Por Javier VELASCO MANCEBO

Un juicio se realiza con la base de muchas ideas. Las ideas en que se basan los juicios deben ser muchas y verdaderas, nunca falsas. Desde que el mercado impera en  nuestras vidas, los juicios adolecen de poca calidad. Los juicios solo necesitan que sean aceptados por el mercado y que se incorporen al llamado sentido común, que, como podemos observar en muchos casos, puede ser un sentido falso, que no se apoya en ideas verdaderas. Lo mismo pasa con los juicios que se producen en el periodismo y en la televisión y, por supuesto, en el mundo político, empresarial o científico; en este último caso, los objetivos de investigación están sometidos, en la mayoría de los casos, al sentido común liberal y competitivo. La confusión con términos como tecnología, innovación, investigación, excelencia, etc., son un ejemplo del desconcierto que subyace en el forcejeo que existe por imponer una precisa interpretación de la realidad.

Entrevista a Luciano Gallino

Luciano Gallino es un sociólogo italiano de primera línea, especializado en asuntos del trabajo. Hace unos meses publicó en Italia un libro muy comentado, Vite rinviate. Lo scandalo del lavoro precario (Vidas aplazadas. El escándalo del trabajo precario, ed. Laterza, 2014) donde analiza los fenómenos que están modificando la naturaleza del trabajo en nuestras sociedades y cambiando la relación de las personas con el mismo y de estas entre sí. Es un libro de combate en el que denuncia la mistificación que la ideología neoliberal hace de la llamada “flexibilidad laboral” como solución mágica al desempleo. Lo que viene a continuación es el extracto de una entrevista hecha al profesor Gallino en el acto de presentación de su libro en Turín.

Pregunta: Profesor Gallino, ¿por qué Vidas aplazadas?

Luciano GALLINO: Porque quien, por alguna razón, por propia elección o por mala suerte, se encuentra con que tiene que trabajar con una larga serie de contratos de corta duración, está obligado a aplazar continuamente decisiones importantes como comprar una casa, tener un hijo o establecerse en una ciudad en vez de en otra. Cuando uno se acerca a los cuarenta o se pasa de esos años se da cuenta de que, prórroga  tras prórroga, toda la vida ha sido aplazada a un futuro que no se sabe ya qué forma adquirirá.

Por Roger MARTELLI

 

Para comenzar: no sirve de nada descubrir la luna. ¿La Unión europea está dominada por el liberalismo, “ultra” o “social”? Se sabe desde hace tiempo. ¿No es un espacio democrático sino el terreno por excelencia de la gobernanza? Hermoso descubrimiento. ¿Está desde su fundación estructurada por el capital, es hija de la guerra fría y de la hegemonía americana? ¡Ajá! ¿Sus promotores han querido siempre  hacer de ella un instrumento contra la transformación radical de las sociedades? Ya es hora de darse cuenta. ¿Los actuales líderes de la Unión, es decir, los responsables de los Estados nacionales, han decidido ir hasta el final de su lógica competitiva, desreguladora, tecnocrática y securitaria? Los que hemos conocido el referéndum francés de 2005 y sus consecuencias no necesitábamos este verano para saberlo.

Que por tanto dejen de repetir hasta la saciedad que aquellos que, desde hace años luchan por otra Europa viven en la ilusión de que el marco europeo actual es reformable sin tocar los mecanismos fundamentales. O bien hay que añadir que todos los que luchan dentro de cualquier institución, sea cual sea, comparten la ingenua convicción de que las sociedades de explotación y dominación en la que ellos trabajan pueden transformarse sin cuestionar las lógicas fundamentales que las rigen. Ahora bien, querer actuar dentro de un sistema no significa plegarse ante sus “coacciones”.

Por Javier ARISTU

Me fui de vacaciones y existía Europa, vuelvo de las mismas y Europa ha dejado de existir.

