Por Javier ARISTU

Hacía meses, muchos meses, que no lavaba el coche y decidí que le hacía falta un buen repaso. Alguien me había comentado que existía en la ciudad un centro de “lavado ecológico” de coches. ¿Qué es eso de lavado ecológico de coches? “Sin agua”, me respondieron. Mi comunicante se explayó: «Se trata de una técnica que no utiliza agua, con lo que el ahorro de esa fuente de vida es francamente positivo». Me quedé sorprendido al saber que se podían lavar coches sin utilizar el agua, pensé que era una buena forma de colaborar con la conservación ecológica del planeta —ya saben, pequeñas iniciativas que ayudan a resolver problemas globales— y decidí llevar el coche a ese centro de lavado ecológico.

El lugar se asienta sobre unos pocos metros cuadrados, calculo que no más de veinte, de un inmenso parking subterráneo en un conocido centro comercial de la ciudad. Cuando llegué, me acogió rápidamente un encargado, de no más de 30 años, me informó del precio y me dijo que volviera en dos horas y que el aparcamiento lo debía pagar yo.

Al volver tras ese periodo de tiempo vi que el coche estaba impecable, estaban terminando los últimos detalles, aquí un cristal, allí un faro antiniebla, de tal modo que quedara como una patena. Mientras los dos trabajadores de no más de 25 años culminaban sus tareas, me dediqué a ver la forma de trabajo y la tecnología que usaban. Esto es lo que observé: