Por Javier ARISTU

Ando sumergido en asuntos del pasado. Los del presente me tienen, ¿cómo decirlo?, algo aturdido y sorprendido, por lo que recurro a la vista atrás, a repasar fotos y mensajes de hace treinta o cuarenta años, intentando encontrar claves y señales que me alumbren algo en estos tiempos de actualidad rabiosa. Para entender el presente, me dicen amigos, hay que leer, al parecer, a Juan Carlos Monedero. Ya habrá momento. Vayamos, por ahora, nosotros a ese tiempo en que la democracia española recién comenzaba después de cuarenta años de dictadura.

Por Javier ARISTU

En estos momentos asistimos en España a un proceso de cambio político de gran interés. Dentro de unos años lo podremos analizar como uno de esos momentos en que un país, en su estructura político-electoral, sufrió una transformación significativa. No sé si mirando el terreno más estructural, el que constituye el fondo social y cultural de ese país, se podrá afirmar lo mismo. O, para ser más preciso, dudo que los cambios en la faceta electoral e institucional (parlamentos, ayuntamientos, gobiernos) que se están produciendo a lo largo de estos meses vayan a verse complementados con modificaciones sustantivas en el terreno de lo económico, de lo social y de lo que constituye la base estructural de un país. Dos entrevistas paralelas que he leído esta mañana en El País a dos jóvenes dirigentes de viejos y nuevos grupos políticos me inducen a ser escéptico y a comprobar las serias y profundas carencias que, en mi opinión, padece hoy el componente de la izquierda española que se llama rupturista o “del cambio”. Veamos.

Una de esas entrevistas, a Lara Hernández, 29 años, responsable de convergencia en IU, se centra en el objetivo de conquistar una Unidad Popular que según la política entrevistada parte del convencimiento de que “una sola fuerza no basta para transformar el país”, afirmación que, en cierto modo, rompe con todo el planteamiento que esa formación política había venido desarrollando en los últimos años, hasta el batacazo de las europeas y, finalmente, el éxito de las pruebas prácticas de Madrid, Barcelona y otras ciudades donde han triunfado candidaturas unitarias de amplísimo espectro. Bienvenida sea esa afirmación, como otras que transmite Lara Hernández: “entendemos necesario un espacio amplio, lo más amplio posible en el que no esté solo Podemos […] La unidad popular es un camino en el que no debiera haber líneas rojas para nadie. Creo que necesitamos construir la casa desde los cimientos, desde abajo y no desde el tejado”. Nadie desde un sentido de izquierda podría refutar esas afirmaciones. Pasa, sin embargo, que pueden sonar algo precipitadas o superficiales si no se acomete otro tipo de reflexión más de fondo. Pero pasemos a la otra entrevista.

Por Manuel ALCARAZ RAMOS

La genealogía de la izquierda está atravesada por el ideal de la unidad. En símbolos, himnos y retórica la unión es una pieza mágica que obrará milagros. Es lógico: en los orígenes de la izquierda hacer frente común contra los explotadores era cosa de vida o muerte, a veces literalmente. Y sin embargo la realidad es que la izquierda nunca ha estado unida. No es preciso apelar a insolencias, liderazgos absorbentes o traiciones: la lucha por la emancipación también ha exigido, y exige, una imaginación fértil, adaptativa, que permita sobrevivir en un medio hostil: eso diversifica la especie. Dice Walter Benjamin que la historia de la cultura se escribe con documentos de barbarie, y debe ser verdad, si lo sabría él. Contra esa barbarie la izquierda se alzó con maneras necesariamente distintas, incluyendo la distinción indigna de bárbaro verdugo. El arco iris de sensibilidades enriquece y empobrece a la izquierda, pero es lo que hay. Se llama dialéctica. Pero a veces la izquierda sufre más y pone en el centro de su corazón herido, otra vez, la nostalgia por la unidad que nunca fue: así, en nuestras sociedades democráticas la necesidad de unión se incrementa cuando se rompe la cohesión social. O sea, que cuando la unión es más necesaria es cuando más difícil es de construir, porque duelen más las viejas heridas y siempre hay viejas heridas, viejas cuentas que saldar. Téngase en cuenta, porque peor que las diferencias son tremendas las diatribas que en nombre de la unidad usan para insultarse los hermanos. Son muy aburridas.

