Por Alain SUPIOT

La Fundación 1 de Mayo acaba de publicar el discurso que Alain Supiot dio en noviembre de 2012 para celebrar su entrada como profesor en el Collège de France, prestigiosa institución académica francesa, con notable presencia de investigadores sociales. Con el título de Grandeza y miseria del Estado social, Alain Supiot desarrolla una exposición acerca de la situación actual del mismo, tras la crisis industrial de los años 70 del pasado siglo y en pleno caos financiero, analizando sus causas y abriendo vías y perspectivas muy interesantes de las nuevas formas de solidaridad. Recomendamos la lectura del texto completo en el sitio de la Fundación [DESCARGAR] La traducción ha sido realizada por Pedro Jiménez Manzorro y Javier Aristu Mondragón.  Mientras, ofrecemos un breve extracto del mismo.

 

Solidaridad en su sentido más amplio designa eso que solidifica a un grupo humano, sin prejuzgar la naturaleza y la composición del aglutinante que mantiene juntos a los miembros de ese grupo. Tiene así una generalidad y una neutralidad que no poseen ni la noción de caridad (y menos aún su avatar contemporáneo: el cuidado, care), ni  la de fraternidad (que reclama un ancestro mítico). Esta es la razón por la que el concepto de solidaridad, a pesar de un empleo delicado, conserva un gran valor heurístico para estudiar la condición del Estado social en el contexto de lo que, con un término tan impreciso como omnipresente, se llama globalización.

Por Javier ARISTU

Entre 2008 y 2009 una oleada de suicidios recorre la empresa France Télécom, la  sociedad reina de las telecomunicaciones en Francia. En concreto, la justicia constata que  35 trabajadores se suicidaron entre esas fechas. Previamente, entre 2006 y 2008, la empresa había despedido —en las ya famosas “reestructuraciones”— a 22.000 trabajadores y había cambiado las funciones a otros 10.000. Ante tal cúmulo de suicidios, los sindicatos protestan, la inspección de trabajo hace su informe y, finalmente, la justicia interviene: se constata el acoso laboral debido a factores como que “el grupo empresarial ha puesto en marcha métodos de gestión de personal que han dado como resultado debilitar psicológicamente a los asalariados y ha afectado a su salud física y mental”. La investigación judicial llegó hasta su máximo ejecutivo, Didier Lombard, el consejero delegado. Este, ante este drama nacional —porque 35 suicidios de trabajadores de una empresa puede ser calificado de drama si no tragedia— declaró: “Soy consciente de que los trastornos que ha sufrido la empresa han podido provocar trastornos o problemas. Pero rechazo fuertemente que estos planes indispensables para la supervivencia de la empresa hayan podido ser la causa de los dramas humanos citados como apoyo de las denuncias judiciales”. Tras estas palabras, la incógnita que nos queda por aclarar es ¿se suicidaron esos 35 trabajadores por amor? Sabemos que Monsieur Lombard tuvo que dejar su puesto en 2010.  Para conocer un análisis más a fondo de este caso puede consultarse el trabajo de Pino Ferraris en Francia – I suicidi sul posto di lavoro,  traducción  a cargo de la Escuela de Traductores de Parapanda (ETP), con sede en Pineda de Mar.

Por Gaël BRUSTIER et Jean-Philippe HUELIN

¿Por qué en toda Europa los partidos de izquierda se muestran impotentes para capitalizar la mayor crisis desde la segunda guerra mundial? Esta es la cuestión que se plantean dos socialistas franceses, Gaël Brustier et Jean-Philippe Huelin, que ya en su libro publicado en 2011 Voyage au but de la droit (Viaje al fin de la derecha, ed. Mille et Une Nuits) desarrollaban este  asunto. A continuación reproducimos un extracto de la introducción a dicho libro.

Hemos asistido al nacimiento de una burguesía financiera transnacional  despegada de aquellas preocupaciones que fueron las de la burguesía nacional industrial. Y este fenómeno, observable en Francia, atraviesa toda Europa. En consecuencia, la geografía social de nuestro país ha cambiado también, pero es sobre todo a nivel de las ideas, de las representaciones colectivas,  de las organizaciones políticas y de la vida intelectual donde la mutación se ha dejado notar. Cuando investigamos el movimiento de las ideas, y los movimientos electorales, al recorrer el paisaje político europeo y occidental, nos interesa comprender el fenómeno de derechización que parece actuar como un torbellino político y afectar, una tras otra, todas las sociedades occidentales. ¿Quién ha sido el más afectado electoralmente? ¡Las socialdemocracias!  En cuanto la crisis da una oportunidad a las izquierdas occidentales la protesta pasa a la derecha! Para comprender el sorprendente movimiento de derechización de las sociedades occidentales, y en particular el de Francia, no hace falta convocar a una improbable batalla de «la modernidad» contra los enemigos encarnados por «la derecha».

