Por Javier ARISTU

Hacía meses, muchos meses, que no lavaba el coche y decidí que le hacía falta un buen repaso. Alguien me había comentado que existía en la ciudad un centro de “lavado ecológico” de coches. ¿Qué es eso de lavado ecológico de coches? “Sin agua”, me respondieron. Mi comunicante se explayó: “Se trata de una técnica que no utiliza agua, con lo que el ahorro de esa fuente de vida es francamente positivo”. Me quedé sorprendido al saber que se podían lavar coches sin utilizar el agua, pensé que era una buena forma de colaborar con la conservación ecológica del planeta —ya saben, pequeñas iniciativas que ayudan a resolver problemas globales— y decidí llevar el coche a ese centro de lavado ecológico.

El lugar se asienta sobre unos pocos metros cuadrados, calculo que no más de veinte, de un inmenso parking subterráneo en un conocido centro comercial de la ciudad. Cuando llegué, me acogió rápidamente un encargado, de no más de 30 años, me informó del precio y me dijo que volviera en dos horas y que el aparcamiento lo debía pagar yo.

Al volver tras ese periodo de tiempo vi que el coche estaba impecable, estaban terminando los últimos detalles, aquí un cristal, allí un faro antiniebla, de tal modo que quedara como una patena. Mientras los dos trabajadores de no más de 25 años culminaban sus tareas, me dediqué a ver la forma de trabajo y la tecnología que usaban. Esto es lo que observé:

A propósito de un artículo de Antón Costas

Por Javier VELASCO MANCEBO

Nos encontramos en medio de un cambio de civilización, y la crisis es la manifestación de la civilización que muere: la de un capitalismo nacido en la fase de crecimiento de los decenios de posguerra europea[1] en los países más desarrollados de Occidente, a los que se incorporó España en fase posterior. Ese fin de civilización hace insuficientes o estériles las medidas de política macroeconómica y microeconómica que  la izquierda presenta frente al pensamiento liberal o  neoclásico. La derecha acepta la desigualdad más orden público, mientras quiere pensar que el crecimiento volverá. Vana esperanza. La izquierda, si no quiere frustrarse, tiene que cambiar su universo mental y empezar a trabajar.

Aunque el término civilización está sometido a múltiples interpretaciones, podemos, acogiéndonos a Norbert Elías[2], definirlo como  “ tanto el grado alcanzado por la técnica como al tipo de modales reinantes, el desarrollo del conocimiento científico,  las ideas religiosas y  las costumbres”. Es decir, el concepto de civilización se identifica con las pautas de comportamiento del ser humano, pautas que pueden ser inconscientes, conscientes u obligadas.

Antón Costas, en su artículo sobre el divorcio entre economía y política publicado en La Vanguardia [leer artículo], nos habla de que “Estamos en el umbral de una de esas etapas históricas en que cambian las bases de la economía y las fuentes de la competitividad y el bienestar de los países”, excluye el espacio que ocupa la civilización y restringe su análisis al estrecho mundo de la economía. Y, sin embargo, residimos en un momento de cambio de civilización porque estamos contemplado el fin del proceso  que corresponde a la sociedad de consumo de masas surgida de la II Revolución Industrial. Civilización que recorre más o menos un periodo de 40 años  en los países desarrollados.

Por Bruno ESTRADA

En 1972 el Club de Roma, poco antes de la crisis del petróleo de 1973, publicó el informe Los límites del crecimiento, que fue trascendental para incorporar la sostenibilidad medioambiental al análisis del crecimiento económico. Con posterioridad periódicamente viene surgiendo el debate sobre los límites físicos al crecimiento económico, en lo que se conoce como teorías del decrecimiento, crecimiento cero o estado estacionario. Dichas teorías se basan en la hipótesis de que los límites físicos del planeta suponen un cuestionamiento del incremento continuo de la actividad económica, y del hecho de que alcanzar los límites físicos del planeta, que ellos encuentran cercano, nos llevará a un hundimiento social.

