Por Carlos ARENAS POSADAS

No hace tanto tiempo como para haber olvidado los epítetos con los que el común de los alemanes y de algunos pueblos nórdicos dedicaba a los pueblos latinos y especialmente a Grecia ante su situación de decadencia económica y de impago de la deuda: los del sur son gente indolente, acomodaticia, especialmente tramposa, que solo sabe poner hamacas en las playas para que las razas vigorosas y sus jubilados reposen en vacaciones. La humillación que el pueblo griego y su gobierno sufrieron tras el referéndum fue la culminación de una obra aplaudida por los “ahorradores” de las distintas metrópolis.

Por Javier ARISTU

Hace  menos de un año una parte considerable de fuerzas políticas de la izquierda no socialdemócrata, sin excepción, veían en Tsipras la pócima milagrosa para hacer posible el gran sueño de una izquierda transformadora y capaz de doblar el pulso al capital. Los vuelos a Atenas a codearse con el joven líder izquierdista se multiplicaron con una enorme rapidez. Un partido que hasta entonces era un minúsculo componente de esa “izquierda radical” que fluctúa por nuestro continente se convirtió, de repente, en el talismán de la batalla. Alexis Tsipras, el joven dirigente de esa formación política griega, y el núcleo de dirección de Syriza, habían logrado diferenciarse tanto de la socialdemocracia —mejor llamar al Pasok partido del social liberalismo a la luz de su práctica en los gobiernos que ha gestionado— griega como del comunismo del KKP, posiblemente el partido más ortodoxo, dogmático e intransigente de los que hoy permanecen con ese nombre. Tsiriza era el resultado de un interesante y dinámico proceso que llevó a esa “nueva formación política”, que en puridad ni es socialista ni es comunista, al gobierno de su país, Syriza pretende superar, en cierto modo, el campo de juego y el paradigma de la postguerra, hecho de confrontaciones, de bloques, de culturas políticas de izquierda enfrentadas y hoy, posiblemente, superadas. La radicalidad de Tsiriza era y es pareja a su novedad en el teatro de los partidos de las izquierdas europeas.

Por Luciana CASTELLINA

No soy griega y por eso este domingo no voto. Mucho menos estoy autorizada a sugerir a los griegos qué deben votar. Pero no se me ocurre decir que esta abstención deriva de que estos son asuntos que no tienen que ver conmigo. Si hace un año fuimos tantos los que nos reencontramos para defender (mejor, construir) una lista que se llamó «Otra Europa con Tsipras» no fue por causa de una extravagancia de modernos, porque Syriza estaba ganando y nosotros en Italia no. Fue porque comprendimos que el partido que Alexis estaba jugando con los monstruos del euro capitalismo era también nuestro partido.

Por esto hoy, al menos de forma virtual, votamos también nosotros. El cómo termine el asunto griego incumbe a todos los europeos. Porque el gobierno de Syriza ha abierto, finalmente, un contencioso de carácter general sobre lo que debe ser o no debe ser la Unión Europea, un asunto que está destinado a marcar nuestro futuro y por tanto a todos nos importa.

Por Javier ARISTU

Las escenas de los refugiados de Siria, Irak y otros países de esa zona conflictiva nos han impactado a todos. Llevaban en campos, hacinados como animales, desde hace ya bastante tiempo pero ha bastado que una cámara de televisión capte el momento de su invasión por las fronteras húngaras o austriacas para que toda Europa, todos los ciudadanos europeos, reaccionemos emotivamente. Ha bastado la foto del crío Aylan para que toda la conciencia humanitaria que llevamos dentro de nosotros salte como un resorte. Sin duda, es positivo que ante este tipo de agresiones a nuestra conciencia reaccionemos por todas partes pidiendo que vengan los refugiados a nuestras casas, que los ayuntamientos se conviertan en casas de acogida, que la gente normal y sencilla se vuelque en apoyo y ayuda de estos invisibles sufrientes que ahora ocupan -¿hasta cuándo?- las primeras páginas de los periódicos y las noticias de impacto de las televisiones.

Por Javier ARISTU

Me fui de vacaciones y existía Europa, vuelvo de las mismas y Europa ha dejado de existir.

