Respuesta a Javier Aristu

Por José Luis LÓPEZ BULLA

Querido Javier, me siento cómodo con este nuevo artículo que nos presentas; Paco Rodríguez de Lecea y tú mismo sabéis que este viejo quisquilloso no lo dice por protocolo. Es más, pienso que has elevado el tono de nuestra conversación, lo que tampoco es cortesía por mi parte. Te agradezco que nos hayas aclarado (yo lo he reclamado vehementemente) que tu primera observación era el interés por relacionar «la crisis del Estado social (estado del bienestar, estado providencia, welfare) y la necesidad de configurar un marco nuevo de solidaridades sociales». En todo caso, para hacer gala de mis condiciones de cascarrabias, expondré algunas observaciones, en tono menor, a lo que has escrito.1.–  Los tres (Paco Rodríguez, tú mismo y un servidor) sabemos perfectamente lo que Joaquín Aparicio recuerda a los desmemoriados: el Estado social no fue un regalo. Es algo que nos ha faltado explicar suficientemente, especialmente a las nuevas generaciones, que se ha encontrado con un importante acervo de bienes democráticos (siempre parciales, claro está) que no cayeron del cielo sino que fueron el resultado de importantes movilizaciones de nuestros antepasados y de las luchas –todo hay que decirlo— de los de nuestra quinta.

Por Javier ARISTU 

[Escritas estas líneas me llega la inteligente aportación del catedrático Joaquín Aparicio Tovar El estado social no fue un regalo, publicada en Metiendo bulla, y que publicamos también En Campo Abierto. He preferido dejar mi texto como estaba; habrá tiempo de contestar]

Entro de manera inmediata, no con la  reflexión que necesita una cabeza lenta como la mía, al debate sobre este asunto de la relación entre la crisis del Estado social (estado del bienestar, estado providencia, welfare) y la necesidad de configurar un marco nuevo de solidaridades sociales. José Luis López Bulla, con su habitual sagacidad,  me pilló en un renuncio cuando usé la fatídica palabra “expropiar” (despropiar dicen por el agro andaluz con esa imaginación carente de academicismo pero a veces certera) al hablar de la solidaridad nacional del estado. Vamos pues a precisar, de forma sucinta y escalonada, algunas variantes sobre este asunto.

Por Joaquín APARICIO TOVAR

En la esfera de Parapanda han parecido unas interesantes aportaciones de los amigos Javier Aristu (1) y Paco Rodríguez de Lecea (2) que suscitan algunas reflexiones críticas.  La tesis central, con todos los riesgos de las simplificaciones, es que la crisis de la izquierda tiene mucho que ver con que mira al pasado, mira al Estado Social que es hijo de una sociedad industrial que ya no existe y a la que servía. La crisis del Estado Social es también la crisis de la izquierda.  “El Estado Social, dice Aristu, hizo posible sustituir las viejas solidaridades interindividuales (a través de la familia, los gremios, las diversas asociaciones de todo tipo que desde la Edad Media han jalonado la historia europea) que hicieron posible que las personas pudieran sobrevivir en mundos hostiles […] El Estado social “expropió” el protagonismo de la solidaridad de la gente y levantó un inmenso edificio de servicios sociales, con fondos aportados por los impuestos”, a lo que Rodríguez de Lecea añade: “me interesa en particular esa idea de la expropiación, de la desposesión de la solidaridad que podían proporcionar los agentes sociales a partir de sus propios recursos […] nos encontramos hoy a la intemperie: huérfanos del welfare al que tanto quisimos y que tanto nos quiso, y privados de la solidaridad paliativa generada antes por la propia sociedad y que fue arrasada de raíz por la poderosa competencia del Estado benefactor”.

Por José Luis LÓPEZ BULLA

[Sigue la polémica sobre Estado social y nuevas solidaridades. Ahora entra López Bulla]

Queridos amigos Javier y Paco:

Creo que estamos en puertas de un debate acerca del pasado y presente del Estado de bienestar que puede levantar algunas ampollas de mucha consideración. Ruego a quienes quieran participar en esta conversación que fijen su atención en el primer párrafo (Javier Aristu) y en el segundo (Paco Rodríguez) y, a partir de ahí, iniciar una primera tanda de intervenciones (1).

