Por Javier ARISTU

Dos programas de televisión, domingueros y nocturnos, me animan a escribir esta entrada. Dos programas, además, que vinieron uno detrás del otro. Me refiero a los de ayer domingo: el último Salvados de Jordi Évole, último en todos los sentidos puesto que el periodista de Cornellà deja de presentarlo, y el que vino a continuación dirigido por Ana Pastor, El Objetivo, ambos en La Sexta TV. Los dos programas me parecieron importantes y sugerentes a la vez que indicadores, seguramente, de un nuevo tiempo.

Por Javier ARISTU

Populismo. Posiblemente comienza a ser el concepto más utilizado en el cosmos del comentario político que inunda las redes. Antes nos batíamos con otros términos que han dado sentido a toda una época: socialismo, capitalismo, imperialismo, nazismo, fascismo, democracia. En torno de estas palabras se ha tejido la historia de los últimos decenios. En estos años comienzan a ser subsumidas bajo la noción globalizadora de populismo. De derecha o de izquierda, ese es el único matiz. Llega el asunto a ser tan simplificador que hasta una de nuestras políticas más representativas como la presidenta andaluza Susana Díaz establece un correlato unívoco entre Trump y Pablo Iglesias: «beben en la misma fuente», ha llegado a decir. Y aquí paz y mañana gloria. La palabra se está convirtiendo en el talismán que, ante la incapacidad analítica o las limitaciones de conocimiento, viene a suplantar la inexistencia de formulaciones que puedan explicar lo que está pasando en gran parte del mundo.

Por Javier ARISTU

Paseo por mi ciudad una tarde noche de sábado y noto al personal inquieto y bullicioso en torno a los quioscos de navidad. Se nota que llegan momentos de consumo y gasto. Llevamos una semana de campaña electoral y solo diviso un cartel colgado de una farola que dice “Vota PP”. Estamos justo en el ecuador de una campaña electoral que dicen los expertos es “decisiva”. Pero la calle no es testigo de esta agitación política. La campaña y la política han dejado la calle para dominar la nube. Hoy todo vive y asienta su realidad en el espacio de la televisión y de twitter. Fuera de ahí no existe nada. No hay mítines en la plaza, no hay encuentros de calle, no hay reparto de consignas. Es otro tiempo electoral con otra forma de comunicación.

Por Javier ARISTU

Es posible, amable lector, que si entras en las próximas semanas en este blog descubras que no está actualizado y que no se renuevan las entradas: el verano es el culpable. Los que mantenemos este escaparate nos tomamos un respiro hasta septiembre. Confiemos en volver con más fuerza y más artículos. Gracias por tu comprensión.

 

A propósito de la desaparición de L'Unità. Viñeta de Mauro Biani publicada en el diario Il Manifesto del 31 de julio de 2014
A propósito de la desaparición de L’Unità. Viñeta de Mauro Biani publicada en el diario Il Manifesto del 31 de julio de 2014

Hace exactamente cien años comenzó una guerra europea que supuso, tres años después, más de ocho millones de muertos y seis millones de discapacitados. Aquel comienzo de siglo fue testigo de la irrupción de una nueva “guerra social” que, al calor de un industrialismo masivo europeo y norteamericano, llevó a las masas obreras a organizarse en sindicatos y partidos que propugnaban la reforma social o, directamente, la revolución con el mismo adjetivo. Aquella sociedad de proletarios, obreros, campesinos y empleados organizó una amplia red de periódicos, ateneos, clubes culturales, escuelas de formación que hizo del socialismo un objetivo de cultura y de liberación. La prensa obrera escrita fue el medio por el que los trabajadores difundieron sus ideas y cohesionaron un modelo utópico frente al de la burguesía y las clases dominantes. Tuvieron tiradas extraordinarias en los casos de aquellos países donde la industrialización y la población eran altas. Estos periódicos y semanarios eran difundidos y leídos por millones de europeos y, entre todos ellos, crearon una atmósfera cultural e ideológica que dio sentido a las luchas de aquellos años. Citemos algunos de esos periódicos: L’Humanité (Francia, fundado por Jean Jaurès en 1904), Le Peuple (Bélgica, salió por primera vez en 1848), El Socialista (España, su primera salida es en 1886), Mundo Obrero (España, 1930), L’Unità (Italia, 1924), Die Neue Zeit (Alemania, 1883). Sólo en el área del SPD, partido socialista alemán, se generaba una red de 19 periódicos diarios y 41 semanarios. Y muchos más por toda Europa.

