Por Javier ARISTU

Cuando, profesor de literatura en activo, trataba de explicar a mis alumnos  el famoso tránsito español del siglo XIX al XX, la llamada crisis del 98, era inevitable hablar de una generación, un grupo de ilustres escritores que habían sido capaces de interpretar la esencia de España –la crisis de España, más bien— a través de sus ensayos, poemas y relatos. Unamuno, Azorín, Maeztu, Baroja, Valle Inclán eran los autores de aquella nómina. Machado era otra cosa, más a su aire, más autónomo y más interesante. No tengo en estos momentos que escribo las referencias para saber de dónde pudo surgir esa manida y falseada estampilla de “generación del 98” para encuadrar a gente tan distinta y contradictoria en el mismo grupo. ¡Unamuno y Valle Inclán, dos individuos de especies distintas! Creo que ya estudiante de bachillerato me enseñaron en los libros de entonces —mitad de la década del sesenta— ese constructo histórico-literario de una pretendida generación de la crisis de fin de siglo. La influencia de Ortega y de Julián Marías era evidente. Posteriormente, toda una escuela de enseñanza literaria de los años setenta (especialmente el  recordado Lázaro Carreter) prosiguió con esa lectura castellanista, y nacionalista en definitiva, de una pretendida generación del 98. Afortunadamente, años después se ha ido corrigiendo y reorientando esas alineaciones hacia una historia de la cultura española de aquel momento más compleja, diversa y diferente al “paisajismo” castellano.

Por Paco RODRÍGUEZ DE LECEA
Nunca ha estado del todo clara la utilidad de los sindicatos, ni siquiera en una sociedad organizada a partir del trabajo. Se ha criticado su corporativismo, su visión parcial y en cierto modo egoísta de las necesidades sociales, su vocación defensista, su promoción del conflicto social como método; y de forma más global dentro de la teoría de la izquierda, se ha señalado su carácter subordinado y de alguna manera ancilar (la correa de transmisión) en relación con la primacía jerárquica y la ambición prometeica de los partidos políticos.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Han pasado los cien días de la gestión de los nuevos ayuntamientos surgidos de las elecciones locales del pasado mes de mayo. Es el plazo de rigor que se debe dar a todo gestor democrático, especialmente si es la alternativa a los anteriores.

Los resultados de dichas elecciones, como se sabe, trajeron una mayor pluralidad y diversidad a la corporación. Repitieron escaños PP con 12 concejales, PSOE, con 11, Izquierda Unida, con 2, y entraron por primera vez las formaciones emergentes Ciudadanos con 3 y Participa Sevilla, con 3. Un acuerdo de investidura entre PSOE, Participa Sevilla y IU —que no fue un acuerdo de gobierno— dio la alcaldía a Juan Espadas (PSOE). De esta forma este partido tiene la responsabilidad de gobierno aunque para ello se verá obligado a pactar los asuntos decisivos con alguna de las otras fuerzas que le darían la mayoría.

Nos ha parecido importante publicar EN CAMPO ABIERTO el siguiente documento, elaborado por nuestro colaborador Carlos Arenas Posadas, tendente a ofrecer una perspectiva de trabajo sobre la necesidades y propuestas necesarias para la ciudad de Sevilla. Sin embargo, pensamos que los ejes sobre los que se asienta la reflexión podrían ser aplicables a algunos otros municipios andaluces. Al fin y al cabo, Cádiz, Málaga, Granada, Córdoba o cualquier otro municipio no son muy diferentes de Sevilla, aunque algunos se empeñen en resaltar identidades localistas que nada ayudan a crear una sociedad solidaria, integrada y “global” en Andalucía.

Las experiencias de Barcelona, Madrid —por citar las más populosas y decisivas de España— nos muestran, aparte de las opiniones que cada uno tenga sobre la gestión de sus respectivas alcaldesas, que el “poder municipal” es un eje sobre el que articular una respuesta a la crisis. Las ciudades forman parte de cualquier programa de cambio para el país. En esas redes ciudadanas, en esas economías locales, en esos enclaves de creatividad que son las ciudades se han gestado muchas de las iniciativas que en estos momentos constituyen una alternativa al gobierno de la derecha. Por eso creemos que una reflexión sobre las políticas y las actuaciones de los gobiernos municipales nos pueden ayudar a ahormar programas más genéricos y globales de transformación. Con esa idea se ha redactado este documento.

