Por Franco BERARDI BIFO

A finales de los años 70, tras diez años de huelgas salvajes, la dirección de la FIAT reunió a los ingenieros para que introdujesen modificaciones técnicas capaces de reducir el trabajo necesario y despedir así a los extremistas que habían bloqueado las cadenas de montaje. Sea por esto o por lo otro el hecho es que la productividad aumentó cinco veces en el periodo que va desde 1970 al 2000. Dicho de otro modo, en el año 2000 un obrero podía producir lo que precisaba de cinco en 1970. Moraleja de la fábula: las luchas obreras sirven entre otras cosas para que los ingenieros consigan aumentar la productividad y para reducir el trabajo necesario.

¿Os parece bueno o malo? A mí me parece algo buenísimo si los obreros tienen la fuerza (¡y, caray, en aquel tiempo la tenían!) para reducir la jornada laboral con el mismo salario. Y algo pésimo si los sindicatos se oponen a la innovación y defienden los puestos de trabajo sin comprender que la tecnología cambia todo y que ya no hace falta más trabajo.

Aquella vez  los sindicatos creyeron desgraciadamente que la tecnología era un enemigo del que había que defenderse. Ocuparon las fábricas para defender el puesto de trabajo y el resultado, como se preveía, fue que los obreros perdieron todo.

Por Javier ARISTU

A causa de la persecución a que fue sometido tras la revolución de 1848 por los diferentes gobiernos reaccionarios de Europa, Carlos Marx tiene que exiliarse en Inglaterra. Allí se ve obligado a subsistir con colaboraciones periodísticas de actualidad. Para Marx, la actualidad social, laboral, la vida en las fábricas de aquellos comienzos de la Revolución Industrial, es materia prima fundamental para sus escritos. En 1853 escribe un artículo titulado La cuestión obrera en el que contesta al periódico The Economist y su análisis sobre el asunto de la pobreza y los bajos salarios en aquel momento[1]. El artículo ya deja ver aquella agudeza y combatividad del mejor Marx polemista. En unos días de huelgas y peleas de los tejedores del Lancashire, Marx comunica que el activista Ernest Jones ha visitado a los huelguistas y les ha dirigido un discurso en el que, entre otras cosas, ha dicho:

«¿Por qué estas luchas? ¿Por qué en estos momentos? ¿Por qué habrá más? Porque las fuentes de vuestra vida están cegadas por la mano del capital, que apura la copa dorada hasta el final y no os deja más que los posos. ¿Por qué al cortaros el paso a las fábricas os cortan el paso a la vida? Porque no tenéis otra fábrica a la que ir ni otro medio de ganaros el pan […] ¿Qué otorga al capitalista tanto poder? Que tiene en sus manos todos los medios de empleo […] los medios de trabajo son, por tanto, los goznes sobre los que gira el futuro del pueblo […] Solo un movimiento masivo de todos los oficios, un movimiento nacional de las clases trabajadoras, puede lograr la victoria […] Dividid la lucha, hacedla local, y fracasaréis. Ampliadla a toda la nación, y seguro que obtendréis la victoria

Disculpad la extensión de la cita pero me parecía necesaria. El hecho ocurrió en 1853. ¿Alguien podrá decir que bastante de los razonamientos de Ernest Jones, y de Marx, están obsoletos? ¿Es acaso una situación ya desaparecida en la historia? Sin duda ya no existen en Inglaterra —ni en Europa— fábricas textiles donde trabajen miles de obreros, ya no se dan las condiciones de trabajo que Marx denunciara en ese artículo (entre otros el trabajo infantil y femenino en condiciones inhumanas, que los hemos trasladado a la geografía asiática y africana). Es evidente que Marx y Jones se dirigen a aquellos trabajadores asalariados a los que la Primera Revolución Industrial había dado vida, aquellos que, provenientes de antiguos oficios artesanales o de los campos ingleses, inundaron Londres y Manchester en aquellos años del siglo XIX. Las transformaciones técnicas incorporadas al proceso productivo industrial se tradujeron, además de otros resultados positivos, en un empobrecimiento generalizado de las masas trabajadoras, en un debilitamiento de su capacidad salarial y, en definitiva en una marginación del progreso social.

