Por Carlos ARENAS POSADAS

 El pasado miércoles día 3 asistí, junto a mi amigo Lorenzo Cabrera, a la asamblea constituyente de Ganemos, la nueva oferta política que intenta, siguiendo los pasos del Guanyem Barcelona, hacerse con el gobierno municipal en Sevilla. En un ambiente caldeado por el intenso calor y la pasión de las palabras, el desarrollo de la sesión me resultó, a la postre, un tanto decepcionante.

Quizás fue el procedimiento: el modelo asambleario de toma de decisiones  tiene virtudes reconocidas porque acrecienta el compromiso de los presentes y les permite manifestar sus opiniones, tanto más cuando el uso  de la palabra, como allí ocurrió, se organiza de forma ordenada y equitativa. Tiene un defecto en cambio: suele hacer difícil la síntesis porque las intervenciones suelen ser una mezcla de asuntos y perspectivas dispersas y confusas. En este caso, se mezclaron las buenas intenciones, las dudas sobre la urgencia o la necesidad del proyecto o el origen de la iniciativa, el ámbito espacial de actuación o las opiniones de quienes ya proponían actuaciones prioritarias a acometer.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Mi amigo y cobloguero Javier Aristu ha dedicado tres entradas de En Campo Abierto a glosar el libro de Alberto Garzón “La Tercera República”. Desde el respeto, pero también desde la perplejidad, Javier se manifiesta crítico con algunas de las tesis expresadas por el joven parlamentario de Izquierda Unida. Digo desde la perplejidad porque no acaba de entender que un miembro cualificado del PCE como Garzón haga de la “República” el objetivo estratégico de la izquierda, y de los “ciudadanos” el sujeto colectivo revolucionario, en detrimento del “comunismo” como meta final y de la “clase obrera” como el grupo social que debería conducir la sociedad a un mundo mejor.

Vivimos en una encrucijada histórica en la que existen fuertes incertidumbres sobre lo por venir. Es lógico, por tanto, que se manifiesten inquietudes y dudas acerca de nuevos movimientos políticos de izquierda que apuntan ideales que apenas se concretan en fórmulas alternativas de gobernanza y que, por tanto, comunican una cierta sensación de conducirnos al vacío, a lo desconocido. En estas circunstancias, es lógico que se apueste por el “déjà vu” y se resalten las posibilidades que aún tienen, eliminando los vicios propios de la “casta”, los instrumentos  de transformación social que han usado las izquierdas de inspiración socialdemócrata o eurocomunista en las últimas décadas: la democracia parlamentaria –antes que la democracia directa-, la participación en las instituciones vigentes para transformarlas desde dentro –antes que destruirlas-, la conservación y ampliación del Estado del Bienestar.

 A FERNANDO SOTO MARTÍN

Por Eduardo SABORIDO GALÁN

[Discurso de Eduardo Saborido ante el féretro de Fernando Soto, fallecido el pasado 9 de julio]

Así terminaba Fernando un libro de recuerdos, “Odisea  en Re Menor”,  escrito en la cárcel de Carabanchel, en abril de 1975,  y que publicó 25 años después.

Fernando cantó, sin saber  cantar, durante 20 años, luchando contra la Dictadura franquista, clamando por las libertades y derechos democráticos fundamentales.

Por ello sufrió toda la gama represiva de que es capaz una dictadura fascista: múltiples detenciones  en las comisarías y sus interrogatorios,  ejecutados por la nefasta BPS;   cárceles y condenas,  dictadas por los jueces de instrucción de primera instancia y por el TOP;   destierro y multas  gubernativas;   despidos, decididos por los empresarios de entonces, y su inclusión en las “listas negras “,  para que  no pudiese conseguir un nuevo trabajo;   amenazas y vejaciones sin cuento…  Siempre acompañados por el miedo.

De todo ello, destaca  el conocido “ Proceso 1001 “ , en el que los magistrados del TOP, con su golpe de toga, impusieron  a la Coordinadora Nacional de CC.OO., la mayor condena de sus trece años de existencia, 162 años de cárcel para solo diez procesados,  uno de ellos Fernando, con más de 17 años de prisión.  Este proceso encabezado por Marcelino Camacho,  también tuvo como condenados a  otros dos sevillanos y andaluces, el que os habla y Paco Acosta.