 Le Nouvel Observateur: Usted acaba de publicar un resumen de «El capital en el siglo XXI». Es tanto un libro de historia como de economía, en el que usted escribe también que Balzac o Jane Austen describen fielmente los problemas del reparto de la riqueza y el patrimonio. ¿Es esta una forma de decir que la economía es incapaz de suministrar por sí sola las buenas respuestas al estudio del capital?

Thomas Piketty: Sí, por supuesto. En ese libro trato de escribir la historia del capital desde el siglo XVIII, y de sacar las lecciones para el futuro. Para conseguir algunos progresos en cuestión tan compleja es evidente que hay que proceder con pragmatismo y utilizar métodos y enfoques propios de los historiadores, de los sociólogos y de los politólogos más que de los economistas. En ese trabajo, primero busqué reunir la serie más completa posible de fuentes históricas sobre la dinámica de los ingresos y patrimonios, relativa a tres siglos y más de veinte países. Eso me permitió retomar el hilo de las grandes controversias sobre estas cuestiones, desde Marx a Kuznets, pasando por Malthus y Leroy-Beaulieu, pero con muchos más datos.

Por Javier ARISTU

Carlos París falleció el pasado fin de semana. Con él desaparece una figura muy importante de la filosofía española y de la generación de intelectuales españoles que desde el temprano franquismo intentaron reencontrar zonas de contacto con  el pensamiento anterior, el de la república, y con  el europeo. Carlos París, nacido en 1925, vive sus primeros años escolares en la II República pero tendrá que pasar por la universidad franquista, por aquella facultad de Filosofía y letras donde, según nos cuenta, el escolasticismo y el dogmatismo anacrónico debían campar por sus respetos. París simboliza, como otras figuras ya muertas y otras todavía afortunadamente en nuestra presencia, esa generación, o esas generaciones, que no tuvieron la posibilidad de crear su pensamiento en plena libertad y democracia. Fueron generaciones de resistencia, de dura resistencia frente a la intolerancia, la dictadura y la represión. Y así y todo crearon pensamiento que permanecerá por mucho tiempo.

Por Alain FRACHON

Probable candidato a la nominación republicana para las elecciones presidenciales de 2016, el americano Mario Rubio repite al periodista el edificante cuento de hadas de su infancia en Miami. El senador de Florida lo cambia un poco según el público pero, en esencia, trata de la historia de una familia de inmigrantes cubanos que, a fuerza de trabajar y de privaciones, envía a sus hijos a la universidad. Y estos alcanzarán así en los años 70 los niveles de la clase media, corazón mítico de América.

Hoy eso ya no es posible, observa el senador. Con sus salarios, él, de camarero, y ella, de oficinista en un hotel, sus padres terminaron perteneciendo a dicha clase media y pagando los estudios a sus hijos. Con los mismos oficios en 2014 ellos no tendrían posibilidad de hacerlo igual, no ganarían lo suficiente. El “sueño americano” ha pasado a estar “fuera de su alcance”, ha dicho Rubio durante los actos de las ceremonias del 50 aniversario de la “Guerra contra la pobreza”, lanzada por el presidente Lyndon Johnson en enero de 1964.

Por Javier ARISTU

De un tiempo a esta parte los medios de comunicación vuelven a incluir en sus primeras páginas noticias relacionadas con la inmigración. Generalmente a partir de accidentes o acontecimientos donde la muerte —del inmigrante— está presente. Lo más reciente lo hemos visto en Lampedusa, la isla italiana más meridional, donde el pasado octubre decenas de polizones procedentes de África perecieron cerca de su costa. Fue una tragedia que sacudió las conciencias y motivó, una vez más, una reflexión sobre las políticas migratorias que Europa gestiona. Pero a veces no son necesarias las muertes para que la primera plana salte de nuevo con el asunto. Sólo hace falta que un ministro del Interior francés, de apellido catalán Valls, y de carnet socialista, se dedique a expulsar del país a rumanos, separando además a la familia, aunque esa niña rumana esté perfectamente integrada en la sociedad, asista a sus escuelas normalizadoras y hable perfectamente francés. O bien tampoco hace falta que muera nadie para que sepamos que en el Reino unido, el país pionero de las libertades civiles, se impide, vulnerando la política europea firmada por ellos mismos y la carta de derechos humanos, firmada por sus gobiernos, que los ciudadanos europeos de origen rumano o búlgaro puedan trabajar en ese país. Son “europeos” pero no pueden trabajar en Europa con los mismos derechos que los demás. Y, finalmente por ahora, la noticia vuelve a saltar cuando a un gobierno español se le ocurre colocar una valla de cuchillas cortantes —las ya famosas “concertinas disuasorias”— pensando que de esa forma va a frenar la llegada de africanos a nuestro país.