Por Javier ARISTU

De los debates en televisión… a la política, en el parlamento y en la calle: esa es la diferencia entre el día antes y el día después al 20D. Como de la noche al día. La política de verdad tiene algunos aspectos que a la gente no le gustan, que son rechazados por principio, como la que expresa esa obsesión tan española de estar siempre en contra del representante público, como si este fuera por principio el malo de la película; pero, al final, la política tiene el indudable beneficio de que es la que tiene que resolver (o intentarlo seriamente) los asuntos del común. Sin política muchos de nuestros asuntos no se arreglarán.

Por Carlos ARENAS POSADAS

En días pasados, dos personas, el inglés Owen Jones y el uruguayo José Mújica, me han inspirado las líneas que siguen. El primero, a través de su escrito “Hacer posible la aspiración”, [leer original en Class], introduce una sugerente aportación al respecto de tal concepto, para decirnos que al igual que el ánimo de lucro y la codicia han sido la “aspiración” burguesa en todo tiempo y lugar,  es llegada la hora de que la izquierda se apropie del mismo para darle un sentido colectivo en nombre de la inmensa mayoría.

En el pasado, las aspiraciones de las clases populares han sido canalizadas a través de los dos partidos herederos del marxismo, por aquellos que confiaban en el Estado propietario, la vía soviética, y por aquellos socialdemócratas de primeras, segundas y terceras vías que confiaban en su capacidad para repartir benévolamente las ganancias de productividad del capital. El resultado en ambos casos han sido rotundos fracasos históricos.

Por Tom ANGIER

[Traducimos el siguiente texto de Tom Angier porque, a pesar de estar centrado especialmente en la sociedad británica, aporta algunas reflexiones interesantes sobre la crisis de la izquierda europea. El autor cree que se han abandonado los ámbitos tradicionales de la reflexión y la actividad de la izquierda, como son los estrictamente sociales y de clase, por otros denominados “de identidades” (especialmente los relacionados con las culturas y etnias, los de género y otros): ello ha provocado un colapso en la cultura de izquierda y un abandono de los tradicionales votantes de los partidos socialdemócratas. Frente a planteamientos “policiales y de seguridad” —como el reciente acuerdo antiterrorista del PP/PSOE— ante el reto del Islamismo radical, Angier plantea la necesidad y urgencia de reconstruir una política social europea que pueda resolver los problemas de marginación, pobreza y desigualdad que estarían en el fondo de esa amenaza.]

Con el ascenso de los partidos europeos de extrema derecha y de la izquierda radical los partidos socialdemócratas se enfrentan al reto de conservar su apoyo electoral en varios países de Europa. El primer problema con el que se encuentran los socialdemócratas es que ya no son tan atractivos en los distritos  tradicionales y entre las organizaciones que previamente habían servido para asentar su presencia en las comunidades, tales como sindicatos y cooperativas. Solo volviendo a sus prioridades tradicionales pueden los socialdemócratas tener la esperanza de que este declive se detenga.

Europa se encuentra en dificultades. Esto es evidente en el plano puramente político, en el que el proyecto de la UE provoca la indiferencia o la hostilidad por parte de un número cada vez mayor de los ciudadanos europeos, y la afiliación de los principales partidos ha descendido precipitadamente desde 1980. Es evidente en el plano económico, donde la riqueza se concentra en un pequeño número de manos, manos que no parecen estar unidas a ninguna nación o lugar en particular. Y es evidente a nivel de la sociedad civil donde el tejido social se está desarticulando, entre otras razones por el temor al Islam político, temor que no es atenuado por aquellos que lo reducen, de manera condescendiente, a una forma de locura o “fobia”.

A propósito de un artículo de Antón Costas

Por Javier VELASCO MANCEBO

Nos encontramos en medio de un cambio de civilización, y la crisis es la manifestación de la civilización que muere: la de un capitalismo nacido en la fase de crecimiento de los decenios de posguerra europea[1] en los países más desarrollados de Occidente, a los que se incorporó España en fase posterior. Ese fin de civilización hace insuficientes o estériles las medidas de política macroeconómica y microeconómica que  la izquierda presenta frente al pensamiento liberal o  neoclásico. La derecha acepta la desigualdad más orden público, mientras quiere pensar que el crecimiento volverá. Vana esperanza. La izquierda, si no quiere frustrarse, tiene que cambiar su universo mental y empezar a trabajar.

Aunque el término civilización está sometido a múltiples interpretaciones, podemos, acogiéndonos a Norbert Elías[2], definirlo como  “ tanto el grado alcanzado por la técnica como al tipo de modales reinantes, el desarrollo del conocimiento científico,  las ideas religiosas y  las costumbres”. Es decir, el concepto de civilización se identifica con las pautas de comportamiento del ser humano, pautas que pueden ser inconscientes, conscientes u obligadas.

Antón Costas, en su artículo sobre el divorcio entre economía y política publicado en La Vanguardia [leer artículo], nos habla de que “Estamos en el umbral de una de esas etapas históricas en que cambian las bases de la economía y las fuentes de la competitividad y el bienestar de los países”, excluye el espacio que ocupa la civilización y restringe su análisis al estrecho mundo de la economía. Y, sin embargo, residimos en un momento de cambio de civilización porque estamos contemplado el fin del proceso  que corresponde a la sociedad de consumo de masas surgida de la II Revolución Industrial. Civilización que recorre más o menos un periodo de 40 años  en los países desarrollados.