Pero el núcleo, el corazón del análisis y de la acusación de Jones-Marx sigue en pie. Han cambiado las condiciones pero permanece la sustancia.

A propósito de un artículo de Antón Costas

Por Javier VELASCO MANCEBO

Nos encontramos en medio de un cambio de civilización, y la crisis es la manifestación de la civilización que muere: la de un capitalismo nacido en la fase de crecimiento de los decenios de posguerra europea[1] en los países más desarrollados de Occidente, a los que se incorporó España en fase posterior. Ese fin de civilización hace insuficientes o estériles las medidas de política macroeconómica y microeconómica que  la izquierda presenta frente al pensamiento liberal o  neoclásico. La derecha acepta la desigualdad más orden público, mientras quiere pensar que el crecimiento volverá. Vana esperanza. La izquierda, si no quiere frustrarse, tiene que cambiar su universo mental y empezar a trabajar.

Aunque el término civilización está sometido a múltiples interpretaciones, podemos, acogiéndonos a Norbert Elías[2], definirlo como  “ tanto el grado alcanzado por la técnica como al tipo de modales reinantes, el desarrollo del conocimiento científico,  las ideas religiosas y  las costumbres”. Es decir, el concepto de civilización se identifica con las pautas de comportamiento del ser humano, pautas que pueden ser inconscientes, conscientes u obligadas.

Antón Costas, en su artículo sobre el divorcio entre economía y política publicado en La Vanguardia [leer artículo], nos habla de que “Estamos en el umbral de una de esas etapas históricas en que cambian las bases de la economía y las fuentes de la competitividad y el bienestar de los países”, excluye el espacio que ocupa la civilización y restringe su análisis al estrecho mundo de la economía. Y, sin embargo, residimos en un momento de cambio de civilización porque estamos contemplado el fin del proceso  que corresponde a la sociedad de consumo de masas surgida de la II Revolución Industrial. Civilización que recorre más o menos un periodo de 40 años  en los países desarrollados.

Por Bruno ESTRADA

En 1972 el Club de Roma, poco antes de la crisis del petróleo de 1973, publicó el informe Los límites del crecimiento, que fue trascendental para incorporar la sostenibilidad medioambiental al análisis del crecimiento económico. Con posterioridad periódicamente viene surgiendo el debate sobre los límites físicos al crecimiento económico, en lo que se conoce como teorías del decrecimiento, crecimiento cero o estado estacionario. Dichas teorías se basan en la hipótesis de que los límites físicos del planeta suponen un cuestionamiento del incremento continuo de la actividad económica, y del hecho de que alcanzar los límites físicos del planeta, que ellos encuentran cercano, nos llevará a un hundimiento social.

Intuitivamente parece una hipótesis aceptable. ¿Como vamos a poder seguir creciendo indefinidamente si no podemos salirnos de la tierra (por lo menos en los próximos cientos de años en un número apreciable)?

En el pasado de la humanidad se han dado varios casos en los cuales algunas civilizaciones, la mayor parte situadas en entornos geográficos completamente aislados y en ecosistemas frágiles, no fueron capaces de percibir los límites medioambientales a su crecimiento, fundamentalmente por el ocultamiento de los grupos dirigentes que no querían perder sus privilegios, hasta que fue demasiado tarde y sus sociedades terminaron colapsando. Es el caso de la isla de Pascua y los asentamientos vikingos en Groenlandia, sistemas realmente cerrados teniendo en cuenta su grado de desarrollo tecnológico.