Así lo deduzco tras leer algunos artículos y entrevistas de diversos y distintos dirigentes y líderes de la izquierda llamada radical o alternativa. Europa ya no es terreno de contraste político y social, el marco de la Unión no merece que “la verdadera izquierda” esté en la misma. Salgámonos y creemos, fuera de Europa, la mejor de las sociedades posibles. Antes el horizonte se llamaba Grecia, Syriza y Tsipras. Ahora esos nombres son malditos, nos han traicionado, han tirado por la borda el encargo que desde nuestros países les habíamos asignado a los griegos: resistir, resistir, resistir, incluso a costa de sus propias vidas, pensiones y patrimonios. El antes revolucionario Tsipras ha pasado a ser un  traidor transformándose en el camino en un reformista de medio pelo. Un economista inteligente pero sin ninguna experiencia política llamado Varoufakis ha pasado a ser el nuevo referente de esa izquierda que sin querer nunca gobernar dice cómo hay que gobernar. Varoufakis es recibido de fiesta por un personaje tan indefinible como el ex ministro socialista francés Montebourg. Oskar Lafontaine, un histórico de la socialdemocracia alemana y líder espiritual de la izquierda alternativa de ese país, proclama que hay que romper el euro y volver a un “sistema de monedas europeo” y devolver a las naciones-estado su soberanía. Owen Jones, otra joven esperanza blanca de la izquierda británica (y magnífico ensayista y polemista, por cierto) proclama la necesidad de que la izquierda laborista británica lidere el abandono de la Unión. Garzón, nuestro líder del 4 por ciento, dice que había otras alternativas a lo hecho por Syriza en Grecia. Como la canción de Mina: parole, parole, parole…

Por Tom ANGIER

[Traducimos el siguiente texto de Tom Angier porque, a pesar de estar centrado especialmente en la sociedad británica, aporta algunas reflexiones interesantes sobre la crisis de la izquierda europea. El autor cree que se han abandonado los ámbitos tradicionales de la reflexión y la actividad de la izquierda, como son los estrictamente sociales y de clase, por otros denominados “de identidades” (especialmente los relacionados con las culturas y etnias, los de género y otros): ello ha provocado un colapso en la cultura de izquierda y un abandono de los tradicionales votantes de los partidos socialdemócratas. Frente a planteamientos “policiales y de seguridad” —como el reciente acuerdo antiterrorista del PP/PSOE— ante el reto del Islamismo radical, Angier plantea la necesidad y urgencia de reconstruir una política social europea que pueda resolver los problemas de marginación, pobreza y desigualdad que estarían en el fondo de esa amenaza.]

Con el ascenso de los partidos europeos de extrema derecha y de la izquierda radical los partidos socialdemócratas se enfrentan al reto de conservar su apoyo electoral en varios países de Europa. El primer problema con el que se encuentran los socialdemócratas es que ya no son tan atractivos en los distritos  tradicionales y entre las organizaciones que previamente habían servido para asentar su presencia en las comunidades, tales como sindicatos y cooperativas. Solo volviendo a sus prioridades tradicionales pueden los socialdemócratas tener la esperanza de que este declive se detenga.

Europa se encuentra en dificultades. Esto es evidente en el plano puramente político, en el que el proyecto de la UE provoca la indiferencia o la hostilidad por parte de un número cada vez mayor de los ciudadanos europeos, y la afiliación de los principales partidos ha descendido precipitadamente desde 1980. Es evidente en el plano económico, donde la riqueza se concentra en un pequeño número de manos, manos que no parecen estar unidas a ninguna nación o lugar en particular. Y es evidente a nivel de la sociedad civil donde el tejido social se está desarticulando, entre otras razones por el temor al Islam político, temor que no es atenuado por aquellos que lo reducen, de manera condescendiente, a una forma de locura o “fobia”.

Por Abdenour BIDAR

Querido mundo musulmán, soy uno de tus hijos alejados que te mira desde fuera y de lejos -desde este país que es Francia, donde tantos de tus hijos viven hoy. Yo te miro con mis ojos severos de filósofo alimentado desde su infancia por el tacawwuf (sufismo) y por el pensamiento occidental. ¡Yo te miro  pues desde  a partir de mi posición de barzakh, de istmo entre los dos mares de Oriente y de Occidente!

