Por Manuel ALCARAZ RAMOS

         Casi dos semanas de incertidumbre. Eso define el lapso trascurrido desde la noche de las Elecciones Municipales y Autonómicas. Incertidumbre es enfado, desconfianza, ira a veces, resignación otras. Incertidumbre es novedad. Novedad porque la sociedad valenciana y española habían perdido la afición por la complejidad que supone la ausencia de generalizadas mayorías absolutas, tan relacionadas con el bipartidismo. Que el bipartidismo haya desaparecido el 24 de mayo, o que haya mutado, es asunto en el que ahora no entraré, pero lo que es evidente es que la crisis del modelo conocido es lo que arrastra las actuales sensaciones. Por supuesto la sociedad no puede discriminar –mal que les pese a esa curiosa gente que sabe siempre lo que quiere “el pueblo”- entre los deseos y las dificultades de los medios para alcanzarlos. Es más: podemos afirmar sin grave riesgo de equivocarnos que abundan los dispuestos a querer que se hagan tortillas sin romper huevos. Solo que, como no es posible, la incertidumbre se traslada a los culpables habituales, esto es, a los políticos, esos pésimos cocineros que no saben hacer tortillas con huevos enteros y ahorrando en aceite. Bien está y que todo fuera eso.

         Lo digo porque mi teléfono arde de consejos y consejeros, las radios se encienden solas para transmitir el mensaje de la impaciencia, del que a ver qué pasa que no se ponen de acuerdo, y las tertulias televisivas alcanzan niveles estéticos de tragedia entre los augurios de hundimiento de un mundo no regido por el PP y la bonancible creencia en una naturaleza humana que brillará infinitamente en cuanto las convergencias populares hayan alcanzado sus últimos objetivos. Luego está la mesa de negociación concreta, su arte o su desgaire. Pero de eso hablaré otra semana.

Por Manuel ALCARAZ RAMOS

Hubo un tiempo en que el sistema liberal más avanzado, el de la III República Francesa, a finales del siglo XIX, consideraba un signo de vitalidad la inestabilidad parlamentaria que provocaba continuos cambios de Gobierno: si el Parlamento representaba al pueblo, éste sería más fuerte en la medida en que debilitara al Ejecutivo, de legitimidad más confusa. Esta teoría hoy parece banal y retrógrada: sabemos que la estabilidad es imprescindible para que la democracia arraigue y para que el Estado social pueda desarrollar sus funciones.

Hubo un tiempo en España en que los acuerdos políticos recibían el despectivo apelativo de “pasteleo”. Contra el pasteleo de la tramposa Restauración se alzó la II República. Era un propósito decente y sabio. Sin embargo es discutible si la exacerbación de la virtud no menospreció la importancia de los acuerdos entre próximos y hasta entre oponentes –oponentes que quisieran hablar, pues en la República hubo algunos que sólo pensaron en acabar con el régimen constitucional-. Sin embargo el consenso fue uno de los grandes temas de la Transición: superar la narrativa guerracivilista y el miedo obligaba a todos al esfuerzo. Y en la memoria colectiva ha quedado ese consenso como mito, contemplado con nostalgia, aunque muchos que lo añoran repitan que todos los políticos son iguales dados al pasteleo.

Por Manuel ALCARAZ RAMOS

1.- El domingo 24 se produjo el primer acto del cambio político en el País Valenciano con el triunfo de la izquierda. Pero para que ese cambio sea profundo y no mera alteración epidérmica, la misma izquierda ha de convertir esa mayoría electoral en una mayoría social que de un apoyo activo a las medidas de transformación económica y social y en las formas de acción política. Las dos mayorías se requieren pero no pueden identificarse. En la mayoría electoral hay un componente vindicativo, el deseo de castigar a un PP agotado, incapaz de entender muchas demandas, cruel a veces, minado estructuralmente por la corrupción. Buena parte de la ciudadanía ha visto en sus gestos una forma de violencia simbólica. El castigo, así, era una forma de defensa legítima antes que una venganza. Pero, por ello mismo, era relativamente sencillo que ese factor funcionara como amalgama entre diversos enfados y esperanzas. Es una mayoría “celebrativa” que ha expresado su alegría tomando calles, redes sociales y la conciencia de muchos que sólo conocieron gobiernos del PP. Sin embargo la mayoría social deberá tener unas características necesariamente distintas. La primera es su pluralidad, algo valioso para no caer en los pecados de soberbia del PP, pero que complica su construcción y mantenimiento. Carecerá de la expresividad de una noche de fiesta: requerirá de la perseverancia del trabajo y de la renovación constante de una esperanza acosada por las dificultades heredadas. Deberá encontrar fórmulas de articulación y de apoyo, que difícilmente tendrán, en el medio plazo, la forma de movilizaciones callejeras en favor de medidas que no siempre serán fáciles de explicar o/y que no podrán adoptarse a la velocidad deseada. Quedar prisioneros del imaginario de la fiesta política alentaría la frustración.

Por Manuel ALCARAZ RAMOS

La genealogía de la izquierda está atravesada por el ideal de la unidad. En símbolos, himnos y retórica la unión es una pieza mágica que obrará milagros. Es lógico: en los orígenes de la izquierda hacer frente común contra los explotadores era cosa de vida o muerte, a veces literalmente. Y sin embargo la realidad es que la izquierda nunca ha estado unida. No es preciso apelar a insolencias, liderazgos absorbentes o traiciones: la lucha por la emancipación también ha exigido, y exige, una imaginación fértil, adaptativa, que permita sobrevivir en un medio hostil: eso diversifica la especie. Dice Walter Benjamin que la historia de la cultura se escribe con documentos de barbarie, y debe ser verdad, si lo sabría él. Contra esa barbarie la izquierda se alzó con maneras necesariamente distintas, incluyendo la distinción indigna de bárbaro verdugo. El arco iris de sensibilidades enriquece y empobrece a la izquierda, pero es lo que hay. Se llama dialéctica. Pero a veces la izquierda sufre más y pone en el centro de su corazón herido, otra vez, la nostalgia por la unidad que nunca fue: así, en nuestras sociedades democráticas la necesidad de unión se incrementa cuando se rompe la cohesión social. O sea, que cuando la unión es más necesaria es cuando más difícil es de construir, porque duelen más las viejas heridas y siempre hay viejas heridas, viejas cuentas que saldar. Téngase en cuenta, porque peor que las diferencias son tremendas las diatribas que en nombre de la unidad usan para insultarse los hermanos. Son muy aburridas.