Por Javier ARISTU

Las escenas de los refugiados de Siria, Irak y otros países de esa zona conflictiva nos han impactado a todos. Llevaban en campos, hacinados como animales, desde hace ya bastante tiempo pero ha bastado que una cámara de televisión capte el momento de su invasión por las fronteras húngaras o austriacas para que toda Europa, todos los ciudadanos europeos, reaccionemos emotivamente. Ha bastado la foto del crío Aylan para que toda la conciencia humanitaria que llevamos dentro de nosotros salte como un resorte. Sin duda, es positivo que ante este tipo de agresiones a nuestra conciencia reaccionemos por todas partes pidiendo que vengan los refugiados a nuestras casas, que los ayuntamientos se conviertan en casas de acogida, que la gente normal y sencilla se vuelque en apoyo y ayuda de estos invisibles sufrientes que ahora ocupan -¿hasta cuándo?- las primeras páginas de los periódicos y las noticias de impacto de las televisiones.

Por Javier ARISTU

De un tiempo a esta parte los medios de comunicación vuelven a incluir en sus primeras páginas noticias relacionadas con la inmigración. Generalmente a partir de accidentes o acontecimientos donde la muerte —del inmigrante— está presente. Lo más reciente lo hemos visto en Lampedusa, la isla italiana más meridional, donde el pasado octubre decenas de polizones procedentes de África perecieron cerca de su costa. Fue una tragedia que sacudió las conciencias y motivó, una vez más, una reflexión sobre las políticas migratorias que Europa gestiona. Pero a veces no son necesarias las muertes para que la primera plana salte de nuevo con el asunto. Sólo hace falta que un ministro del Interior francés, de apellido catalán Valls, y de carnet socialista, se dedique a expulsar del país a rumanos, separando además a la familia, aunque esa niña rumana esté perfectamente integrada en la sociedad, asista a sus escuelas normalizadoras y hable perfectamente francés. O bien tampoco hace falta que muera nadie para que sepamos que en el Reino unido, el país pionero de las libertades civiles, se impide, vulnerando la política europea firmada por ellos mismos y la carta de derechos humanos, firmada por sus gobiernos, que los ciudadanos europeos de origen rumano o búlgaro puedan trabajar en ese país. Son “europeos” pero no pueden trabajar en Europa con los mismos derechos que los demás. Y, finalmente por ahora, la noticia vuelve a saltar cuando a un gobierno español se le ocurre colocar una valla de cuchillas cortantes —las ya famosas “concertinas disuasorias”— pensando que de esa forma va a frenar la llegada de africanos a nuestro país.

Hace unos meses publicamos en este blog la traducción de un artículo de Zygmunt Bauman sobre la globalización: El futuro entre mercado y naciones-estado. Haciendo zapping por la prensa europea nos topamos ahora con esta entrevista al sociólogo polaco realizada hace tres días. Aunque repite algunas de sus ideas ya formuladas en aquel artículo creemos interesante publicar la traducción de esta entrevista por algunas reflexiones paralelas que contiene.

J.A.

«La razón de esta crisis, que al menos desde hace cinco años afecta a todas las democracia y a sus instituciones y que no se sabe cuándo ni cómo acabará, es el divorcio entre la política y el poder ». Zygmunt Bauman no se anda con rodeos. No por casualidad posee el don de lo que Charles Wrigt Mills llamaba la imaginación sociológica, la capacidad de condensar en una frase, en una idea, la realidad de toda una época, y el gran estudioso polaco lo ha conseguido con su metáfora de la “Vida líquida” y de la “Modernidad líquida” (¿qué hay más inaprensible o evasivo que el agua y sus flujos?) para describir con genial claridad la precariedad y la inestabilidad de la sociedad contemporánea.

Él, líquido no lo es en absoluto; más bien es un hombre de hierro, un octogenario que da vueltas por el mundo sin descanso (¡viaja en torno a cien días al año entre conferencias y debates!). En esta ocasión lo tenemos en Mantua donde ha intervenido en el marco de Festivaletteratura en un debate sobre educación. No hay signos de cansancio en su austero físico o en el enjuto y marcado rostro reavivado por ojos centelleantes, mientras habla en una sala de la Logia del Grano unos días después de la publicación italiana de su nuevo libro Cose que abbiamo in comune (Cosas que tenemos en común), editado por Laterza.