ver con la oficial franquista.

Por Carlos ARENAS POSADAS

La derrota de la clase obrera y de las clases medias ante las estrategias neo-liberales en las últimas tres décadas, más evidentemente desde 2008, ha producido una transmutación de las perspectivas de la izquierda. Las esperanzas puestas en la clase obrera se han frustrado para posarse sobre un nuevo demiurgo, la “ciudadanía”, convertida ahora en el sujeto social transformador. Hemos vuelto así al comienzo del siglo XIX, cuando la “nación”, que no era otra cosa que la suma de individuos libres, protagonizaba la lucha contra el absolutismo.

Claro que aquella lucha por la libertad, la igualdad y la fraternidad fue muy pronto usurpada por privilegiados guardianes y depositarios de la supuesta voluntad nacional, desviándola hacia ámbitos espurios, hasta convertir el derecho de los hombres y de los ciudadanos en derechos de los  territorios por ellos administrados.

Los nacionalismos en general y los españoles en particular han sido la construcción política más falaz y oportunista levantada en nombre de los ciudadanos. Nadie puede negar el éxito de las clases dominantes o de las aspirantes a serlo en engatusar a los ciudadanos con la idea patriótica a lo largo del último siglo.

Por Javier ARISTU

Tengo que reconocer que no me hallo cómodo en los debates “identitarios”: me parecen, literalmente, una mejunje intelectual o, por ser más finos, un engañabobos. Ese tipo de marcos de discusión y acción —el de las identidades, señas nacionales, banderas, escudos, himnos y demás abalorios— ya sabemos que ha servido para, precisamente, ocultar o eliminar de las preocupaciones de la gente los verdaderos problemas que, creo que estaremos de acuerdo, son los que afectan a la vida material y diaria de la gente. No me seducen nada —nunca me sedujeron, para ser más exactos— los discursos que se basan en un pretendido expolio de una nación por otra; a decir verdad, sólo me han convencido los ejemplos históricos que mostraron, esto sí es verdad, la esclavitud que una elite nacional practicaba contra todo un pueblo: los de la India por el Reino Unido, por ejemplo, o los territorios bajo dominio colonial europeo en África (el Congo, emblemático), o el Vietnam francés… y tantos más que han pintado de sangre y sufrimiento la historia mundial de los siglos XIX y primera mitad del XX. Podríamos hablar en estos días de Gaza (Palestina, no lo olvidemos) y el sometimiento injusto y brutal al que la somete el estado de Israel. Son casos evidentes de un expolio integral del patrimonio, los recursos y la vida de un pueblo. Los que se refieren a los casos de Escocia, de Cataluña, como de otros territorios y sociedades europeas, son de otro tipo, nada que ver con el clásico capítulo de los “expolios de naciones”. Por cierto, si el lector quiere leer o escuchar (en inglés) un discurso histórico sobre la independencia de las naciones, vaya, oiga y lea el que Gordon Brown, antiguo premier británico, dio en Glasgow un día antes del referéndum escocés.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Me ha cogido la Diada en Barcelona. No he querido, por supuesto, vestido de rojo o amarillo,  ser un soldado más de las disciplinadas escuadras que han formado  la V de la Victoria por la Diagonal y la Gran Vía. Desarmado el ejército rojo, el federal, de izquierdas, de  la Barcelona abierta y humanista que yo conocí, las tropas nacionales parecen haber alcanzado los últimos objetivos …

Viendo los lemas de la manifestación, hay uno que me gustaría comentar:  “Ara és l´hora”. “Ara” porque coincide con el trescientos aniversario de la rendición de la ciudad de Barcelona (no de Cataluña en su conjunto) en 1714 a las fuerzas borbónicas -es decir, a los intereses franceses- en la guerra de sucesión. Ahora porque, repiten de carrerilla varios millones de telespectadores de TV3, la independencia será bien la solución de todos los males, bien la  manera más eficiente de pasar página a la España casposa de Rajoy, Aguirre, Gallardón, Montoro, Rouco, etc., bien una opción para que, fragmentando el territorio, el ámbito de decisión política, sea más fácil el cambio revolucionario.