Foto Flickr: Cosmopolita
Foto Flickr: Cosmopolita

Por Ignacio MURO

Publicamos esta reflexión del autor que, aunque ya de hace unos meses, creemos que mantiene su actualidad.

No solo Hollande o Rubalcaba, no solo la socialdemocracia, también las izquierdas en su conjunto deben revisar la levedad orgánica de sus proyectos. Los errores en el diagnóstico del actual capitalismo regresivo se retroalimentan con déficits organizativos y de ideas que trascienden al modo de elegir los candidatos, a veces el único test admitido de modernidad.

Se sobrevaloran los problemas de comunicación. La levedad del pensamiento se confunde con la ausencia de discurso, cuando el discurso es solo la forma en que se estructura y presenta lo que uno piensa. Las redes sociales son observadas como meros canales de información olvidando que pueden aportar una nueva dimensión orgánica a los movimientos políticos. No solo en Egipto. Cuando Chris Hughes, cofundador de Facebook, se ofrece para colaborar con Obama, éste le hace una petición que resalta el aspecto práctico de las redes: formar cuadros y grupos de apoyo para enriquecer las políticas sectoriales, financiar la campaña y ganar las elecciones. Las ganó y las ha vuelto a ganar aunque su experiencia del primer mandato demuestra que, sin estructuras partidarias estables, sin una izquierda social bien tramada, es difícil articular la defensa del reformismo progresista, más aún, cuando se confronta con una derecha compacta y agresiva a la que hay que disputar, como reclamaba Gramsci, “la hegemonía, los consensos, el sentido común” en economía, religión, justicia, educación o medios de comunicación.

Encontramos a Joannis Van der Meer en el Grand Café, en Gante, junto a la Ópera flamenca. Sentado en una mesa al lado del ventanal, está leyendo la Gazet Van Antwerpen, el periódico local de la ciudad amberina. Sobre la mesa, un café americano y un Iphone que muestra todavía los últimos twits que le han llegado al veterano profesor de la ULB (Université Libre de Bruxelles). Habíamos quedado el día anterior por teléfono a fin de hablar de lo que está pasando en Europa y de los últimos acontecimientos relacionados con la Huelga general en los países sureños.

Gante. Foto: Inés Saraiva

En Campo Abierto: Profesor, ¿Qué le parece la convocatoria de huelga general en el mismo día para los países del sur, Portugal, España, Grecia e Italia? ¿Cree que esto puede significar una nueva fase en la respuesta social ante la política que están desarrollando los gobiernos europeos?

Joannis Van der Meer: Es evidente que esto significa un cambio de fase, una apertura a una dinámica distinta a la que venía siendo hasta ahora. De un activismo puramente nacional pasamos a un activismo de corte medio-europeo o ligeramente intereuropeo. La paradoja de esta crisis —paradoka que ya venía apuntándose desde hace años— es que las políticas que han ido construyendo un determinado modelo de Europa se han venido haciendo desde instancias “europeas”, es decir, continentales (Comisión europea, Consejo europeo, no hablemos del Parlamento europeo que ha jugado un papel muy subordinado en toda esta dinámica) mientras que la respuesta social, fundamentalmente sindical, ha seguido pautas nacionales. Ha funcionado la CES (Confederación Europea de Sindicatos) pero lo que podemos llamar “acción de respuesta” ha sido de carácter nacional. Salvo alguna que otra manifestación europea en Bruselas y alguna acción simbólica podemos concluir que hasta el 14 de noviembre los sindicatos establecían su respuesta a nivel nacional mientras que la ofensiva neoliberal y capitalista se hacía a partir de plataformas europeas y, lo que es más paradójico, con el peso de la ley, la normativa europea. Es una lucha desigual: frente a un capitalismo brutalmente neoliberal pero que utiliza todas las armas de la internacionalización —la primera de ellas la del capital transnacional— lo que hay es una sociedad que sigue encerrada en sus fronteras nacionales, estatales. Y algunas incluso, como en el caso de vuestro país con el caso catalán y vasco, con una muy fuerte tendencia a crear más minifundios sociales bajo el mito de las “banderas nacionalistas”.

