Por Carlos ARENAS POSADAS

Erase una vez dos visionarios: Marx y Schumpeter. Ambos tenían en común su ascendencia germánica,  el uso de la historia como instrumento de análisis y, sobre todo, su convencimiento de que el capitalismo no tenía futuro, que sucumbiría, y sucumbiría no de inanición sino de éxito. Marx creyó, allá por finales del siglo XIX, ver cumplida su predicción cuando la brillante trayectoria del capitalismo liberal capitaneado por Gran Bretaña entró en la crisis llamada entonces la Gran Depresión que no fue otra cosa que una reducción drástica de la tasa de ganancia.  Schumpeter, cincuenta años más tarde, en vista de lo ocurrido desde la muerte de Marx, aceptó la capacidad de transmutación del capitalismo, de renacer de las cenizas de sus “crisis sistémicas” para reconstruirse bajo fórmulas distintas, aunque el punto final siguiera siendo el mismo: llegaría un momento en que el capitalismo moriría de hartazgo.