Y ¿qué es lo que veo? ¿qué es lo que yo veo mejor que otros  sin duda  porque justamente yo te miro de lejos, con el alejamiento de la distancia? Yo te veo en un estado de miseria y de sufrimiento que me vuelve infinitamente triste, pero que me vuelve todavía más severo mi pensamiento de filósofo. Porque yo te veo dando a luz un monstruo que pretende llamarse Estado Islámico y al que algunos prefieren dar un nombre de demonio: DAESH. Pero lo peor es que yo te veo perderte- perder tu tiempo y tu honor- en la negativa de reconocer que este monstruo ha nacido de ti, de tus vagabundeos, de tus contradicciones, de tu des-cuartizamiento entre pasado y presente, de tu incapacidad demasiado duradera para encontrar tu lugar en la civilización humana.

En efecto, ¿qué dices frente a este monstruo? Tú gritas “¡Este no soy yo!”, “ Esto no es el Islam”. Tú rechazas que los crímenes de este monstruo sean cometidos en tu nombre (hash-tag:”Not In My Name= No en mi nombre”). Tú te sublevas porque el monstruo usurpa tu identidad, y por supuesto tienes razón de hacerlo. Es indispensable que ante el mundo proclames así, alto y fuerte, que el islam denuncia la barbarie. ¡Pero es completamente insuficiente! Porque tú te refugias en el reflejo de la autodefensa sin asumir también y sobre todo la responsabilidad de la autocrítica. Te contentas con indignarte cuando este momento hubiese sido una ocasión histórica de volver a ponerse en cuestión.¿Y tú acusas en lugar de tomar tu propia responsabilidad: “Parad, vosotros los occidentales y todos vosotros los enemigos del islam, de asociarnos a este monstruo! ¡ El terrorismo no es el islam, el verdadero islam, el buen islam que no quiere la guerra sino la paz!”.

Por Francesco CANCELLATO y Marcello ESPOSITO

Para Nadia Urbinati la violencia de hoy es la furia de los derrotados. ¿La causa? La capitulación de la política.

nadiaPara quien no la conoce, bastaría decir que Nadia Urbinati, nacida en Rimini, es titular de la prestigiosa cátedra de ciencias políticas en la Universidad Columbia de Nueva York. O que fue premiada en 2008 con el título de Comendador al Mérito de la República Italiana, por “haber dado una contribución significativa a la profundización del pensamiento democrático y a la promoción de escritos de la tradición liberal y democrática italiana en el extranjero”. Pocos mejor que ella pueden ofrecernos instrumentos para interpretar cuidadosamente lo que está ocurriendo en esta difícil fase de la historia que, esperando que sea pasajera, seguimos llamando crisis. Y que cuanto más pasa el tiempo más frustración, desilusión y rabia genera.

 Profesora Urbinati, las recientes cargas policiales  contra los obreros de la Thyssen, los choques de Tor Sapienza, la agresión a Salvini [dirigente de la Liga Nord], el asalto a la sede del Partido Democrático en Milán, así como otras muchas protestas en la calle a lo largo de estas últimas semanas… ¿cuál es su lectura de tantos episodios de rabia y violencia durante este reciente periodo?

 No hay nada aparentemente que los una; son hechos independientes unos de los otros, protagonizados por sujetos que representan problemas específicos. Sin embargo, cada uno de ellos, además de denunciar un problema, pone el dedo sobre una política que no es capaz de resolverlo.

 ¿Es acaso la actual política impotente como nunca ?

 Podríamos decir que la tensión es la señal de que el compromiso entre trabajo y capital se ha roto; compromiso que, tras la segunda guerra mundial, acompañó al nacimiento de las democracias europeas. En el interior de este contexto, el del Estado-nación, capital y trabajo eran dos actores sociales bien organizados y protagonistas de una negociación que no podía perderse.

 Después llegó la globalización…

 Llegó también el fin de la Guerra Fría, que con sus Muros y sus Telones de Acero, imponía las fronteras del mundo. Mientras estas existieron sobre el mapa, fue posible en el interior de nuestro mundo que el que trabajaba plantease cuestiones y obtuviese respuestas. No era un mundo abierto. No se podía acceder a la fuerza de trabajo a coste cero del cuarto y quinto mundo. Estas fronteras -para los que permanecían dentro del primer mundo, donde había renacido la democracia- crearon, hicieron posible el control y el ejercicio del poder democrático, y el equilibrio entre clases.