Por Lorenzo CABRERA

Foto: Armando Camino

¿Rodeamos el Congreso, ocupamos los bancos o nos sentamos a esperar un programa político de izquierda? Hay almas sensibles que se quejan  por las acciones que determinados colectivos han realizando intentando aproximarse en manifestación al Congreso de los Diputados o muestran reparos ante las llamativas y simbólicas ocupaciones de algunos bancos. Algunos subrayan la necesidad de preservar el Parlamento, auténtico corazón de la Democracia, y los partidos políticos de la protesta callejera, otros advierten del peligro de unas movilizaciones con un proyecto políticamente confuso que derive hacia el siempre preocupante antipartidismo y el antiparlamentarismo. Del mismo modo, las ocupaciones de los bancos no han gozado de la extensión ni la insistencia necesaria y han sido tildadas de efectistas (irrupción de grupos flamencos que colgaban después su acción en Internet) o sólo simbólicas sin más y carentes del impacto social y político que sí han tenido, por el contrario, las acciones contra los desahucios.

A estos críticos no les falta en parte razón: en el movimiento, primero “ocupa” y después “rodea el Congreso”, se advirtieron muchas vacilaciones además de un planteamiento político rudimentario –seducidos tal vez por el Occupy Wall Street y la experiencia islandesa. La entrada en los bancos no ha logrado tampoco la traducción organizativa de un “Stop Desahucios” ni un impacto mediático contundente; quizás ello se deba a la discontinuidad de la acción, puede que a la dificultad de una respuesta amplia ante la cantidad considerable de entidades y sucursales bancarias y, sobre todo, a la falta de una propuesta concreta más allá de la simple denuncia. La ausencia de planteamientos o, cuando estos se dan en algunas movilizaciones, el carácter primario e impreciso de los mismos, nos recuerda la necesidad de elaborar un proyecto político que dé sentido a las acciones que, sin lugar a dudas, continuarán sucediéndose en nuestro país. Se corre el peligro de que esas acciones de protesta, si no se consigue traducir “el cabreo en poder”, que diría mi amigo Carlos Arenas, vayan languideciendo y deriven en una siempre peligrosa frustración. De ahí la necesidad de un proyecto político con vocación de gobierno que dé sentido a las movilizaciones y proponga formas de adquirir poder. Pero las acciones no pueden detenerse a la espera de que un supuesto laboratorio de ideas presente el ansiado programa de transformación. Proyecto o programa y acciones y movilizaciones se retroalimentan o, para decirlo con un concepto clásico, constituyen un proceso dialéctico. Las respuestas no pueden esperar, claro está, a que ese programa se haya elaborado pero las movilizaciones continuas estarán abocadas a la esterilidad o a una radicalización de sesgo contrario al deseado si no las guía un proyecto político definido. Pero, ¿quién y cómo se va a elaborar ese proyecto? La construcción de ese proyecto será el resultado de las experiencias en las acciones de calle y el estudio de las mismas, de movilizaciones siguiendo la estela de un programa político de cambio y de la asunción sopesada en ese programa de las reivindicaciones que se reclaman, así como su defensa en las instituciones democráticas del Estado.

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

 Esta reflexión, irónica, aguda y escéptica, nos la reenvía nuestro colaborador Javier Velasco. Merece la pena perder unos minutos para leerla, aunque estos tiempos no estén para la melancolía. 
Foto: Imagen en acción

Ser de izquierdas significa que no te gusta este mundo y quieres cambiarlo. Pero para cambiarlo tienes que conocerlo. Implica aprender que todo es complejo y que lo obvio suele ser mentira. Y una vez que lo descubres tienes que explicarlo… ¡casi na!

En el mundo de derechas todo es claro y obvio: Lo mío es mío y nadie me puede obligar a ser solidario; somos ricos porque somos listos y trabajadores, mientras los pobres son perdedores natos por vagos; la crisis se produce porque hay un montón de funcionarios que nos chupan la sangre; yo no tengo obligaciones nada más que con mi familia; los moros son sucios, traidores y misóginos, etc... ¡Es todo tan natural! Pensando así te encuentras seguro y risueño. Y cuando la cosa no está tan clara se recurre a la Autoridad (a menudo religiosa) que te resuelve el problema porque es la que sabe y puede. Ser de derechas es gratificante.

