Por Javier ARISTU

Al calor de los sucesos de la corrala La Utopía en Sevilla  se me vienen a la cabeza una serie, desordenada, de reflexiones que expongo públicamente para, por un lado, aclararme yo mismo en esta cuestión, y por otro participar en el debate social que se ha producido tras el desalojo de las familias que ocupaban los pisos de ese inmueble sevillano. A algunos, o no sé si a muchos que me lean, puede que no les gusten estas líneas pero hablar claro es condición para llegar a un acuerdo o, al menos, a una buena razón.

  1. En un principio “el problema de la vivienda social” se nos presenta relacionado con el impago de unas hipotecas por parte de unos vecinos a los promotores y bancos. A consecuencia de aquello un grupo de personas, desahuciadas de sus casas unas y otras con diversos problemas de vivienda, ocupan unos pisos vacíos que, tras lentos y sinuosos procesos mercantiles, habían terminado siendo propiedad de la caja de ahorros Ibercaja. A aquellos vecinos desahuciados se le suman otras familias con distintas problemáticas sociales y en relación con la vivienda, hasta formar un grupo social ocupante de 22 pisos de ese inmueble propiedad de Ibercaja. Me quiero referir, por tanto, a que “el problema de la vivienda social en Sevilla” (como en Andalucía y España) traspasa y supera la anécdota terrible del desalojo de la corrala Utopía.