Por Enrico MORETTI

La «gran divergencia» es uno de los desarrollos más importantes en la historia económica y social de la América de postguerra hasta nuestros días. La diferencia cada vez más marcada entre ciudades en lo que se refiere a nivel de desarrollo económico no es un fenómeno occidental sino el ineluctable resultado de fuerzas económicas con profundas raíces. La economía postindustrial, basada en el saber y la innovación, desarrolla una muy fuerte tendencia intrínseca hacia la aglomeración geográfica. En esta realidad, el futuro viene determinado por el pasado, y el éxito propicia posteriores éxitos mientras que el fracaso condena a otros fracasos. El término usado por los economistas norteamericanos es path-dependency. Ciudades y regiones capaces de atraer trabajadores cualificados y empresas innovadoras tienden a atraer a aquellos y a éstas cada vez más; las comunidades que no arriesgan trayendo trabajadores cualificados y empresas innovadoras, al contrario, pierden cada vez más terreno.

La creciente diferencia entre las distintas ciudades norteamericanas es importante no solo en sí mismo sino también por sus repercusiones sobre la sociedad americana.  Si bien es de naturaleza económica, la brecha está comenzando también a afectar a la identidad cultural, la salud, la estabilidad familiar e incluso a la política. El hecho de que los americanos con un elevado grado de instrucción se concentren en algunas comunidades y los menos instruidos en otras tiende a amplificar y exacerbar todas las posteriores diferencias socioeconómicas. Entre los habitantes de las distintas ciudades americanas se han producido, por ejemplo, notables diferencias en relación con las expectativas de vida, una diferencia que se ha profundizado en los últimos treinta años. Las tasas de divorcio, la criminalidad y la influencia política de las distintas comunidades se han ido también distanciándose. Son dinámicas que están reconfigurando de manera profunda la naturaleza de la sociedad americana, y que también Europa comienza a percibir de forma  creciente.

Por Manuel GÓMEZ ACOSTA

Este artículo hace referencia a la necesidad de la construcción de una estrategia industrial común a nivel europeo, que actúe como instrumento de planificación democrática, factor de innovación competitiva, motor de generación de empleo y de creación de capital humano. Es decir internacionalizar la economía europea para aumentar su presencia en la economía global. Por otra parte considera que el futuro de Europa es irrelevante desde la vertiente económica sin una estrategia energética basada en la seguridad energética, el combate contra el cambio climático y la competitividad económica. Por último, pero no lo menos importante, la construcción de Europa social debe hacerse desde el desarrollo económico y medioambiental sostenible, la oposición frontal al crecimiento desordenado y especulativo, que genera cada vez más costes sociales insoportables, en el combate contra la desigualdad y con el soporte de todos los ciudadanos europeos a partir de su participación a través de los diferentes grupos y organizaciones sociales y políticas involucrados.

 ¿Existe Europa? ¿Es posible una estrategia  industrial y energética  común?

 Mientras tanto, Europa se debate en un confuso movimiento de reconstrucción política, digestión del resultado de las últimas elecciones, nuevo Parlamento, incremento de las corrientes euroescépticas, tensiones nacionales, crecimiento de grupos anti sistemas, reivindicaciones de cambio y transparencia. Se han producido fuertes movimientos telúricos en el ámbito industrial y energético, dos vectores determinantes del escenario económico, que en muchos casos no han merecido la atención que requerían.

Durante el presente año, Europa ha sido “invadida” a través de fuertes flujos de capital de “megaempresas” transacionales que se han situado en posición de dominio en diferentes sectores estratégicos del continente, vinculados a las infraestructuras del transporte y de la energía, sectores farmacéuticos, telecomunicaciones…. Pero Europa no solo tiene la urgente necesidad de elaborar una estrategia industrial común para poder competir con los centros de poder económico exógenos a nuestro continente, sino un grave problema de seguridad energética que está condicionando su desarrollo futuro. A ello habría que añadir las repercusiones del conflicto ruso-ucraniano, que presenta dos elementos diferenciados y complementarios. Por una parte la necesidad de EE.UU. de seguir controlando Europa dificultando que la Federación Rusia pueda asumir un rol europeo; y por otra su repercusión en un área de gran trascendencia estratégica como es la geopolítica energética.