Por Javier ARISTU

Las declaraciones del político catalán Miquel Iceta acerca de la existencia en este momento en España de “ocho o nueve nacionalidades” han sentado regular en algunos sitios. Hay columnistas escandalizados que declaran su estupor por no contar entre esas ocho cartas a los antiguos reinos de León o de Castilla. Sin embargo, Iceta no ha expresado sino un dato objetivo: ocho Estatutos de Autonomía declaran actualmente que sus territorios son “nacionalidad histórica”. Literalmente, Iceta dijo lo siguiente: «Los Estatutos de Galicia, Aragón, Valencia, Baleares, Canarias, Andalucía, País Vasco y Cataluña dicen que son nacionalidades, o nacionalidades históricas». Y si aparecen en dichos textos es que son plenamente constitucionales porque cada Estatuto aprobado es parte de nuestra Constitución, forma parte de su desarrollo. Por tanto, siguiendo esa línea argumental que no es nada estrambótica sino coherente con una lectura jurídica impecable, en España hay en la actualidad ocho nacionalidades (más Navarra que lo cita en su Preámbulo) constituyentes de una Nación llamada España.

Por Bartolomé CLAVERO

Antoni Bayona, jurista catalán, fue director del Institut d’Estudis Autonòmics, hoy Institut d’Estudis de l’Autogovern, institución oficial, durante el proceso de elaboración del último Estatuto de Autonomía de Cataluña, y ha sido letrado mayor del Parlament durante el procés de la fallida desconexión con España que ha desahuciado el propio Estatuto. Se ha encontrado Bayona durante todo este tiempo en la sala de máquinas del conflicto galopante entre la Generalitat catalana y el Estado español. Ha sido testigo presencial privilegiado e incluso, a su pesar, actor nada de reparto del proceso que va desde el susodicho Estatuto a un intento de desconexión de Cataluña con España pasando por el momento clave de la sentencia del Tribunal Constitucional de 2010 que ya laminó el Estatuto catalán. Acaba de publicar su testimonio: No todo vale. La mirada de un jurista a las entrañas del procés, Barcelona, Ediciones 62, 2019.

Por Javier ARISTU

Seguimos hablando de Andalucía y Cataluña, las dos comunidades autónomas que seguramente van a protagonizar el inmediato futuro. Dos protagonistas del diálogo interterritorial por condiciones naturales: son las dos comunidades más pobladas de España (8,4 millones Andalucía y 7,5 millones Cataluña), ambas han jugado históricamente un papel decisivo, aunque muy diferente, en la gobernación de España y mantienen entre ellas una “especial relación” por causa de la emigración/inmigración de más de un millón de andaluces a Cataluña en las décadas pasadas. Como alguien muy acertadamente señaló en los recién celebrados Diálogos Catalunya Andalucía, el factor inmigración se ha constituido en un “factor fundante” de la nueva Catalunya, la democrática que surgió a lo largo de los años setenta. Efectivamente, ese hecho ha sido elemento fundador de esa Cataluña que hoy, décadas después, pasa por riesgos y aventuras surgidas de un “factor identitario” que solo puede traer partición y división.

Por Javier ARISTU

Entre tanto berenjenal mediático-parlamentario pocos medios españoles están prestando atención a un señor llamado Steve Bannon. Este norteamericano fue asesor especial de Donald Trump hasta que, en uno de esos escándalos mediáticos y palaciegos a los que nos tiene acostumbrado este último, fue despedido de la Casa Blanca. Pero no lo fue de la política de Trump. Hoy, Steve Bannon tiene un encargo y una directriz clara: ayudar a cohesionar y ahormar un polo populista, xenófobo y de extrema derecha en toda Europa. Desde la Hungría de Orban hasta la Italia de Salvini pasando por la Francia de Le Pen. Para ese proyecto ha establecido su cuartel general en Bruselas bajo el nombre de Movement (Movimiento). Bannon está recorriendo Europa a fin de conseguir el consenso de diversas fuerzas populistas y xenófobas hacia ese proyecto que quiere presentarse para las elecciones europeas de 2019 con un programa homogéneo. Dicho proyecto incluye la política antiinmigración, el rechazo de la política de unidad europea y una panoplia de valores conservadores y de extrema derecha.

Por Javier ARISTU

No quiero hablar de Cataluña. Muchos de los que hemos estado siguiendo el procés, el proceso en Cataluña y el proceso en España, hemos llegado a cierto nivel de agotamiento, por no llamarle colapso (la tercera acepción de la RAE llama al colapso Estado de postración extrema y baja tensión sanguínea, con insuficiencia circulatoria). No debiera ser así: los hechos y procesos que vienen desarrollándose en el interior de la sociedad y de las instituciones catalanas nos deben importar a todos porque, por un lado, responden a dinámicas sociales generales, con geografías europeas e incluso globales, y, por otro lado, tienen una inmensa repercusión sobre el resto de la sociedad española. Pero es un hecho: Cataluña nos satura.

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

España no es diferente. España es una anomalía.

No es normal que el Ejecutivo no gobierne, el Parlamento no legisle y que el Poder Judicial les sustituya. No es normal que el partido más corrupto sea el más votado. Que ante una agresión de naturaleza social tan obvia como la Gran Crisis la gente eluda el conflicto social y lo convierta en identitario o patriótico. Es raro que un ministro del Interior, del Opus Dei, no le deje a un político que está preso, pero no es preso político, que es republicano, de izquierdas y no obstante nacionalista, ir a misa. No es normal que un buen año para España sea malo para los españoles. Es extraño que la izquierda antisistema se invente un patriotismo popular. Bueno, a lo mejor sí, que a mí lo del sentido común me genera dudas.