Por Javier ARISTU

En 1941 los ingenieros Javier Benujumea Puigcerver y  José Manuel Abaurre Fernández-Pasalagua, fundaron en Sevilla una pequeña empresa eléctrica titulada Abengoa. Décadas después, solo una generación posterior, la de los hijos del fundador, la firma  está en trance de quiebra. 25.000 millones de euros es su deuda con bancos e instituciones financieras. Sic transit gloria mundi sería un dicho que su fundador conocería dadas sus relaciones y querencias con los padres jesuitas. La otra querencia fue el poder político, sin nunca aparecer como otros industriales ligados a partido alguno. Pero bien conectados con el poder local, autonómico y estatal a través de matrimonios, funciones representativas y conexiones sociales. Su consejo de administración era un prodigio de buenas relaciones y conexiones con el espectro político del poder [véase el reportaje de El Diario.es]. Su fundación Focus ha llegado a ser el emblema de un activismo expositivo destinado a dar pátina cultural de prestigio a una influencia social que a su vez no era contradictoria con lo más arcaico y casposo del sevillanismo: Javier Benjumea Llorente, el mayor de la segunda generación, es el teniente hermano mayor de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Capital social, le llaman. Iglesia, industria, formación y política, los cuatro elementos de los abengoas. Ahora se ha agregado un centro universitario, la universidad Loyola que, incorporando la ETEA de Córdoba,  tratan de levantar el Deusto andaluz a imitación del modelo vasco precisamente en el interior del campus de Palmeras Altas, la sede de la empresa en Sevilla. De dicha universidad es patrono Felipe Benjumea, el segundo de la saga, antes presidente factótum y ahora honorario de Abengoa.

Por Maria Teresa COMETTO,

Trabajo con computadoras en Appliance Park, 1951. Foto: GE
Trabajo con computadoras en Appliance Park, 1951. Foto: GE

El declive industrial, con fábricas abandonadas y la producción exportada allí donde la mano de obra cuesta poco mientras sólo quedan en la patria “los servicios”, no es ya el destino ineluctable de los “países avanzados”. Lo demuestra el caso de los EE.UU. donde un número creciente de fábricas americanas está de nuevo repatriando la fabricación de piezas —un fenómeno llamado insourcing, el opuesto al outsourcing[1] de moda en los pasados decenios— y donde además los chinos están aumentando sus inversiones.

Alguno habla ya de “renacimiento” del Made in USA, como la analista Nancy Lazar que ha escrito sobre el asunto un informe de un centenar de páginas para la sociedad de investigación Isi Group.

Futuro

La revista mensual The Atlantic ha dedicado su última portada a al informe «Por qué el futuro de la industria está en USA ».

Y el anuncio de que el Mac de Apple volverá a ser fabricado en los Estados Unidos confirma que la tendencia es real, impulsada por la nueva matemática de la globalización y por las nuevas tecnologías como el Internet industrial, la confluencia entre máquinas inteligentes, software analítico y usuarios que está cambiando también el modo de proyectar fábricas, según general Electric, una de las multinacionales americanas protagonistas del insourcing. «Una empresa global como la nuestra decide dónde localizar producciones y centros de investigación sobre la base de factores que cambian continuamente: la demanda del mercado, del que queremos estar muy cerca, la productividad y especialización de la mano de obra, hoy más importante que el coste del trabajo, por qué se está cerrando gradualmente la brecha entre salarios en EE.UU., Europa y China y otros países emergentes», explica Marco Annunziata, economista jefe de General Electric.

Por Carlos ARENAS POSADAS

El empresariado andaluz ha estado de suerte en los últimos treinta años; lo ha estado porque ha conseguido borrar la mala imagen que se tenía de él allá por los años setenta, en los años de la mal llamada crisis del petróleo, cuando desde la academia y desde los sectores intelectuales más prestigiosos, se le culpaba del atraso andaluz, incluso  de haber traicionado las esperanzas de desarrollo y bienestar de todo un pueblo.

Se creía por entonces que junto a las causas exógenas de la crisis de los setenta (el precio del petróleo), globales (la crisis del modelo de acumulación keynesiano-fordista), o políticas (el régimen de Franco y la preterición de Andalucía por parte del Estado), existían razones endógenas propias de Andalucía derivadas de una deficiente estructura económica, un raquítico sistema financiero y la incapacidad política por encauzar recursos, establecer prioridades y articular el sistema productivo de toda la región. Hoy sabemos que las razones endógenas de la crisis de los setenta no eran causas sino consecuencias de la estrategia diseñada por un  empresariado autóctono, por una clase capitalista, que, a lo largo de muchas décadas –diría que siglos-, había hecho del abuso de poder, de la acumulación privilegiada de capital físico, humano, social y político, de la búsqueda y captación de rentas, de la disposición de una abundante mano de obra barata, las bases de acumulación de su riqueza.