Por Félix TALEGO VÁZQUEZ

Según las estadísticas, en Europa viven 123 millones de personas en situación de pobreza (carencias materiales severas). España ocupaba en 2013 el sexto lugar por la cola en la UE, con el  27,3% de población pobre. Pero, según una reciente encuesta del INE, las cifras de pobreza y exclusión social en España han aumentado y afectan ya a un 29 % de la población, casi 14 millones de personas. Respecto a los niños, según UNICEF, en los últimos años ha crecido más de un 10% el número de menores en hogares que están por debajo del umbral de la pobreza.

Estos son los efectos más evidentes del aumento continuo de desposeídos por la concentración creciente de la propiedad y el capital; ejércitos de desposeídos con crecientes dificultades para encontrar un empleo con garantías, o no perderlo, y que se ven abocados a engrosar las filas de precarios y excluidos. Políticas públicas eficaces, diseñadas e impuestas por las buenas o por las malas desde los centros de poder global, hacen posible este proceso de concentración de propiedad, capital y poder, nada “natural” como es fácil comprender. La eficacia de estas políticas pro-oligárquicas (que laman “inversiones productivas”) contrasta con la ineficacia largamente demostrada de las políticas públicas de protección social (que llaman “gasto social”).

Por Jesús CRUZ VILLALÓN

Parece que finalmente la recuperación del crecimiento económico está provocando un cierto impacto de crecimiento del empleo, que esperemos sea sostenido y de mayor intensidad. Sin duda se detectan expectativas positivas, que se orientan hacia una nueva etapa, que definitivamente cierra el ciclo negativo.

Ahora la pregunta que hay que hacerse es cuál es el panorama para el inmediato futuro, tras un periodo tan dilatado y profundo de destrucción de empleo. El interrogante es qué impacto cualitativo ha tenido todo este duro proceso de reajuste y, en particular, cuál es el escenario previsible de evolución del empleo. La cuestión planteada de forma resumida es si todo el proceso sufrido ha servido para depurar el mercado de trabajo, para provocar una catarsis suprimiendo los empleos inviables al tiempo que se han creado los cimientos para a partir de ahora permitir un crecimiento en clave de mayor productividad y calidad del empleo, o bien, por el contrario, nos hemos limitado simplemente a bajar unos cuantos peldaños en la escala de desarrollo económico, reducir los estándares laborales, para situarnos en un panorama de deterioro generalizado del mercado de trabajo.

Por desgracia, todos los indicios presentan un paisaje tras el tsunami de lo más desalentador, donde la respuesta se escora en esencia en la segunda dirección. Es cierto que se aprecian algunos espacios de real cambio estructural, pero la tónica general es la contraria: desde el punto de vista cualitativo, en el mejor de los casos nos encontramos en la casilla de partida, sin haber corregido ninguno de los problemas de fondo.

Por Robert REICH

General Motors (GM) tiene un valor de cerca de 60.000 millones de dólares, con cerca de 200.000 trabajadores. Sus trabajadores de primera línea ganan entre 19 y 28,5 dólares a la hora, con beneficios.

Uber se estima que tiene un valor de unos 40.000 millones de dólares, con unos 850 empleados. Uber cuenta también con más de 163.000 conductores (en diciembre, esperándose que en junio doble ese número), con una media de 17 dólares a la hora en Los Angeles y Washington DC, y 23 dólares en San Francisco y Nueva York. Pero Uber no cuenta con estos conductores de plantilla; Uber dice que son “contratistas independientes”.

¿Cuál es la diferencia?

Por un lado, los trabajadores de GM no tienen que pagar por las máquinas que utilizan mientras que los conductores de Uber lo tienen que hacer por sus coches: no solo la compra sino también su mantenimiento, el seguro, la gasolina, los cambios de aceite, los neumáticos, la limpieza. Si resta estos costos el ingreso por hora de los conductores de Uber disminuye considerablemente. Por otra parte, los empleados de GM disfrutan de las protecciones laborales legales en el país, que incluyen la Seguridad social, la semana laboral de 40 horas, el derecho a recibir una remuneración correspondiente a una hora y media por hora trabajada, seguridad y salud de los trabajadores, la remuneración por baja por enfermedad, permiso por enfermedad, salario mínimo, derecho a pensión, seguro de desempleo, protección contra la discriminación racial o de género y el derecho a la negociación colectiva. Y no podemos olvidar la obligación de la atención médica a cargo del empleador de acuerdo con el mandato Obamacare. Los trabajadores de Uber no reciben ninguno de estos beneficios. Simplemente están fuera de la ley.

Entrevista con Steffen Lehndorff, de la Universidad de Duisbourg-Essen

Por  Dominique BERNS

kruppAlemania va viento en popa. Saldrá de la crisis más fuerte que antes, nos asegura. Los alemanes recibirán los dividendos de la Agenda 2010 del antiguo canciller socialdemócrata Gerhard Schröder. Aquellas «reformas estructurales» fueron dolorosas: reducción del estado de bienestar, aumento de la flexibilidad en el mercado de trabajo y estancamiento de los salarios. Pero aquellas reformas explicarían los actuales procesos, que dominan en un entorno europeo retraído. El «modelo alemán» se pone como ejemplo. Steffen Lehndorff, economista de la universidad de Duisbourg-Essen, rechaza este análisis en la obra colectiva que acaba de publicarse, A triumph of failed ideas: European models of capitalism in the crisis, (“Un triunfo de las ideas que han fracasado: modelos europeos de capitalismo en la crisis”, editado por ETUI, el instituto sindical europeo de la CES ). «¡Desconfiad del modelo alemán!», nos dice.

Se pone como ejemplo a Alemania pero usted pone en cuestión el nuevo «milagro» alemán. ¿Por qué?

La historia del éxito alemán (success story) se basa en un modelo empresarial (business model) cada vez más unilateral. Nuestra industria exportadora es muy fuerte. Esto no es nuevo. Lo nuevo, por el contrario, es que esta locomotora está cada vez menos integrada en un entorno institucional que permita a la mayor parte de la misma economía y de la sociedad beneficiarse de ese éxito. A lo largo de los últimos decenios, y de forma mucho más notable desde las llamadas “reformas del mercado de trabajo” del gobierno Schröeder, hemos asistido a un aumento dramático de todo tipo de empleos precarios y con bajos salarios. En consecuencia, Los salarios medios se estancaron durante el ciclo coyuntural que precedió a la crisis —lo que es más bien inhabitual y excepcional entre los países europeos. De tal manera que el mercado doméstico se estancó lo cual limitó las posibilidades de los otros países europeos para exportar a Alemania y ello condujo a un enorme superávit de cuenta corriente alemán frente a al resto de la zona euro. Teniendo en cuenta la primordial importancia que tiene el comercio entre los países europeos, este modelo empresarial unilateral  es un lastre para el resto de la zona euro. Para decirlo sin rodeos: Alemania hace recaer sobre sus socios la desigualdad social que explota en el interior de sus fronteras.