«El Estado social “expropió” el protagonismo de la solidaridad de la gente y levantó un inmenso edificio de servicios sociales, con fondos aportados por los impuestos», señala Javier.

«Me interesa en particular esa idea de la expropiación, de la desposesión de la solidaridad que podían proporcionar los agentes sociales a partir de sus propios recursos. Se puso en marcha una solidaridad mil veces más potente, desideologizada y globalizada. Fue en ese punto del trayecto donde la izquierda abandonó a Marx en masa para seguir a Lassalle. Ahí fue donde nos hicimos estatalistas, donde atisbamos un atajo cómodo para acceder al socialismo de forma indolora», escribe Paco.

Por Paco RODRÍGUEZ DE LECEA

A partir de un artículo publicado recientemente en este blog algunos amigos catalanes tienen ganas de discutir y debatir sobre el asunto suscitado: la crisis del estado de bienestar, el declive de la sociedad industrial y sus consecuencias para la izquierda política. Una primera aportación a dicho debate lo hace Paco Rodríguez de Lecea con esta colaboración. Prometemos responderla.

Un texto reciente de Javier Aristu en el blog hermano En Campo Abierto [Nuevas solidaridades] viene a poner de relieve un problema crucial para la izquierda en nuestro país, y no sólo en nuestro país: un problema, además, que tiende a agravarse de día en día, y que el tiempo por sí solo no va a remediar. Se trata de la “dislexia” (elijo un término metafórico y suave; puede decirse de forma más directa y brutal) existente entre el universo de los movimientos sociales y el de la política institucional. Viene a suceder (otra metáfora) como si hubiera desaparecido un engranaje esencial en el mecanismo de transmisión de los impulsos de una esfera a la otra. La protesta social está alcanzando niveles muy altos de masividad, de confluencia y de madurez, como ha demostrado la jornada del pasado día 22 con la ocupación del centro de Madrid por las columnas de la Marcha por la Dignidad; pero esa protesta resbala en las instituciones y no acaba de generar un movimiento político correspondiente de alguna envergadura. En el parlamento se comenta lo que ocurre en la calle, pero ese comentario no genera una actividad concreta de oposición; seguramente porque nuestras cortes generales trabajan en el vacío. A la inversa, lo que suceda en las Cortes a la calle le trae al pairo.

Por Javier ARISTU

Fue a finales del siglo XIX, en paralelo a una profunda crisis social de la que la guerra del 98 (Cuba, Filipinas, Puerto Rico) fue sólo el detonante, cuando un grupo de intelectuales y profesores de clase media elaboran con sus escritos y ensayos una manera de entender —no me atrevo a llamar teoría— a España. La patria era entonces “un  cuerpo enfermo”, “un  organismo infectado” por los vicios de un mal hábito social y para ello se necesitaba una “regeneración“del país que solo podría venir de manos de un “cirujano de hierro” capaz de entrar “con bisturí” en ese cuerpo enfermo y sanarlo. Ya sabemos que, a pesar de la voluntad de algunos de aquellos pensadores, aquel cirujano después vestiría las ropas militares de general, se apellidaría Primo de Rivera y daría un golpe de estado con la anuencia real que instauró en España aquella “dictablanda” que duró siete años. Una historia para recordar.

Cien años después España está pasando por una crisis social que, en su profundidad y por las consecuencias que tendrá para la gente en el futuro, parece ser mucho más aguda y trascendental que aquella de 1898. Esta sociedad española de ahora tiene poco que ver con aquella de finales del siglo XIX. Aquella era una sociedad campesina en su inmensa mayoría, con pocos núcleos industriales y urbanos modernos; ésta de ahora es una sociedad resultado de un extraordinario proceso de industrialización —y consecuentemente urbanizador— desarrollado en las postrimerías del régimen dictatorial franquista (años sesenta del siglo XX), progresivamente reconvertido (desmantelado) a lo largo de la democracia (años ochenta y noventa) y transformado en un modelo de capitalismo financiero y de consumo a partir de los años noventa y esta década primera del siglo XXI.

