Por Javier ARISTU

Ante las elecciones europeas del próximo domingo van apareciendo en los medios un conjunto de valoraciones previas que conviene subrayar: la primera de todas, el previsible alto índice de abstención que nos llevaría a confirmar la crisis de la relación hasta ahora afectuosa entre la ciudadanía española (y europea en gran medida) y ese proyecto de unidad económica, monetaria e institucional que es la UE. Una segunda es el también previsible ascenso de las formaciones nacionalistas, xenófobas y de extrema derecha. El descontento social, la profunda desafección de una parte muy considerable de ciudadanos con respecto a un sistema social y político que les manda al paro, les recorta las pensiones y los servicios sociales, ha hecho que se decanten hacia posiciones claramente anti-sistema o, al menos, hacia la manera de gestionar la crisis por parte de la clase dirigente de los últimos treinta años. Una tercera valoración se refiere al resultado que obtendría  la socialdemocracia europea, muy identificada con las opciones tomadas a lo largo del proceso de reajuste económico en Europa, y que no va a tener ni mucho menos un triunfo o resultado que sancione su actual política, por lo que tendrá que plantearse si debe acometer una línea diferente a la hasta ahora desarrollada. La cuarta marca la recuperación, leve, de la izquierda llamada radical o alternativa que engloba a sectores muy diversos en aspectos programáticos decisivos, y que ha pretendido en estos años de crisis alzarse con parte de los votos que iban hacia la socialdemocracia. Sin embargo, su esperable subida electoral no será suficiente para hacer cambiar el rumbo del proceso, dado que sus resultados se mueven en índices por debajo del 15%, umbral moderado si se quiere ser decisivo en política. Una quinta se refiere a la confirmación y estabilidad en Europa de las opciones verdes o ecologistas que siguen jugando, posiblemente cada vez más, un papel representativo y cohesionador de un sector social importante en nuestras actuales sociedades.

Por Nicolas Leron y Joël Le Deroff

Dos elecciones municipales han tenido lugar recientemente en Europa: en los Países Bajos el 19 de marzo y en Francia los pasados 23 y 29 de marzo. El paralelismo de los resultados de estas elecciones es rico en enseñanzas: socialistas y socialdemócratas, en el poder, pierden electores tradicionales mientras que el centro derecha cristiano-demócrata y conservador (UMP en Francia, CDA en los Países Bajos) consigue avances significativos que pueden ser cuantitativamente importantes (en Francia, con más de 150 ciudades de más de 9.000 habitantes que se escoran hacia la derecha), pero sin convencer, mientras la extrema derecha progresa de forma neta (en Francia conquista 10 ciudades y consigue que sean elegidos 1.200 concejales cuando tenía 80 en 2008). Son resultados que resuenan como una advertencia, a dos meses de las elecciones europeas.

Por Gaël Brustier

El balance de las últimas elecciones municipales en Francia es catastrófico para la izquierda. Se desprende de ellas la evidencia siguiente: cada vez es mayor la impotencia de las izquierdas para hacerse elegir, y todavía más para imponer una agenda propia o para luchar contra las representaciones colectivas de la derecha. Los resultados de las elecciones municipales francesas (¡y de las holandesas!) de este mes de marzo lo demuestran.

 Las izquierdas francesas y europeas – radicales o socialdemócratas – hablan de políticas públicas y de buena gestión, mientras las derechas recurren a un universo propio de imágenes, símbolos y representaciones. A nadie puede sorprender, por tanto, que el «socialismo municipal» haya sido laminado por la ola derechista del pasado domingo. Aunque la actividad económica sigue presente en el núcleo de las recomposiciones del imaginario colectivo, éste integra muchas otras dimensiones, incluidas cuestiones cívicas y culturales. Estas dimensiones trascienden la oposición entre lo social y lo societario.

Por Javier ARISTU

A dos meses, once semanas, de las elecciones europeas el baile de candidaturas en una parte de la izquierda española, la encuadrada en torno a IU, ha provocado, una vez más, una serie de disensiones, críticas y comentarios negativos sobre su método de confección y sus resultados, no sabemos si provisionales o definitivos ya en forma de lista electoral sometida a refrendo de los ciudadanos.

No es la primera vez que esto ocurre ni, imagino, será la última: la erótica de la candidatura es algo que suma pasiones, fervores y disputas al borde de la tragedia. En todos lados cuecen habas y no nos vamos a extrañar que la confección de esta lista electoral de la autodenominada “izquierda radical”, sobre todo cuando se vislumbra un significativo aumento de las expectativas de esa fuerza —ya veremos al final lo que da de sí— provoque este ruido al que hemos asistido durante los pasados días.

