Por Javier ARISTU

Entre tanto berenjenal mediático-parlamentario pocos medios españoles están prestando atención a un señor llamado Steve Bannon. Este norteamericano fue asesor especial de Donald Trump hasta que, en uno de esos escándalos mediáticos y palaciegos a los que nos tiene acostumbrado este último, fue despedido de la Casa Blanca. Pero no lo fue de la política de Trump. Hoy, Steve Bannon tiene un encargo y una directriz clara: ayudar a cohesionar y ahormar un polo populista, xenófobo y de extrema derecha en toda Europa. Desde la Hungría de Orban hasta la Italia de Salvini pasando por la Francia de Le Pen. Para ese proyecto ha establecido su cuartel general en Bruselas bajo el nombre de Movement (Movimiento). Bannon está recorriendo Europa a fin de conseguir el consenso de diversas fuerzas populistas y xenófobas hacia ese proyecto que quiere presentarse para las elecciones europeas de 2019 con un programa homogéneo. Dicho proyecto incluye la política antiinmigración, el rechazo de la política de unidad europea y una panoplia de valores conservadores y de extrema derecha.

Por Javier ARISTU

(Dedicado a mi amigos Eduardo, José Luis, y los dos Paco, a los que al parecer les gustan estas reflexiones).

Continuamos y acabamos con esta tercera entrega el comentario al libro de Alberto Garzón “La Tercera República” con el ánimo de dialogar y debatir amistosamente las ideas que el diputado de IU ha volcado en su propuesta. Advierto que la cosa va de citas.

El trabajo

Creo que la cuestión del trabajo, así como la concepción del modelo democrático de convivencia, son dos grandes asuntos en los que entro en claro  contraste con Garzón. Sobre el segundo, el modelo democrático, ya he dado mi opinión en la primera entrega de estas notas; sobre el primero quiero tratar ahora al ser, precisamente, un asunto que el líder de IU no considera importante como para tratarlo con extensión. Y esto no es culpa personal de Garzón, ya que no hace sino seguir la estela y el alcance analítico de gran parte, por no decir toda, de la izquierda española, desde la más “socialdemócrata” a la más “radical”. Y así nos va.

Vaya por delante que no estoy de ninguna manera pensando en un modelo donde los partidos de izquierda deban ser “partidos de raíces obreras”, a la vieja usanza de nuestros clásicos sujetos políticos del siglo XX. Pero de ahí a concebir un modelo político de emancipación sin plantearse la trascendental cuestión de la condición del trabajo en estos albores del siglo XXI es hacer un pan como unas hostias. Y es curiosa esta ausencia, porque Garzón dedica muchas páginas al análisis de la democracia griega a partir de las relaciones establecidas entre “los que debían trabajar” y los que “no tenían que trabajar”, e igualmente a la hora de analizar las experiencias del republicanismo y socialismo del siglo XIX también hace algunas calas sobre Las relaciones de clase subyacentes a los problemas políticos, entre los que sólo tenían “su fuerza de trabajo” y los capitalistas. Lo que uno no termina de entender es cómo ahora, en un momento de transformación radical y sustantiva de las relaciones, condiciones y papel del trabajo en la sociedad que se está gestando, la izquierda española no tiene nada que decir ante este decisivo asunto. Y repito, no tiene nada que decir. Esto expresa, desde mi modesta opinión, una de las mayores carencias que está mostrando nuestra izquierda —la vieja y también la nueva— y de ese vacío no puede salir un proyecto que se contraponga con visos de éxito al neoliberalismo. Porque, permítaseme el ejemplo y el riesgo de ser incomprendido: no se puede construir un modelo político alternativo a la derecha conservadora partiendo del movimiento de desahucios de casas, o de cualquier otra plataforma social reivindicativa, si al mismo tiempo nos olvidamos de que el factor trabajo sigue siendo hoy la cuestión decisiva de la confrontación social; en España y en el mundo entero.

Por Javier ARISTU

Sigo dialogando con el texto de Alberto Garzón. Las largas horas del verano permiten un encuentro amable pero a la vez severo con las ideas del diputado de IU.

Hablábamos en la anterior entrada del nuevo paradigma que Garzón trata de convertir en el referente de la izquierda española para las próximas décadas: el republicanismo, entendido no cómo la simple sustitución de la corona por una presidencia de la república sino como un modelo de sociedad basada en unos objetivos —que según su autor serían la falta de acceso a los suministros más básicos, la falta de confianza en el sistema político y la creciente desigualdad que desborda la cohesión social—en un método de acceso a los mismos —el llamado proceso constituyente—  y en unos procedimientos, los de la democracia directa.

