Por Javier ARISTU

Algunos están hablando desde hace tiempo de una nueva transición. Otros se refieren al modelo político surgido de la Constitución de 1978 como el viejo régimen, con el que hay que romper. Por otro lado se habla de un proceso constituyente. Algunos dicen que con su simple presencia en el tablero han cambiado la política y que ahora se trata de cambiar de gobierno, lo que significa, obviamente, una reducción de las iniciales ambiciones. Líderes hay que propugnan un nuevo país. Como se puede deducir, en algunas zonas del debate político la cosa suena a crear una nueva situación, romper con el pasado e instaurar un nuevo modelo de convivencia política. ¿A través de la reforma o de la ruptura?

Por Javier FLORES FERNÁNDEZ-VIAGAS

            Sustituir la fábrica por la universidad. Es lo que ha hecho la izquierda europea en el último medio siglo; sustituyendo a la clase obrera por la clase media, el parlamento por la plaza, el consenso por la ruptura, la ética por la estética, el pensamiento por la acción.

            El consenso de postguerra en torno al bienestar logró que los conflictos políticos y sociales se resolvieran en el parlamento y las mesas de negociación. Sin embargo, una parte de la intelectualidad europea añoraba la escenificación del conflicto, la ruptura. Esta pasión por la ruptura, por la estética revolucionaria, por el cambio como fin en sí mismo, se propagó entre los universitarios franceses que en el mes de mayo de 1968 protagonizaron aquella revuelta contra el sistema democrático y del bienestar, poniendo el país patas arriba. Frente al determinismo de un sistema pensado para garantizar el bienestar social, los estudiantes parisinos abrazaron la espontaneidad individual en busca de nuevas experiencias, tal y como proclamaban los panfletos situacionistas.

            Los partidos y sindicatos, partícipes del sistema, no eran aceptados en el seno de aquel nuevo movimiento dirigido por la clase media universitaria.  Aquella nueva izquierda abominaba de los parlamentarios y los dirigentes obreros, demasiado alejados de lo que ocurría en la calle, motivo por el que se rechazaba toda estructura que pretendiese organizar las reivindicaciones y movilizaciones. Estas se desarrollaban de manera independiente  en cada asamblea de facultad, en cada barrio, sin un aparato que pudiera transformar las reivindicaciones en un programa, canalizarlas hacia la conquista de nuevos derechos y mantenerlas en el tiempo.

Por Juan MORENO PRECIADOS

Parece que pronto habrá una reforma de la Constitución o incluso una nueva Carta y, sin entrar en las razones o desazones que lo motivan, habría que preguntarse si es justo y necesario linchar a la de 1978 como se está haciendo. Yo creo que, al contrario, llegado el caso, a la de 1978 habría que hacerle un funeral de Estado o al menos un buen entierro de pago.

A nuestra Transición, tan admirada hasta hace poco, se la presenta ahora como un chalaneo ideado para que siguieran mandando los mismos (falangistas, militares y curas) solo que disfrazados de modernos y demócratas. Se acusa a los jefes de la oposición antifranquista (Carrillo a la cabeza) de vender al heroico pueblo que estaba todos los días en las barricadas exigiendo la revolución y la guillotina.

Bastaría mirar las hemerotecas de la prensa legal y la clandestina de esos años para darse cuenta de que ni había tanta gente luchando ni pedían la luna: amnistía, derecho de huelga, elecciones y partidos políticos (sí, sí, ¡pedían partidos!), sindicatos libres y estatuto de autonomía; y esto último solo en Cataluña y en el País Vasco.

No se pedía comunismo ni socialismo ni república, aunque a muchos de los que corrían delante de los grises les gustaran las tres cosas. El grito general era “democracia sí, dictadura no”, y de ahí no se pasaba. Y eso fue lo que se logró, ni más ni menos; y si no hubo gobierno provisional ni Cortes constituyentes fue seguramente porque la correlación de fuerzas no daba para ello. Sabiéndolo, la oposición no se lanzó a la aventura como hubieran deseado los ultras. En definitiva, el resultado fue que España pasó a ser un país normal, como cualquiera de Europa occidental que era, en esencia, lo que quería la gran mayoría. Pero no fue un camino de rosas y varias decenas de personas perdieron la vida violentamente entre la muerte del “Caudillo” en noviembre de 1975 y las elecciones del 15 de junio de 1977. 

Por Francisco FLORES TRISTÁN

Hay afirmaciones que dejan a uno perplejo como esta tan socorrida últimamente de que una Constitución sirve para una generación y que los que los que no la votaron, a causa de su edad, no se sienten concernidos por la misma.  La actual Constitución española  tiene 36 años… Sí, es un poco antigua, pero no tanto como la francesa, 56 años, la alemana, 67, por no hablar de la de EEUU, que tiene 240 años, eso sí con numerosas enmiendas que la han ido poniendo al día. En ninguno de esos países es frecuente oír que haya que cambiar de Constitución cada generación.

Más peso, aunque creo que no mayor razón, puede tener el argumento de los que invalidan la actual Constitución por ser fruto de la “transición inmodélica” (en palabras de algún articulista), es decir, de un proceso en el que la Izquierda se bajó los pantalones ante la presión de los poderes fácticos trayendo como resultado las actuales lacras que ahogan la vida política, corrupción, déficit de representatividad e incluso el retroceso de los derechos sociales, de los que también la Transición sería culpable.

Por Javier ARISTU

Nada confía el marinero, a la hora del miedo,

en las pintadas popas. Mantente en guardia,

si es que no quieres ser juguete del viento.

Tú, que fuiste inquietudes para mí

y eres ahora deseo y cuidado no leve,

evita el mar, el mar que baña

las Cícladas brillantes.

Horacio (siglo I a.C)

Cuanto más se concentra y repite un  contenido político más fácil es atacarlo y destruirlo para construir uno nuevo. De un tiempo a esta parte se ha venido desarrollando, especialmente por parte del sector de la izquierda española relacionado con IU y, posteriormente, con Podemos, la tesis de que el origen de los actuales males reside en la dichosa transición española. Y por transición se entiende: la monarquía como forma del estado, la Constitución de 1978, y la “clase política o casta” surgida de aquellos años. Aquel proceso, difícil, correoso, complicado y reflejo de la correlación de fuerzas existente en aquel momento, se saldó —según estos comentaristas políticos que constituyen la dirección de los partidos de la llamada izquierda alternativa — con un fracaso que ha dado como resultado: un país desigual, injusto; una clase política corrupta, que se beneficia en su generalidad del poder que tiene; y una monarquía corrompida, despótica y fuera del control judicial. Llegan a decir: no queremos ser súbditos sino ciudadanos, olvidando que la Constitución les da precisamente a ellos la capacidad de ser soberanos (“La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”).