Por Stefano RODOTÀ

El pasado sábado se ha celebrado en Roma la primera reunión de un proyecto denominado “coalición social” impulsado por el dirigente de la Fiom (sindicato italiano de metalúrgicos) Maurizio Landini, ya cononocido y presentado en este blog. La crisis de la política, de los partidos y la actuación del gobierno Renzi han llevado a Landini y otros más a proponer una discusión y un proyecto de articulación social más allá de los partidos con el fin de movilizar una resistencia al neoliberalismo y a las políticas de recortes y proponer nuevas maneras de intervención en la política. Como dice Landini, la política “no es una propiedad privada”. Qué mejor que trasladar ese debate a nuestro país a través de la reflexión de uno de los grandes protagonistas del panorama político alternativo italiano, Stefano Rodotà]

La expresión “coalición social”, ya presente en el debate político, fue oficializada ayer [sábado 14 de marzo] por Maurizio Landini. ¿Cómo, y por qué, se busca una nueva forma de acción política colectiva? En los últimos tiempos se ha ido conformando una relación entre el Estado y la sociedad, o más bien entre el gobierno y la sociedad, marcada por un fuerte reduccionismo, donde el único sujeto social considerado interlocutor legítimo es la empresa. Una versión doméstica de la bien conocida afirmación de Margaret Thatcher según la cual la sociedad no existe, existen solo los individuos. Individuos atomizados, aislados entre ellos: ayer considerados “carne de encuesta”, hoy reducidos apresuradamente a carne de tuit o de slide.

Llevando un poco más allá este análisis, no es arbitrario señalar un retorno a lo que Massimo Severo Giannini, en su reconstrucción de las experiencias históricas italianas, había definido como un Estado “monoclase”, dominado hoy por la dimensión económica y por la reducción del gobierno a “gobernanza”. ¿Se separan Estado y sociedad? Sea cual sea la respuesta, lo que se percibe es un desapego profundo de los ciudadanos hacia partidos e instituciones, testimoniado por el crecimiento y la consolidación de la abstención electoral.

Por Francesco CANCELLATO y Marcello ESPOSITO

Para Nadia Urbinati la violencia de hoy es la furia de los derrotados. ¿La causa? La capitulación de la política.

nadiaPara quien no la conoce, bastaría decir que Nadia Urbinati, nacida en Rimini, es titular de la prestigiosa cátedra de ciencias políticas en la Universidad Columbia de Nueva York. O que fue premiada en 2008 con el título de Comendador al Mérito de la República Italiana, por “haber dado una contribución significativa a la profundización del pensamiento democrático y a la promoción de escritos de la tradición liberal y democrática italiana en el extranjero”. Pocos mejor que ella pueden ofrecernos instrumentos para interpretar cuidadosamente lo que está ocurriendo en esta difícil fase de la historia que, esperando que sea pasajera, seguimos llamando crisis. Y que cuanto más pasa el tiempo más frustración, desilusión y rabia genera.

 Profesora Urbinati, las recientes cargas policiales  contra los obreros de la Thyssen, los choques de Tor Sapienza, la agresión a Salvini [dirigente de la Liga Nord], el asalto a la sede del Partido Democrático en Milán, así como otras muchas protestas en la calle a lo largo de estas últimas semanas… ¿cuál es su lectura de tantos episodios de rabia y violencia durante este reciente periodo?

 No hay nada aparentemente que los una; son hechos independientes unos de los otros, protagonizados por sujetos que representan problemas específicos. Sin embargo, cada uno de ellos, además de denunciar un problema, pone el dedo sobre una política que no es capaz de resolverlo.

 ¿Es acaso la actual política impotente como nunca ?

 Podríamos decir que la tensión es la señal de que el compromiso entre trabajo y capital se ha roto; compromiso que, tras la segunda guerra mundial, acompañó al nacimiento de las democracias europeas. En el interior de este contexto, el del Estado-nación, capital y trabajo eran dos actores sociales bien organizados y protagonistas de una negociación que no podía perderse.