Estado de bienestar

La denuncia que hace Garzón es evidente: la sociedad del bienestar, el llamado welfare state, comienza a entrar en crisis a partir de los años setenta del pasado siglo por dos razones, la dificultad de dicho estado para satisfacer las necesidades sociales a partir de un estado en crisis fiscal y, en consecuencia de lo anterior, la ofensiva liberal que propugna una nueva fase de acumulación a partir de la privatización de los recursos públicos y la construcción de un modelo social basado en el mercado como distribuidor de recursos. Por lo tanto, hay que estar de acuerdo con que los objetivos de un proyecto de emancipación social en esta fase de predominio absoluto del neoliberalismo deben ser precisamente los del acceso a los bienes básicos, el combate contra la desigualdad y la reconstrucción de un nuevo modelo político que sea capaz de dotar de confianza, hoy perdida, a los ciudadanos.

Por Javier ARISTU

Seguimos con las lecturas de los resultados de las pasadas elecciones europeas. La influencia y repercusión que los mismos están teniendo sobre las fuerzas políticas españolas, especialmente en la izquierda, es colosal. En cierto sentido podemos hablar ya de un antes y un después de las elecciones europeas de 2014.

Uno. El PSOE está sometido a un proceso de elección de su secretario general por todo el conjunto de su militancia. Algo inédito en la historia de ese partido y de cualquier otro en España. Los candidatos son tres jóvenes diputados que se disputan el timón de ese partido sin que hasta el momento hayamos podido saber cuáles son los objetivos políticos y los cambios estratégicos  —o no— que piensan proponer si triunfan. Predominan las lecturas internas, propias de un partido con claves  ocultas que sólo dominan los militantes experimentados de esa formación. Pero todos hablan de tiempo nuevo aunque no es posible distinguir por sus discursos lo que separa a uno de los otros. Es significativo que un histórico dirigente y protagonista de otra anterior fase renovadora como Josep Borrell transmita su escepticismo sobre los dos candidatos con más posibilidad de salir elegidos (“Sánchez y Madina no tienen un perfil ideológico propio e identificable” dice el ex ministro) y, en todo caso, dé su apoyo precisamente a Pérez Tapias, el representante de la corriente Izquierda socialista (véase El País del domingo 6 de julio). Veremos lo que puede ocurrir en Andalucía el próximo día 13 si triunfase Madina como se deduce como posibilidad de la encuesta de El País; como se sabe y es público y notorio el aparato, la estructura orgánica y de poder que dirige al PSOE andaluz ha optado nítidamente por Sánchez.

Por Javier ARISTU

Mi colega y amigo Paco Rodríguez de Lecea me cita en su interesante blog a propósito de una pesquisa de internauta que ha realizado, en busca de luz ante el marasmo que está ocurriendo, y yo le contesto hoy de esta manera, trasladando algunas de las opiniones de Nadia Urbinati, destacada politóloga italo-americana, acerca de la crisis de la democracia representativa y de su soporte de partidos. Se trata de un capítulo titulado “De los partidos a las audiencias” de su libro “Democracia in diretta. Le nuove sfide alla rappresentanza (ed. Feltrinelli) y que, si el tiempo nos acompaña, traduciremos en breve y lo publicaremos en este blog. Mientras, adelanto algunas ideas de esta autora.

Pero, antes, situemos el problema.

De unos años acá se vienen produciendo a lo largo de toda Europa una serie de fenómenos políticos y electorales que deben motivarnos una reflexión de calado, más allá de las propias jornadas electorales. Recuerdo algunos: la experiencia de ascenso y mantenimiento en el poder de Berlusconi, un hombre de negocios, no un político profesional, que de la nada “inventa” un partido (Forza Italia) y arrasa desde las primeras elecciones constituyendo todo un ciclo de veinte años en la política italiana; la experiencia de Islandia y sus prácticas referendarias y de democracia directa, tras la crisis financiera que llevó a la quiebra bancaria en aquel país; el fenómeno Beppe Grillo y el Movimiento Cinco Estrellas que tras unos meses de agitación en las plazas y en Internet se presentó por primera vez a unas elecciones obteniendo un resultado impresionante; la victoria de Tsipras y Syriza en la alcaldía de Atenas que viene a confirmar el ascenso de esta formación de izquierda tras el desastre del Pasok y la crisis financiera griega; los resultados de Podemos en España que a los tres meses de su constitución como plataforma electoral obtiene 1.200.000 votos. Y seguro que hay otros ejemplos en otros países del continente.

Por Javier TERRIENTE

Las primeras palabras de Pablo Iglesias nada más conocerse los resultados de las Europeas, dan una idea bastante exacta de lo que significa y pretende esta novísima fuerza política: “No podemos estar satisfechos con el resultado porque mañana seguirá habiendo desahucios”… “Podemos no nació para jugar un papel testimonial sino que nació para ir a por todas”…. Quiere esto decir que ha irrumpido en el panorama político no para apropiarse de un reducido espacio a perpetuidad, que le permita  convertirse en un leal instrumento auxiliar de tal o cual fuerza política bajo el signo de la auto complacencia, sino que aspira expresamente, desde el mismo acto fundacional, a gobernar en una suma de muchos y distintos; no de cualquier manera o a cualquier precio. Su propósito es hacerlo mediante nuevas alianzas políticas y sociales que trascienda a los partidos, e impulsar un proceso constituyente hacia una nueva democracia política, económica y social. Para Podemos, la proyección democrática marca una nueva manera de ser y de hacer política.

