Por Manuel ALCARAZ RAMOS

La genealogía de la izquierda está atravesada por el ideal de la unidad. En símbolos, himnos y retórica la unión es una pieza mágica que obrará milagros. Es lógico: en los orígenes de la izquierda hacer frente común contra los explotadores era cosa de vida o muerte, a veces literalmente. Y sin embargo la realidad es que la izquierda nunca ha estado unida. No es preciso apelar a insolencias, liderazgos absorbentes o traiciones: la lucha por la emancipación también ha exigido, y exige, una imaginación fértil, adaptativa, que permita sobrevivir en un medio hostil: eso diversifica la especie. Dice Walter Benjamin que la historia de la cultura se escribe con documentos de barbarie, y debe ser verdad, si lo sabría él. Contra esa barbarie la izquierda se alzó con maneras necesariamente distintas, incluyendo la distinción indigna de bárbaro verdugo. El arco iris de sensibilidades enriquece y empobrece a la izquierda, pero es lo que hay. Se llama dialéctica. Pero a veces la izquierda sufre más y pone en el centro de su corazón herido, otra vez, la nostalgia por la unidad que nunca fue: así, en nuestras sociedades democráticas la necesidad de unión se incrementa cuando se rompe la cohesión social. O sea, que cuando la unión es más necesaria es cuando más difícil es de construir, porque duelen más las viejas heridas y siempre hay viejas heridas, viejas cuentas que saldar. Téngase en cuenta, porque peor que las diferencias son tremendas las diatribas que en nombre de la unidad usan para insultarse los hermanos. Son muy aburridas.