Por Juan MORENO

marotoLa autobiografía que voy a comentar no es la de un personaje famoso, ni la de un aspirante a premio literario, sino la de un militante obrero…

Yo comparto, naturalmente, los numerosos y merecidos elogios a la obra de  García Márquez  publicados recientemente con motivo de su fallecimiento. Sin embargo, no estoy seguro  de que Vivir para contarla, sus memorias tardías e incompletas se encuentre entre sus mejores trabajos. Ese es un género difícil sobre todo cuando el biografiado es alguien importante.

La autobiografía que voy a comentar no es la de un personaje famoso, ni la de un aspirante a premio literario, sino la de un militante obrero, que nunca vivió ni luchó para contarlo, pero que ahora, ya anciano, ha decidido escribir su vida, y lo ha hecho como siempre hizo todo, a puro pulmón, imprimiendo el libro a su costa (no figura editorial alguna) y vendiéndolo personalmente.

El pasado jueves día 10 de mayo en la Puerta del Sol, me encontré con Feliciano Maroto, compañero del Metal a quien no veía desde hacía mucho tiempo. Me enseñó y vendió por 12 euros su libro: “solo me llevo 3 euros por ejemplar”, me dijo.

Por Carlos ARENAS

La coalición de “izquierdas” que gobierna en Andalucía está en un tris de romperse. La derecha, sin comillas, se frota las manos y ya anuncia como inevitable elecciones anticipadas en octubre. Las razones del encontronazo, el asunto de la corrala “la utopía”, me parecen, sin embargo, un burdo pretexto; una ocasión pintiparada de la presidencia de la Junta para no cumplir definitivamente lo que no se está cumpliendo desde hace dos años: un programa político que se proponía, si mal no recuerdo, avanzar hacia un cambio en el modelo productivo en Andalucía.

 La señora Díaz, y a los hechos me remito, parece estar más a gusto entre los parientes de Arias Cañete en Jerez y saludando al señor Botín que entre desahuciados ocupas. El argumento de de que hay que respetar las listas de espera de los que necesitan una vivienda oficial debería avergonzarla, primero porque su gobierno no ha resuelto el problema de la vivienda, segundo porque se han construido viviendas de protección para clases medias que son rechazadas porque los beneficiarios no pueden pagarlas y, tercero, porque atufa escrúpulos pequeño-burgueses de quienes abominan más del pícaro que hurta una gallina que del ratero de guante blanco que roba masivamente con la ley en la mano.

Por Javier ARISTU

Al calor de los sucesos de la corrala La Utopía en Sevilla  se me vienen a la cabeza una serie, desordenada, de reflexiones que expongo públicamente para, por un lado, aclararme yo mismo en esta cuestión, y por otro participar en el debate social que se ha producido tras el desalojo de las familias que ocupaban los pisos de ese inmueble sevillano. A algunos, o no sé si a muchos que me lean, puede que no les gusten estas líneas pero hablar claro es condición para llegar a un acuerdo o, al menos, a una buena razón.

  1. En un principio “el problema de la vivienda social” se nos presenta relacionado con el impago de unas hipotecas por parte de unos vecinos a los promotores y bancos. A consecuencia de aquello un grupo de personas, desahuciadas de sus casas unas y otras con diversos problemas de vivienda, ocupan unos pisos vacíos que, tras lentos y sinuosos procesos mercantiles, habían terminado siendo propiedad de la caja de ahorros Ibercaja. A aquellos vecinos desahuciados se le suman otras familias con distintas problemáticas sociales y en relación con la vivienda, hasta formar un grupo social ocupante de 22 pisos de ese inmueble propiedad de Ibercaja. Me quiero referir, por tanto, a que “el problema de la vivienda social en Sevilla” (como en Andalucía y España) traspasa y supera la anécdota terrible del desalojo de la corrala Utopía.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Aunque un poco tardía, vaya aquí una contribución al debate que han sostenido mis amigos blogueros acerca del origen, la naturaleza y la crisis actual del Estado del Bienestar.