Por Alain SUPIOT

La Fundación 1 de Mayo acaba de publicar el discurso que Alain Supiot dio en noviembre de 2012 para celebrar su entrada como profesor en el Collège de France, prestigiosa institución académica francesa, con notable presencia de investigadores sociales. Con el título de Grandeza y miseria del Estado social, Alain Supiot desarrolla una exposición acerca de la situación actual del mismo, tras la crisis industrial de los años 70 del pasado siglo y en pleno caos financiero, analizando sus causas y abriendo vías y perspectivas muy interesantes de las nuevas formas de solidaridad. Recomendamos la lectura del texto completo en el sitio de la Fundación [DESCARGAR] La traducción ha sido realizada por Pedro Jiménez Manzorro y Javier Aristu Mondragón.  Mientras, ofrecemos un breve extracto del mismo.

 

Solidaridad en su sentido más amplio designa eso que solidifica a un grupo humano, sin prejuzgar la naturaleza y la composición del aglutinante que mantiene juntos a los miembros de ese grupo. Tiene así una generalidad y una neutralidad que no poseen ni la noción de caridad (y menos aún su avatar contemporáneo: el cuidado, care), ni  la de fraternidad (que reclama un ancestro mítico). Esta es la razón por la que el concepto de solidaridad, a pesar de un empleo delicado, conserva un gran valor heurístico para estudiar la condición del Estado social en el contexto de lo que, con un término tan impreciso como omnipresente, se llama globalización.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Mi amigo y cobloguero Javier Aristu ha dedicado tres entradas de En Campo Abierto a glosar el libro de Alberto Garzón “La Tercera República”. Desde el respeto, pero también desde la perplejidad, Javier se manifiesta crítico con algunas de las tesis expresadas por el joven parlamentario de Izquierda Unida. Digo desde la perplejidad porque no acaba de entender que un miembro cualificado del PCE como Garzón haga de la “República” el objetivo estratégico de la izquierda, y de los “ciudadanos” el sujeto colectivo revolucionario, en detrimento del “comunismo” como meta final y de la “clase obrera” como el grupo social que debería conducir la sociedad a un mundo mejor.

Vivimos en una encrucijada histórica en la que existen fuertes incertidumbres sobre lo por venir. Es lógico, por tanto, que se manifiesten inquietudes y dudas acerca de nuevos movimientos políticos de izquierda que apuntan ideales que apenas se concretan en fórmulas alternativas de gobernanza y que, por tanto, comunican una cierta sensación de conducirnos al vacío, a lo desconocido. En estas circunstancias, es lógico que se apueste por el “déjà vu” y se resalten las posibilidades que aún tienen, eliminando los vicios propios de la “casta”, los instrumentos  de transformación social que han usado las izquierdas de inspiración socialdemócrata o eurocomunista en las últimas décadas: la democracia parlamentaria –antes que la democracia directa-, la participación en las instituciones vigentes para transformarlas desde dentro –antes que destruirlas-, la conservación y ampliación del Estado del Bienestar.

Por Javier ARISTU

Sigo dialogando con el texto de Alberto Garzón. Las largas horas del verano permiten un encuentro amable pero a la vez severo con las ideas del diputado de IU.

Hablábamos en la anterior entrada del nuevo paradigma que Garzón trata de convertir en el referente de la izquierda española para las próximas décadas: el republicanismo, entendido no cómo la simple sustitución de la corona por una presidencia de la república sino como un modelo de sociedad basada en unos objetivos —que según su autor serían la falta de acceso a los suministros más básicos, la falta de confianza en el sistema político y la creciente desigualdad que desborda la cohesión social—en un método de acceso a los mismos —el llamado proceso constituyente—  y en unos procedimientos, los de la democracia directa.

Estado de bienestar

La denuncia que hace Garzón es evidente: la sociedad del bienestar, el llamado welfare state, comienza a entrar en crisis a partir de los años setenta del pasado siglo por dos razones, la dificultad de dicho estado para satisfacer las necesidades sociales a partir de un estado en crisis fiscal y, en consecuencia de lo anterior, la ofensiva liberal que propugna una nueva fase de acumulación a partir de la privatización de los recursos públicos y la construcción de un modelo social basado en el mercado como distribuidor de recursos. Por lo tanto, hay que estar de acuerdo con que los objetivos de un proyecto de emancipación social en esta fase de predominio absoluto del neoliberalismo deben ser precisamente los del acceso a los bienes básicos, el combate contra la desigualdad y la reconstrucción de un nuevo modelo político que sea capaz de dotar de confianza, hoy perdida, a los ciudadanos.

Por Bruno ESTRADA LÓPEZ

La modernización de un país significa la capacidad de afrontar conjuntamente, por parte de la gran mayoría de la sociedad, los diferentes retos que va encontrando a lo largo de su historia. Por eso la modernización de una sociedad está profundamente vinculada a la profundización de la democracia, a la existencia de instituciones, normas y costumbres que canalicen adecuadamente las demandas de los diferentes grupos sociales, de todos, no solo de lo que tienen un mayor poder económico.

 En el ámbito laboral unas relaciones laborales modernas son las que permiten que las empresas y los trabajadores afronten los nuevos retos tecnológicos, productivos, de internacionalización desde la regulación política del conflicto capital/trabajo, lo que facilita, aunque no garantiza, el consenso social, en la medida que son tenidos en cuenta los intereses de todos.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Aunque un poco tardía, vaya aquí una contribución al debate que han sostenido mis amigos blogueros acerca del origen, la naturaleza y la crisis actual del Estado del Bienestar.

 Siguiendo una muy larga tradición interpretativa, la ocupación del Estado en la asistencia y bienestar de los ciudadanos a finales del siglo XIX  suele ser atribuido al temor de los gobernantes a la pujante fuerza obrera que amenazaba con hacer política y empezaba a ocupar  parcelas de poder. El Estado de Bienestar fue una conquista,  “no fue un regalo”, se ha dicho.