 Después llegó la globalización…

 Llegó también el fin de la Guerra Fría, que con sus Muros y sus Telones de Acero, imponía las fronteras del mundo. Mientras estas existieron sobre el mapa, fue posible en el interior de nuestro mundo que el que trabajaba plantease cuestiones y obtuviese respuestas. No era un mundo abierto. No se podía acceder a la fuerza de trabajo a coste cero del cuarto y quinto mundo. Estas fronteras -para los que permanecían dentro del primer mundo, donde había renacido la democracia- crearon, hicieron posible el control y el ejercicio del poder democrático, y el equilibrio entre clases.

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Una disciplinada muchedumbre de centenares de miles de personas, sin distinción de clases, rostros radiantes de esperanza, familias enteras ordenadas en filas rojo y gualda, formando una uve y unidas al solo grito de in-de-pen-den-cia liderada por sus legítimas autoridades, es algo que acojona… aunque no sea lo que parece.

Por razones biográficas me reconozco hipersensible al nacionalismo: cuando tenía ocho años en la escuela nos daban un libro de historia cuya portada era “España, ¡que grande eres!” lo que, en el año cincuenta, no parecía evidente. El contenido, tan verificable como la portada, nos contaba tan relevantes acontecimientos como el martirio por los judíos del Santo Niño de La Guardia o la intervención de Santiago Matamoros en la batalla de Clavijo. Parte de la adolescencia en un seminario de los dominicanos (canes del Señor) y cinco años cobijado bajo el lema Todo por la Patria (así, sin matices) hicieron de mí un individuo que, bajo los acordes de “El sitio de Zaragoza” y henchido de amor patrio el corazón, buscaba el imperio hacia Dios.

Afortunadamente malas compañías y buenas lecturas me libraron del desvarío y me hicieron un hombre normal, aunque algo (re)sentido en el tema patrio.

Por Javier ARISTU

 ¿How many years can a mountain exist before it’s washed to the sea?

[¿Cuántos años puede una montaña existir antes de que sea bañada por el mar?]

Bob Dylan, Blowin’ in the wind

 

Nos habla Rossana Rossanda, en sus memorias tituladas La muchacha del siglo pasado, de aquellos años en que, formando parte de la dirección del PCI, trabajaba desde la mañana hasta la noche en la sede central del hoy desaparecido partido comunista italiano, en la mítica calle de Botteghe oscure, en Roma. Planta 5º. Cuenta cómo se encontraba en el ascensor con aquellos también míticos dirigentes italianos que, provenientes de la preguerra mundial, del exilio y de la resistencia al fascismo, habían constituido aquel formidable partido de masas de izquierda. Cuenta cómo para conseguir hablar con el incontestado Togliatti, el secretario general, se colaba en su despacho muy de mañana para consultarle cualquier asunto. Dirigía Rossanda —década del sesenta del siglo pasado— la política cultural del PCI. Luego, ya se sabe, fue una de las herejes. Desde aquel edificio clásico romano se coordinaba y se decidía sobre los contenidos y líneas de las revistas y periódicos que controlaba entonces el partido: Rinascita, Critica marxista, Paese sera. Desde aquel vetusto edificio se marcaba el paso de lo que iba a ocurrir en las calles (casi siempre pero no siempre, como se demostró a partir de 1968). Aquel partido decidía el curso de la izquierda italiana.

Por Javier ARISTU

En 1997, hace ya casi dos décadas, Bruno Trentin, uno de los grandes nombres del  sindicalismo de postguerra, manifestaba su descontento por el abandono o alejamiento de la izquierda —en este caso la italiana— respecto del compromiso con “las grandes cuestiones que, originariamente, justificaban su existencia: la emancipación del trabajo y la transformación de la sociedad civil” (La ciudad del trabajo, Fundación 1 de mayo, pág. 35). Trentin manifestaba, además, su asombro ante la inconsciencia o despego con que esa izquierda manifestaba su ceguera ante la transformación que ya en los años noventa del pasado siglo se estaba desarrollando a toda máquina en el interior de “los procesos productivos, la organización del trabajo subordinado, la composición de la clase trabajadora y las estructuras de los mercados laborales” en el mundo occidental y más allá. Venía a concluir que la izquierda y sus intelectuales orgánicos estaban buscando sus referentes políticos y sociales “fuera de la sociedad civil y fuera del trabajo subordinado”, fuentes de donde habían tomado su inspiración.