 Siguiendo una muy larga tradición interpretativa, la ocupación del Estado en la asistencia y bienestar de los ciudadanos a finales del siglo XIX  suele ser atribuido al temor de los gobernantes a la pujante fuerza obrera que amenazaba con hacer política y empezaba a ocupar  parcelas de poder. El Estado de Bienestar fue una conquista,  “no fue un regalo”, se ha dicho.

Respuesta a Javier Aristu

Por José Luis LÓPEZ BULLA

Querido Javier, me siento cómodo con este nuevo artículo que nos presentas; Paco Rodríguez de Lecea y tú mismo sabéis que este viejo quisquilloso no lo dice por protocolo. Es más, pienso que has elevado el tono de nuestra conversación, lo que tampoco es cortesía por mi parte. Te agradezco que nos hayas aclarado (yo lo he reclamado vehementemente) que tu primera observación era el interés por relacionar «la crisis del Estado social (estado del bienestar, estado providencia, welfare) y la necesidad de configurar un marco nuevo de solidaridades sociales». En todo caso, para hacer gala de mis condiciones de cascarrabias, expondré algunas observaciones, en tono menor, a lo que has escrito.1.–  Los tres (Paco Rodríguez, tú mismo y un servidor) sabemos perfectamente lo que Joaquín Aparicio recuerda a los desmemoriados: el Estado social no fue un regalo. Es algo que nos ha faltado explicar suficientemente, especialmente a las nuevas generaciones, que se ha encontrado con un importante acervo de bienes democráticos (siempre parciales, claro está) que no cayeron del cielo sino que fueron el resultado de importantes movilizaciones de nuestros antepasados y de las luchas –todo hay que decirlo— de los de nuestra quinta.

Por Javier ARISTU 

[Escritas estas líneas me llega la inteligente aportación del catedrático Joaquín Aparicio Tovar El estado social no fue un regalo, publicada en Metiendo bulla, y que publicamos también En Campo Abierto. He preferido dejar mi texto como estaba; habrá tiempo de contestar]

Entro de manera inmediata, no con la  reflexión que necesita una cabeza lenta como la mía, al debate sobre este asunto de la relación entre la crisis del Estado social (estado del bienestar, estado providencia, welfare) y la necesidad de configurar un marco nuevo de solidaridades sociales. José Luis López Bulla, con su habitual sagacidad,  me pilló en un renuncio cuando usé la fatídica palabra “expropiar” (despropiar dicen por el agro andaluz con esa imaginación carente de academicismo pero a veces certera) al hablar de la solidaridad nacional del estado. Vamos pues a precisar, de forma sucinta y escalonada, algunas variantes sobre este asunto.

Por Joaquín APARICIO TOVAR

En la esfera de Parapanda han parecido unas interesantes aportaciones de los amigos Javier Aristu (1) y Paco Rodríguez de Lecea (2) que suscitan algunas reflexiones críticas.  La tesis central, con todos los riesgos de las simplificaciones, es que la crisis de la izquierda tiene mucho que ver con que mira al pasado, mira al Estado Social que es hijo de una sociedad industrial que ya no existe y a la que servía. La crisis del Estado Social es también la crisis de la izquierda.  “El Estado Social, dice Aristu, hizo posible sustituir las viejas solidaridades interindividuales (a través de la familia, los gremios, las diversas asociaciones de todo tipo que desde la Edad Media han jalonado la historia europea) que hicieron posible que las personas pudieran sobrevivir en mundos hostiles […] El Estado social “expropió” el protagonismo de la solidaridad de la gente y levantó un inmenso edificio de servicios sociales, con fondos aportados por los impuestos”, a lo que Rodríguez de Lecea añade: “me interesa en particular esa idea de la expropiación, de la desposesión de la solidaridad que podían proporcionar los agentes sociales a partir de sus propios recursos […] nos encontramos hoy a la intemperie: huérfanos del welfare al que tanto quisimos y que tanto nos quiso, y privados de la solidaridad paliativa generada antes por la propia sociedad y que fue arrasada de raíz por la poderosa competencia del Estado benefactor”.