Por Raúl SOLÍS

A la izquierda, producto de su desencanto y desilusión congénita, le encanta encontrar una Virgen de Lourdes que la salve periódicamente. La última aparición mariana es Pablo Iglesias, un joven de 36 años, profesor universitario, con coleta, aspecto de gamberrete de facultad pero, sin embargo, extremadamente hábil, inteligente y encantador de corazones femeninos –y masculinos- gracias a su pose de pillín y una locuacidad sobresaliente.

Pero Pablo Iglesias no es Alexis Tsipras, el lider de izquierdas griego. Sobre todo, porque no tiene organización política que le respalde. Por muy modernos, horizontales e interconectados a las redes sociales que seamos y estemos, sin organización política no se puede vertebrar un proyecto político en un Estado extremadamente inmenso como España y con un peso importante de población rural que no se alimenta de Facebook o Twitter ni, mucho menos, ve La Tuerka, el programa emitido por Internet y de aire clandestino en el que Iglesias ejerce de showman

Por Alexis TSIPRAS

Las amenazas de la canciller Angela Merkel y de su aliados acerca de una eventual expulsión de Grecia de la zona euro, si SYRIZA hubiera alcanzado el poder en 2012, resuenan todavía en nuestros oídos. ¿Era una falsa alarma o un bluf? No sé con qué nos deberíamos quedar. Sin embargo, sé que una de las conclusiones principales del libro Los sonámbulos de Christopher Clark,[1] que la canciller está a punto de leer, como ha revelado Le Monde, es que el uso habitual de la amenaza con disyuntivas extremas como instrumento de la política podría entenderse como una profecía auto realizadora.

Un suceso aleatorio, en alguna parte de la periferia del sur de Europa, o el hecho de persistir en el chantaje podría conllevar efectos dramáticos e imprevisibles para el conjunto del continente.

Un grupo de intelectuales y figuras públicas italianas [ver la lista al final]  acaba de publicar un llamamiento de cara a las próximas elecciones europeas del 25 de mayo. Su propósito es hacer posible una lista que se sitúe en las coordenadas de la izquierda europea liderada por Alexis Tsipras, el representante de Syriza y candidato del partido de la Izquierda Europea para la presidencia de la Comisión. Dicha lista se aparta, por tanto, del marco de apoyo al Partito Democratico italiano y propugna una basada en otra Europa distinta a la actual, diferente a las actuales correlaciones y políticas propugnadas por sus instituciones.

No sabemos el éxito que tendrá y la capacidad de convocatoria de dicho llamamiento pero lo publicamos porque nos parece que coincide básicamente con otras propuestas que van más allá del status quo y pretende transformar el actual marco de la austeridad económica y social.

Europa está en una encrucijada y sus ciudadanos deben volver a impulsarla. Los cultivadores de la inmovilidad dicen que sólo hay dos respuestas al mal que durante estos años ha corroído el proyecto de unidad nacido en Ventotene durante la última guerra,[1] ha agotado las esperanzas de sus pueblos, ha despertado los nacionalismos y el equilibrio de potencias que la Comunidad debía suprimir. La primera respuesta es la del que se complace: paso a paso, con ajustes mínimos, la Unión se está recuperando gracias a las políticas de austeridad. La segunda respuesta es catastrófica: una comunidad solidaria se ha revelado como un imposible, urge recuperar la soberanía monetaria  desconsideradamente sacrificada y salir del euro. Estamos convencidos de que ambas respuestas son conservadoras y proponemos una alternativa de tipo revolucionario. Tenemos la convicción de que la crisis no es solo económica o financiera sino esencialmente política y social. El Euro no resistirá si no se convierte en moneda de un gobierno democrático supranacional y de políticas no elaboradas desde lo alto sino discutidas y aprobadas por las mujeres  los hombres y europeos. Estamos convencidos de que Europa debe seguir siendo el horizonte porque los estados individuales ya no están en condiciones de ejercer soberanía, a no ser que cierren sus fronteras, finjan que la economía-mundo no existe, se empobrezcan cada vez más. Solo a través del proyecto Europa los europeos pueden convertirse en dueños de sí mismos.

Por Stefano RODOTÀ

En su libro sobre La crisis de la conciencia europea de 1680 a 1715, Paul Hazard definió Europa como “un pensamiento jamás satisfecho”. Hoy, prisionera de una crisis sin precedentes, la Unión europea se complace con políticas económicas restrictivas, casi una frontera insuperable. Esta es la Europa que estamos viviendo en la que parecen débiles los intentos de superar el déficit democrático señalado por Jacques Delors. Y se desliza hacia un déficit de legitimidad, que es lo está en el fondo de la creciente desconfianza de los ciudadanos, de las distintas derivas hacia la renacionalización, del abandono de los valores y principios de la Unión, como está ocurriendo en Hungría.