Por Javier ARISTU

 Escrita esta entrada me llega muy de mañana la noticia de la muerte de Concha Caballero. Ha sido un impacto emotivo, me ha impresionado. Hace mes y medio Concha y yo nos escribimos a través del correo electrónico para confirmar su presencia en unos debates sobre Andalucía que estábamos organizando desde este blog. Me prometió su asistencia… “si mejoraba su dolor de espalda”. Pensé en males pequeños. No, algo grave la estaba ya rondando y esta noche nos ha dejado. Desde aquí el recuerdo más entrañable para ella.

 Si éramos pocos parió la abuela…nunca el refranero popular fue tan sintéticamente clarificador como ahora en Andalucía. Si en 2015 teníamos pocas elecciones a la vista en España —municipales, catalanas, generales— viene ahora Susana Díaz y nos lanza reclamos para que estemos preparados a las nuestras autonómicas en esta pre-primavera. El idilio PSOE-IU, si alguna vez lo hubo, se ha roto; el cariño, que nunca hubo amor, se acabó. ¡A las elecciones!

De entrada: pienso que  no están justificadas dichas elecciones ni hay elementos como para argumentar su adelanto. Seguramente que la Presidenta tiene los suyos, pero serán razones de su interno, que responden a motivaciones que a lo mejor no coinciden con las de los intereses andaluces. ¿Ganas de convocar? ¿Hastío de tener un socio inoportuno e impertinente? ¿Explicaciones en clave nacional? No voy a especular pero no veo, sinceramente, en las dificultades de cualquier gobierno de coalición nada que pueda ser resuelto en una mesa de negociación o en dos charletas en los pasillos. Así fue en el pasado y así tendría que haber sido ahora…pero al parecer Susana Díaz no puede más con ese socio inoportuno y tocapelotas, con perdón. ¿Qué hay que revisar lo del viaje al Sahara? Pues ya lo ha dicho Valderas, que se aplaza, se revisa y lo que quiera Susana. ¿Referéndum en junio en el interior de IU Andalucía? Seguro que Maíllo tendría posibilidades de reconvertir esa desgraciada decisión del impertinente socio en otra fórmula que permitiera seguir gobernando en coalición.

Por Javier ARISTU

De la emoción de Cayo Lara, que abandona la carrera de las primarias para encabezar la candidatura de IU, a la consagración de Pablo Iglesias como líder del nuevo proyecto que ya ha puesto patas arriba el sistema político español. Y el PSOE que inicia los pasos prácticos para hacer posible la reforma de la Constitución. Mientras, Rajoy anuncia que visitará Cataluña. Ha sido un fin de semana muy productivo desde el punto de vista de la dinámica de los procesos. 2015 anuncia que será uno de esas grandes añadas en nuestra historia política. Seguramente pasará a los manuales de esa materia.

Hablemos de Podemos, que es lo que toca. Poco más puedo añadir a todo el caudal de análisis y comentarios, no coincidentes necesariamente entre sí, que se vienen desplegando desde los medios. Podemos ha atrapado el centro del debate y difícilmente lo va a soltar. Izquierda Unida ha sido su primera víctima y ya veremos si el PSOE no le sigue. No comparto la línea de algunos comentaristas que ven en esta nueva formación la reencarnación de los males de siempre. Pero tampoco creo que todo lo que hay en Podemos sea novedad, innovación y renovación de la política. Vayamos por partes.