Pienso que esta descripción se puede aplicar sin ningún tipo de duda al ejemplo español. El abismo que existe entre izquierda política y universo del trabajo es escandaloso; es posible que casi siempre, con excepciones puntuales, y sobre todo tras la Transición política, haya existido esa quiebra, esa distancia, esa dificultad para que la izquierda política española capte y lea los procesos de fondo que, la mayor parte de las veces,  comienzan en los procesos productivos, en las transformaciones en la relación capital-trabajo. Nos llevaría más tiempo y espacio del que disponemos en este artículo comprobar con datos cómo parte de la historia de nuestra izquierda, con sus éxitos electorales y sus derrotas,  es la historia de una incomprensión: la existente entre la elite política y la cuestión del trabajo.

Por Lorenzo CABRERA

Leo con interés los artículos que Carlos Arenas y Javier Aristu han publicado en este blog sobre la Plataforma Ciudadana que, al modo de Guanyem Barcelona, se está empezando a constituir en nuestra capital: Ganemos Sevilla. Su idea es concurrir a las próximas elecciones municipales y, como el nombre de la propia Plataforma advierte, ganarlas y dirigir el Ayuntamiento de la ciudad.

 La propuesta es ambiciosa, pero no disparatada. Quienes estaban en la Asamblea del 3 de abril a la que alude Carlos Arenas forman un grupo variopinto y complejo: aunque no faltaran desencantados –pero no vencidos- de muchas batallas, los más eran militantes políticos a título personal de EQUO, IU, PODEMOS, Partido X, etc. y sindicales  del SAT, CCOO, CGT, etc., gente joven incorporada desde hace años a la acción en movimientos estudiantiles, asociaciones vecinales, culturales, mareas, corralas, etc. y, sobre todo, activistas ciudadanos de los más diversos ámbitos.

 Tienen en adelante mucho por hacer. Y no les será fácil. Los une un rechazo a unas formas corruptas y privatizadoras de utilizar la política, hechas en beneficio de minorías y alejadas de lo que debe ser una práctica transparente y participativa. Hasta ahora se concitan por lo que no les gusta, se trata todavía de un negativo que hay que revelar. Y ese revelado exigirá inteligencia negociadora y cintura política.

Por Javier ARISTU

11 de septiembre de 1973: cae Salvador Allende en La Moneda defendiendo el poder constitucional. ¡Viva Chile!

(Tomo el relevo de Carlos Arenas y continúo hablando de la iniciativa sevillana Ganemos Sevilla)

La primera persona del plural verbal se declina en estos momentos: podemos, ganemos. Es un cambio significativo respecto de las maneras personalistas con que la política se ha venido construyendo en estos últimos años. Frente al “decido” de Rajoy, el “podemos” de la gente anónima. No está mal para comenzar. Solo queda esperar que ese verbo se decline efectivamente en todas sus posibilidades y se pueda articular ese “ganemos” en algo más que un simple deseo de voluntad de cambio.

Acaba de presentarse a la opinión pública una propuesta de cambio para las elecciones de 2015: “Ganemos Sevilla”. De ello quiero hablar; no podría ser de cualquier otra ciudad porque la villa que se moja en la ribera del Guadalquivir es la que conozco (relativamente) y donde habitan mis penas. He asistido hace pocos días a una asamblea de “Guanyem Barcelona” en el barrio de Gracia y tengo que manifestar que salí contento porque lo que vi y escuché allí me sonaba bien, aparecía no solo una ilusión y una voluntad de cambio sino algo más: ideas, proyectos, contenidos capaces de sustanciarse en programa de renovación de la vida barcelonesa. Por eso quiero hablar de “Ganemos de Sevilla”.