Intuitivamente parece una hipótesis aceptable. ¿Como vamos a poder seguir creciendo indefinidamente si no podemos salirnos de la tierra (por lo menos en los próximos cientos de años en un número apreciable)?

En el pasado de la humanidad se han dado varios casos en los cuales algunas civilizaciones, la mayor parte situadas en entornos geográficos completamente aislados y en ecosistemas frágiles, no fueron capaces de percibir los límites medioambientales a su crecimiento, fundamentalmente por el ocultamiento de los grupos dirigentes que no querían perder sus privilegios, hasta que fue demasiado tarde y sus sociedades terminaron colapsando. Es el caso de la isla de Pascua y los asentamientos vikingos en Groenlandia, sistemas realmente cerrados teniendo en cuenta su grado de desarrollo tecnológico.

La actual teoría del decrecimiento en el fondo es un malthusianismo energético, los recursos, en este caso la energía en lugar de los alimentos, no serán capaces de crecer al mismo ritmo que la población y su demanda creciente de productos y servicios que cada vez consumen más energía.

Por Manuel CALVO SALAZAR

Foto: Xornalcerto. en http://www.flickr.com/photos/certo/4338768660/sizes/l/in/photostream/

Resulta triste comprobar como gran parte de los males que nos aquejan tienen su origen en un comportamiento individual y colectivo sinceramente estúpido.

En una ocasión leí un ensayo muy interesante sobre el triunfo de la sociedad de consumo en el siglo XX, que defendía una tesis que, vista a toro pasado, resulta premonitoria. La idea conductora de ese texto venía a decir lo siguiente: la aceptación generalizada de la sociedad de consumo estriba en que esta resulta francamente irresistible, una vez que se desarrolla en toda su plenitud. Y lo increíblemente cierto es que esta idea es acertada bien sea porque se está disfrutando esa sociedad de consumo o bien porque se tienen expectativas de disfrutarla.

Visto así, es posible concluir que, al fin y al cabo, las burbujas económicas, una vez que entran en expansión imparable son irresistibles para gran parte de la población. ¿Quién podía resistirse, al fin y al cabo, a pedir un dinero prestado para comprar un inmueble en plano, y revenderlo en meses con una plusvalía sustancial?. “Había que ser estúpido para no entrar en este juego”, dijo Stiglitz, en tono irónico, en una de sus conferencias a las que tuve el placer de asistir. Este modo de actuar era pura y simplemente irresistible.

Por Javier VELASCO

En los próximos días CCOO ha convocado una conferencia para discutir la naturaleza de la crisis, donde intervendrán académicos, expertos y sindicalistas. En principio, un primer producto ha sido un comunicado pidiendo adhesión para apoyar una salida de la crisis que tenga en consideración los intereses y necesidades de los trabajadores y de los ciudadanos. Es una buena idea, aunque, leyendo el marco teórico de la conferencia, no participo del fondo del análisis que se presenta como base de discusión, pero de ello hablaré al final. Desgraciadamente no puedo asistir, porque es una ocasión de aprender y contrastar.
En la web de la Fundación 1º de Mayo se presenta, también, un manifiesto en defensa del sindicalismo por parte de profesores norteamericanos que parece muy pertinente, pero, como cualquier sindicalista sabe, la afiliación no se consigue por decreto, sino por convicción, por lo menos en la mayoría de los países desarrollados. Y esto viene a cuento del gráfico que hoy os traigo a este blog y que se situa en la línea de mis anteriores comentarios.
El gráfico refleja la curva del crecimiento de la participación en la distribución de la renta del 10% de personas más ricas a lo largo del tiempo, representada en rojo, y la curva del porcentaje de afiliación sindical, representada en azul. Todo ello en EEUU, país al que pertenecen los profesores firmantes del manifiesto a favor de la existencia de los sindicatos.