Por Carlos ARENAS POSADAS

No, por supuesto. España no es Libia, ni Irak, ni Siria ni ninguno de los países africanos a los que el imperialismo (que todavía existe) ha impedido crear estados robustos y estructuras políticas de autodefensa.

España, es el Estado más antiguo de Europa, nace (con reservas) en el siglo XV, pero quizás por eso es el más o uno de los más débiles. Mientras en el Viejo Continente, los países nuevos se cimentaron sobre la conciencia nacional de sus habitantes en el siglo XIX, en España, tal conciencia ha estado debilitada por múltiples causas motivadoras de fragmentación identitaria, localista, regionalista, sectorial,   etc., y todo ello a pesar del “machaca” continuado acerca de la “unidad de la patria”. Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces, dice el refrán.

Por Javier ARISTU

Algunos están hablando desde hace tiempo de una nueva transición. Otros se refieren al modelo político surgido de la Constitución de 1978 como el viejo régimen, con el que hay que romper. Por otro lado se habla de un proceso constituyente. Algunos dicen que con su simple presencia en el tablero han cambiado la política y que ahora se trata de cambiar de gobierno, lo que significa, obviamente, una reducción de las iniciales ambiciones. Líderes hay que propugnan un nuevo país. Como se puede deducir, en algunas zonas del debate político la cosa suena a crear una nueva situación, romper con el pasado e instaurar un nuevo modelo de convivencia política. ¿A través de la reforma o de la ruptura?

Por Carlos ARENAS POSADAS

El pasado viernes el suplemento literario de El País ha incluido un monográfico sobre nacionalismo e independentismo en Cataluña. Por ser más afín a mi formación, me interesó especialmente el suelto del historiador Santos Juliá sobre la diversidad de catalanismos existentes en el pasado, en el que resaltaba el contraste entre un catalanismo anterior respetuoso con la estructura territorial del Estado  y un catalanismo actual, antes minoritario pero ahora dominante, abiertamente independentista.

En esa trayectoria de un catalanismo a otro subraya el autor citado la importancia que ha tenido la relación de la economía catalana con el mercado. Es cierto; cualquier aficionado a la historia nota que fue decisiva en tal evolución la estrecha dependencia de aquella economía con respecto al mercado interior español hasta 1986 –y de ahí su respeto a la forma de Estado y su contribución a la gobernanza del país- y, posteriormente, con el cambio trascendental que supuso la entrada en el Mercado Común y la ulterior globalización que, por un lado, ensancharon las posibilidades de actuación pero, por otro, arrebataron las muletas proteccionistas y el favor del Estado que tanto habían servido al desarrollo absoluto y relativo de Cataluña. Puede explicarse por este motivo que algunos observadores contemplen el actual victimismo de los portavoces del independentismo –especialmente en relación a la balanza fiscal- como una actitud mezquina y farisea que por rasgarse las vestiduras en el momento presente, olvidan el ropaje de españolidad con el que se vistieron sus abuelos, por ejemplo, durante la guerra de Cuba, los aranceles proteccionistas de 1907 y 1923, la guerra sucia contra el sindicalismo a comienzos de los años veinte, la entrada de las tropas de Franco en 1939 o el desarrollismo selectivo del país en los sesenta.

Por Manuel GÓMEZ ACOSTA

Las líneas que vienen a continuación están escritas por un catalán nacido en Andalucía. Esos catalanes que lo son porque “trabajan y viven en Cataluña” y que han dado sentido y personalidad a esa sociedad. Están escritas desde la rebelión contra un pensamiento ortodoxo y totalizador, excluyente por nacionalista. Están publicadas en el blog hermano Metiendo bulla y como son de gran interés las reproducimos aquí.

Este artículo está escrito por un internacionalista, que comparte diversas identidades y que solo pretende ser un alegato contra todos los estereotipos: catalanes emprendedores; andaluces clases pasiva, unos trabajan,  otros practican el ocio remunerado… Sea  pues interpretada mi reflexión desde una llamada a la concordia entre todos los  ciudadanos y todos los trabajadores de las naciones y los pueblos de una España federal.

Leo con estupor el artículo de opinión publicado en La Vanguardia del pasado viernes 29 de noviembre titulado “La insolidaria Andalucía” que lleva la firma de Luis Racionerohttp://www.caffereggio.net/2014/11/29/la-insolidaria-andalucia-de-luis-racionero-en-la-vanguardia/

Parto del hecho de que todas las opiniones son respetables, pero que deben hacerse desde el rigor argumental, no desde la descalificación previa, ni desde el desprecio al que se considera gratuitamente inferior. El prolífico autor de obras tan interesantes como “Del paro al ocio” (1983),  “El Mediterráneo y los bárbaros del Norte” (1985 y 1996) hace tiempo que decidió cambiar de bando, migrando desde la reflexión liberal y moderna plena de luz mediterránea en donde apuntaba el liderazgo de la imaginación y la creatividad al mundo de las tinieblas del “hooliganismo”. Desde la Catalunya heterodoxa, hedonista, transgresora, liberal e integradora, abierta y cosmopolita al sectarismo de la exclusión, el patriotismo y las movilizaciones encuadradas , a cada manifestante sus coordenadas, longitud y latitud decididas por el GPS del organizador.