Estamos, pues, ante una fuerza que nace con una clara voluntad de gobernar (“sustituir a la casta”) y lo expresa sin complejos como un proceso lógico, indispensable y posible, que pondría freno al sufrimiento de tanta gente; mañana ya es tarde. Una lectura apresurada de semejante desafío podría confundirlo con una vana ilusión o una grosera concesión electoralista impropia de la  izquierda pura, pero, en realidad, se trata exactamente de lo contrario: la degradación del sistema en todas sus dimensiones, al despojarlo de su antigua capacidad de tutela hacia los más desfavorecidos, exige respuestas inmediatas que la izquierda institucional ha sido incapaz de atender. En resumen, si “las masas no pueden esperar”, Podemos y sus potenciales aliados deben actuar con prontitud si no se quiere correr el riesgo de que se abra un abismo insalvable entre la política y los ciudadanos que conduzca a la dictadura. De ahí que sea fundamental contribuir a una alternativa colectiva de amplio espectro democrático que permita alcanzar el gobierno y, además, urge a hacerlo, siendo lo inmediato una oportunidad para acelerar los cambios.

Por Javier ARISTU

Tras las elecciones del 25 de mayo y la abdicación de Juan Carlos de Borbón, este país ha entrado en zona de turbulencias, de opiniones, posiciones políticas, propuestas y tensiones como no veíamos desde hace bastante tiempo. Antes era el mundo social y productivo el que se notaba afectado por una crisis muy aguda; ahora es precisamente el mundo institucional y meramente político el que parece estar sometido a este vendaval ¿imparable?

De la constatación de una extrema derecha rampante en Europa hemos pasado a la exigencia de un referéndum para votar el régimen de estado, monarquía o república. Las plazas de las ciudades, de pronto, se han visto llenas de gente portando la tricolor y exigiendo la república.

Por Gaël BRUSTIER et Jean-Philippe HUELIN

¿Por qué en toda Europa los partidos de izquierda se muestran impotentes para capitalizar la mayor crisis desde la segunda guerra mundial? Esta es la cuestión que se plantean dos socialistas franceses, Gaël Brustier et Jean-Philippe Huelin, que ya en su libro publicado en 2011 Voyage au but de la droit (Viaje al fin de la derecha, ed. Mille et Une Nuits) desarrollaban este  asunto. A continuación reproducimos un extracto de la introducción a dicho libro.

Hemos asistido al nacimiento de una burguesía financiera transnacional  despegada de aquellas preocupaciones que fueron las de la burguesía nacional industrial. Y este fenómeno, observable en Francia, atraviesa toda Europa. En consecuencia, la geografía social de nuestro país ha cambiado también, pero es sobre todo a nivel de las ideas, de las representaciones colectivas,  de las organizaciones políticas y de la vida intelectual donde la mutación se ha dejado notar. Cuando investigamos el movimiento de las ideas, y los movimientos electorales, al recorrer el paisaje político europeo y occidental, nos interesa comprender el fenómeno de derechización que parece actuar como un torbellino político y afectar, una tras otra, todas las sociedades occidentales. ¿Quién ha sido el más afectado electoralmente? ¡Las socialdemocracias!  En cuanto la crisis da una oportunidad a las izquierdas occidentales la protesta pasa a la derecha! Para comprender el sorprendente movimiento de derechización de las sociedades occidentales, y en particular el de Francia, no hace falta convocar a una improbable batalla de «la modernidad» contra los enemigos encarnados por «la derecha».

Por Javier ARISTU

Tras los resultados de las elecciones europeas del pasado domingo un auténtico vendaval de comentarios y análisis en los medios y blogs han mostrado la importancia de las mismas. Ya en una entrada de este blog, Y después del 25 de Mayo ¿qué?, escrito antes de las elecciones, comencé a hablar de sus posibles resultados y consecuencias. Algún conocido amigo me comentó que tenía que haber esperado al domingo, que no me debía adelantar a los acontecimientos. El lector, si lee esa entrada del pasado 20 de mayo, juzgará si me equivoqué o no. Por si acaso, hoy ya apunto mi modesto comentario postelectoral.

 Si asistimos a una campaña electoral casi oculta, desaparecida de las calles y de los medios más importantes como la televisión —que hacía presagiar una apatía y absentismo masivo—, los resultados, aun siendo preocupantes respecto a la participación ciudadana en las urnas, han mostrado que la ola iba por abajo, que era una marea, y que ha traído consecuencias de gran envergadura para Europa y para España. Algunos han llegado hablar de un tsunami en el caso español.