Por Nadia URBINATI

Terminamos con esta entrega el ensayo de la politóloga Nadia Urbinati acerca de la crisis de los partidos en las actuales democracias representativas y el surgimiento de autodenominadas alternativas de democracia directa.

Transparencia y tribunal de la opinión

En la estela de Manin, los sostenedores de la democracia del público señalan que con la trasferencia del poder del juicio público de las palabras a la visión se puede conseguir que el “tribunal de la opinión” sea efectivamente eficaz y explotar mejor las potencialidades democráticas de los medios de información y de comunicación, instrumentos capaces de restituir al pueblo su papel más específico, que no es el de actuar (una masa, pensaba Weber, no es capaz de actuar sin un líder) sino el de mirar, observar y juzgar. La democracia plebiscitaria da como resultado un divorcio interno a la soberanía popular entre el pueblo como ciudadanos participantes (con ideologías, intereses y la intención de competir para obtener la mayoría) y el pueblo como una unidad impersonal y completamente libre de intereses que inspecciona y juzga el juego político jugado por algunos y gestionado por partidos electoralistas. El partidismo no es expulsado del dominio de la decisión; es expulsado del forum, en el que el pueblo está o actúa como público o masa indistinta y anónima de observadores que en calidad de supremo espectador “mira solamente” y juzga pero “no quiere vencer” de ninguna manera.

El precio para llegar a ser líder en esta democracia plebiscitaria debe ser alto y costoso: esta es la única arma de control que la audiencia tiene de su parte. El costo que el líder debe pagar a cambio del poder que del que goza es la renuncia a gran parte de su libertad individual.

Por Nadia URBINATI

Continuamos la publicación del ensayo de la politóloga italo-americana acerca de la democracia en directo y la crisis de los partidos políticos.

El plebiscito del público

La democracia de la audiencia —la que llamo plebiscitarismo de la audiencia— es el resultado no del fin de la democracia “de los” partidos sino de su afirmación como cuerpo oligárquico que de intermedio se hace ocupante directo y para su propio interés de la política representada. Este argumento quiere ser una respuesta al propuesto por Bernard Manin en The Principles or Representative Government.  La posición de Manin desarrolla la crítica de Carl Schmitt a la democracia parlamentaria de la que parte la teoría de la democracia plebiscitaria. Schmitt interpretó la democracia plebiscitaria basándose en la mutación de significado de “público” de una categoría jurídico-normativa (esto es, que pertenece al estado) a categoría estética (como eso que es expuesto a la vista, que es hecho ante los ojos del pueblo).

Esta visión romana del público —donde lo central es el forum— vuelve en el plebiscitarismo contemporáneo, como demuestran los recientes escritos de Jeffrey Edward Green y después los de Eric A. Posner y Adrian Vermeule (que recogen y desarrollan la intuición de Manin). El renacimiento de los argumentos e ideas que pilotaron la crisis del parlamentarismo en los primeros decenios del siglo XX —cuando la concepción plebiscitaria adoptó una configuración alternativa a la democracia representativa o de partidos— es una indicación preocupante del nuevo filón de investigación teórica y de aplicación práctica que hay en el interior de la democracia contemporánea, filón una vez más crítico en relación con la estructura parlamentaria  y la función mediadora de los partidos políticos. El libro de Manin es quizás el documento que mejor representa esta tendencia, al menos porque capta la transformación y la teoriza como señal de una mutación en sentido más democrático —donde por democracia Manin parece entender democracia de masas, como en la formulación de Weber y Schmit. El tema conclusivo del libro de Manin es el diagnóstico del ocaso de la democracia del partido político y del auge de la democracia del público, en la que la fe en el líder y la aceptación de una creciente exigencia de poder discrecional por parte del ejecutivo se encuentra con una mutación en la organización de la democracia electoral, que es ahora gestionada no ya por partidos de líder y militantes sino por partidos de expertos de la comunicación y de candidatos a la carrera política.”La democracia de la audiencia es gobierno de los expertos de los medios”, y por tanto la celebración del “poder ocular”, como escribe Green completando el diagnóstico de Manin. Mientras en la época de la democracia de los partidos políticos las elecciones se basaban en gran medida en la dimensión vocal y en el aspecto volitivo de la política —la participación en la decisión era expresión de la forma clásica de la soberanía popular que los partidos se encargaban de organizar—, la aparición en público o el sometimiento al veredicto de la audiencia es lo que define ahora el arte de la política.

