Por Javier TERRIENTE

1-Una Santa Alianza a la española

De repente, la Patria insomne, la eterna, la que nos ha legado la tradición remota que alcanza cuando menos a los Reyes Católicos, se ha puesto en marcha para la librar la gran batalla final contra el desafío soberanista.

La ha resucitado Rajoy con su anti politicismo habitual y la ha estimulado Rivera, resucitado por un dogmatismo patriotero largamente aplaudido. A la cita ha acudido puntualmente Aznar y todos cuantos hicieron posible identificar la marca España con el latrocinio y el saqueo de bienes públicos de manera impune y sistemática.

Por Javier TERRIENTE

3.- Un acuerdo con fórceps

La elección de Pedro Sánchez al frente del PSOE, ha venido acompañada de una propuesta de compromisos por la izquierda, que ha vuelto del revés la estrategia de Podemos de confrontación directa con la Trama y la Trilateral del Sistema. Del Podemos cara a cara frente al bipartidismo, al juntos podemos, sin transición alguna, ¡qué de vueltas da la vida!

Por Javier TERRIENTE

1.- ¡Minorías al poder!

De cómo un partido grupuscular, y crepuscular, en el ocaso de su trayectoria, ha sido capaz de controlar la organización de Podemos en Andalucía y otros lugares, con la inestimable ayuda de la dirección estatal, mientras sus oponentes se fragmentan a su paso,  es digno de figurar en los Planes de Estudios de la Facultad de Sociología de la Complutense  como un clásico de la conspiración política.

Por Javier TERRIENTE

La excepcionalidad como norma

Las razones por las que un grupo humano renuncia a una parte de su libertad, voluntaria y democráticamente, en favor de la autoridad y la autonomía de un líder, son difíciles de entender. Sólo la sensación de peligro inminente ante una amenaza real para la seguridad procedente del exterior, o el riesgo inmediato de una gravísima eclosión interna, pueden explicar situaciones semejantes.

Por Javier TERRIENTE

1+ (-1) = 0

Parece ser que la llamada confluencia política de la izquierda se ha convertido en un novísimo Santo Grial, que permitiría un cambio radical en la correlación de fuerzas en las próximas elecciones generales. Poco a poco se ha ido generando desde los grandes medios de comunicación una suerte de razonamiento místico o tautológico en torno a un juego de palabras circular: sumergirse en la confluencia sería como purificarse en las aguas del Jordán, que absolvería de sus pecados pasados a Podemos, permitiéndole el ingreso en la cofradía de los creyentes verdaderos. No hacerlo, equivaldría a un crimen de lesa traición. ¡Ay, amenazan, si Podemos se atreve a rechazarla tras las elecciones catalanas, asumirá de por vida la responsabilidad de la derrota de las clases populares en las generales

¿Sin embargo, de qué se trata cuándo se habla de confluencia?

Por Javier TERRIENTE

Como siempre ocurre en periodos electorales, las diferencias entre el PSOE y PP suelen extremarse, con una notable falta de memoria del primero y un gran manto de mentiras  en el caso del segundo, a la espera de que una vez alcanzada la hipótesis de un cambio de gobierno se diluyan bajo un pragmatismo responsable, en cuyo nombre   caben toda clase de atropellos, redes corruptas y anomalías democráticas. El problema de este llamado pragmatismo responsable, tan apreciado por los viejos partidos de orden (frente a la amenaza de los “populismos irresponsables” que lo cuestionan), es que al ampararse en lo existente como la única realidad posible y disolver en lo cotidiano el horizonte de lo deseable, proclama sin pudor la caducidad de las políticas de reformismo fuerte y el fin de las ideologías emancipatorias. Ello conduce inevitablemente a estimular mecanismos bipartidistas que favorecen un nuevo reparto espurio de las instituciones estatales. Estas semejanzas, que se encuentran en el origen del descrédito que amenaza la legitimidad del sistema de partidos, se agrava ante el hecho de que la izquierda tradicional vive empantanada en un proceso de crisis permanente, derivada de su incapacidad para pensar y actuar en la perspectiva de las nuevas magnitudes que caracterizan este cambio de época. Eso le impide, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, ejercer de portavoz de una verdad irrefutable acerca del devenir histórico y las tareas esenciales de la clase obrera. Por el contrario, es una realidad dramática que antiguas verdades y reglas de la izquierda, que movieron casi desde la nada montañas de esperanzas, se convirtieron en dogmas de fe de una iglesia laica omnipotente y omnisciente, que solo encuentran refugio ahora en partidos crepusculares o en trance de serlo. No es casualidad.  Dirimir el carácter de izquierdas de una organización en virtud de una enumeración de autoproclamaciones en torno a la defensa escolástica del marxismo, la simplificación de la lucha de clases o el advenimiento de la III República, ya no basta. Se necesitan respuestas nuevas a la crisis inédita del capitalismo postfordista y a la emergencia de nuevas categorías sociales y profesionales, al empobrecimiento sin fin de las clases medias y a las crecientes desigualdades.