La actual teoría del decrecimiento en el fondo es un malthusianismo energético, los recursos, en este caso la energía en lugar de los alimentos, no serán capaces de crecer al mismo ritmo que la población y su demanda creciente de productos y servicios que cada vez consumen más energía.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Hace unos días, la presidenta de la comunidad autónoma, señora Díaz, hizo unas declaraciones en Madrid a poco de conocerse que el desempleo en Andalucía no solo no menguaba como en el resto de España (ya sabemos por otra parte cómo es el empleo que se crea y lo mal que huele esa basura), sino que aumentaba  hasta el 33 por ciento, a once puntos porcentuales de la media nacional. La presidenta hacía un llamamiento para solventar urgentemente el problema, comparándolo con una “crisis alimentaria” y  proponiendo como solución una transferencia de recursos financieros y de inversiones hacia Andalucía similar a la que realizó Alemania desde el oeste hacia el este tras la unificación.

A mi juicio, la declaración de la presidenta es, en primer lugar, el reconocimiento palmario de la impotencia. Treinta y cinco años de gobierno socialista en Andalucía no han servido para mejorar un ápice la situación de paro y de precariedad laboral que ha perdurado durante siglos en Andalucía como un tatuaje indeleble grabado en el cuerpo. En las últimas décadas, se han aludido a razones de todo tipo para explicar las causas “estructurales” de esa lacra: mayor tasa de crecimiento de la población, una estructura productiva de escasos valores añadidos, bajos niveles en la formación de capital productivo  y de capital humano, un tejido empresarial en el que predomina la microempresa y el autoempleo, estacionalidad, etc. A pesar del esfuerzo econométrico desplegado, los esfuerzos realizados para implementar las soluciones académicas “convencionales” –una mayor flexibilización y abaratamiento del mercado de trabajo, por ejemplo- de nada han servido para cambiar la tendencia; más bien esta se ha reforzado. Además, ya sabemos en qué han  derivado los incentivos públicos en políticas de formación y de empleo.

Por Maurizio LANDINI

Nuestra cultura industrial siempre ha pensado que el crecimiento era un bien en sí mismo, mensurable únicamente con índices económicos. Hoy sabemos que no es así, que todo esto tiene costes y afortunadamente está en discusión el mismo concepto de crecimiento. Pero no es un debate ideológico o terminológico el que nos hará salir de la situación en la que estamos; incluso el concepto de crecimiento hay que matizarlo adecuadamente porque no puede existir ninguna isla feliz en un mundo infeliz, con un trabajo que tiene cada vez menos derechos. Es una cuestión de valores, principios y comportamientos; la lógica de consumir por consumir ha producido auténticos desastres. Pero no hay salida al problema sin una confrontación con aquello que lo determina, tanto más hoy, en este permanente riesgo de quiebra global. No estamos frente a una crisis normal, no es solo el resultado de una especulación financiera colapsada hace unos años en Estados Unidos, de algún banquero loco o prepotente que ha perdido el control de la situación; estamos ante la crisis de un modelo y de un sistema del que la modalidad productiva y la concepción del desarrollo son partes integrantes. Terminada esta fase dramática —si alguna vez acaba — no se volverá a la situación precedente, quizás con alguna víctima de más, pero con todos listos para recomenzar sobre un camino conocido y “seguro”. Nada será como antes en el sistema social, económico y productivo, en el sistema industrial europeo. Y todo esto puede generar ansia, miedo a lo desconocido, angustia por no saber dónde acabaremos, con reacciones —individuales y de grupo— de todo tipo. Pero este es el punto de partida y las contradicciones en las que estamos inmersos son el producto de lo que ha ocurrido. Problemas que no se resuelven “cortando cabezas”. No basta con despedir a una clase dirigente. Es verdad que la clase política tiene una gran responsabilidad pero es cierto también que la sociedad civil la ha legitimado durante estos últimos años. La representación siempre es un espejo y esas fuerzas políticas tuvieron votos, no tomaron el poder por un golpe de estado. Todos estamos implicados en este sistema degenerativo —con más o menos grados de responsabilidad, produciéndolo o soportándolo, vencedores o vencidos— y todos estamos llamados a tomar nota de su crisis, para construir uno nuevo, sin esperar que pase la noche y el mundo de antes vuelva a funcionar mejor que antes. Esto vale más aún para el modelo de desarrollo y para las relaciones trabajo/salud y capital/medioambiente.