Por Nadia URBINATI

Por su interés y cercanía con el desarrollo de la situación  en nuestro entorno social y político, iniciamos hoy la publicación por partes de un ensayo de la politóloga italiana, profesora en la universidad Columbia de los Estados Unidos, Nadia Urbinati acerca de los cambios estructurales en las sociedades políticas occidentales, debidos en gran medida al impacto de los nuevos medios de comunicación de masas y el papel de los expertos en los mismos. Dicho ensayo constituye el cap. VI de su libro titulado Democrazia in diretta. Le nuove sfide alla reppresentazione (ed. Feltrinelli, 2013).

La gran transformación

En este capítulo querría retomar el hilo de los capítulos precedentes —destinados a explicar las actuales transformaciones en la democracia representativa por el declive de los partidos políticos y el auge de la democracia de la opinión y en directo. Declive y crecimiento que ponen el acento sobre un hecho registrado por la reintroducción del sorteo en Islandia: la idea de que la democracia puede ser corregida mediante instrumentos que reducen el partidismo (llamada a la opinión general imparcial) y con ello el papel de la autonomía política, o sea, de la soberanía del ciudadano. Examinaré una tesis fuerte y probablemente controvertida: en la democracia contemporánea (la italiana de forma muy visible) los partidos políticos, actores esenciales del sistema representativo desde su aparición en la Inglaterra de los commonwealthmen[i], han  mudado su función pero no están en decadencia o acabados como frecuentemente se oye afirmar. Esta mutación se corresponde con una transformación de la democracia de representativa en plebiscitaria, con la puntualización de que la forma  plebiscitaria contemporánea no está compuesta de masas movilizadas por líderes carismáticos, como había presagiado Max Weber y teorizado Carl Schmitt, en tanto que forma más completa de democracia. La nueva forma plebiscitaria es la de la audiencia, el aglomerado indistinto y des-responsabilizado de individuos que componen el público, un actor no colectivo que vive en la privacidad de lo doméstico y cuando es sondeado como agente de opinión opera como receptor o espectador de un espectáculo puesto en escena por técnicos de la comunicación mediática y representado por personajes políticos.

Por Raúl SOLÍS

A la izquierda, producto de su desencanto y desilusión congénita, le encanta encontrar una Virgen de Lourdes que la salve periódicamente. La última aparición mariana es Pablo Iglesias, un joven de 36 años, profesor universitario, con coleta, aspecto de gamberrete de facultad pero, sin embargo, extremadamente hábil, inteligente y encantador de corazones femeninos –y masculinos- gracias a su pose de pillín y una locuacidad sobresaliente.

Pero Pablo Iglesias no es Alexis Tsipras, el lider de izquierdas griego. Sobre todo, porque no tiene organización política que le respalde. Por muy modernos, horizontales e interconectados a las redes sociales que seamos y estemos, sin organización política no se puede vertebrar un proyecto político en un Estado extremadamente inmenso como España y con un peso importante de población rural que no se alimenta de Facebook o Twitter ni, mucho menos, ve La Tuerka, el programa emitido por Internet y de aire clandestino en el que Iglesias ejerce de showman