Entrevista con el ministro griego de Finanzas Yannis Varoufakis

Por Marc Goergen y Andreas Hoffmann

Señor Varoufakis, ¿le deja tiempo esta febril diplomacia itinerante para reflexionar sobre su trabajo?
Desearía disponer de más tiempo. Somos un gobierno sin experiencia, y nos ha faltado tiempo para familiarizarnos con el trabajo de nuestros ministerios. En rigor, necesitaríamos algunas semanas para deliberar y diseñar nuestro programa, pero nos está apuntando el cañón de una pistola. Las carreras precipitadas de una reunión a la siguiente, después de noches en blanco, son la muestra de la severidad con que la crisis ha socavado la integridad, el alma incluso de Europa.

¿Funciona la política de la manera que usted esperaba?
Por desgracia en el caso de Europa, sí, funciona así. Nunca tuve unas expectativas muy altas en relación con el proceso político. Salté al ruedo porque me horroriza el estado actual de la democracia europea. Si existe un déficit en esta Europa nuestra, es la falta de democracia. Estamos convirtiendo las instituciones que toman decisiones que afectan a la vida de la gente en zonas carentes de democracia. Y eso beneficia a las fuerzas oscuras que buscan socavar la democracia y los derechos humanos.

Como ministro de Finanzas, una sola palabra suya es suficiente para hacer temblar a los mercados. ¿Qué se siente en esa situación?
Yo no poseo ese poder. Hablando más en general, el poder es algo que no deseo. Puede sonar hipócrita, pero lo digo con toda sinceridad. Y lo mismo vale para muchos miembros de nuestro gabinete. Preferirían vivir en la oposición, después de todo resulta bastante cómodo ser una minoría de izquierdas. (Ríe).

A propósito de un artículo de Antón Costas

Por Javier VELASCO MANCEBO

Nos encontramos en medio de un cambio de civilización, y la crisis es la manifestación de la civilización que muere: la de un capitalismo nacido en la fase de crecimiento de los decenios de posguerra europea[1] en los países más desarrollados de Occidente, a los que se incorporó España en fase posterior. Ese fin de civilización hace insuficientes o estériles las medidas de política macroeconómica y microeconómica que  la izquierda presenta frente al pensamiento liberal o  neoclásico. La derecha acepta la desigualdad más orden público, mientras quiere pensar que el crecimiento volverá. Vana esperanza. La izquierda, si no quiere frustrarse, tiene que cambiar su universo mental y empezar a trabajar.

Aunque el término civilización está sometido a múltiples interpretaciones, podemos, acogiéndonos a Norbert Elías[2], definirlo como  “ tanto el grado alcanzado por la técnica como al tipo de modales reinantes, el desarrollo del conocimiento científico,  las ideas religiosas y  las costumbres”. Es decir, el concepto de civilización se identifica con las pautas de comportamiento del ser humano, pautas que pueden ser inconscientes, conscientes u obligadas.

Antón Costas, en su artículo sobre el divorcio entre economía y política publicado en La Vanguardia [leer artículo], nos habla de que “Estamos en el umbral de una de esas etapas históricas en que cambian las bases de la economía y las fuentes de la competitividad y el bienestar de los países”, excluye el espacio que ocupa la civilización y restringe su análisis al estrecho mundo de la economía. Y, sin embargo, residimos en un momento de cambio de civilización porque estamos contemplado el fin del proceso  que corresponde a la sociedad de consumo de masas surgida de la II Revolución Industrial. Civilización que recorre más o menos un periodo de 40 años  en los países desarrollados.

Por Julián ARIZA RICO

Nota de introducción de Francisco ACOSTA ORGE

Aunque más de una vez he manifestado mi parecer sobre artículos vertidos acerca del futuro de la izquierda, española en particular y europea en general, en las páginas de En Campo Abierto, quiero aprovechar la invitación que se me hace  para dar mi opinión sobre el tema, ante la contundencia que sobre este asunto refleja el artículo del histórico sindicalista de Comisiones Obreras, Julián Ariza.

En Campo Abierto y en otros foros de opinión de carácter progresista se teoriza, se aportan argumentos de como dotar a la izquierda política de alternativas creíbles para una gran parte de la sociedad, pero todas o casi todas se olvidan del papel que los trabajadores asalariados pueden jugar en esas nuevas alternativas llamadas de izquierda. La clase trabajadora existe, la lucha de clases también. Aunque la era industrial en Europa y en España pueda estar en un cierto ocaso, debido a los avances tecnológicos y a que las grandes estructuras productivas y de tratamiento de las materias primas han sido trasladados a naciones con sistemas laborales de bajos costes salariales, existen millones y millones de trabajadores que siguen vendiendo su fuerza de trabajo para sobrevivir como se ha venido haciendo desde principios del siglo XIX. Y siguen existiendo en toda Europa y en España organizaciones sindicales de clase que siguen defendiendo y representando los intereses de esta clase y contando con millones de afiliados.