Ser de izquierdas implica estar sumido en la cultura de la duda  y la desconfianza respecto a lo establecido (lo natural) como método para cambiarlo. Eso te hace aparecer como aguafiestas, huraño y resentido. Decididamente antipático.

El paso de la izquierda por el poder

Por Lorenzo CABRERA

¿Qué ocurre después del paso de la llamada izquierda por el Gobierno del país, de una comunidad, de un ayuntamiento? ¿En qué ha conseguido cambiar, si es que lo ha hecho, el país, la comunidad, la ciudad o el pueblo donde gobernara? Para una crítica mostrenca pero que goza de predicamento en la actualidad, los males que han sobrevenido últimamente a España se deben a los años de gobierno de esa llamada izquierda que la ha dejado hecha unos zorros. Como si de pueblos bárbaros se tratara, han pasado por las instituciones con una política de tierra quemada. Plantear en estos términos la situación te da un margen de aparente legitimidad a corto plazo (sobre todo, si has ganado, como es el caso, por mayoría absoluta) para aplicar durísimas medidas de ajuste y socavar los avances democráticos conseguidos hasta la fecha. Tu política, prevista aunque no formulada en campaña electoral (disposiciones económicas impopulares y limitaciones en el estado de derecho), encuentra el aval de la “herencia recibida” para justificar tales tropelías. Podrá juzgarse que, en ocasiones, ha ocurrido algo similar: se sale de las instituciones dejando atrás un reguero de desaciertos, el empleo abusivo y fraudulento de las instituciones del Estado o sencillamente prácticas económicas corruptas. Pero, con ser importantísimas, estas razones no son las únicas para el desafecto que se ha producido en el electorado de izquierda.

Por Lorenzo CABRERA

Panel de anuncios del 15M. Foto: Julio López Saguar

Algo huele a podrido y no precisamente en Dinamarca. Nos viene por momentos un aroma a fiambre y sin querer pecar de triunfalistas ni ser excesivamente agoreros nos parece que lo que está por finar –si se nos permite la desmesura- resulta ser un modelo de crecimiento suficientemente conocido. China, el mayor tenedor mundial de bonos del Tesoro estadounidenses, recrimina al gobierno norteamericano que no reduzca su deuda y le exige tome medidas para preservar los intereses de los inversionistas, el  presidente de la otrora poderosa EEUU suplica a la canciller alemana que no someta a Europa a una política continuada de austeridad, su burguesía necesita mercados y se resiente, los índices de paro y de pobreza se mantienen al alza en el mundo, las deudas públicas de algunos estados alcanzan cifras impagables, la prima de riesgo sube en la mayor parte de países europeos y se desboca en el nuestro por encima de los 500, donde el bono a diez años se asoma al precipicio del 7%, se rescatan estados y sistemas bancarios, en busca desesperada de liquidez nuestro Gobierno concede una amnistía fiscal a los defraudadores, el dinero huye a los paraísos fiscales, que todos conocen pero que nadie interviene, se recurre a duras políticas de ajuste para ofrecer confianza a las grandes mafias financieras y especulativas… Qué pena, ahora, cuando más necesitados estamos de “sepultureros del capitalismo” y de “intelectuales orgánicos” que los dirijan, no se atisban por el horizonte.

             La sociedad se siente atenazada y perpleja. ¿Qué va a ocurrir? ¿Quién frena este despropósito? ¿Qué hacer? Somos muchos los que miramos a nuestra izquierda política en busca de respuestas y nos sentimos defraudados. Al comienzo de este último verano, el señor Rubalcaba, en un alarde de responsabilidad que le confirma como un estadista preclaro, leal y responsable, declaraba que no quería echar “gasolina sobre el fuego”. Cayo Lara, coordinador general de IU, crítico contumaz, hablaba de la crisis-estafa, exigía explicaciones y emplazaba al presidente del Gobierno a que las diera en sede parlamentaria. Entre tanto, el fuego se abate sobre los más desfavorecidos de este país y chamusca precisamente a una parte importante del electorado de Rubalcaba y de Cayo Lara. Además, empezamos a ser muchos los que no nos conformamos sólo con la crítica justa al Gobierno y a los poderes de la derecha y queremos una voz que indique una salida, un proyecto viable.