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La crisis económica puede representar en la Unión Europea una importante ocasión para reforzar el sistema de cooperación y para dar vida a una nueva arquitectura institucional. La construcción de una democracia supranacional europea aparece hoy como prioridad en el contexto de una globalización que en el próximo futuro dejará con poca voz a los estados individuales del viejo continente. Una entrevista con Jürgen Habermas. 

Por Donatella Di Cesare

Donatella Di Cesare: Profesor Habermas, usted ha hablado de la Unión Europea como un paso decisivo hacia una sociedad mundial regida por una Constitución política. La crisis actual no le ha hecho cambiar de idea. También sostiene que “la astucia de la (in)sensatez económica ha llevado a la agenda política la cuestión del futuro de Europa”. ¿Sería por tanto esta crisis de la deuda a la vez una oportunidad?

Jurgen Habermas.: Sin esta crisis los jefes de gobierno de la comunidad monetaria europea no estarían obligados a cooperar más estrechamente, al menos en la política fiscal y económica, y a delinear por eso una nueva “arquitectura institucional”. Lo que está sucediendo me parece que es una astucia de la razón, principalmente porque contribuirá a resolver no sólo la crisis económica actual. Debemos llevar adelante este proyecto también por otros motivos. En los próximos decenios el peso político de los Estados europeos irá disminuyendo en el perfil económico, demográfico y militar. Ninguno de nuestros Estados nacionales estará ya en grado de sostener eficazmente las ideas propias frente a los Estados Unidos, China e incluso ante potencias emergentes como Brasil, Rusia o India. ¿Queremos por tanto renunciar, por pereza y torpeza nacionales, a ejercitar una influencia en la formación y orientación de esa comunidad multicultural que está surgiendo en nuestro mundo? Cobra relevancia en este contexto su pregunta sobre la idea de un orden cosmopolita, como Kant lo había prefigurado. El conflicto político, que siempre se hace más brutal en la escena internacional, terminará por provocar graves desequilibrios en una sociedad mundial donde todo depende de todos. Cada día aumentan los costes de lo que Carl Schmitt llamó la “sustancia política” del Estado. Es necesario contrapesar todo esto poniendo una barrera institucional y jurídica ante el darwinismo que parece no tener freno.

Por Guido ROSSI

Siguiendo con la reflexión sobre el estado democrático y los poderes (ocultos) globalizados traducimos este artículo de Guido Rossi sobre la función de la transparencia como remedio contra el ejercicio actual del poder. Mafias, organizaciones delictivas, grupos económicos  internacionales y globales, pero también partidos y otras organizaciones surgidas al calor del estado moderno, pretenden evadirse de una norma y control público y universal. Merece la pena reflexionar sobre el valor de la justicia y la norma universal y pública de cara a revitalizar las democracias.

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La actual situación mundial de incertidumbre económica, política y social parece estar caracterizada por un desequilibrio creciente y evidente entre el poder económico, que aumenta concentrándose en manos de unos pocos, y los sistemas democráticos a los que se les atribuye un frágil poder político. Se añade, además, para romper cualquier posible equilibrio, una realidad evidente: no se pueden hacer muchas cosas en política sin dinero; y esto vale tanto para el éxito individual como para la realización del bien común y de la justicia social, como desearía la democracia.

A nivel de los individuos y de sus éxitos en las elecciones, también antes de la era de la televisión y de la red, se debía recoger dinero para pagar salarios y organizaciones, comunicaciones y publicidad, viajes, cenas electorales, reuniones y conferencias de partido. Estas múltiples actividades hace tiempo que se han venido configurando bajo la rúbrica del “fund-raising”, o recogida de fondos privados, a los que posteriormente se añadían los fondos públicos, donados por el estado. Que esta estructura, convertida en indispensable para el ejercicio de la democracia, haya sido objeto de un espantoso fenómeno de corrupción es el argumento de las cotidianas denuncias, entre las que Italia no aparece estar ausente.

Pero es igualmente evidente que también la política de los Estados está ya dominada económicamente por una elite estrechamente minoritaria, que coincide, gobernándolas, con las fuerzas de la globalización y de los mercados. El caso más innovador, introducido en nuestro marco constitucional y en el de otros países es el principio de equilibrio presupuestario del estado, que sin duda rebaja, cuando no deroga sustancialmente, otros principios fundamentales de rango constitucional.