Por Bartolomé CLAVERO

Antoni Bayona, jurista catalán, fue director del Institut d’Estudis Autonòmics, hoy Institut d’Estudis de l’Autogovern, institución oficial, durante el proceso de elaboración del último Estatuto de Autonomía de Cataluña, y ha sido letrado mayor del Parlament durante el procés de la fallida desconexión con España que ha desahuciado el propio Estatuto. Se ha encontrado Bayona durante todo este tiempo en la sala de máquinas del conflicto galopante entre la Generalitat catalana y el Estado español. Ha sido testigo presencial privilegiado e incluso, a su pesar, actor nada de reparto del proceso que va desde el susodicho Estatuto a un intento de desconexión de Cataluña con España pasando por el momento clave de la sentencia del Tribunal Constitucional de 2010 que ya laminó el Estatuto catalán. Acaba de publicar su testimonio: No todo vale. La mirada de un jurista a las entrañas del procés, Barcelona, Ediciones 62, 2019.

Por Javier ARISTU

Seguimos hablando de Andalucía y Cataluña, las dos comunidades autónomas que seguramente van a protagonizar el inmediato futuro. Dos protagonistas del diálogo interterritorial por condiciones naturales: son las dos comunidades más pobladas de España (8,4 millones Andalucía y 7,5 millones Cataluña), ambas han jugado históricamente un papel decisivo, aunque muy diferente, en la gobernación de España y mantienen entre ellas una “especial relación” por causa de la emigración/inmigración de más de un millón de andaluces a Cataluña en las décadas pasadas. Como alguien muy acertadamente señaló en los recién celebrados Diálogos Catalunya Andalucía, el factor inmigración se ha constituido en un “factor fundante” de la nueva Catalunya, la democrática que surgió a lo largo de los años setenta. Efectivamente, ese hecho ha sido elemento fundador de esa Cataluña que hoy, décadas después, pasa por riesgos y aventuras surgidas de un “factor identitario” que solo puede traer partición y división.

Por Javier ARISTU

Entre tanto berenjenal mediático-parlamentario pocos medios españoles están prestando atención a un señor llamado Steve Bannon. Este norteamericano fue asesor especial de Donald Trump hasta que, en uno de esos escándalos mediáticos y palaciegos a los que nos tiene acostumbrado este último, fue despedido de la Casa Blanca. Pero no lo fue de la política de Trump. Hoy, Steve Bannon tiene un encargo y una directriz clara: ayudar a cohesionar y ahormar un polo populista, xenófobo y de extrema derecha en toda Europa. Desde la Hungría de Orban hasta la Italia de Salvini pasando por la Francia de Le Pen. Para ese proyecto ha establecido su cuartel general en Bruselas bajo el nombre de Movement (Movimiento). Bannon está recorriendo Europa a fin de conseguir el consenso de diversas fuerzas populistas y xenófobas hacia ese proyecto que quiere presentarse para las elecciones europeas de 2019 con un programa homogéneo. Dicho proyecto incluye la política antiinmigración, el rechazo de la política de unidad europea y una panoplia de valores conservadores y de extrema derecha.

Por Javier ARISTU

No quiero hablar de Cataluña. Muchos de los que hemos estado siguiendo el procés, el proceso en Cataluña y el proceso en España, hemos llegado a cierto nivel de agotamiento, por no llamarle colapso (la tercera acepción de la RAE llama al colapso Estado de postración extrema y baja tensión sanguínea, con insuficiencia circulatoria). No debiera ser así: los hechos y procesos que vienen desarrollándose en el interior de la sociedad y de las instituciones catalanas nos deben importar a todos porque, por un lado, responden a dinámicas sociales generales, con geografías europeas e incluso globales, y, por otro lado, tienen una inmensa repercusión sobre el resto de la sociedad española. Pero es un hecho: Cataluña nos satura.

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

España no es diferente. España es una anomalía.

No es normal que el Ejecutivo no gobierne, el Parlamento no legisle y que el Poder Judicial les sustituya. No es normal que el partido más corrupto sea el más votado. Que ante una agresión de naturaleza social tan obvia como la Gran Crisis la gente eluda el conflicto social y lo convierta en identitario o patriótico. Es raro que un ministro del Interior, del Opus Dei, no le deje a un político que está preso, pero no es preso político, que es republicano, de izquierdas y no obstante nacionalista, ir a misa. No es normal que un buen año para España sea malo para los españoles. Es extraño que la izquierda antisistema se invente un patriotismo popular. Bueno, a lo mejor sí, que a mí lo del sentido común me genera dudas.

Por Julián SÁNCHEZ-VIZCAÍNO

“La política cultural de la Generalitat cometió la torpeza de entender que sólo se tenía que dedicar a la normalización lingüística del catalán, sin asumir una posición con respecto al castellano. Esto produjo la impresión de que se creaban pautas lingüísticas para que el catalán se convirtiera en la lengua hegemónica. Se imponía la lógica de que Cataluña es una nación que tiene una lengua propia, que es el catalán. Pero, en cambio, se ignoraba o no se asumía que el castellano era una lengua totalmente viva, coexistente y cohabitante; que además se correspondía con casi el 50% de la población.”(1)

Por Javier ARISTU

Hace una semana anduvo por Sevilla Enric Juliana, uno de los más acreditados comentaristas de la actualidad política, periodista seguido con gran interés por una gran audiencia. Vino a participar en un debate vis a vis con José Rodríguez de la Borbolla, ex presidente de la Junta de Andalucía y en estos momentos exponente en Andalucía de una corriente de pensamiento político que se enfrenta radicalmente con el procés catalán y que viene a resumirse en el punzante concepto de Frente Unido Antijaponés. Si quieren averiguar en qué consiste ese frente lo pueden leer en el artículo que Borbolla publicó en El País el pasado 14 de septiembre. Juliana le contestó con una carta al director que, aun a pesar de su brevedad, no tiene desperdicio. Juliana se consideraba al final de dicha Carta, de forma irónica, un “amigo japonés”. Yo, modestamente, opiné sobre el artículo borbolliano (¿o borbollista?) y lo encuadré en el bloque de actitudes defensivas y encerradas en  el fondo del campo de juego, sin ánimo ni capacidad para idear nuevas salidas a un problema histórico complejo. Los italianos llaman a esta modalidad de fútbol catenaccio. Nosotros, los españoles, cerrojo.

Por Javier ARISTU

Asistimos a un momento desconcertante. Esta palabra, desconcierto, puede ser una de las que mejor resuma el estado de la cuestión en España y en Europa. Por desconcierto se pueden entender varios y distintos significados. Desde “descomposición de las partes de un cuerpo o de una máquina”, hasta “estado de ánimo de desorientación y perplejidad” o incluso “desorden, desavenencia, descomposición”. Claro que también nos podríamos acoger a la cuarta acepción de la Academia de la Lengua para definir este periodo como “falta de modo y medida en las acciones o palabras”. No estoy seguro de que la quinta designación se pueda aplicar a la España actual: “falta de gobierno y economía”. Todo el caudal de comentaristas, críticos de prensa, representantes políticos y demás ejército de la actual sociedad de la comunicación política no están consiguiendo aclarar un panorama que se nos prefigura sobre todo como confuso, borroso e indefinido. Desde hace mucho tiempo no se veían tan difuminadas las fronteras culturales e ideológicas que se suponen separan a la derecha de la izquierda. El desconcierto es antológico.