Así lo deduzco tras leer algunos artículos y entrevistas de diversos y distintos dirigentes y líderes de la izquierda llamada radical o alternativa. Europa ya no es terreno de contraste político y social, el marco de la Unión no merece que “la verdadera izquierda” esté en la misma. Salgámonos y creemos, fuera de Europa, la mejor de las sociedades posibles. Antes el horizonte se llamaba Grecia, Syriza y Tsipras. Ahora esos nombres son malditos, nos han traicionado, han tirado por la borda el encargo que desde nuestros países les habíamos asignado a los griegos: resistir, resistir, resistir, incluso a costa de sus propias vidas, pensiones y patrimonios. El antes revolucionario Tsipras ha pasado a ser un  traidor transformándose en el camino en un reformista de medio pelo. Un economista inteligente pero sin ninguna experiencia política llamado Varoufakis ha pasado a ser el nuevo referente de esa izquierda que sin querer nunca gobernar dice cómo hay que gobernar. Varoufakis es recibido de fiesta por un personaje tan indefinible como el ex ministro socialista francés Montebourg. Oskar Lafontaine, un histórico de la socialdemocracia alemana y líder espiritual de la izquierda alternativa de ese país, proclama que hay que romper el euro y volver a un “sistema de monedas europeo” y devolver a las naciones-estado su soberanía. Owen Jones, otra joven esperanza blanca de la izquierda británica (y magnífico ensayista y polemista, por cierto) proclama la necesidad de que la izquierda laborista británica lidere el abandono de la Unión. Garzón, nuestro líder del 4 por ciento, dice que había otras alternativas a lo hecho por Syriza en Grecia. Como la canción de Mina: parole, parole, parole…

Por Francisco FLORES TRISTÁN

La “tragedia, nunca mejor dicho, griega”, parece a punto de consumarse. No sé lo que pasará el domingo pero mucho me temo que sea cual sea el resultado de las urnas el futuro de Grecia se presenta cada vez más negro.

¿Cómo se ha llegado a esto? Una parte es lo ya sabido. Desde 2010, cuando el nuevo Primer ministro Yorgos Papandreu anunció que el déficit griego era muy superior al reconocido por el anterior Gobierno, (un 12,7% en vez del 3,7%) se han ido sucediendo los rescates por parte de la Troika a cambio de políticas de austeridad basadas en la reducción salarial a funcionarios y pensionistas, el despido de muchos funcionarios y el aumento de los impuestos, políticas de austeridad que han provocado un brutal descenso del PIB griego que justifican el nombre de “austericidio” con el que son frecuentemente conocidos. A la postre estas medidas no solo han supuesto enormes sacrificios para la población griega sino que han debilitado su economía de tal forma que cada vez está más lejos la posibilidad de que los acreedores cobren su deuda. La mayoría de los analistas, incluso en el campo de los acreedores, opinan que la deuda griega al menos la mayor parte es incobrable. De ahí que muchas voces, dentro y fuera de Grecia hayan reclamado una quita, la anulación o perdón de una parte sustancial de la deuda.

Contrariamente a lo que alguno pudiera pensar esto se ha hecho más de una vez en la Historia, desde los monarcas españoles de la Casa de Austria que declararon varias veces la bancarrota negándose a pagar a los acreedores. Pero no hace falta remontarse tan atrás. En 1953, mediante el Tratado de Londres 25 países acreedores perdonaron a Alemania el 62% de su deuda acumulada desde la I Guerra Mundial. Con esta fórmula hicieron posible la recuperación económica de Alemania, el llamado “milagro alemán”. Por otra parte EEUU, tras la II Guerra mundial aprobaron el famoso “Plan Marshall” mediante el que desembolsaron miles de millones de dólares como ayuda a la reconstrucción a la Europa devastada por la guerra. Cierto que tanto  EEUU como los acreedores de Alemania no obraron así simplemente por solidaridad. Sabían que la recuperación de Europa y de Alemania acabaría beneficiándoles  al final por la multiplicación del comercio y de los beneficios. Pero obraron con “amplitud de miras”, lo contrario de la postura de la troika con Atenas. Grecia no ha encontrado tanta generosidad en sus acreedores. La postura de Alemania y de la Troika en general se ha parecido más a la de Clemenceau cuando al final de la I Guerra mundial dictaminó el “Alemania pagará”. Es lógica la desesperación e indignación de la mayoría de los griegos, sobre todo si se tiene en cuenta que han sido 5 largos años de recesión y austeridad. Y es lógico que en las pasadas elecciones de finales del año pasado dieran el triunfo a Syriza que les prometía acabar con esas políticas.