Por Sebastián MARTÍN

Atravesamos tiempos interesantes. El marco político no había sido tan incierto desde principios de los años 1980. La responsabilidad histórica que recae en las formaciones de izquierda es de notable envergadura. Ninguna de ellas, sin embargo, mantiene un discurso público que registre, sin reparos, las dificultades a la vista, y señale, con tangible concreción, las medidas practicables. Imbuidas de retórica electoralista, las tres formaciones principales de la izquierda estatal juegan a la ocultación. Proyectan a la ciudadanía un mensaje irreal, que nadie puede creerse, salvo que medien grandes dosis de ingenuidad.

Los líderes del PSOE repiten sin cesar que son una «fuerza de gobierno». No quieren ni oír hablar de pactos porque aspiran a obtener una mayoría suficiente para gobernar en solitario. Se siguen presentando como la única formación de izquierdas en España con credibilidad suficiente como para ganar unas elecciones. Apelan a su historia para transmitir la idea de que un partido con más de una centuria no puede ser víctima de una coyuntura pasajera. Rechazan con acritud, enarbolando sus logros pasados, cualquier crítica procedente de otras sensibilidades. Desprecian lapidariamente o ignoran las nuevas alternativas.

Por Pedro E. GARCÍA BALLESTEROS

Foto: FAPAR

Es evidente la existencia de los mismos planes de ajustes y recortes sea cual sea el signo político del gobierno de turno: aumento de impuestos e inmediatos y grandes recortes de la masa salarial de los funcionarios, los cuales en su mayoría pertenecen a la educación o la sanidad. Pero lo que me gustaría comentar no es tanto esos hechos evidentes y palpables sino los discursos usados para su justificación, la retórica política. Hasta ahora, los hechos se iban identificando cada vez más, eran similares pero al menos los discursos pretendían diferenciarse. Creo que es inquietante que hasta los discursos comiencen a parecerse, a tener paralelismos evidentes. Esperanza Aguirre (o la cólera de Dios del Tea Party hispano) anunciaba sus recortes como solidarios, es decir, los funcionarios madrileños debían aceptar sus recortes de sueldos porque de esta forma se evitaba el despido de miles de interinos. Nuestra Consejera de Economía andaluza, antes y después de no negociar absolutamente nada con los sindicatos, los presentaba como injustos pero también apelaba a la solidaridad para no despedir a trabajadores de la función pública.

Por Lorenzo CABRERA

Ahora que ya está formado el nuevo gobierno en Andalucía y consumado, por tanto, el acuerdo PSOE e IU, de nada vale volver a la interpretación sobre los resultados de las elecciones autonómicas y al supuesto mandato que el electorado andaluz dictó en las urnas. Quienes nos han repetido hasta el hartazgo que el PP ha sido la fuerza política más votada en estas elecciones decían una verdad incontestable, pero era también de numérica claridad que ni tenían la mayoría absoluta para gobernar ni han conseguido apoyo parlamentario alguno para conseguirla. Por contra, a quienes afirmaban contar con mayoría de izquierda necesaria para formar gobierno, podrá objetárseles que hacían una interpretación sesgada del voto y, por tanto, un análisis forzado de los resultados electorales, pero es evidente que, sin entrar ahora en la valoración siempre compleja de qué entendemos por izquierda en nuestro país y si lo son todos los que así se proclaman, una cosa es indudable: la mayor parte de los que ejercieron su derecho al voto prefirieron que el PP no se constituyera en el partido gobernante. Y lo que es más importante aún, las dos fuerzas políticas que recogieron esa mayoría han optado por establecer un pacto  y gobernar conjuntamente. Se trata, pues, de un pacto legalmente válido. Y lícito, si como ambas aseguran,  los puntos recogidos por escrito en un llamado Acuerdo para Andalucía no invalidan ni incumplen los respectivos programas con los que concurrieron por separado a las elecciones. No piensan así, claro está, aquellos de entre la minoría de IU que ha perdido el referéndum y denuncian lo acordado como una dejación programática.