Por Javier ARISTU

Tengo que reconocer que no me hallo cómodo en los debates “identitarios”: me parecen, literalmente, una mejunje intelectual o, por ser más finos, un engañabobos. Ese tipo de marcos de discusión y acción —el de las identidades, señas nacionales, banderas, escudos, himnos y demás abalorios— ya sabemos que ha servido para, precisamente, ocultar o eliminar de las preocupaciones de la gente los verdaderos problemas que, creo que estaremos de acuerdo, son los que afectan a la vida material y diaria de la gente. No me seducen nada —nunca me sedujeron, para ser más exactos— los discursos que se basan en un pretendido expolio de una nación por otra; a decir verdad, sólo me han convencido los ejemplos históricos que mostraron, esto sí es verdad, la esclavitud que una elite nacional practicaba contra todo un pueblo: los de la India por el Reino Unido, por ejemplo, o los territorios bajo dominio colonial europeo en África (el Congo, emblemático), o el Vietnam francés… y tantos más que han pintado de sangre y sufrimiento la historia mundial de los siglos XIX y primera mitad del XX. Podríamos hablar en estos días de Gaza (Palestina, no lo olvidemos) y el sometimiento injusto y brutal al que la somete el estado de Israel. Son casos evidentes de un expolio integral del patrimonio, los recursos y la vida de un pueblo. Los que se refieren a los casos de Escocia, de Cataluña, como de otros territorios y sociedades europeas, son de otro tipo, nada que ver con el clásico capítulo de los “expolios de naciones”. Por cierto, si el lector quiere leer o escuchar (en inglés) un discurso histórico sobre la independencia de las naciones, vaya, oiga y lea el que Gordon Brown, antiguo premier británico, dio en Glasgow un día antes del referéndum escocés.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Me ha cogido la Diada en Barcelona. No he querido, por supuesto, vestido de rojo o amarillo,  ser un soldado más de las disciplinadas escuadras que han formado  la V de la Victoria por la Diagonal y la Gran Vía. Desarmado el ejército rojo, el federal, de izquierdas, de  la Barcelona abierta y humanista que yo conocí, las tropas nacionales parecen haber alcanzado los últimos objetivos …

Viendo los lemas de la manifestación, hay uno que me gustaría comentar:  “Ara és l´hora”. “Ara” porque coincide con el trescientos aniversario de la rendición de la ciudad de Barcelona (no de Cataluña en su conjunto) en 1714 a las fuerzas borbónicas -es decir, a los intereses franceses- en la guerra de sucesión. Ahora porque, repiten de carrerilla varios millones de telespectadores de TV3, la independencia será bien la solución de todos los males, bien la  manera más eficiente de pasar página a la España casposa de Rajoy, Aguirre, Gallardón, Montoro, Rouco, etc., bien una opción para que, fragmentando el territorio, el ámbito de decisión política, sea más fácil el cambio revolucionario.  

Por Ángel DUARTE MONTSERRAT

 El pasado viernes 5 de septiembre los amigos de Federalistes d’Esquerres se presentaron en Girona, ciudad en cuya universidad trabajo desde hace años. En rigor, desde hace décadas. Tuvieron la brillante idea de invitarme a participar en el acto y, junto a conspicuos federalistas, viejos combatientes por la libertad y el progreso social, jóvenes feministas y sindicalistas de siempre, tomé la palabra. Lo hice sin apenas notas. Y fue, la mía, una intervención pesimista, desesperanzada, sabedora de que (aunque justo, necesario y sigo creyente que genuinamente emancipador) el principio federativo va, en Cataluña, a contracorriente. Pocos días más tarde Javier Aristu me invitó a colaborar en este blog de referencia. No me resistí mucho. La amistad y la admiración por la labor que desarrolla En campo abierto es lo que tiene: que compromete. Lo que viene a continuación son, pues, unas notas, un tanto deslavazadas, sobre lo que dije.

Lo primero, lo inexcusable, dije, es constatar la realidad. Otoño de 2014 se presenta como un momento decisivo para el futuro de la sociedad catalana y española. No en todos los aspectos. Básicamente parece ser un momento clave en aquello que se refiere a las modalidades de articulación, o desarticulación, territorial de los pueblos, de las comunidades autónomas, de las regiones y naciones de España. La celebración de la Diada, el día 11, habrá dado lugar, cuando lean estas líneas, a una amplia, amplísima movilización ciudadana que, tras el llamado a defender el derecho a decidir constituye la expresión, pura y simple, de la hegemonía cultural alcanzada por el independentismo político. Más allá de la identidad, los otros elementos de la agenda decisoria –hasta llegar a el tot (todo) que exige la CUP- no son más, por lo menos a estas alturas, que la fantasía de numerosísimos sectores de la izquierda que, están convencidos, se situarán al frente de las multitudes para encauzarlas, en un proceso constituyente, hacia la defensa de un modelo de sociedad más justo y solidario.