Por Javier TERRIENTE

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Parece ser que la llamada confluencia política de la izquierda se ha convertido en un novísimo Santo Grial, que permitiría un cambio radical en la correlación de fuerzas en las próximas elecciones generales. Poco a poco se ha ido generando desde los grandes medios de comunicación una suerte de razonamiento místico o tautológico en torno a un juego de palabras circular: sumergirse en la confluencia sería como purificarse en las aguas del Jordán, que absolvería de sus pecados pasados a Podemos, permitiéndole el ingreso en la cofradía de los creyentes verdaderos. No hacerlo, equivaldría a un crimen de lesa traición. ¡Ay, amenazan, si Podemos se atreve a rechazarla tras las elecciones catalanas, asumirá de por vida la responsabilidad de la derrota de las clases populares en las generales

¿Sin embargo, de qué se trata cuándo se habla de confluencia?

Por Javier TERRIENTE

Como siempre ocurre en periodos electorales, las diferencias entre el PSOE y PP suelen extremarse, con una notable falta de memoria del primero y un gran manto de mentiras  en el caso del segundo, a la espera de que una vez alcanzada la hipótesis de un cambio de gobierno se diluyan bajo un pragmatismo responsable, en cuyo nombre   caben toda clase de atropellos, redes corruptas y anomalías democráticas. El problema de este llamado pragmatismo responsable, tan apreciado por los viejos partidos de orden (frente a la amenaza de los “populismos irresponsables” que lo cuestionan), es que al ampararse en lo existente como la única realidad posible y disolver en lo cotidiano el horizonte de lo deseable, proclama sin pudor la caducidad de las políticas de reformismo fuerte y el fin de las ideologías emancipatorias. Ello conduce inevitablemente a estimular mecanismos bipartidistas que favorecen un nuevo reparto espurio de las instituciones estatales. Estas semejanzas, que se encuentran en el origen del descrédito que amenaza la legitimidad del sistema de partidos, se agrava ante el hecho de que la izquierda tradicional vive empantanada en un proceso de crisis permanente, derivada de su incapacidad para pensar y actuar en la perspectiva de las nuevas magnitudes que caracterizan este cambio de época. Eso le impide, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, ejercer de portavoz de una verdad irrefutable acerca del devenir histórico y las tareas esenciales de la clase obrera. Por el contrario, es una realidad dramática que antiguas verdades y reglas de la izquierda, que movieron casi desde la nada montañas de esperanzas, se convirtieron en dogmas de fe de una iglesia laica omnipotente y omnisciente, que solo encuentran refugio ahora en partidos crepusculares o en trance de serlo. No es casualidad.  Dirimir el carácter de izquierdas de una organización en virtud de una enumeración de autoproclamaciones en torno a la defensa escolástica del marxismo, la simplificación de la lucha de clases o el advenimiento de la III República, ya no basta. Se necesitan respuestas nuevas a la crisis inédita del capitalismo postfordista y a la emergencia de nuevas categorías sociales y profesionales, al empobrecimiento sin fin de las clases medias y a las crecientes desigualdades.