 Le Nouvel Observateur: Usted acaba de publicar un resumen de «El capital en el siglo XXI». Es tanto un libro de historia como de economía, en el que usted escribe también que Balzac o Jane Austen describen fielmente los problemas del reparto de la riqueza y el patrimonio. ¿Es esta una forma de decir que la economía es incapaz de suministrar por sí sola las buenas respuestas al estudio del capital?

Thomas Piketty: Sí, por supuesto. En ese libro trato de escribir la historia del capital desde el siglo XVIII, y de sacar las lecciones para el futuro. Para conseguir algunos progresos en cuestión tan compleja es evidente que hay que proceder con pragmatismo y utilizar métodos y enfoques propios de los historiadores, de los sociólogos y de los politólogos más que de los economistas. En ese trabajo, primero busqué reunir la serie más completa posible de fuentes históricas sobre la dinámica de los ingresos y patrimonios, relativa a tres siglos y más de veinte países. Eso me permitió retomar el hilo de las grandes controversias sobre estas cuestiones, desde Marx a Kuznets, pasando por Malthus y Leroy-Beaulieu, pero con muchos más datos.

Por Juan MORENO

Con el tira y afloja de la subida de la electricidad y la polémica sobre cuanto va a repercutir en el recibo de la luz nos hemos echado encima, y casi dejado pasar, el invierno sin que se haya puesto sobre la agenda política y social la gravedad de quienes no pueden pagar luz o gas, con independencia de que suba más o menos.

 En España, pese a la destrucción masiva de empleo, ni siquiera se ha querido poner en marcha un plan de  “tregua invernal” para no interrumpir el servicio por impago durante los meses de invierno (octubre-marzo) como los que existen en otros países de la UE, como Francia, Bélgica, o los nórdicos) para las personas más vulnerables. Aquí solo en el plano regional o municipal se ha abordado el problema y no en todos los sitios.

Por Alain FRACHON

Probable candidato a la nominación republicana para las elecciones presidenciales de 2016, el americano Mario Rubio repite al periodista el edificante cuento de hadas de su infancia en Miami. El senador de Florida lo cambia un poco según el público pero, en esencia, trata de la historia de una familia de inmigrantes cubanos que, a fuerza de trabajar y de privaciones, envía a sus hijos a la universidad. Y estos alcanzarán así en los años 70 los niveles de la clase media, corazón mítico de América.

Hoy eso ya no es posible, observa el senador. Con sus salarios, él, de camarero, y ella, de oficinista en un hotel, sus padres terminaron perteneciendo a dicha clase media y pagando los estudios a sus hijos. Con los mismos oficios en 2014 ellos no tendrían posibilidad de hacerlo igual, no ganarían lo suficiente. El “sueño americano” ha pasado a estar “fuera de su alcance”, ha dicho Rubio durante los actos de las ceremonias del 50 aniversario de la “Guerra contra la pobreza”, lanzada por el presidente Lyndon Johnson en enero de 1964.

Junta-CEA-Acuerdo-Empleo-presupuestos_EDIIMA20130320_0514_13Por Carlos ARENAS POSADAS

Concertación social es sinónimo de corporativismo; si corrientemente usamos aquella expresión y no esta se debe a que la palabra corporativismo suena mal, tiene mala fama: nos recuerda a dictaduras, a intereses estrechos de un colectivo económico y social. En realidad corporativismo es un modelo de gobernanza que suele aparecer en momentos en los que el sistema capitalista se halla en fases de desconcierto en los que necesita consenso para iniciar un nuevo modelo de acumulación de capital. Mediante una transacción corporativa las clases dominantes mantienen el control del sistema económico y político a cambio de ofrecer a sus rivales, especialmente a los trabajadores y a sus organizaciones, una serie de mejoras económicas y una capacidad de interlocución  previamente inexistente.  Cuando ese tránsito se ha efectuado, menguan las ganancias y aparece la fase recesiva, el ánimo corporativo desaparece, la guerra de clases desde arriba se reanuda  con bríos para arrebatar lo concedido y derrotar al rival de clase.