Por Pedro JIMÉNEZ MANZORRO

            A vueltas con Grecia. El viernes 27 de febrero hubo una manifestación frente al parlamento griego en la ya archiconocida plaza de Sýntagma. Era nuestra última noche en Atenas y necesitábamos emociones fuertes; una concentración del KKE, coronada por un mitin de Dimitris Koutsoumpas, su secretario general, lo era. Si alguien ha visto el arranque de La mirada de Ulises de Theo Angelópoulos puede guiar su imaginación: lluvia persistente, que no muy recia, caras ensombrecidas y silenciosas recortadas por la luz de unos focos y las consignas de los altavoces [Algún desclasado de palito se hace una selfie.]. De pronto aparece la cabecera de la manifestación; al frente cuatro o cinco líneas de banderas rojas hocimartilladas en amarillo —el mismo color con el que lucen las siglas de la organización—, avanzan en orden coreando eslóganes con una letanía ortodoxa en el fondo y en las formas. Solo para los muy cafeteros. Koutsoumpas lee un abigarrado informe, que ya nos habían entregado unos voluntariosos militantes la noche anterior a la salida del metro de Doukissis Plakentías, que está allí donde Christós se cansó de esperar. Los reproches a Tsipras-Varoufakis van y vienen; vienen y van las recriminaciones a SYRIZA-ANEL, que evocan los aromas de las reconvenciones a NEA DIMOKRATÍA-PASOK. Las medidas que se habían prometido no han llegado y se va a firmar con las Instituciones (la Troika con indoloro lifting facial) otra versión de los acuerdos anteriores que tanto se habían criticado desde la dorada oposición. Nada nuevo bajo el sol en la lluviosa noche de Atenas.

Por Pedro JIMÉNEZ MANZORRO

            Dum spiro spero debía de andar pensando el ministro Varoufakis mientras preparaba las medidas de urgencia que esperaban las autoridades europeas, especialmente las alemanas, que son al parecer las que mayor autoridad tienen en el desconcierto europeo. Mientras hay vida hay esperanza debe de andar pensando el presidente Tsipras mientras cree que no se anuda el lazo de su corbata en estos primeros días de la Cuaresma ortodoxa.

La tradición manda en este país, aunque pocos la siguen a rajatabla, que en Cuaresma no se consuman alimentos con sangre ni procedentes de ellos. No obstante, el diputado de Syriza Manolis Glezos, el partisano que en 1941 arrancó la bandera nazi de la Acrópolis y hoy ocupa el escaño de mayor edad del Parlamento Europeo, se ha declarado públicamente en contra del preacuerdo del gobierno griego con las instituciones europeas.Parece que el ministro Lafazanis y otros personajes de la formación con raíces de izquierdas tampoco están dispuestos a respetar en silencio la fiesta de la abstinencia.

Por Pedro JIMÉNEZ MANZORRO

            El pobre Laocoonte se desgañitaba en las playas de Troya advirtiendo a los habitantes de la inexpugnable ciudad que no se fiaran del enorme caballo que solitario se erguía frente a los muros de Príamo. Los griegos me dan miedo, aunque se presenten con regalos. Hoy los responsables europeos también se desgañitan. Los griegos no nos dan miedo ni aunque se presenten con regalos, porque, la verdad… ¡Vaya mierda de regalos! Pero, al parecer, los griegos andan contentos y orgullosos del caballo en cuyo interior no sabemos a día de hoy si realmente hay algo.

            En verano de 2012 En campo abierto publicó una serie de cuatro crónicas grecianas, que, pasado el tiempo, mantienen algunas de sus esencias, a pesar de lo que ha llovido desde entonces sobre el territorio de nuestros ancestros culturales. En una semana y con la ayuda de Hermes (que no Hermès), volveremos a dejar constancia del ambiente que se respira en Grecia, aunque esta vez desde la capital de los atenienses. Trátase pues de saber aquí qué nos parece que sabemos del sentir griego con las sombras que nos llegan de la caverna de Platón, porque nos da la impresión de que Grecia vuelve a estar de moda, salvo en lo que a corbatas se refiere.

            Hasta hace poco las noticias que tenían que ver con Grecia podían dividirse en dos grandes grupos: aquellas que señalaban que el país era un desastre y las otras, que mostraban que sus ciudadanos estaban de los nervios. Desde que en 2009 el partido socialista griego (PASOC), que acababa de ganar las elecciones parlamentarias nacionales, desvelara que el déficit del país superaba el 12% del PIB asistimos a una acumulación informativa sobre la incapacidad de ese país para pagar sus deudas, organizar su Estado, aplicar ajustes, obtener créditos internacionales, mantenerse en la zona euro y el súrsum corda: la ruptura, en definitiva, de la confianza económica (si alguna vez la hubo). A la vez las páginas de información sobre ese país se jalonaban con el descontento de los griegos, la celebración de manifestaciones, motines y algarabías más y menos violentos, el ascenso de una fuerza política de izquierdas (SYRIZA), la aparición de la derecha admiradora del dictador Metaxás (CHRYSÍ AVGÍ) y el otro súrsum corda: la ruina, en definitiva, de la confianza política. Y ambas familias de noticias iban siempre cogiditas de las manos.